La corona de fuego: 01

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Primera parte[editar]

A mi querido amigo y compatriota D. J. R. y G.


Un acto espontáneo, desnudo de lisonja, me impulsa a dedicarte en esta obra un recuerdo honroso que aliente tu perseverancia, combatida por tantas decepciones. ¿Qué importa que una pasión bastarda trate de proscribir al mérito, deprimiéndole bajo mentidas formas? ¿Acaso no ha sido éste siempre el destino de los grandes hombres?

Que esa funesta rémora no retraiga tu laudable propósito en esa senda difícil a que te has lanzado. Artista de inspiración, no desistas de tu noble empeño; luce allá lejos un astro providencial que marca el rumbo a tu creador instinto, al brotar en medio de esos tenebrosos abismos: allí tu renombre artístico, ornamento y lustre de nuestra ingrata patria, brillará un día también en los anuales de la fama, coronado de los esplendores del genio.

Madrid, marzo de 1863.

José Pastor de la Roca.


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I[editar]

«¡Santiago y cierra España!»

Este grito de guerra tan proverbial entre los cristianos, cuando se las habían en buena lid con los hijos de Mahoma, dueños a la sazón de gran parte de la caballeresca España, resonaba como un trueno articulado por millares de entusiastas héroes, victoriosos en Guadalajara, Uceda y Almería.

«¡Santiago y a ellos!»

Y a este grito unísono, formidable, eléctrico, aliento de una nación guerrera, contestaba un destemplado alarido de coraje, y la chusma agarena, explotada por la rabia, precipitábase frenética en la refriega, malgastando a veces sus bríos en medio de un arrojo imprudente y ciego.

Entonces solían empeñarse lances sangrientos, choques desesperados, rudos, salvajes, en que un millón de vociferaciones apagaba el fatídico ¡ay! de los moribundos, el estallido de las alabardas moriscas al resbalar sobre las partesanas y adargas de los cristianos, y que formaban, al reflejo del sol y de la luna, un cuadro animado y feroz, cuadro terrible, trazado por relámpagos fosfóricos y fugaces.

Corrían los años 1053 de la Era de gracia.

Hacia esta época habíase publicado por varios emires confederados esa temible cruzada que llamaban los árabes guerra santa; y en las provincias meridionales de España sometidas a su bárbaro imperio, cundían los formidables aprestos marciales que debían sublevar el país y promover el choque decisivo y enérgico de la cruz con la medía luna.

Pero con tan poca suerte por parte de esta, que además de las referidas plazas de Uceda, Guadalajara y Almería, acababa de caer en poder de D. Fernando I la villa de Madrid con sus alquerías y anexidades.

Suponíase también que se trataba de conquistar la imperial Toledo, cosa no muy fácil entonces, por ser el baluarte antemural del islamismo en España, y cuyos formidables recursos de defensa desafiaran a cualquier poder, por colosal que fuese.

En venganza, pues, de tamañas pérdidas que acababan de experimentar, los moros, empeñados siempre con indomable tesón en aquel juego de peligroso desquite, saciaban su coraje haciendo correrías por tierras de los cristianos, talando mieses y campiñas, quemando bosques e incendiando cortijos, después de sacrificar a su furor a todos cuantos tenían la desgracia de caer en sus manos.

Hubo quien, dejándose llevar de un celo imprudente, aconsejase al rey la conquista del reino de Toledo, empezando por la capital; pero el monarca, más cauto y sin dejarse deslumbrar por el brillo de sus repetidas victorias, comprendió que la conquista no debía ser por la fuerza de las armas, sino por medio de arte, cosa imposible, pues siendo el dinero el principal recurso o auxiliar en tales casos, y hallándose exhausto el erario, debía aplazarse la empresa por entonces.


II[editar]

A reina, que era belicosa en extremo y que poseía en alto grado esa virtud o esa flaqueza que se llama ambición, destinó sus alhajas y joyas para aquella empresa; y astuta y reservada, designó secretamente el instrumento de que iba a valerse en lance tan difícil, con cuyo favorable éxito lisonjeábase allá en su interior, de poder sorprender y avergonzarala vez un día el ánimo de su esposo.

Ese instrumento era un joven hidalgo, llamado Veremundo Moscoso, presunto conde de Altamira, guerrero intrépido que servía a la reina en clase de guarda-mayor, y de cuyo pundonor y fidelidad estaba altamente satisfecha, habiendo recibido repetidas muestras de ello.

Doña Sancha, que tal se llamaba aquella princesa, le llamó reservadamente para comunicarle sus proyectos, y el altivo infanzón, no solo se comprometió a negociar por sí solo el asunto, Dios mediante, y aun a riesgo de su propia vida, sino que además juró por la bendita cruz de su espada ensayar su política en otra plaza fuerte, cuyo resultado debía ser la conquista de ella, sin efusión de sangre.

La varonil mujer le despidió afectuosamente entregándole ciertas joyas de inestimable precio, y una gran cantidad de oro, para que lo emplease todo en el mejor éxito de la empresa.

-¡Ah señora!, exclamó ruborizándose el noble hidalgo, siento en el alma que la pobreza de mi casa me coloque en el triste y vergonzoso compromiso de admitir esta dádiva que se resiste al carácter de un leal y pundonoroso caballero; en cambio, señora, tengo una espada y un nombre sin tacha: este es mi principal patrimonio, y lo pongo a las órdenes de V. A.

-Con ello estoy suficientemente recompensada, replicó la reina con la más cordial efusión, tendiendo la mano, al joven caballero, para impedirle que se arrodillase.

-Id con Dios, prosiguió con una autoridad dulce y majestuosa, y no volváis a mi presencia si no obtenéis las llaves de ambas plazas.

Y con una sonrisa afectuosamente grave lo despidió.


III[editar]

Pocos días después el orgulloso hidalgo atravesaba con paso altivo el regio salón de audiencia, portador que era de un pliego importante, sellado con las armas reales y dirigido a la reina doña Sancha.

Su contenido era el siguiente:

«A vos, mi cara esposa, salud.- Sabredes ca la güena villa de Alcalá de Henares ha caído en poder de Nos, por la misericordia divina: que esto fue milagro non natural, e mu defícil de comprendello.

»De mi real campo de Madrid, etc. »

La reina no pudo concluir la lectura del pergamino: tan poseída se hallaba de alegría.

En efecto, el ensayo de Veremundo había sido completamente feliz, y el orgulloso caballero tuvo la altivez o acaso la modestia de ocultar a su soberano que a él solo tal vez se debía el triunfo.


IV[editar]

Cierto día, a puestas de sol, entraba en la ciudad de Toledo por la antigua puerta de Visagra una pequeña y modesta cabalgata que caminaba a buen trote, con intento, al parecer, de aposentarse cómodamente antes de que se cerrasen los establecimientos de hospedaje, cuyos dueños tenían orden de no recibir forasteros después del crepúsculo de la tarde.

Componían esta cabalgata un joven comerciante y dos criados árabes, a juzgar por sus vestidos a la morisca, turbante amarillo y verde, bombacho blanco y babuchas azafranadas; llevaban también vistosos alhamares, color de naranja, a excepción del primero, que lucía un blanquísimo alquicel de lana, puro como el armiño y orlado caprichosamente de festones y ricos bordados orientales.

Montaba un brioso caballo cordobés, espléndidamente encaparazonado con monturas y jaeces africanos, gualdrapa carmesí sembrada de medías lunas de plata y bridas trenzadas de seda verde con hilos de oro.

La planta arrogante del noble animal le acreditaba pertenecer a esa raza pura andaluza, tan conservada y apreciada justamente por el delicado gusto de la aristocracia árabe-española.

En cuanto a los dos turcos que le acompañaban, venían montados en acémilas sobre un cargamento misterioso que formaban unos cajones rotulados en idioma oriental, con este mote:

« SEDERÍAS. -N.º 2.º -Alha-Sid y Compañía. -CAIRO. »

El caballero era nuestro conocido Veremundo, que acompañado de dos escuderos, iba a poner en práctica el plan de conquista ya anteriormente expresado.

Al llegar a la aduana, como diríamos hoy, situada a corta distancia de la puerta, el pretendido moro principal exhibió una patente de la ciudad de Smirna, junto con la correspondiente guía de las factorías en las fronteras marroquíes.

El sol, hundido ya en su ocaso, doraba débilmente con purpúreo brillo los altos minaretes de las mezquitas, las torrecillas afiligranadas de los templetes, y las agujas aéreas de las sinagogas, que se confundían en el plano inclinado de los adarves y en los techos de pizarra gris, sobre el claroscuro de la montaña.


V[editar]

Hemos dicho que se acercaba el crepúsculo, y los fanáticos almuédanos, desde los alminares de las mezquitas, anunciaban los fieles creyentes la oración de la noche.

Las medías tintas de la luz imprimían a aquella religiosa ceremonia de la fe musulmana un doble carácter de majestad y languidez imponentes; las bulliciosas alhóndigas se cerraban; suspendíanse los baños, y las tiendas portátiles de los bazares retirábanse a sus respectivos porches, porque lo contrario fuera una impiedad que atacara las rígidas prescripciones dogmáticas del mahometismo.

Los barrios de la judería, que ocupaban la parte meridional de la ciudad, cerrábanse de orden superior y en virtud de cierta confidencia sobre sospechas de conspiración, las cuales, fundadas o infundadas, solían recaer siempre sobre los desgraciados hijos de Israel.

Empezaba ya a sonar el rumor de la bulliciosa zambra morisca: agitado concierto de guzlas, chirimías y guitarras, panderetas y tamboriles, y brillaba el fuego de las hogueras allá en la cumbre de las colinas.

