Sacerdotes de los paganos (DFV)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


Sacerdotes de los paganos.

Un tal Navarrete refiere en una de sus cartas á Dn. Juan de Austria el discurso siguiente que el dalailama hizo á su consejo privado:

"Venerables hermanos mios, vosotros y yo sabemos muy bien que yo no soy inmortal; pero es bueno que lo crean así los pueblos. Los Tártaros del grande y del pequeño Tibet son un pueblo testarudo y de cortas luces, que necesitan un yugo pesado, y errores groseros. Persuadidles pues mi inmortalidad, cuya gloria redundará en vuestro favor, y os procurará honores y riquezas."
"Cuando llegue el tiempo en que los Tártaros se instruyan un poco, entónces se les podrá confesar que los grandes lamas no son inmortales, pero que sus predecesores sí lo han sido; y que lo que era necesario para la fundacion de este divino edificio, no lo es ya que el edificio está sentado sobre un fundamento inmutable."
"Al principio me costó algun trabajo vencerme á distribuir entre los vasallos de mi imperio los relieves de mi sillico, engastados curiosamente entre dos cristales guarnecidos de cobre dorado; pero estos monumentos han sido recibidos con tanto respeto, que ha sido preciso continuar este uso, que al fin en nada repugna á las buenas costumbres, y que hace entrar mucho dinero en nuestro sagrado tesoro."
"Si en alguno tiempo persuade al pueblo algun charlatan impío á que nuestro trasero no es tan divino como nuestra cabeza; y si el pueblo se subleva contra nuestras reliquias, vosotros sostendreis su valor, cuanto podais: pero si al fin os veis obligados á abandonar la santidad de nuestro culo, conservad siempre en el espíritu de los habladores el profundo respeto que se debe á nuestro cerebro; á la manera que Nos en un tratado con los Mogoles les hemos cedido una mala provincia para que nos dejen pacífieos poseedores de las demas."
"Miéntras que los Tártaros del grande y pequeño Tibet no sepan ni leer ni escribir, y miéntras que sean groseros y devotos, vosotros podreis tomarles descaradamente su dinero, fornicar sus mugeres y sus hijas, y amenazarlos con la cólera del dios Fo, si tienen la osadia de quejarse."
"Pero cuando llegue el tiempo de discurrir (porque por último es indispensable que algun dia discurran los hombres), entónces tendreis una conducta diametralmente opuesta, y direis lo contrario de lo que han dicho vuestros predecesores; porque debeis cambiar de brida á medida que sean los caballos mas difíciles de manejar. Será preciso que vuestro esterior sea mas grave, vuestras intrigas mas misteriosas, vuestros secretos mejor guardados, vuestros sofismas mas artificiosos y vuestra filosofía mucho mas fina. Entónces sereis los pilotos de un navio que hace agua por todos partes. Tened á vuestras órdenes subalternos que se ocupen continuamente en dar á la bomba, calafatear, y tapar todas las aberturas. En este caso bogaréis con bastante trabajo; pero al fin bogaréis: y echaréis al agua, ó al fuego, como mejor os convenga á todo el que quiera examinar si habeis recorrido bien vuestro navio."
"Si los incrédulos son ó el príncipe de los Kalkas, ó el conteish de los Calmucos, ó un príncipe de Casan, ó algun otro gran Señor, que desgraciadamente tenga mucho talento, guardaos bien de disputar con ellos: respetadlos y decidles siempre que esperais que vuelvan á la buena vida. Pero respecto á los simples ciudadanos, tratadlos siempre sin la menor consideracion; y cuanto mas hombres de bien sean, tanto mas debeis trabajar en esterminarlos; porque las gentes honradas son las mas peligrosas para vosotros."
"Vosotros tendreis, pues, la sencillez de una paloma, la prudencia de una serpiente, y las garras de un leon, segun los lugares, los tiempos y las circunstancias."


Apénas habia pronunciado el dalai-lama estas palabras, cuando tembló la tierra, los relámpagos se cruzaron del uno al otro polo, retumbaron los truenos, y se oyó una voz celestial que dijo:

ADORAD A DIOS Y NO AL GRAN LAMA.

Todos los lamas subalternos sostuvieron que la voz habia dicho: "Adorad á Dios y el gran lama." Por mucho tiempo lo ha creido así el reino del Tibet; pero al presente ya no lo cree.