Recuerdos del tiempo viejo: 57

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Tercera parte de Recuerdos del Tiempo Viejo
de José Zorrilla



XII[editar]

Frecuentaba Cagigas y el doctor Sanchíz, y yo cuando permanecía en la capital, la casa y sociedad de una señora viuda, que tenía un hijo abogado tan perspicaz e instruído como afecto a la poesía, y dos hijas de mediana hermosura, pero de intachable conducta, de esmeradísima educación y ventajosamente conocidas por sus conocimientos musicales: la mayor era una profesora en el piano, y la menor poseía una vigorosa voz de soprano muy sfogatto, que manejaba maravillosamente.

No era rica la viuda, ni las hijas vestían con el lujo excesivo general de las señoras en aquella tierra, ni el hijo tiraba las onzas en las ferias, como la juventud dorada de la capital; pero podían vivir muy bien de la renta de una finca y de la viudedad que por el empleo que su difunto desempeñó la correspondía; y el hijo tenía su buen caballo, con silla y cabezada chapeados de plata fina, freno y estribos de primoroso ataugiado zacatecano, sombrero atoquillado de oro y calzoneras abotonadas con cientos de moneditas nuevas de a medio; y las muchachas no carecían de buenas arracadas de diamantes, ni de sortijas cuya pedrería obligaba algunas veces a quitar los ojos de las manos de la mayor cuando corrían sobre el teclado como dos palomas blancas que revoloteaban una tras otra. La clientela del hijo y las antiguas relaciones conservadas por su viuda madre, traían a aquella casa, en las noches de reunión, una sociedad no muy numerosa, pero de personas tan útiles como agradables, escogida entre gente de arte; casi todas las señoras hacían música, como hoy se dice, y todos los hombres hacían con ellas muy buen papel en su estrado y tertulia, como se decía antaño, y en susoirée, como hogaño decimos, introduciendo sin necesidad en nuestro lenguaje una palabra de extranjero idioma. Entre los individuos de aquella sociedad hallábamos de cuando en cuando un eclesiástico de cuarenta a cuarenta y cuatro años, de fisonomía expresiva, sonrisa perenne y carácter franco, que tenía trazas de haber sido organista, por la facilidad con que acompañaba a los cantantes cuando que se pusiera al piano se le rogaba, y rico, al parecer, por la magnífica repetición que usaba y los buenos caballos que en su coche le traían a la capital, cuando a ella venía desde el Estado en que tenía su iglesia. Era un cura muy campechano, pero sin nada de chacharero ni indecoroso, a pesar del humillo a rico que de sus modales y su modo de vivir trascendía. Gustaba mucho de discutir con Sanchíz, que por la discusión tenía prurito, y el cura se las tenía tiesas con el doctor, que era un si es no es descreído y materialista, y siempre sus discusiones concluían amistosamente en homéricas carcajadas y apretones de manos que arrancaban al alegre cura las excéntricas conclusiones del Dr. Sanchíz, que era homeópata, frenólogo, y espiritista, y progresista, en fin, en artes, ciencias, literatura, política y originalísimamente extravagante y divagador. Cuando con él en aquella casa nos encontrábamos, salimos de ella juntos y le acompañábamos hasta su hospedaje; y érame a mí, finalmente, no poco simpático, aunque jamás intimé mucho con él por vivir ambos fuera de la ciudad y no permanecer en ella ni uno ni otro largas temporadas.

Una noche pregunté a Cagigas, después de dejarle en su domicilio. Cagigas hízome un mohín que le era peculiar, juntando y alargando los labios como quien va a silbar, y me dijo:

—Es el cura de Chalma. ¿No ha oído usted hablar de él?

—Nunca —le respondí.

—Pues pregunte usted por él a su huésped, y dígale usted que le lleve a su casa la semana de la fiesta de su Cristo titular.

—¿Y dónde está Chalma?

—Por ahí, donde está aquí todo. Para usted y su hospedador todo está ahí, a la vuelta del cerrillo. Con los cuarenta o cincuenta caballos que ustedes tienen en caballeriza y los dos o trescientos en el potrero… ya verá usted lo que es en Chalma el cura de Chalma.

Déjome Cagigas a la puerta de mi casa, en donde no había más que el portero y mi criado, porque la familia andaba por las haciendas, y yo me dormí pensando en qué sería en Chalma el cura de Chalma.