Afluía allí el tumultuoso gentío que vomitara aquel laberinto de tortuosas calles, atraídos sus moradores por la algazara, por la armonía y por la frenética animación que reinaba en las alturas.


VI[editar]

Los mercaderes entre tanto habían atravesado con mesurada gravedad y disimulo toda la vasta extensión que comprende la primera colina, o sea desde la indicada puerta de Visagra hasta la plaza-mercado de los Jumentos o de Zocodover, en su acepción árabe, y que equivale a la actual plaza de la Constitución.

Había entonces en esta misma plaza una especie de fonda u hostería, titulada de Bab-Shara, esto es: puerta del campo, aludiendo acaso al jardín con que comunicara y que se extendía en vistoso anfiteatro a la misma falda del collado, antes de desmontarse el terreno y reducirlo a caseríos, y del cual acaso ya nos ocuparemos luego.

Los viajeros se hospedaron en este suntuoso establecimiento, ocupando una lujosa cámara espléndidamente ataviada, y que fue solicitada con gran empeño y a cualquier precio por Veremundo.

Instalados allí, y cuando los mil ruidos de la imperial ciudad se habían ya extinguido, el pretendido mercader cerró cautelosamente la dorada puerta de su alojamiento, los ajimeces y ventanas, y practicando un escrupuloso reconocimiento, colocó de centinela a sus dos criados, completamente armados, para que vigilasen las avenidas, y conocedor al parecer, de todos los pormenores de aquella pieza, tocó en uno de sus ángulos cierto resorte simulado bajo de un marco de tapicería, y apareció un batiente que se desprendió, retirándose con un giro tácito e imperceptible y produciendo un crujido sordo que iba aumentándose a medida que el fingido moro empujaba el botón de bronce del mecanismo.

Quedó entonces abierto un buque circular y sombrío.

Veremundo respiró con satisfacción y asomó la cabeza por el fondo tenebroso de aquella trampa.

Un rayo de luna límpido y nacarado atravesaba aquel limbo oscuro, como una cinta piramidal de plata.

En aquel limbo desconocido nada se percibía, sino un fondo inmensurable de tinieblas.

Veremundo encontró al tiento una cuerda: tiró de ella y sonó al punto, muy remoto, el eco de una campana invisible, como la vibración de un timbre subterráneo y mágico.

Retrocedió al punto herido por un movimiento de incertidumbre, porque en efecto, la situación de aquellos hombres temerarios era en aquel punto azarosa y crítica.

¿Acaso les era de todo punto fiel la persona que hasta allí les guiara, vendiéndoles con tanta facilidad tan profundo arcano, y con quien trataran además un asunto delicadísimo?

¿No podía disfrazarse una infame perfidia bajo la máscara de una aparente y falsa amistad?

El hombre que hacía traición a una causa, constituido en su innoble terreno, por afectar servir a otra, ¿no pudiera también cambiar papeles al tiempo de la ejecución?

¡Ah! y en este caso, probable por desgracia, habíanse dejado llevar de una ligereza imprudente que les colocaba en inminente riesgo.


VII[editar]

Una vibración metálica, como la que produce el escape de un muelle de templado acero, interrumpió la ansiedad de los conspiradores, que armados hasta los dientes, hallábanse dispuestos hasta a una lucha corporal, si necesario fuese.

Colocados a la puerta de la trampa, desnudo el corvo alfanje y suspendida en el aire la pesada cimitarra, guardaban ambos, como fieras en acecho, el misterioso buque, resueltos, como dejamos dicho, a vender caras sus vidas; pero esta alarma cesó de pronto cuando vieron asomar por el mismo una cabeza encanecida, bajo un capuz o turbante griego, y luego un anciano de vigorosa musculatura, que saltó hacia la pieza con una agilidad portentosa.

En el rostro carnoso y rubicundo de aquel hombre lucía una indolente y fría sonrisa, signo equívoco y peligroso a primera vista y que impuso a sus testigos.

-Parece, exclamó, que no os inspira entera confianza la palabra de los hijos de Israel, y en verdad que desgraciadamente ese es otro de los precedentes fatales que suelen acompañar siempre a la raza infeliz del mísero pueblo de Dios, disperso, errante, oprimido y vilipendiado.

Y en aquella fisonomía indefinible brilló una llamarada de odio, sarcasmo implacable que pasó fugitivo y precoz, como esas ráfagas o exhalaciones que dejan un rasgo encendido en la zona.

-Me habéis requerido con vuestra proposición, continuó, cambiando su alarma por una aparente naturalidad sincera, sutilmente reflejada en su rostro; me habéis ofrecido un partido, y lo acepto, y por más que existan motivos dentro de la posibilidad humana que opongan una funesta rémora a vuestro plan, he aquí que acudo solicito al llamamiento, y que atropellando riesgos y contradicciones de conciencia, ocupo mi puesto y me entrego a vuestro simple albedrío.

-Nunca pude yo dudar de vuestra palabra, repuso el hidalgo con marcado entusiasmo, la sana intención que dicta nuestras palabras y dirige nuestras mutuas acciones, es el punto donde converge mi vista y se ilumina de fe y sinceridad, si alguna vez la duda, ese paréntesis de la conciencia, ha tratado de eclipsar el brillo de mi esperanza. Pero hénos aquí entregados a vuestro arbitrio, pobres extranjeros, disfrazados con el traje de un mismo oprobio, y que obedeciendo tan solo a su inspiración, arrostran todo género de riesgos; su ambición misma, cuando no otra causa más grande todavía, le presta recursos de fe y perseverancia, y vednos aquí entregados a vuestra voluntad, confundidos, comprometidos con vos, campeón ilustre de la independencia, para trabajar de consuno en llevar a cabo la obra meritoria de la extirpación del dominio musulmán, oprobio común de nuestras creencias, por medio de un golpe que debe ser la base de la emancipación de la raza hebrea, como una de las primeras exigencias de la civilización y de la política.

El judío marcó un signo de amarga ironía.

- ¡Oh! dijo después de una pausa, y sonriendo con su astuta calma, ¡aleje Dios la tentación de la incredulidad y de la duda que me asalta bien a pesar mío!

-Es decir, repuso el magnate, como ofendido en su fe, es decir que trato yo de envolveros en un plan insidioso, precisamente cuando vengo a poner a vuestra disposición mi seguridad y la de mis consortes; cuando os entrego el tesoro de mi reina, que veis ahí.

Y Veremundo mostró a su colocutor los fingidos fardos de mercancías, que no eran realmente sino paquetes de alhajas y dinero de la corona. El anciano siguió maquinalmente la dirección del dedo de Veremundo, y su codiciosa mirada fue a clavarse como un dardo en aquellos objetos preciosos.

-Basta, mi querido señor, repuso, al decir tentación, no creo haber querido ofender, ni vuestras intenciones, ni mi decisión resuelta en favor vuestro; admitid la expresión en lo que vale, y no dudéis de un éxito que se nos muestra enteramente propicio.

Los músculos del rostro del hebreo se exaltaron con la expresión de un triunfo diabólico.

-Quiero, pues, creer vuestras palabras, continuó siempre con su eterna sonrisa, quiero acceder a esos deseos, en gracia al menos de la noble intención que encierran, y puesto que el destino o la Providencia nos ha aproximado en tan arriesgado terreno, utilicemos la ocasión, cooperemos a ese mismo fin tan laudable, conspiremos contra un sistema opresivo, que es el blanco común de nuestras aspiraciones, y si llegásemos a obtener el triunfo entonces. ¡ Y bien! hombre filántropo, ¿qué sucederá luego? ¿cuál será el galardón que yo obtenga para mi pobre raza proscripta? ¿cuál será, pues, su destino? ¿mejorará por ventura? ¿qué podremos esperar entonces? Acaso una persecución más cruel y encarnizada, a medida que el león castellano, con su intolerante sistema, acrezca su fuerza y poderío, clavando su acerada garra en estos miembros esparcidos en rededor del tronco que yace sin vida, híbrido, yerto y mutilado, sí, pero incorrupto, mientras contenga el germen de la regeneración que en él existe.

Una lágrima de odio asomó al ojo del judío, exaltado por una secreta indignación feroz; lágrima abrasadora y fugitiva que se apresuró a enjugar con su dedo grasiento, y que huyó acaso desapercibida de su colocutor, que deslumbrado visiblemente por la calma siniestra que vagara en aquella fisonomía maligna, estrechó conmovido, y por un enérgico y maquinal impulso, la demacrada mano del judío.


VIII[editar]

Oyóse entonces el tañido de una campana, la misma acaso que ya dijimos.

-No son estos, dijo el anciano, la hora y punto más oportunos para la discusión y ratificación del tratado que debe poner en poder del castellano el cetro de la ciudad de Toledo, el precioso antemural del nombre árabe en España. Las bases están ya redactadas, y solo falta por vuestra parte que hagáis honor a vuestra palabra, mostrándoos generoso y agradecido (no diré pródigo) con los que tanto arriesgamos en la empresa, y que tan tremenda responsabilidad cargamos sobre nuestras cabezas.

La mirada del hebreo, penetrante y lúcida, se dirigió oblicua y furtivamente hacia los cajones, que, apilados en un ángulo de la pieza, contenían lo que tanto codiciara: oro.

-Alabo vuestra franqueza, repuso el fingido turco; justo es recompensar el valor de vuestros servicios con un premio digno de ellos y de la alta persona que me ordena ponerlo a vuestra disposición, tan luego como hayáis cumplido con buen éxito vuestra promesa, a cuyo efecto ya veis que queda por mi parte constituido el depósito del tesoro que podéis examinar, sí gustáis, a vuestro placer.

