Recuerdos del tiempo viejo: 46

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Tercera parte de Recuerdos del Tiempo Viejo
de José Zorrilla



V[editar]

El general García-Conde, ayudado por el marsellés, había arreglado, no sabía yo aún cómo, mi cuestión con el alemán; éste y sus compatriotas en Méjico avecindados, habían hecho causa común con los mejicanos y los franceses, y los cuatro españoles que íbamos en el Withe íbamos a su bando ligados. Velábamos unos mientras otros dormían, y armados como posible había sido, vigilábamos a los yankees y a sus aliados del Norte, para que no llevasen a cabo su proyectada traición apoderándose de los tres botes insumergibles. Ellos hacían otro tanto con nosotros; y no necesita el lector ser un lince, ni hacer un esfuerzo extraordinario, para hacerse cargo de la cordial alegría que en la sociedad del Withe reinaba, esperando la voluntad de Dios en forma de viento, cuya llegada no estaban resignados a esperar los de las razas positivistas del Norte, detenidos sólo por nuestra vigilancia y nuestro mayor número. Pasábamos la mayor parte de ambos partidos día y noche sobre cubierta, mirando las cáscaras de las naranjas que al mar tirábamos, flotar a la misma distancia de nuestro inquieto y cabeceador navío, que se balanceaba con la más desolante uniformidad, como si estuviera sostenido del cielo en dos invisibles anillos por proa y popa, y en los cuales, como una hamaca de ellos colgada, le columpiaran las ondas. El agua tranquila y turquí del mar de las Antillas dejaba a la vista penetrar a gran profundidad en su seno, y a través de la gran masa de agua que alcanzaban a sondar nuestros ojos, veíamos cruzar los más vistosos y rápidos pescados, dejando tras sí una estela de fosforescentes chispas, que cortaban y enturbiaban otros que trazaban luminosos triángulos, círculos y losanges, que producían por la noche en el fondo del mar el efecto del reflejo de unos cohetes y fuegos pirotécnicos que en el aire se verificaran.

El espectáculo era maravilloso; pero el placer que en nosotros producía estaba horriblemente amargado por los espectadores que, como nosotros encima, tenía debajo del agua: una deforme cuadrilla de tiburones inmóviles bajo el inmóvil Withe, que aguardaban tranquilos, como si de ella estuvieran seguros, la sumersión del buque inglés con todos sus tripulantes. A la mitad de una noche de plenilunio, gozábamos absortos y silenciosos aquella submarina representación de cuadros disolventes, el general, el marsellés, Juanbelz y los ya conmigo reconciliados alemanes, cuando me ocurrió a mí, a quien ocurrieron todas las baladronas fanfarronadas de mi Don Juan, salir por una de las más inoportunas ocurrencias del mundo.

–Señores —dije—, no sé por qué nos afligimos y mostramos tan cariacontecidos semblante a nuestra posición. ¿Qué es lo peor que puede sucedernos? ¿Que por falta de víveres y de viento nos echemos al mar en los botes y zozobremos, o que se hunda por cualquiera causa fortuita o premeditada con nosotros el Withe? Pues bien; ni los espléndidos Faraones, ni la fiel y millonaria Artemisa, aquéllos para su raza y ésta para su marido, supieron prepararse una tumba tan magnífica como la que nosotros tendríamos en el fresco seno de la tridentada Anfitrite, cuyos ondulantes abrazos no nos librarán de ser voluptuosamente engullidos por esos pardos y panzudos súbditos de la mujer de Neptuno; y considerad, señores, cuanto más noble, más rápida y menos sensible sería esta muerte, que la lenta y atosigada de una asquerosa enfermedad, con la cual aburriríamos a nuestros parientes y amigos, haciéndonos detestar y tal vez hasta maldecir por algunos de ellos; además de que semejante fin tendría dos inapreciables ventajas: una, que nuestro cuerpo no se agusanaría, y otra, que nuestra alma quedaría exenta de la obligación de buscarle y reunirle molécula por molécula para presentarse con él en el valle de Josafat; porque después de digerido por estos guardias civiles de Neptuno, tengo yo para mí que la trasformación sufrida por su digerida carne no la permitirá tornar a ser extraída y concentrada, ni por Liebig, de la grosera pasta de la tiburónica, y Dios no admitiría en su presencia un alma humana envuelta en carne de tiburón.