En cuanto a que el punto fuese Chalma u otro punto de nombre indio, no estoy yo hoy en día muy seguro; porque como después de la muerte de Maximiliano los juaristas tropezaron con unos cajones de libros y papeles que a España me venían dirigidos, y con los cuales no he logrado volver a reunirme, escribo estos recuerdos de memoria; y lamía, que ha estado siempre reñida con los nombres y las fechas, tiene las de mi estancia en Méjico trabucadas y de través en mi ya mal seguro cerebro. Pero sea o no en Chalma, la escena es cierta, aunque el lugar dudoso.

Mi inquieto hospedador, que no deseaba más que hallar ocasión o motivo para correr y reventar caballos, me prometió llevarme a Chalma, y un buen día la emprendimos pro aquellos caminos de Dios, o mejor dicho, del diablo; porque en ellos lleva uno siempre la vida en un tris con los baches, los barrancos, los pantanos, los derrumbaderos y los mañosos, que son, hablando claro, los ladrones, a quienes en Méjico no se llama nunca tales, sino los mañosos, los niños, los traviesos, etc., tratándoseles con cierto mimo, como a gente de casa. Sucede con éstos en Méjico lo que con los negros en Cuba, que hay que llamarles morenitos, aunque tengan la piel más oscura que las noches sin luna y las conciencias de los usureros.

Y llegamos a Chalma como llegábamos nosotros a todas partes: como los nublados, en medio de un torbellino de polvo y de ruido, levantados por los veinte jinetes y los tiros sueltos que nos seguían y precedían. Recibiónos el cura con su cortés sonrisa y su tranquilidad habituales, sin asombrarse del acompañamiento de mi acompañante, a quien y cuyas costumbres ya conocía, porque las dependencias de su casa tenían para todo suficiente amplitud, y porque la hospitalidad mejicana no tiene límites. Nosotros llegamos un día antes del primero de las fiestas: el cura nos alojó en un aposento limpio y blanco como si fuera de porcelana, y nos puso dos camas con colchones embastillados y acordonados con dos sábanas de apenas planchada holanda y dos almohadas con unas guarniciones plegadas como sobrepellices planchadas por monjas, que son las más primorosas planchadoras del mundo. En casa de aquel cura no había ningún individuo del bello sexo, porque de la india que nos hacía las tortillas y de algunas otras que a servirnos se prestaron alguna vez, no podíamos asegurar a qué sexo pertenecían, primero porque todas pasaban de los cincuenta años, y segundo porque en aquel departamento los hombres llevan el pelo trenzado como las mujeres; y careciendo aquéllos de barba, cuando envejecen parecen mujeres los hombres y hombres las mujeres; de modo que el europeo, cuando a aquellos departamentos arriba, si hombres y mujeres cambiaran el traje, no distinguiría los sexos, y un día sí y otro no podrían hombres y mujeres vestir indiferentemente y sin que el extranjero se apercibiera del cambio.

Y amaneció el siguiente día, y nos despertó el repentino estruendo de los cohetes, los tiros, las cámaras, las campanas, los ladridos, relinchos y gritos de todos los perros, caballos y moradores del festejoso pueblo. Vestímonos apresuradamente, y vimos desde la ventana una nube de indios que por cerros, llano, veredas, sendas y caminos se nos venía encima, precedidos, acompañados o seguidos de tambores, trompetas y músicas, y cargados todos de cruces que, en torno de ellos y encima de sus cabezas, formaban bosque. De entre aquel bosque de cruces salían cohetes, petardos y aullidos, y de algunos grupos lastimeros baladros y aullidos, que eran, como al fin comprendí, sus religiosos cantares. Según se acercaban unos grupos de indios, aparecían otros a lo lejos, desembocando por entre las nopaleras, descendiendo de las lomas y trepando por las barrancas, pero todos cargados de cruces, unas grandísimas hechas de troncos groseros de árboles mal cortados, en carros tirados por bueyes; otras en hombros de una veintena de hombres que se remudaban, y las grandes venían plagadas de clavos, de los cuales pendían centenares de cruces chicas y medianas, colgadas de los clavos con cintas; y en los vestidos traían cruces cosidas y cruces en las manos, y en los bolsillos crues de madera, de flores, de bejuco, de paja, de velloritas engarzadas en agujas y en alfileres, de espinas de biznaga, de plumas de águila, de paloma, de colibrí… no sé si la fiesta era la de la Santa Cruz; pero las cruces no cabían en la iglesia, y comenzaban a llenar el atrio.




Recuerdos del tiempo viejo de José Zorrilla

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Parte 2: tras el Pirineo

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Parte 3: En el mar

I - II - III - IV - V

Allende el mar

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