-Basta, caballero, eso sería hacer una marcada ofensa a vuestra palabra, descanso en ella, y no seré yo quien dude jamás de vuestra buena fe y lealtad.

La campana repitió su lúgubre tañido e interrumpió por un momento al hebreo.

-¿Oís? dijo con marcada precipitación y disponiéndose a retirarse, esa campana ordena la convocatoria de los ancianos israelitas que bajo mi presidencia deben revisar y ratificar el tratado. Seguidme, pues, si os place, os ocultaré en punto desde el cual podéis observar las deliberaciones de la asamblea sin ser visto. Allí me esperaréis, quiero que deis testimonio de cuanto veáis. El asunto es crítico, y es necesario rodearse de ciertas precauciones, porque la policía no se duerme en pajas y sondea haga los más profundos designios.

Y mientras el judío tornaba a introducirse por el buque, Veremundo dio una orden secreta a sus escuderos, introduciéndose también a su vez en pos del mismo por aquella cripta desconocida y lóbrega.


IX[editar]

Era esta una galería subterránea, sostenida su bóveda por medio de gruesos pilares de mampostería que se enlazaban por medio de una serie no interrumpida de arcos obtusos toscamente labrados, que describían graciosas combinaciones y cuya altura perpendicular no excedía de seis pies.

El judío, provisto de una linterna sorda, caminaba delante del mercader, que le seguía como una sombra muda y silenciosa, convencido cada vez más de la buena fe de aquel hombre hábil que se abandonara a su albedrío en aquel dédalo ignorado y lúgubre,

Anduvieron largo espacio por aquella mansión tenebrosa, cuya calma y silencio solo eran alterados por el rumor vibrante de los carruajes que rodaban sobre sus cabezas y parecían amenazar hundir la bóveda.

Al fin lograron salir del subterráneo, y la blanca claridad de la luna iluminó la vista de ambos con su pálido y plateado brillo.


X[editar]

Era bien entrada la noche y la luna remontaba el cenit, rodeada de qua aureola diáfana y sanguinolenta.

Hallábanse en un gran patio rodeado de tapias de desigual altura, cuyos desmoronados perfiles cortaban en ángulos rectos un horizonte algo diáfano, aunque límpido y despejado de nubes. Solo hacia el Sur parecía levantarse un tenue vapor macilento que se extendía como un pabellón rojizo coronado de pintorescos celajes.

Hacia la izquierda dibujábanse en lontananza las almenas del muro con sus dentadas pirámides que hundían sus delgados espectros en el espacio, y sobre los cuales descendían las plateadas brumas de la noche; los copudos fresnos que bordaban las riberas del Tajo, y la áspera silueta de los alhamíes allá en la cúspide de un collado sembrado de ruinas postradas, cuyos blanquiscos grupos condensados por la vaporosa niebla, proyectábanse, decorando el cuadro y destacando sus formas fantásticas sobre un firmamento sembrado de estrellas.

Percibíase allá en frente un gran caserón ennegrecido y casi ruinoso, precedido de una especie de pórtico sustentado por una columnata istriada de forma piramidal, al que daba ingreso una inmensa puerta de medio punto. El hebreo introdujo una llave en la cerradura, y a costa de un leve esfuerzo giró un postigo, presentando una abertura tan mezquina, que apenas cabía un cuerpo, y por el cual ambos se introdujeron.


XI[editar]

Reinaba en aquel vestíbulo un profundo silencio.

Una luz invisible difundía su pálido brillo en aquella mansión solitaria, y un olor de incienso, semejante al que suele aspirarse en nuestros templos, se exhalaba del ambiente.

Atravesaron el vestíbulo y varias piezas equiláteras, exágonas y triangulares, trazadas en laberinto, y cuyas ennegrecidas paredes estaban cubiertas de indescifrables anagramas y jeroglíficos.

El mismo silencio, la misma calma, calma imponente y pavorosa; solo que el resplandor, a medida que avanzaban, era cada vez más vivo y luminoso, y el grato aroma del incienso aspirábase cada vez más fuerte.

Por fin halláronse junto a una gran verja de bronce, veladas sus doradas barras, en forma de culebras trenzadas, por cortinas de crespón violado, que trasparentaban una luz vívida, arrojando en la pared opuesta un matiz de sangrienta púrpura.

El hebreo designó, al caballero un rico sitial de brocado que, colocado en cierto punto, permitía ver desde él parte de lo que ocurría al otro lado de la reja, y le ordenó que tomase asiento en él, diciendo:

-Hasta aquí pudo llegar el hombre extraño a las creencias del pueblo de Moisés, esa es la barrera que separa al profano del santuario venerable, destinado al culto del Arca y el Tabernáculo; el ara del sacrificio rechaza vuestra ley, como esa misma ley rechaza a su vez a aquella; funesta represalia, cuando el mismo principio, la unidad divina, constituye en cierto modo la base sustancial de entrambos ritos. Esperad, pues, ahí, y no os mováis, porque seríais perdido sin recurso. ¿Quién podría contener el golpe de un fanático, ciego por su propio celo? ¡Y bien!, todos los ritos tienen en tales casos sus héroes.

-Ni ridiculicéis, continuó, lo que veáis y oigáis, es el preliminar de ese tremendo golpe que de común concierto meditamos, y que, como ya os dije, va a sancionarse por el consejo supremo de nuestros ancianos. Para ello, pues, Dios, a quien ponemos por inspirador y árbitro, exige un holocausto, según nuestro rito; sometamos a su voluntad nuestra inspiración él sabrá infundirnos el debido acierto, pues siempre que se reconozca su esencia única y omnipotente, poco le importa el nombre con que se le invoque.

Y rápido, veloz, aun a pesar de sus años, el hebreo empujó un botón de cristal y nácar, introduciéndose por un postigo de escape que debía dar ingreso a aquella estancia misteriosa.

Veremundo, accediendo al mandato del judío, y sin poderse dar cuenta de lo que ocurría, ocupó el sitial que se le indicara. Oyóse al punto un recitado lúgubre que fue animándose gradualmente, produciendo una expresiva armonía; y aunque todo se pronunciaba en idioma hebreo, idioma que él no comprendía, creyó, sin embargo, o adivinó que, eran los salmos de la Biblia.

Percibió también otra oleada de incienso mucho más aromática que las anteriores, al paso que las cortinas que trasparentaban un matiz de granate y fuego, condensábanse visiblemente a ciertos intervalos por una niebla vaporosa.

Una música expresiva y lánguida alternaba con los versículos del profeta rey, cada vez más animado todo por una exaltación religiosa y patética, que descendió luego gradualmente con la última nota del cántico.


XII[editar]

Rasgáronse de improviso las cortinas, cayendo como un velo diáfano y quedando visible el interior de aquella sinagoga solemne que, a través de las doradas barras, aparecía en toda esa esplendorosa majestad de que todos los ritos suelen rodear a sus respectivas ceremonias.

Allá en el fondo veíase el ara de mármol blanco enrojecida aún, y sobre la cual yacían esparcidos los restos del sacrificio; la sangre del cordero salpicaba el altar, y en uno de sus ángulos veíase un vellón blanco como la piel de armiño.

Alrededor, sentados sobre banquetas de pulido cedro, había como treinta ancianos con prolongadas túnicas y el birrete o turbante negro judaico colocado junto a cada uno respectivamente. Entre aquellas figuras venerables sobresalía el gran sacerdote vestido de pontifical con su prolongada barba gris y su hopalanda carmesí sobrepuesta a un alba de finísimo y blanco fino.

Veremundo le reconoció al punto: era el mismo anciano que le había introducido, y a cuyo cargo estaba la dirección del suceso.

El menaje y accesorios de aquel recinto eran de un lujo soberbio. Taburetes plateados, pesados cortinajes de tisú cogidos en pabellones flotantes, todo brillaba en torno de la imponente ceremonia, y dejábase ver al fulgor de un candelabro de tres mecheros que brillaba en el centro del santuario, reverberando en las blancas paredes estucadas sus luminarias deslumbradoras, reproduciéndose y multiplicándose en la pulimentada superficie, donde parecían incrustarse, resbalando como errantes estrellas o como facetas diamantinas y abrillantadas.

Sobre un estrado de terciopelo blanco alzábanse unas gradas de jaspe negro, alfombradas al gusto oriental y sobrepuestas a la correspondiente altura de ricos toldos de oriflama y raso arabesco; sobre aquellas gradas, figurando tronos, bajo aquellos toldos y sentados en escaños de bello pórfido, veíanse varios coros de mancebos vestidos de púrpura, que al compás marcado por uno de ellos con una varilla de oro, pulsaban en sonoro concierto las cuerdas de cítaras y harpas eolias que hacían vibrar con sus dedos suaves y levísimos.

Al son de aquellos acordes lánguidos cantaban con sus aéreas voces versículos y estrofas de una cadencia sublime, dulces armonías que hacían vibrar el corazón y anegaban el alma en un abismo de deleite, como el grito de un ángel al remontarse al cielo.

Aquellas notas de una poesía arrebatadora y dulcísima iban descendiendo luego gradualmente y apagaban su tierna melodía a medida que el preste, seguido de sus adláteres, abreviaba el giro de la ceremonia.


XIII[editar]

Hubo entonces un momento de silencio y una breve pausa, durante los cuales prosternáronse todos y oraron.