Hasta aquí pudo oír no más el alegre marsellés M. Charles, que soltó la carcajada; pero el severo y buen cristiano García-Conde frunció el entrecejo, y los alemanes supersticiosos rompieron contra mí en harto agresivas palabras y no poco expresivas conminaciones. Pero yo, que no les había del todo perdonado su mala idea y peor intención respecto de mí, les interpelé con la más cómica seriedad de esta manera.

—¡Pues qué!, ¿pensáis, tozudos trasegadores de cerveza amarga a vuestros estómagos, atracados de coles agrias, que, si el caso de naufragar llegara, esos centinelas que bajo el agua nos aguardan me llevarían a mí a alguna velada literaria o me invitarían a cenar con la divina Thetis para que la recitara las décimas del Don Juan Tenorio?

Desarrugó su ceño el general, y tomó resueltamente mi defensa el marsellés, exclamando.

—Tiene razón; si hemos de morir, más decente será que demos el gran chapuz como hombres alegres, que como liebres cobardes sorprendidas por un nublado; y para saber antes con quién tendremos que habérnoslas y cogerles la delantera, voy a pedir al capitán que nos permita pescar uno de esos tiburones, si hay quien entienda a bordo de semejante pesca.

—No hay que molestar a nadie, niño —dijo un negro colosal que de marinero venía en el Withe—; si su merced me da algo que lo valga, yo me ofrezco a matar uno pa que lo vea este señó tan alegre y se alegre con él la gente.

Mirámosnos unos a otros asombrados de tal oferta; pero habiéndola aceptado el capitán Lees, y abonado al negro varios de sus compañeros, el marsellés le prometió dos onzas; y el negro, pidiendo y tomando entre los dientes el cuchillo más largo y afilado que pareció, sin quitarse el pantalón de lienzo, única prenda que vestía, y diciendo: «denme algo que tirarles para que suban», arrojó al agua dos sombreros de paja que le dimos; y cuando los tiburones salieron a la superficie, se echó al mar como si fuera a bañarse con sus amigos, y desapareció buzando. Toda la tripulación se agolpó a los barandales del Withe, todos los tiburones se sumieron en busca del negro, a quien sintieron caer, y el marsellés, arrepentido, exclamó: «he cometido un homicidio». Aún no lo había concluído de decir, cuando una mancha de millones de burbujas rozas coloreó el agua lechosa del mar, profundamente tranquilo; borróla, dispersándola poco después, una masa parda, que de la mar tras ella surgía. era un tiburón degollado por la garganta por el negro, que surgía al mismo tiempo que él, asiendo una de las cuerdas que los marineros junto a él lanzaron al ver aparecer su cabeza. Izáronle aquéllos con grande algazara, izóse él riéndose y chorreando sobre cubierta; aplaudiéronle todo, y yo tardé muchos minutos en serenarme y reponerme del mayor miedo que en mi vida he tenido por la de un hombre.

Tratóse de lazar y embarcar el enorme cetáceo: preparáronse cuerdas y harpones, y empezóse la maniobra; peor antes de que nada pudiera llevarse a cabo, gritó de repente el capitán Lees. «¡todo el mundo a las velas!». Las vergas del Withe se cubrieron de chusma: los cinco trapos y los dos foques que el buque llevaba, cayeron en un minuto tendidas ante sus palos; una racha de viento, que las hinchó repentinamente, hizo crujir todas las jarcias, y el Withehumilló su proa y levantó su popa, como un caballo furioso que, bajando el belfo inferior hasta los encuentros, intenta librarse de su jinete con un salto de carnero. Dos blancos rizos de hirviente espuma de desrizaron por ambos costados del buque cuando salió de las ondas en que se había hundido su remojada quilla; la popa comenzó a trazar estela, y las cáscaras de naranja, las hojas de las piñas y los despojos que habíamos arrojado al mar y que hacían tres días que estaban pegadas al barco, comenzaron a quedarse detrás de él; el Withe bogaba sobre el golfo impelido por un nordeste desigual, que amenazaba fijarse a Norte, del cual íbamos tal vez a tener más que temer que de los mismos alacranes, de entre los cuales nos había sacado la columna del comedor, trasformada en émbolo, a fuerza de carbón.

