Religión/2 (DFV)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


Religión. Sección II.

Meditaba yo anoche, absorto en la contemplacion de la naturaleza, y admiraba la inmensidad, el curso, y las relaciones de esos infinitos globos que el vulgo no sabe admirar.

Todavía admiraba mas la inteligencia que preside estos vastos resortes; y me decia: Es menester estar ciego para no deslumhrarse con este espectáculo; es menester ser un estúpido para no reconocer á su autor; y es menester estar loco para no adorarlo. ¿Cual es el tributo de adoracion que yo le debo? ¿Debe este tributo ser el mismo en toda la estension del espacio, pues que el mismo poder supremo reina igualmente en toda esta estension?

¿No le deberá el mismo homenage un ser que piense y habite la via lactea, que el ser que piensa en este pequeño globo donde estamos nosotros? La luz es uniforme para el astro de Sirio y para nosotros; luego la moral debe serlo tambien.

Si un animal que siente y que piensa en Sirio, ha nacido de un padre y de una madre afectuosos que se han ocupado en hacerlo feliz, les deberá tanto amor y tanta solicitud, como debemos nosotros aquí á los nuestros. Si alguno de la via lactea ve un indigente estropeado, y pudiendo socorrerlo no lo hace, es culpable ante todos los globos.

El corazon tiene los mismos deberes en todas partes; en las gradas del trono de Dios, si es que hay un trono, y en el fondo del abismo, si es que hay un abismo.

Yo estaba engolfado en estas ideas, cuando viene hácia mí uno de esos genios que llenan los intermundos: conocí que era aquella misma criatura aerea que se me habia aparecido en otra ocasion para enseñarme cuan diferentes son los juicios de Dios de los nuestros, y cuan preferible es una buena accion á la controversia. [1]

Este genio me transportó á un desierto todo cubierto de huesos amontanados, y entre estos montones de esqueletos habia calles de árboles siempre venIes y al fin de cada calle un gran hombre de un aspecto augusto, que miraba con compasion estas tristes reliquias.

¡Ay! ¡Arcángel mio! le dije. ¿donde me has traido? A la desolacion, me contestó. ¿Y quien son estos hermosos patriarcas que veo inmóviles y enternecidos al fin de estos árboles verdes, y que al parecer lloran sobre esta multitud de muertos? Tú lo sabrás, pobre criatura humana, me contestó el genio de los intermundos; pero ántes es menester que llores.

Entónces principiando por el primer monton, me dijo: Estos son los veinte y tres mil Judios que vailaron delante del becerro con los veinte y cuatro mil que fueron muertos sobre las mugeres madianitas. El número de los asesinados por delitos, ó descuidos semejantes llega á cerca de trescientos mil.

Allí estan los carneros de los cristianos degollados los unos por los otros por disputas metafísicas; y estan divididos en muchos montones de cuatro siglos cada uno, porque uno solo hubiera llegado hasta el cielo, y ha sido preciso repartirlos.

¡Qué! esclame ¡Los hermanos han tratado así á sus hermanos! ¡Y yo tengo la desgracia de ser de esta hermandad!

He aquí, continuó el espíritu, los doce millones de Americanos, asesinados en su patria, porque no estaban bautizados. ¡Ay Dios mio! ¿Porque no dejais estos esqueletos borrosos que se desequen en la atmósfera donde nacieron, y donde sufrieron muertes tan diferentes? ¿Porqué se reuneu aquí todos estos monumentos abominables de la barbarie y del fanatismo? —Para instruirte.

Pues que quieres instruirme, dije al genio, dime si ha habido otros pueblos mas que los cristianos y los Judios , á los que hayan inspirado tantas y tan horribles crueldades su celo y su relion desgraciadamente convertida en fanatismo. Sí, me respondió, los mahometanos se han mancillado con las mismas inhumanidades, aunque raramente; y cuando se les ha perdido amman, misericordia, y se les ha ofrecido el tributo, han perdonado.

Un poco mas allá encontramos otros montones de talegos de oro y plata, cada uno de los cuales tenia su rótulo. "Sustancia de los hereges asesinados en el siglo diez y ocho, en el diez y siete, en el diez y seis," y así iba subiendo: "oro y plata de los americanos degollados, &c. &c. &c." Y todos estos montones cubiertos de cruces, de mitras, de báculos y de tiaras adornados de piedras preciosas.

¡Qué, genio mio! ¿Fué para poseer estas riquezas para lo que se acumularon tantos muertos? Sí, hijo mio.

Yo derramaba lágrimas, y cuando por mi dolor hube merecido que me condujese al fin de los álamos verdes, lo hizo así.

Contempla, me dijo entónces, los heroes de la humanidad, que han sido los bienhechores de la tierra, y que todos se han reunido, en cuanto han podido para desterrar del mundo la violencia y la rapiña. Pregúntales.