Una música expresiva y grave apagaba sus últimas cadencias, ejecutando modulaciones de una arrebatadora ternura que arrancaba lágrimas de emoción. El gran sacerdote exhibió luego un gran libro, sobre el cual impusieron todos simultáneamente la diestra, pronunciando a medía voz cierta fórmula sacramental, a la que contestaba el preste con una sola frase, y concluyendo por encerrar el libro en el Arca, cuya forma percibíase vagamente allá en el fondo de la penumbra.

Abrióse después una puerta de medio punto que correspondía al vestíbulo, y por la cual empezó a salir el concurso, que hasta entonces permaneciera en un departamento invisible para el joven, y cuyas oleadas movibles sucedíanse con la mayor compostura.

Iban todos envueltos en sus túnicas, oculto el rostro bajo antifaces pendientes de sus piramidales capuces, si eran hombres, o bajo el tupido velo sacro, si eran mujeres.

Cayeron también las cortinas diáfanas sobre la gran verja, y tras de un crujido tenue giró el postigo, por el cual introdujérase antes el judío, y que, despojado ahora del traje de ceremonia, tornó a reaparecer, animado siempre el rostro de su habitual sonrisa.


XIV[editar]

Traía en la mano un pergamino, del cual pendía un gran sello de lacre negro prendido a una cinta de pergamino, cuyos objetos entregó al fingido moro con cierto aire de marcada importancia.

- Tomad, dijo, esta es la prenda de alianza que debe garantizar la promesa, cuya realización se aplaza únicamente hasta el primer momento de oportunidad: el consejo ha adoptado la idea, y desde luego estoy plenamente autorizado para anunciaros que podéis ya retiraros a vuestro alojamiento, quedando a cargo de la sinagoga la organización de esa conspiración terrible, ante cuya gravedad no retroceden los ancianos, y que en su día debe dar su fruto.

¡Toledo!, prosiguió inspirado por un entusiasmo ardiente, ¡Toledo!, orgulloso emporio del islamismo español, tu destino debe cumplirse, porque inexorable y potente, la voz profética de tus anales llama en los tiempos futuros al legítimo dueño de tu grandeza. Este debe ser un príncipe cristiano, porque así está escrito en los fastos de la Providencia.

El hebreo, alucinado por su mismo rapto, hízose seguir de su colocutor, el cual fue restituido a su alojamiento por el mismo subterráneo de que ya hicimos mérito.


XV[editar]

-Oid, oid, dijo el viejo antes de separarse de Veremundo, dentro de tres días debe darse el golpe proyectado, según acuerdo del consejo. Precisamente ese es el día de sábado, día que el Dios de Israel, por medio de Moisés, se ha reservado en conmemoración de su descanso, terminada la obra prodigiosa de la creación del mundo: el Decálogo en su tercer precepto nos manda santificarlo, y ninguna ocasión más oportuna de solemnizarlo. El choque debe ser horroroso, y la sangre de esos hombres contumaces regará las calles de su metrópoli. ¡Y bien!, la misma ceguedad e intolerancia debe conducirles a su propio exterminio.

-Por cierto que andáis diligente, repuso Veremundo, y sin que parezca una ofensa a vuestra previsión y exquisito tacto, os recomiendo calma y discreción en la empresa de un plan tan formidable.

El anciano soltó una insultante carcajada de mofa.

- ¡Bah! dejaos de observaciones y abandonad ese cuidado una mano práctica, amaestrada en ese género de riesgos; ocupaos únicamente de vos y de los vuestros. ¿Creéis acaso que el rayo de maldición que vibra mi brazo ha de quebrarse en el escudo de esa miserable chusma? Desengañaos, pues, Israel ha elegido una víctima, aun en medio de su postración abyecta, esa víctima está ya herida por el anatema del cielo, y aun en medio de su situación aflictiva, alza su cabeza rebelde, como la víbora, para herir al coloso. Tranquilizaos, pues, la planta del gigante dormido aplastará esa venenosa cabeza.

En la fisonomía del judío brilló una sonrisa cáustica y convulsa, y continuó después de una breve pausa:

-Para ese gran día tan próximo en que debe tener lugar el desenlace, es preciso que los ejércitos del rey cristiano se hallen a corta distancia, dispuestos a acudir al socorro de la revolución, cuando se les llame, en virtud de la consigna que acordemos de común concierto; avisad, pues, y disponed lo que creáis necesario, mañana en otra conferencia podremos explanar los pormenores, y entre tanto descansad tranquilo.

El hebreo desapareció entonces, mientras Veremundo entraba en su alojamiento, donde le esperaban los suyos.

El buque se cerró al punto detrás de él, sin dejar la más mínima señal de sus junturas.


XVI[editar]

Cierto día al amanecer, cuando la aurora brillaba en el Oriente con su pabellón de púrpura, notábase en las calles de Toledo una extraña animación que ponía en movimiento la vida todavía dormitante y soñolienta de la gran metrópoli.

Corrían por do quier oleadas impetuosas de gente, chocando, atropellando e impeliendo aceleradamente a las turbas que en movibles grupos se agitaran, y todo en medio del mayor silencio; silencio fúnebre, siniestro, que encerraba, no obstante, un alarido mortal de angustia, mudo como el hálito de un espectro, y bajo cuya influencia fatídica gemía una gran parte de aquella población amenazada de una inevitable catástrofe.

Y luego, cuando aquellas turbas llegaban a cierto punto, cuando su natural curiosidad se satisfacía con el triste espectáculo que diera alma y vida propia al misterio, volvían en su mayor número, refluyendo hacia atrás como rechazadas por una fuerza extraña, horripiladas, llenas de pavor mientras que el resto de ellas, es decir, la parte desmoralizada, proseguía alentada por ese instinto feroz que todavía no se ha borrado de las sociedades modernas, oprobio vil de la humanidad, si es que hombres merecen llamarse los que autorizan y aplauden el suplicio de sus semejantes.

Y de ahí los continuos choques de que eran indistintamente víctimas los que iban y venían, semejantes al flujo y reflujo de un proceloso mar explotado.

Porque no era ya un secreto para la generalidad la causa impulsiva de aquella animación tan inquieta, especie que corría de boca en boca con todo el lúgubre horror del misterio, que no se despojaba de sus tristes formas.

Tratábase de la ejecución capital de varios israelitas, en un considerable número y sorteados de entre todos los que se hubiesen hallado aquella noche misma en Toledo; medida bárbara y sangrienta, digna únicamente de la crueldad mahometana, cuyo rencor cebábase ordinariamente en las familias cristianas y hebreas, con todo el implacable rigor del águila que cae violentamente sobre su presa, alentada siempre por el cobarde estímulo de la impunidad.

El fundamento de aquella sentencia, inicua por las formas de que se revestía, era bajo cierto punto de vista una medida de orden y reparación política que llevaba envuelto, según se decía, el sello de la prescripción legal. La noche precedente al tiempo del relevo de guardias, habían sido sorprendidos y asesinados en sus garitas varios centinelas, mientras un pelotón de judíos, armados y dueños de la consigna, habíanse apoderado de varios puntos fortificados, cortando hábilmente por medio de una paralela improvisada, aquella parte de muro que más resistencia pudiera ofrecerles, y colocándose en una posición ventajosa que iba robusteciendo una doble línea de paisanos armados, ingeniosamente ordenada y que se prolongaba desde la puerta de Visagra hasta el fortín aspillerado del Tajo.

El resultado de este golpe revolucionario pudiera haber dado indudablemente una probabilidad de éxito, favorable, sin la circunstancia de haber precipitado vivos los conspiradores a los fosos a los soldados moros; pero los ayes de estos desventurados que yacían moribundos, mutilados y heridos, malograron el éxito de la empresa, y un grito sostenido de ¡traición! que fue prolongándose con un eco eléctrico, llevó la alarma a los cuarteles, que empezaron a vomitar de tropel masas de soldados que, en medio de las tinieblas de la noche, empeñaron un sangriento combate, con dudosa suerte.

En medio, pues, del estrépito de la lucha, un toque de clarín, vibrante y sonoro, dominó el universal trastorno, modulando una nota expresiva, aunque lejana.

Este clamor parecía corresponder hacia las afueras, y era la señal de que el ejército de D. Fernando, a las ordenes del joven infante D. Alfonso, creyendo asegurado el golpe de la conspiración, con la cual fácil es de comprender estaba de acuerdo, dirigíase, precipitando marchas, a tomar posesión de la ciudad, cuyas puertas permanecían realmente abiertas ya por industria de los judíos.

Sólo que en aquellos momentos críticos, el clamor bélico sonaba todavía muy lejano, y los conjurados que combatían con desesperación, cedían ya al número y desmayaban. Unos minutos más de tregua y su triunfo es seguro, y la plaza sucumbe.

Mas la lucha continuó cada vez más desigual y encarnizada, y así trascurrió un buen rato: periodo terrible que todavía mantuvo indeciso y problemático el éxito del combate. Luego una luz azulada brilló en la cumbre de un collado que dominara todo el ámbito de la ciudad y sus afueras, como un siniestro meteoro suspendido en los aires, o como una estrella errante, resbalando sobre el espacio lóbrego de la zona.

La súbita aparición de aquella luz decidió completamente el éxito de la jornada por un efecto rápido y momentáneo, semejante a un golpe mágico.

Era la señal de antemano convenida para anunciar al ejército cristiano que la empresa se había malogrado y que debía retirarse a toda prisa; los jefes directores de la conspiración estaban de antemano en el secreto, y al punto, con una pericia admirable, mandaron la dispersión de los conscriptos, que se retiraron en el mayor desorden.

Consecuencia de este fatal suceso fue el suplicio ejemplar de numerosas víctimas israelitas, que al siguiente día bien temprano, según queda dicho, fueron ajusticiadas.