Desembarcamos en Veracruz, aunque con mar ya picada; díjose quién yo era; salió a recibirme la familia de Muriel, respetada y pudiente en el país; pasó mi equipaje sin registrar, y los relojes de Losada defraudando a la república. Comimos alegremente y tomamos nuestros billetes en unas diligencias encarnadas, que eran entonces los vehículos que unían a Veracruz con la capital de la antigua Thenostitlan.

Y estaba yo arreglando la maleta, de la cual se había sacado lo que en ella venía de ajena propiedad, cuando me anunció el criado de la fonda la visita de Pepe Esteva, uno de los más conocidos poetas veracruzanos, de quien Muriel me había ventajosamente hablado y para quien me había dado carta. Entreguésela, felicitándome de conocerle; abrazóme, devolviéndome cordialmente mis felicitaciones; y hecha amistad, y entablada entre ambos la fraternal franqueza de hermanos de Apolo, me tomó cariñosamente las manos en las suyas, y contemplándome de hito en hito, me preguntó en un tono que me extrañó.

–Pero, ¿a qué viene usted a Méjico?

—Pues ya se lo dice a usted la carta de Bartolomé Muriel —respondí, sin comprender su pregunta.

—¿Y esto? —continuó él mostrándome desplegado un papel impreso que de su bolsillo sacó.

Eché sobre él una rápida ojeada; contenía unas infames quintillas escritas contra los mejicanos y su presidente Santana, impresas en Cuba y firmadas con mi nombre.

Quedéme estupefacto, comprendiendo mi desesperada posición; pero sin comprender aún la intención traidora del autor de aquel libelo que infamaba mi nombre, inutilizaba mi viaje y anonadaba mi porvenir. Esteva me contemplaba fijamente con ojo escudriñador, y yo le dije, por fin, lo único que me ocurría.

—Pero si yo hubiera escrito eso, ¿cabe en cabeza humana que fuera yo tan bestia que viniera aquí?

Esteva comprendió, sin duda, mi sinceridad; pero dijo, meneando la cabeza.

—Pues es muy mal negocio. Santana es tan orgulloso, como quisquilloso de su nacionalidad el pueblo mejicano, y lo mejor que puede usted esperar es el ser expulsado del territorio.

Lo único que no me ocurrió fué volverme a embarcar; mi sinceridad de castellano abroquelaba mi conciencia; mi lealtad de español se revelaba a aceptar ni la sombra de una villanía. Una remota esperanza de morir lejos de España, en la obcecación de mis pesares de familia, me llevaba a aquel país, pero nunca creí ser acusado de traición y merecer el castigo ni el fin de los traidores.

—Pues yo subo a Méjico —dije con entereza.

—Pues no sé qué decir a usted, porque todo el mundo está aquí persuadido de que las quintillas son de usted, y yo mismo le he contestado con otras en que le he puesto a usted como un trapo.

—Y lo merece el autor de ellas; pero tengo la vanidad de creer que no habrá hombre de sentido común que me confunda con él, como me mire a la cara; la respuesta de usted resbala sobre mi honradez, y subo a Méjico fiado en Dios y en ella.

—Me alegraré que su honradez le sincere a usted, sin que necesite la intervención de Dios. ¿Será indiscreto preguntar a usted cómo piensa conducirse?

—Según vengan las circunstancias; no pienso darme por entendido de que conozco semejantes versos, si nadie los recuerda para mal mío; no quiero que se piense que excusatio non petita acusatio manifesta.

—Piensa usted bien; pero ya habrá quien se acuerde; aquí hay gente de mucha memoria.

—Pues subo a Méjico, y ya sabrá usted lo que allí me sucede.

Abrazóme y abracéle; tomé mi puesto en la diligencia, y en ella entré a los cuatro días en el pintoresco, salubre y poético valle en que está fundada la capital de Méjico; en la cual iba yo a verme cara a cara con la más vil de las calumnias, echada sobre el hombre más inofensivo en política, y así llegué yo, cargado a traición con ella, al país que más amaba, por ser la patria de mi mejor amigo y de mi más generoso amparador. Bartolomé Muriel.

¿Quién había sido el autor de aquellas quintillas, y qué le había hecho yo para que me las hubiese atribuído?

Pues… ¿y quién sabe, señor?, como dicen los mejicanos cuando no quieren responder a una pregunta o resolver una cuestión. ¿Pues, y quién sabe?




Recuerdos del tiempo viejo de José Zorrilla

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Parte 3: En el mar

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