Me adelanté hácia el primero de la banda, que tenia una corona en la cabeza y un incensario en la mano, y le pregunté humildemente su nombre. Numa Pompilio, me respondió: yo sucedí á un facineroso, y tenia que gobernar á otros como él: les enseñé la virtud y el culto de Dios; pero despues han olvidado frecuentemente lo uno y lo otro; les prohibí que tuviesen en el templo ningun simulacro, porque la divinidad que anima la naturaleza, no puede ser representada. En mi reinado no tuvieron los Romanos ni guerras ni sediciones, y mi religion no hizo mas que bien. Todos los pueblos vecinos vinieron á honrar mis funerales, lo que no ha sucedido á nadie mas que á mí.

Le besé la mano, y pasé al segundo, que era un hermoso viejo de cerca de cien años, vestido con una tónica blanca, que tenia el dedo índice sobre la boca y con la otra mano tiraba unas habas detras de sí. Conocí que era Pitágoras: el que me aseguró que jamas habia tenido el muslo de oro, y que no habia sido gallo; pero que habia gobernado á los Crotoniatas con tanta justicia como Numa habia gobernado á los Romanos, sobre poco mas ó ménos en el mismo tiempo; y que esta justicia era la cosa mas necesaria y mas rara del mundo. Supe que los pitagóricos hacian exámen de conciencia dos veces al dia. ¡Qué gentes tan honradas! ¡Cuan léjos estamos de ellos! Pero nosotros, que en el espacio de mil y trescientos años no hemos sido mas que unos asesinos, decimos que estos sabios eran unos orgullosos.

No dije una palabra á Pitágoras por complacerlo, y pasé á Zoroastro, que se ocupaba en concentrar el fuego celeste en un espejo cóncavo en medio de un vestíbulo de cien puertas que todas conducian á la sabiduría. Sobre la principal de estas puertas [2] leí estas palabras, que son el compendio de toda la moral, y que escusan todas las disputas de los casuistas: "En la duda de si una accion es buena ó mala, abstente."

Ciertamente, dije á mi genio, los bárbaros que han inmolado tantas víctimas, cuyos huesos hemos visto, no habian leido estas hermosas palabras.

En seguida vimos á Zeleuco, los Thales, los Anaximandros y todos los sabios que habian buscado la verdad, y practicado la virtud.

Cuando llegamos a Sócrates lo conocí bien pronto en su nariz chata [3]. ¡Hola! le dije ¡Ya estás en el número de los confidentes del Altísimo!

Todos los habitantes de la Europa, escepto los Turcos y los Tártaros de la Crimea que no saben nada, pronuncian tu nombre con respeto. Se reverencia y se ama este gran nombre hasta tal estremo que se ba querido saber los de tus perseguidores: y se conoce á Melitus y á Anitus por causa tuya, como se conoce á Ravaillac por causa de Henrique IV; pero yo no conozco este nombre de Anitus; ni sé precisamente quien fué el malvado que te calumnió, y que consiguió hacerte condenar á la cicuta.

Jamas he vuelto á pensar en ese hombre depues de mi aventura, me respondió Sócrates; pero pues que me lo recuerdas, le tengo mucha lástima: era un sacerdote malo que hacia en secreto el comercio de cueros, que se tenia entre nosotros por vergonzoso; el que envió sus dos hijos á mi escuela. Los demas discipulos les echaban en cara su padre el zurrador, y se vieron obligados á dejar la escuela. Irritado el padre no dejó piedra por mover hasta que amotinó contra mi á todos los sacerdotes y á todos los sofistas. Estos persuadieron al consejo de los quinientos, que yo era un impío que no creia que la luna, Mercurio y Marte eran dioses. En efecto, yo pensaba, como ahora, que no hay mas que un Dios, señor de toda la naturaleza. Los jueces me entregaron al envenenador de la república, que acortó algunos dias á mi vida: mori tranquitamente á la edad de setenta años; y desde entónces paso una vida feliz con todos estos grandes hombres que ves, y de los que yo soy el mas inferior.

Despues de haber gozado algun tiempo de la conversacion de Sócrates, me adelanté con mi guia hácia un bosque situado sobre las florestas donde todos estos sabios de la antigüedad gozaban al parecer de un dulce reposo.

Allí vi á un hombre de una figura dulce y sencilla, que me pareció como de unos treinta y cinco años. Este echaba desde léjos unas miradas compasivas sobre aquellos montones de huesos desecados, por entre los que habia yo pasado para llegar á la morada de los sabios. Me admiré estraordinariamente de verle los piés hinchados y llenos de sangre, las manos lo mismo, el costado herido, y las espaldas desolladas á azotazos. ¡Ay, Dios mio! le dije: ¿Es posible que un justo, un sabio, esté en tal estado? Acabo de ver uno que fué tratado de una manera muy odiosa; pero no hay comparacion entre su suplicio y el tuyo. Unos perversos sacerdotes y unos perversos jueces lo envenenaron, ¿fueron tambien sacerdotes y jueces los que te asesinaron tan cruelmente?