Su suplicio llevó también ese sello de cruel ferocidad que marcan la época en que tuvo lugar y el fanatismo mahometano con su intransigente sistema; los desgraciados fueron maniatados sin piedad, despeñados desde una colina, apedreados inhumanamente y arrojados por fin al Tajo sus cuerpos agonizantes y mutilados.

Por una prudente cautela, apoyada en una experiencia amarga, los pocos cristianos que entonces contenía Toledo en su recinto, abstuviéronse de tomar parte en la conspiración, según resultó luego por las pesquisas de la policía, y con tanto mas motivo, cuanto que la naturaleza del contrato que el rey, por medio de Veremundo, celebrara, según ya dijimos, con la asamblea judaica, debía poner, a costa exclusivamente de esta, en poder de los cristianos y mediante una enorme suma convenida, la plaza entera con sus arrabales, fortificaciones y dependencias; promesa exagerada, que por sus circunstancias mismas llevaba en sí el sello de la temeridad en cierto modo, y que tan cara costó a sus autores.


XVII[editar]

Mientras tanto, desde las primeras horas de la noche Veremundo que, aunque guardando rigoroso incógnito, estaba bien lejos de contarse seguro en su alojamiento, habíase trasladado con su tesoro y criados, por vía de precaución, a otro de los aposentos de la hospedería, situado sobre uno de los siete collados que contiene el recinto de la imperial Toledo.

La noche trascurrió en medio de una agitación cruel por parte de Veremundo, que permaneció en un continuo insomnio, lleno de ansiedad, asaltada su tranquilidad precaria por el estruendo de las patrullas que solían recorrer las calles, armando frecuentes escaramuzas y choques, hasta bajo de las mismas rejas de sus ventanas.

Al amanecer, y con objeto de distraer su pensamiento cruelmente preocupado y triste, mientras esperaba ocasión favorable para su fuga, el joven caballero salió a pasear vestido con, su traje árabe, a la galería que rodeara la balaustrada o pretil del edificio, y que correspondiera a una especie de terraza morisca, a la cual descendíase por una escalerilla de hierro, perteneciente a un suntuoso y antiguo alcázar.

Aquel era el palacio del gobernador árabe.

Desde aquel punto podía contemplar un risueño paisaje la imaginación del entusiasta joven, extasiado visiblemente ante aquel panorama magnífico.

Valles amenos, granjas de vistoso aspecto, hermosos y variados vergeles, vastas praderías, florestas deliciosas y armonizadas, resaltando sobre campos de musgo, sobre doradas campiñas y musgos tornasolados de verde y negro, jardines artificiales entre céspedes y cañaverales silvestres, soberbios edificios campestres, como villas romanas, escalonados en irregular anfiteatro, en las hondonadas y barrancos, y sobre todo, sobre la falda de la fragosa montaña, en la cual aparecían suspendidos como nidos de alondra, cortijos y granjas, torres y atalayas de puro lujo, destacando sus blancas formas sobre bosques de olivos y arboladura de aterciopelado verdor, masa heterogénea de frondas, minas y edificios, limitada por el undoso Tajo, como un ceñidor fosfórico de plata.

De trecho en trecho las mil agujas de los minaretes de las mezquitas veíanse ender el espacio, marcándose en lontananza sobre un fondo azul zafiro, y a través de aquel tenue vapor, sobre el espacio condensado por la luminosa neblina, alzábase allá en el Oriente el penacho inflamado del sol naciente, como un pabellón de granate y púrpura, cerniéndose en el horizonte, y en torno del cual vacilaba una nebulosa alborada.

Veremundo abarcó de una sola mirada aquel vistoso panorama, aspiró la brisa del crepúsculo, pura, fresca y saturada de mil perfumes, y extasiado en la contemplación del cuadro, todos los riesgos que había arrostrado y que acaso todavía le amenazaban, borráronse por un momento de su imaginación entusiasmada.

Respiró como si sacudiese una pesadilla mortal, su pecho se dilató hasta lo infinito, fundiéndose, por decirlo así, el alma en aquella dulce armonía de la naturaleza y el hombre, y perdiéndose su fantasía en las esferas ideales, vírgenes y poéticas de un dulce éxtasis.

En medio, pues, de aquel rapto, el ligero crujido de la persiana que cubriera uno de los ajimeces del patio, vino a despertar la atención del joven caballero, que prestó oído y púsose silenciosamente en acecho.

Abriéronse las hojas de la ventana, y entre el colgante pabellón de seda amarilla, cuyos profusos pliegues agitó una mano blanca y diminuta, apareció, destacándose en el marco sobre el alféizar, semejante a una incrustación de alabastro, el perfil de una peregrina belleza, que se recatara, al parecer, de una mirada vehemente, de pupila fascinadora y tenaz.

Lucía en su expresión un sello de languidez sentimental y, melancólica, de un orientalismo incitante, mucho más expresivo todavía a través de la matutina alborada. De su rostro purísimo irradiaba todo el tesoro y atractivos de una criatura ideal, en cuyo conjunto compendiábase un mundo entero de perfecciones.

Aquella seductora visión desapareció como por un soplo mágico, semejante a una de esas divinizadas creaciones desertadas del Olimpo, que vagan fascinadoras por el campo de la fantasía del poeta, y cuya ilusión, al disiparse, suele siempre dejar en el alma un vacío que solo llena un dolor agudo. Veremundo cayó del cielo de su ventura al abismo del desengaño; en vano su mirada ansiosa trató de inquirir el objeto de su admiración, que había desaparecido ya realmente un velo de gasa blanca y sedilla cubrió al punto el buque del ajimez, cuyos pliegues flotantes agitaban las brisas matutinas.

Convirtió la vista entonces al flanco opuesto, y estimulado por la curiosidad, examinó con detención aquella parte del edificio y sus accesorios que con el mismo se enlazaran, formando acaso una parte integrante o dependencias del mismo.

Este mismo edificio que habitara indudablemente su joven vecina, vasta aglomeración arquitectónica, sin orden ni simetría, comunicaba, al parecer, con el de su alojamiento, por medio de una galería cubierta o terraplén, que se prolongara alrededor del patio, y del cual descendía una serie de gradas de mármol blanco, hasta un bonito jardín o invernadero con laberinto de murta caprichosamente recortada y entretejida de flores. Un reducido cenador de filas con columnillas tenues que sostenían su florido toldo, ocupaba el centro entre grupos de naranjos cubiertos de azahar y fruto, y el interior, cuyo pavimento de jaspe estaba primorosamente alfombrado, contenía un riquísimo mueblaje oriental compuesto de divanes y cojines de terciopelo púrpura, con bordados y franjas de tisú y oro.

De trecho en trecho, sobre consolas pérsicas de mármol perfilado de oro, había bonitos grupos de estatuas alegóricas de esa mitología pagana, que ha sido y será probablemente siempre el alma de la verdadera poesía.

Eran sus árboles de vistoso follaje, cuyas variadas frondas encubrían imperfectamente sus frutos sazonados. Naranjas de Smirna de figura oval, como enormes globos de oro, limones de forma umbilical, manzanas exquisitas, como granos de arrebol o púrpura, de cuyo delicado matiz pudiera solo dar idea las mejillas de una mujer coqueta, vides rastreras que enroscaran sus sarmientos parásitos como serpientes sobre un lecho de rosas, suspendiendo opimos frutos que se disputaran bandadas de zumbadoras avispas, frutas de mil especies confundidas entre flores y aromáticas yerbas; precioso y natural conjunto de primores vegetales artísticamente combinados por el buen gusto, y que con sobrada razón absorbieran la atención del joven.

La niebla que poco antes habíase condensado hacia Levante, empezaba ya a disiparse, aclarando los objetos en un despejado horizonte: una brisa apacible agitaba las ramas y follajes, produciendo ese dulce y monótono zumbido que tanto halaga en ciertas horas.

Los pájaros saludaban con armoniosos trinos y gorjeos la aparición del nuevo día, y allá en las eminencias solitarias del monte brillaban ya los primeros rayos de un sol purísimo.

Veremundo, temiendo ser descubierto en tan peligrosas circunstancias, retiróse a su alojamiento, aunque con el pesar de no poder distraer de su mente la idea de aquella peregrina hermosura que sorprendiera su corazón, para dejarle inquieto al retirarse, como esos rápidos relámpagos que incendian al mundo, para aumentar luego sus tinieblas.

Asomó la vista por el buque del ajimez, desde el cual percibíase casi de frente la ventana morisca, velada todavía por un crespón blanco de sedilla que flotara a impulso de la brisa sobre un búcaro de rocas y adelfas, colocado en un resalte de mármol a la altura exterior del marco de la ventana.

En vano acechó todo el día desde aquel punto, la visión no se reprodujo.


XVIII[editar]

Llegó por fin el crepúsculo de aquella tarde.

Las brumas candentes del día habían desaparecido, y un vientecillo fresco y suave refrigeraba el ambiente.

Veremundo, ebrio de amor y de recuerdos, y alucinado por un entusiasmo imprudente, había hallado medio de bajar, no sin gran riesgo, a aquel vergel, separado del edificio que él ocupara por un simple vallado artificial, cerrado por una verja de laureles de bronce trenzados.

Allí respiraba el aura aromático de las flores, y absorbía, por decirlo así, el espacio desde aquellas bóvedas de follaje y murta rociadas periódicamente por saltos de agua y vistosos juegos hidráulicos, que producían otras tantas cascadas artificiales en sus recipientes de mármol y alabastro estucado.

