Raro (DFV)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


Raro.

Raro en física es lo opuesto á denso y en moral es lo opuesto á comun.

Este último raro es el que escita la admiracion, porque nunca se admira lo que es comun, sino se goza.

Un curioso se prefiere á lo restante de los miserables mortales, cuando tiene en su gabinete una medalla rara, que no sirve para nada; un libro raro que nadie tiene el valor de leer, ó una estampa vieja de Alberto-dure, mal dibujada y mal gravada; y triunfa si tiene en su jardin un árbol desmedrado que ha venido de América. Este curioso no tiene gusto, sino vanidad: él ha oido decir que lo hermoso es raro; pero no sabe que todo lo raro no es hermoso.

Lo hermoso es raro en todas las obras de la naturaleza y en las del arte.

Por mas mal que se haya dicho de las mugeres, yo sostengo que es mas raro encontrar mugeres perfectamente hermosas que medianamente buenas.

En las aldeas encontrarémos diez mil mugeres aficionadas á los quehaceres de su casa, trabajadoras, sobrias, y que dan de mamar, educan é instruyen á sus hijos; y apenas se encontrará una que se pueda presentar como una hermosura en los espectáculos de Paris, de Londres y de Nápoles, y en los jardines públicos.

De la misma manera en las obras del arte, se encuentran diez mil mamarrachos para una obra maestra.

Si todo fuera hermoso y bueno, es claro que nada se admiraria, sino que se gozaría de todo. Pero ¿habria placer en este goce? He aquí una gran cuestion.

¿Porqué tuvieron un suceso tan prodigioso las hermosas piezas del Cid, de los Horaciot y de Cinna? Porque en la tenebrosa noche en que estábamos sumerjidos se vió brillar de repente una nueva luz que no se esperaba. Porque esta hermosura era la cosa mas rara del mundo.

Los bosques de Versalles eran una hermosura única en el mundo, como lo eran tambien entónces ciertas piezas de Corneille. San Pedro en Roma es único, y se va desde el fin del mundo á estasiarse mirándolo.

Pero Supongamos que todas las iglesias de la Europa fueran iguales á san Pedro de Roma, que todas las estatuas fueran Vénus de Medicis, que todas las tragedias fueran tan hermosas como la Ifigenia de Racine, todas las obras de poesía tan bien hechas como el arte poética de Boileau, todas las comedias tan buenas como el Tartuf, y lo mismo en todos los demas géneros: ¿Tendriamos entónces tanto placer en gozar de las obras maestras hechas comunes, como el que nos hacen gustar siendo raras? Respondo atrevidamente que no; y creo que la antigua escuela que tan raras veces tiene razon, la tiene sin duda en este caso, cuando dice: ab asuetis non fit passio; la costumbre no hace la pasion.

Pero, mi querido lector, ¿sucederá lo mismo con las obras de la naturaleza? ¿Estarías disgustado de que todas las mugeres fueran tan hermosas como Helena; y vosotras señoras mias, si todos los hombres fueran tan buenos mozos como Párís? Supongamos que todos los vinos son esquisitos, ¿tendremos ménos ganas de beber? Si los perdigoncillos, los faisancillos y las pollas fueran comunes en todo el año, ¿tendriamos ménos apetito? Tambien respondo atrevidamente que no, á pesar del axioma de la escuela, que la costumbre no hace la pasion. Y todo el mundo sabe la razon: porque todos los placeres que nos da la naturaleza son necesidades que se renuevan continuamente, y goces necesarios; y porque los placeres de las artes no son necesarios. No es necesario al hombre tener bosques donde salte el agua á cien pies de altura de la boca de una figura de marmol, ni tampoco el ir al salir de estos bosques á ver una hermosa tragedia. Pero los dos sexos son siempre necesarios el uno al otro; la mesa y la cama son tambien necesarias; y nunca nos fastidiará la costumbre de estar alternativamente sobre estos dos tronos.

Cuando los Saboyanos enseñaron por la primera vez el totilimundi, nada habia mas raro en efecto. Esta fué una obra maestra de óptica, inventada, segun dicen, por Kirker; pero como esto no era necesario, no se puede esperar hacer mas fortuna con este arte.

Hace algunos aiios que se admiró en Paris un rinoceronte; y si en una provincia hubiera diez mil de estos animales, todo el mundo correria hacia ellos para matarlos; pero si hubiera cien mil mugeres hermosas, todos correrian siempre hácia ellas para honrarlas.