Sí, me respondió con mucha afabilidad.

¿Quien fueron esos monstruos?

"Unos hipócritas."

¡Ay! que ya está todo dicho: ya comprendo por esa sola palabra, que debieron condenarte al último suplicio. ¿Les habias predicado como Sócrates, que la Luna no era una diosa, y que Mercurio no era un dios?

"No, noo se trataba de esos planetas. Mis compatriotas no sabian absolutamente lo que es un planeta, y todos eran unos verdaderos ignorantes. Sus supersticiones eran absolutamente diferentes de las de los Griegos."

¿Luego quisistes enseñarles una religion nueva?

"Nada de eso: yo les decía simplemente: Amad á Dios con todo vuestro corazon y al prójimo como á vosotros mismos, porque á esto se reduce todo el hombre. Juzga si este precepto no es tan antiguo como el universo; y juzga si les llevaba un culto nuevo. Yo no cesé de decirles que no habia venido para abolir la ley, sino para cumplirla; yo observé todos los ritos; yo fui circuncidado como todos ellos estaban, y bautizado como lo estaban los mas celosos de ellos; yo pagué como ellos el corban; y yo hice como ellos la pascua, comiendo en pié un cordero cocido con lechugas. Yo y mis amigos íbamos á orar al templo; mis amigos tambien frecuentaron este templo despues de mi muerte; en una palabra, yo cumplí todas sus leyes sin esceptuar ni una sola."

¡Qué! ¿No tenían esos miserables que acusarte ni aun de haberte separado de sus leyes?

"No, sin duda."

¿Porqué, pues, te han puesto en el estado en que te veo?

"¿Qué quieres que te diga? Ellos eran muy orgullosos é interesados: vieron que yo los conocia; supieron que los daba á conocer a los ciudadanos; eran los mas fuertes, y me quitaron la vida. Los que se les parecen harán siempre lo mismo, si pueden, con cualquiera que les haga justicia."

Pero, dime: ¿No hiciste nada que les sirviera de pretesto?

"Todo sirve de pretesto á los malvados."

¿No les dijistes una vez que habias venido á traer la espada, y no la paz?

"Eso es un error de copista: yo les dije que traia la paz, y no la espada. Nunca he escrito nada; y se ha podido variar lo que dije sin mala intencion."

¿Con que no has contribuido nada por tus discursos, ó mal escritos, ó mal interpretados á esos montones horrorosos de huesos, que yo he visto en el camino ántes de llegar aquí?

"Yo he mirado con horror los que se han hecho cómplices de todos esos asesinatos."

¿Y tampoco vienen de tí esos monumentos de poder y de riquezas, de orgullo y de avaricia, esos tesoros, esos ornamentos, esos signos de grandeza, que he encontrado en el camino buscando la sabiduria?

"Eso es imposible; yo y los mios hemos vivido en la pobreza y en la humillacion; y mi grandeza consistia solo en la virtud."

Ya estaba cerca de suplicarle que me dijera terminantemente quien era; pero mi guia me advirtio que no hiciera tal. Él me dijo que yo no estaba hecho para comprender estos sublimes misterios; y yo le pedi solamente que me enseñase en qué consistia la verdadera religion.

¿"No lo he dicho ya? Ama á Dios y á tu prójimo como á ti mismo."

¡Qué! ¿En amando á Dios, se podrá comer de carne en viérnes?

"Yo he comido siempre lo que me daban, porque era muy pobre para dar de comer á nadie."

¿En amando á Dios y siendo justos, podremos ser bastante prudentes para no confiar todas nuestras aventuras á un desconocido?

"Asi lo he hecho yo siempre."

¿En obrando bien, podré dispensarme de ir en peregrinacion á Santiago de Compostela?

"Jamas he estado en ese pais."

¿Será necesario confinarme en un encierro con necios?

"En cuanto á mí, yo hice siempre cortos viages de ciudad en ciudad."

¿Me será forzoso tomar partido por la Iglesia griega, ó por la latina?

"Yo no hice ninguna diferencia entre el judio y el samaritano, cuando estuve en el mundo."

Pues bien, si así es, yo te tomo por mi único maestro. Entónces me hizo una señal con la cabeza, que me llenó de consuelo. La vision desapareció, y me quedó la buena conciencia.


  1. Véase Dogma.
  2. Los preceptos de Zoroastro se llaman puertas y son en número de ciento.
  3. Véase á Xenofonte.