Recostado en un banco de musgo y recatándose cautelosamente de cualquier mirada que pudiera descubrirle en aquel sitio peligrosísimo, nuevos pensamientos asaltaron su acalorada mente, haciéndole comprender sobre todo la gravedad de su locura al invadir aquel recinto vedado.

En medio de su terror parecióle oír muy próximo el ligero crujido de una falda de seda que pasó rozando airosamente los grupos de romerales del mismo pabellón que él ocupara.

Su corazón latió de pronto con una sacudida violenta, ni su pecho pareció experimentar cierta compresión sensible, como quien sacude, una pesadilla y aun duda de ella.

Levantó la vista azorada por la sorpresa, concentró sus ideas, y si bien un impulso de precaución contuvo su primer impulso, se incorporó lo suficiente para inquirir sin ser visto la causa de aquel accidente.

Vio en efecto a través de la enmarañada yedra, y trasponiendo las enramadas floridas, la talla elegante de una hechicera mujer que se movía graciosamente con la flexibilidad de una palma, como un ángel que se columpia en los aires, tocando la tierra por capricho.

Iba envuelta en una túnica plegada, con rayas de oro y púrpura, retirado hacia atrás con dulce coquetería el velo de gasa, y rodeado a su delgado talle un magnífico chal de Smirna con franjas de tisú y brillantes.

Una especie de pañoleta de encajes cruzaba negligentemente sobre su seno, cuyas mórbidas formas marcara, y un ligero turbante blanco, sembrado de ricos abalorios, coronaba su hermosa cabeza, permitiendo ver la profusión de sus rubias crenchas enlazadas con estudiada coquetería.

Una y otra vez retrocedió y tornó a alejarse del pabellón del joven, como si realmente adivinara su presencia, semejante a la mariposa imprudente que atrae la luz, para precipitarla en su fuego.

Veremundo, preso de mil vacilaciones, se atrevió al fin a jugar su vida al azar de su vehemente amor, si bien guardando toda la cantela posible. Aquella mujer, o por mejor decir, aquella niña, debió haberle visto, según ciertas particularidades que había tenido ocasión de poder sorprender en ella, circunstancia que alentó su osadía, resuelta a cometer tal vez otra nueva locura, más arriesgada quizás que la primera.

Sacó del pecho un ramo simbólico de flores, algo ajado ya y que tuvo ocasión de componer aquel mismo día a prevención, y lo arrojó resueltamente a cierto punto junto al cenador, por donde debiera pasar precisamente la joven árabe.

Contenía solo estas tres flores enigmáticas: mirto, balsamina y amigdálida[1].

El ramillete permaneció largo rato en tierra, lo cual fue un signo de desesperación para el pretendiente, cuya imprudente osadía iba acaso a costarle cara, si su empeño recibía una negativa o un desprecio.

La astuta dama, a quien en realidad no se había ocultado la acción de Veremundo, y que disimulándolo solo esperaba una ocasión de no ser vista, retrocedió unos pasos afectando distracción, y arrojó sobre el ramillete una capuchina enredada en un tallo de espino blanco[2], después de lo cual retiróse precipitadamente al otro extremo del jardín.

XIX[editar]

Veremundo estaba a punto de enloquecer de entusiasmo y amor. Alucinado, fuera de sí, quiso precipitarse en pos de aquella adorable belleza, y dejándose llevar de aquel mismo rapto, postrarse a sus pies en demanda de piedad; pero al propio tiempo parecióle oír un silbido tácito y misterioso que moduló dos notas agudas, y contúvose al punto.

Siguiendo la procedencia de aquel silbido, juzgó al pronto equivocadamente si pudiera ser un amante oculto que daba a la joven árabe su consigna, y otra vez tuvo impulsos de cometer otra imprudencia, que en verdad hubiérale, perdido sin recurso.

Contúvose de nuevo sin saber cómo. Un volcán de celos inflamó su pecho, brotó una llamarada intensa que cegó su vista y paralizó sus facultades al pronto.

El silbido volvió a repetirse, y Veremundo, que tal vez hubiera cometido al fin una locura, pudo observar con asombro el negro perfil de un esclavo africano, que armado de un cangiar damasquino, aguardaba el regreso de la joven, de pie, inmóvil como una estatua gigantesca de ébano, y cuya elevada talla parecía marcar el buque de la entrada principal del jardín, situada al otro extremo del laberinto.

Comprendió desde luego que aquél sería uno de esos desgraciados eunucos, bárbaras mutilaciones de la naturaleza, y que serviría de centinela o guardián de la joven señora.

Sólo entonces, en esta creencia, y descendiendo de su amoroso vértigo, pudo apreciar la gravedad de su situación, el riesgo que había corrido al profanar con su presencia aquel sitio vedado, que los musulmanes suelen guardar como sus santuarios mismos, y al cometer, en fin, tantas imprudencias, de las cuales se arrepentía ya entonces.

Ambos árabes se retiraron al punto en el mayor silencio.

Luego, algo más tarde, cuando las sombras de la noche extendían su tenebroso manto, Veremundo pudo a su favor huir y retirarse a su alojamiento recatadamente, ebrio de amor y ventura, y fluctuando en un caos de esperanzas, de vacilaciones y dudas.


XX[editar]

Y pasaron luego algunos días de sufrimiento por parte del joven, y de amorosas pruebas por parte de la misteriosa dama, quien correspondía indudablemente a las galanterías de aquél, en cuanto la permitiera la rígida vigilancia de que se hallara rodeada en aquel desconocido alcázar.

Durante aquel periodo, su correspondencia, sus entrevistas ingeniosas y felizmente llevadas a efecto, habían adelantado mucho, y el más acendrado amor ardía recíprocamente en ambos corazones con toda la vehemencia imaginable.

Los medios de comunicación, sin alterar en lo mas mínimo el sistema de precaución establecido, habían vencido insuperables obstáculos, colocando a entrambos amantes en una posición ventajosa en este punto, atendidas las dificultades gravísimas que mediaron y que eran una amenaza constante hacia la imprudencia, si se tenía la desgracia de incurrir en ella. Tocaban, pues, puede decirse, el límite de la posibilidad en este punto, y no podía menos de suceder así, porque en tales casos, la fuerza de voluntad en el amor allana las montañas, supera los obstáculos y sabe sacar partido de sus mismas dificultades, para obtener sobre ellas un triunfo positivo.

Los medios inventados de común concierto para su inteligencia, siempre indirectos, disfrazados, aunque eficaces, habían estrechado tan íntimamente el lazo de sus relaciones mutuas, el lenguaje mímico, emblemático y figurado de que se valieran habíase perfeccionado hasta tal punto, que apenas había una frase en el idioma articulado que no pudiera sustituirse por una combinación cualquiera de su vocabulario simbólico. Una cinta flotante en el friso de un ajimez, una cortinilla de variados colores, diferente en todo o parte cada día, una dulce inflección sonora de la guzla morisca, la iluminación nocturna de un minarete con trasparentes de púrpura, verde y, azul zafiro, etc., y otras mil particularidades que hubieran pasado para cualquiera desapercibidas e indiferentes; todo, en fin, entraba y tenía significación concertada en el lenguaje singular de entrambos, quienes entendíanse por medio de tan ingeniosa cábala, como pudieran hacerlo en su idioma nativo.

Una noche paseaba Veremundo por el arriate contiguo, bajo una bóveda de frondosas vides. Era aquella bien entrada, y el cielo aparecía encapotado de nubes densas, entre las cuales solía asomar alguna que otra vez el disco de la luna que derramaba una pálida claridad momentánea: alguna ráfaga de viento impelía de vez en cuando aquellas mismas nubes, aglomerándolas en remolinos, haciéndolas tomar caprichosos e informes grupos, y tronchando las copas de los gigantescos árboles que coronaran las colinas próximas.

Como dominando aquel vertiginoso cuadro de la naturaleza, el grito del centinela hendía el espacio con su lúgubre eco, que parecía ser la única señal de vida en medio de la quietud de la noche.

Veremundo, que tenía fija la vista en el minarete que correspondiera al ángulo septentrional del palacio de su joven querida, y que parecía esperar una señal de antemano convenida, notó con indecible placer un punto escarlata que se destacó por un instante en la pirámide del chapitel, resaltando brillante y luminoso en el fondo de las tinieblas de la noche.

Esta señal misteriosa decidió la resolución del caballero, que arrebatado y entusiasta, olvidando los riesgos a que iba a exponerse, desnudó su jabalina y dirigióse recatadamente al lugar de la cita.

Atravesó la terraza y la galería, saltó el vallado, la tapia y otra pared de regular altura, y se halló luego junto a un pórtico escusado que se abrió como por encanto, y cuyo buque interior le ofrecía los primeros peldaños de una escalera secreta que se prolongaba hasta un punto remoto, e iluminada débilmente por un resplandor tenue e indeciso.

Aquella escalera le condujo a una espaciosa galería con pasamanos de bronce y cubierta por una bóveda aplanada sobre columnas góticas hacinadas en grupos laterales.

Un prolongado vestíbulo vivamente iluminado por arandelas de cristal tallado se presentó después, y al cual se abandonó intrépido el temerario joven, llegando finalmente a una puerta dorada con incrustaciones afiligranadas, formando lujosísimas labores, caprichosos paisajes y dibujos profanos en relieve.

Aquella puerta giró silenciosamente sobre sus goznes de bronce, ofreciendo la perspectiva grandiosa de una vasta cámara oriental, verdadera mansión de hadas, cuyo pesado lujo guardaba rigurosa armonía en todos los objetos que contenía en su soberbio recinto.


XXI[editar]

La figura de aquella pieza era hexagonal, y sus paredes estucadas, cubiertas de riquísimas tapicerías de Persia, con pabellones de brocado amarillo sembrados de medias lunas de plata, dejábanse ver a ciertos trechos desde su friso de mármol verde, incrustadas de pórfidos y mosaicos, hasta el cornisamento calado de rosetones y arabescos, y la ancha faja o greca que corría sobre los capiteles figurados, trazando ángulos rectos sobre el perfil superior, estaba asimismo calada de menuda crestería alicatada sobre un fondo alabastrino.

La bóveda, formada por un lujoso artesonado de cedro, figuraba sostenerse sobre cabezas salientes de monstruos mitológicos, manos de gigante y grupos espirales de frutas exóticas desconocidas, puesto que solo debieran hallarse, cuando más, en el Edén de los elegidos del Profeta.

Eran los muebles divanes de palo de sándalo y rosa, cojines de terciopelo carmesí y verde, espejos oblongos con marcos de oro cincelado y engastes de azul zafiro en esmalte, cuadros con versículos del Alcorán, alegorías e inscripciones en caracteres cúficos, y otros mil objetos análogos.

Ardían el ámbar, aloes y mirra en braserillos de plata cincelada, y en cuyas aguas habíanse vertido esencias líquidas de clavillo, jazmín y rosa, que difundían un aroma sensual y embriagador como el deleite.

Lucía por do quier el oro, la seda y pedrería en profusa abundancia, desde los muebles, con sus labores e incrustaciones, hasta las cortinas colgantes, que sacudían al moverse una lluvia de diamantes, multiplicados por la reverberación de la luz que ardía en hermosas lámparas de alabastro oriental, pendientes del artesonado por medio de cadenillas de oro casi imperceptibles, y resbalando sobre el lustroso pavimento de mosaico cubierto a trechos por muelles alcatifas pérsicas.

En el fondo de aquel delicioso retrete apareció la hermosa niña, que ya conocemos, y que ahora se presentaba al noble mancebo, radiante el rostro de angelical sonrisa y retirado el velo con indecible coquetería.

Adelantábase con paso majestuoso y grave, y al notar la natural timidez del asombrado joven, le cogió por la mano y condújole a un rico sitial de brocatel raso donde se sentaron.


XXII[editar]

-Bien venido seáis, caballero, exclamó con un timbre de voz que conmovió todas las fibras de éste; en vano el corazón trata de rebelarse contra el destino: he luchado contra las exigencias sociales del mundo, contra las preocupaciones morales, contra los inexplicables impulsos de mí misma y contra los riesgos a que se expone una mujer de mi clase, que puede también precipitar en su caída al hombre a quien concede una cita en su retrete mismo. Sublimada la idea hasta el principio simple y racional de la naturaleza, impelida por su fuerza potente y creadora, la voluntad ha triunfado al fin y no vacilo en admitiros a mis confidencias, no sin haber tomado previamente las precauciones que reclama el caso y dispuesta a haceros partícipe de mis afecciones más gratas.

Veremundo se inclinó con un respetuoso ademán, conturbado y como sin poder darse cuenta de las confidencias de aquella misteriosa mujer, cuyo hechicero halago le fascinaba y cuya mano adorable retenía aun la suya con una presión tenaz. Todo su ser, sus potencias todas, su galantería, hallábanse paralizados ante aquel portento de hermosura y gracia, cuyo conjunto tenía para él en aquellos instantes un incentivo mágico, poderoso e irresistible.

-Llegáis a tiempo, prosiguió la hechicera niña después de una breve pausa y como sorprendido el ánimo por una idea súbita; los instantes apremian, porque ellos son los dados a cuyo azar jugamos nuestras cabezas. Necesito ante todo comunicaros un secreto, y para ello la mujer culpable reclama la indulgencia del noble cristiano.

Y como ella notara la alteración de semblante del joven al oír la alusión de su pretendido incógnito, se apresuró a calmar sus temores con estas palabras:

-No os inquietéis si insisto y os declaro con la franqueza que reclama el caso, que conozco vuestro nombre, la arriesgada misión que os trae a Toledo y demás proyectos ulteriores. Por eso mismo os he admitido a esta cita que aun a trueque de enormes sacrificios hemos podido realizar; pero no es tiempo de daros amplias explicaciones sobre este asunto: los momentos urgen, necesito haceros una declaración importantísima, como ya he dicho, y esta debe ser la más inequívoca prueba de mi afecto hacia vos.

-Mucha honra será para mí, señora, oír de vuestros lindos labios palabras que deben llenar mi alma de una inefable ventura que tan lejos estoy de mereceros.

-Basta, no prosigáis, porque en este instante en que vuestro corazón no posee todavía la clave del misterio, dudáis de mí y os asalta la idea posible de una alevosía; y esto es tan natural, como que la perfidia se adapta a todas, las formas y suele ensayar, con buen resultado ordinariamente todos los recursos de un artificio suspicaz y doble. Pero el tiempo es precioso y necesitamos aprovecharlo, aplazando lo demás para luego; oid, pues:

Y oprimiendo con vehemencia las manos del joven entre las suyas temblorosas, continuó con cierta agitación que en vano se esforzara en disfrazar bajo una adorable sonrisa:

-Hará como dos años que una familia feliz moraba en una humilde casa de esta ciudad, en la calle de Nazaritas. Aunque no muy ricos en bienes de fortuna, Toledo entero envidiaba la suerte de aquellos dos ancianos que cifraran sus esperanzas en su única hija, niña de doce años, vivaracha y coqueta, aunque dominada por sus ideas religiosas, exaltadas hasta un grado eminente.

Esta niña era yo.

Pertenecíamos a esa clase de cristianos viejos estigmatizados, tenaces en sus creencias y solidificados sus corazones por la fe trasmitida con la sangre y jurada siempre con una ceremonia tradicional sobre el lecho de sus moribundos padres.

Pero como nada es estable en esta vida, sobrevino una de esas imprudentes asonadas que suelen sublevar la ciudad, poniéndola en doloroso conflicto, y cuyos resultados funestos labran todos los días hierros para los bulliciosos cristianos. Eran estos los que promovieran el motín, a cuyo frente figuraba mi anciano padre, que impelido por un ciego entusiasmo, no vaciló en ponerse al frente del movimiento revolucionario.

Pero esta empresa quimérica fracasó como otras muchas, y mi pobre padre fue preso y sentenciado a ser atenazado y descuartizado vivo, confiscados nuestros bienes y proscripta su familia y descendencia hasta la tercera generación.

No hallando medio, pues, de desviar aquel fatal golpe, ni de conjurar la sentencia que pesaba sobre el autor de mis días: yo que te amaba con delirio y que no hubiera podido sobrellevar el dolor de su suplicio, hallé medio de parar aquel golpe, y me resigné a ello, aun a trueque de todo, aunque se tratara de mi libertad, de mi vida y acaso de mis creencias mismas, y vais a saber cómo la realicé al fin.


XXIII[editar]

Mi pobre y anciana madre tenía una parienta, superiora del convento o casa de asilo titulada de la Purificación, que no ha mucho se veía en la Huerta del Rey, y que la intolerancia musulmana ha hecho desaparecer. Aquí nos retiramos ella y yo durante aquellos aciagos momentos, y amedrentadas vestirnos el hábito de la regia, con el fin de burlar, si era posible, las pesquisas de la policía, bajo aquel santo disfraz que los infieles han respetado siempre.

Pero el demonio de la tentación dispuso que cierto día acertase a venir al convento disfrazada de buhonera una de esas mujeres sospechosas, de bajo oficio y abastecedoras del harem, y me pidió un momento de audiencia, que me apresuré a concederla con el beneplácito de la superiora y el de mi pobre madre, que temblaba sin saber la causa. ¡Desgraciada!, presentiría tal vez una nueva desdicha.

Yo también me estremecía de espanto instintivamente, porque la experiencia me había enseñado a sospechar de todo; pero ¿qué había de hacer, si aquella mujer mercenario me ofrecía noticias de mi anciano padre y de los medios de libertarle? ¿Cómo, pues, rehusar la audiencia?

La mujer vino de intento a hacerme una proposición indecorosa, ofreciéndome, a nombre del gobernador, salvar la vida de mi padre, a trueque de una condición que acaso llevara envuelta mi honra.

Temblé, vacilé horrorizada ante la idea del deshonor. Al fin, tras una despiadada lucha entre el deber y el amor paterno, triunfó este y me resigné al sacrificio, abandonándome en manos de aquella mujer liviana y miserable. Tratábase de un padre, y este nombre no tiene equivalente en el lenguaje humano. ¿Qué sacrificio pudiera yo rehusar por salvarle de una muerte afrentosa?

Huí aquella noche misma con ese propósito, cuando dormían ya las religiosas, dejando a mi anciana madre postrada en el lecho, devorada por la fiebre que dos días mas tarde la arrebató la vida, y sumida en un ardiente delirio que me partía el alma.


XXIV[editar]

La orden de libertad fue al punto notificada a mi padre, y mientras a costa de ella me constituía yo esclava del gobernador en este mismo palacio, donde reino por mí y para mí sobre todo cuanto me rodea en él, mi pobre padre, víctima del fanatismo de los alfaquíes y de la perfidia de la escolta que, lejos de protegerle, le entregó sin piedad al furor de un bárbaro y feroz populacho, moría apedreado en las calles de la ciudad.

Esta circunstancia, para mí tan sensible, no impidió que Solimán, a cuyo capricho iba yo destinada, me recibiese con su natural bondad, alojándome en este mismo retrete, bien resuelto a castigar a los culpables, como lo verificó, aunque también a no renunciar a mi posesión por todos los honores y riquezas del mundo, pues que desde entonces solo yo reinaría en su corazón: éstas fueron sus mismas palabras.

Más de una vez pude apreciar el valor de mi honra, de mi libertad y de mi albedrío, y adiviné desde fuego el profundo abismo que a mis pies se abriera. Me revestí de valor, resuelta a rechazar cualquier ataque indecoroso que se me dirigiera: mi generoso señor, que jamás ha traslimitado sus exigencias de la línea persuasiva: lloró mi ingratitud como un niño, y rendido, humillado por mi resistencia, maldijo su destino que le encadenara a un imposible.


XXV[editar]

Pocos días ha, poseído de un acceso frenético, porque divagaba su mente, y sus potencias y sentidos caducaban a consecuencia de un extravío mental, Solimán, más apasionado que nunca, me colocó en una cruel alternativa, poniendo de nuevo a prueba mi virtud.

Paseaba yo por el jardín, vigilada por uno de esos miserables eunucos, oprobio de la civilización y de la cultura. Pues bien, yo que siempre estoy rodeada de esa naturaleza degradada, imponente y muerta, y que, sin embargo, no he llegado a enervarme en medio de la molicie y del ocio, paseaba, repito, una tarde por el jardín, sumergida en amargas consideraciones, y atormentada por el recuerdo de mis desgracias y penalidades sin número.

La tarde era serena, el sol poniente apenas enviaba sus postreros rayos, dorando con su pálido brillo los altos minaretes del alcázar, sobre cuya sombría mole cerníase una especie de vaporosa niebla, como un velo sangriento. Para mí fue éste un presagio cruel, y el corazón, rebotando en el pecho, respondía con sus latidos a mis temores.

Una esclava africana, quebrantando la consigna que yo había dado, vino de parte de Solimán a decirme que me detuviese algún tiempo en el pabellón, porque aquella noche deseaba tener conmigo una entrevista secreta en aquel punto, y me suplicaba no se la negase.

Adiviné al punto que mi honra iba a sufrir tal vez una prueba terrible, que aquel hombre, no pudiendo ya contenerse acaso, pudiera dejarse arrastrar quizás de un arrebato de su pasión volcánica para hacerme violencia.

Con todo, no había medio de negarse, y acepté.

Precisamente recordé entonces la Judit de la Biblia, y juré imitar en un caso extremo su varonil ejemplo en aquel generoso Olofernes.


XXVI[editar]

Era ya entrada la noche.

Los argenteados rayos de la luna, condensados por la niebla iluminaban ya el jardín con su nacarado brillo, en cuyo fondo las masas de arbolado proyectaban sus fantásticas y verdinegras sombras en un cielo azulado.

Solimán, el bravo caudillo, el general bizarro, a cuya pericia y lealtad cometiera su rey el gobierno supremo de estos estados, se improvisó ante mí: hermoso y gentil como siempre, y cuya talla arrogante y majestuosa, estaba realzada entonces por el brillante uniforme de su alto empleo y categoría.

No era ya aquel turco impetuoso que aterraba con su presencia los aguerridos tercios castellanos, sino el amante respetuoso y humilde que venía rendido a deponer toda su fiereza salvaje a las plantas de una débil mujer, sorda a sus ruegos y resuelta en su caso a lavar en su sangre cualquier desacato que se la hiciera.

Suplicó, lloró... todo inútil.

Comprendiendo por fin el imposible, retiróse triste y despechado, aunque jurándome que por su parte, y mientras él viviera y permaneciese yo a su lado, no peligraría jamás mi honor, puesto que nunca recurriría a la violencia.

Pero ¡ay de mí! Ese generoso joven, en quien desde aquel día pudiera yo haber mirado mi más influyente protector, fue aquella misma noche víctima de un acceso de desesperación. Destituido de toda esperanza de poseerme, recurrió al suicidio, y al siguiente día amaneció estrangulado con la cuerda de su cangiar.


XXVII[editar]

Este desgraciado suceso permanece todavía oculto bajo el velo del más profundo secreto, y aun a pesar de haber trascurrido algunos días, nada se ha traslucido, al parecer, suponiéndose generalmente que el gobernador se halla ausente, con alguna misión secreta, en uso tal vez de la real licencia que por motivos de salud largo tiempo ha disfrutara.

Con todo, ha llegado ya el día en que ese secreto contenido por mí misma a costa de sacrificios y ardides, deje de serlo ya, y su revelación amenaza sobre mi cabeza todas las sospechas que indudablemente atraerían mi suplicio, porque desgraciadamente estos muros no son del todo impenetrables para que dejara de ser un misterio mi negativa constante a las impetuosas exigencias del amor de Solimán.

Además de los mil riesgos que me amenazan, una mujer sagaz y vengativa acecha todos mis movimientos, me espía día y noche, y siempre fatídica e implacable como una sombra rencorosa, espera la ocasión de poder beber mi sangre y de confundir mi nombre en un acta mortal. Esta mujer es la nodriza de Solimán, la que negoció mi cautiverio a trueque de la pretendida libertad de mi padre, y que poseída de ese entrañable amor que le ha profesado durante su vida, semejante a la loba a quien se han arrebatado sus cachorros, husmea el rastro, olfatea, bramando de dolor y coraje, y acaso ese instinto poderoso de su acendrada pasión por su hijo haya hallado a estas horas la clave del enigma. ¡Desgraciada de mí! Esa mujer es el demonio que continuamente asalta mi tranquilidad precaria, que conturba mis sueños, y de quien todo lo temo, porque su poder es diabólico.


XXVIII[editar]

Tal es mi historia, caballero, conocéis ya la posición crítica en que me hallo: no olvidéis que, al extremo a que hemos llegado, si yo pereciera, es bien posible en estas circunstancias que os arrastrase en mi caída, porque las investigaciones descubrirían nuevo campo, y... ¡desdichados entonces de nosotros!

Por lo tanto, seamos previsores, y adelantándonos a las contingencias, antes que cualquier accidente rasgue ese funesto velo, apreciad mi situación y salvadla. Puesto que somos cristianos, protejámonos mutuamente, salvémonos a cualquier costa, y contad mientras tanto con la gratitud de una infeliz mujer que se coloca en vuestras manos, invoca vuestro amparo, abandonándose a los impulsos de ese corazón generoso, y entrega desde luego su honra, su seguridad, su suerte toda bajo la salvaguardia de la nobleza de un caballero como vos, en quien cifra su única esperanza de salvación.

Y al expresarse así, la hermosa joven, deshecha en lágrimas, se arrojó en los brazos de Veremundo, que sintió las pulsaciones de aquel corazón entusiasta que latía bajo las formas de su turgente seno.

Olvidóse entonces de sí mismo, porque las lágrimas de una mujer hermosa, hablan en ciertas ocasiones como aquélla, un lenguaje irresistible.

-Pues bien, ya que lo exigís, repuso en un trasporte de entusiasmo, mi vida, mi voluntad, mis potencias... todo es vuestro, señora: disponed de mí, que solo espero vuestras órdenes para libertaros. ¿Qué importan las dificultades que a ello se opongan? Mi firme voluntad sabrá vencerlas, y mi espada nos abrirá paso a despecho de todo.

-No podía yo esperar otra cosa de vuestra hidalguía, generoso joven, replicó la dama con inspirado acento; en cambio, pues, de tal sacrificio, solo tengo un corazón que ofreceros, aceptadlo, sí, y sed desde hoy el dueño absoluto de mi albedrío.

Tendió entonces su blanca y diminuta mano, que Veremundo besó con delirio, diciendo al propio tiempo:

-No perdamos un tiempo precioso, señora, huyamos de este sitio peligrosísimo que nos compromete, ¿quién sabe si acordaremos demasiado tarde?

-Tenéis razón, amigo mío, lo que nos importa es la fuga ante todo; seamos diligentes, y abreviemos: ¡Oh!, ¡cuánto pudiéramos perder en un solo instante de retardo!

-Retiraos ya, prosiguió, y disponed lo que juzguéis necesario para nuestra evasión: antes que brille la aurora del nuevo día, os aguardo en la plazoleta de acacias que hay inmediata a la terraza de vuestro alojamiento. No faltéis a la consigna, y contad siempre con la eterna gratitud de una mujer que nada sabrá rehusaros en recompensa de tanta lealtad y tanto desinterés.

Veremundo, todo conmovido, protestó de nuevo su fidelidad a la joven, si bien comprendiendo lo expuesto que sería salir de la ciudad en aquellas circunstancias tan críticas, en que con motivo de la conspiración reciente, redoblábase la vigilancia, se aventuró a hacer ciertas observaciones que la animosa doncella se apresuró a desvanecer, diciendo:

-Nada temáis, conozco una mina subterránea que desemboca en cierto punto inmediato al Tajo, así pues, disponed una barca que nos conduzca luego a la ribera opuesta, y dejad lo demás a mi cuidado.


XXIX[editar]

El caballero se retiró al instante para poner en práctica las órdenes de aquella mujer misteriosa, por las mismas galerías, rampas y pasadizos que había venido; penetró por el postigo que todavía permaneciera abierto, saltó las tapias del jardín sin ser visto de persona alguna, y llegó a la galería de su alojamiento.

El mismo silencio, la misma soledad que una hora antes, reinaba en todos los sitios de su tránsito; la oscuridad era aún más densa, y solo las luces de imaginaria brillaban allá en la distancia como puntos perdidos en medio del cuadro de la tenebrosa noche.

Veremundo empleó el tiempo que restaba hasta la hora aplazada para la fuga, en reparar su armadura y pulir las armas. Cometió a sus criados la vigilancia del tesoro, comunicándoles las órdenes necesarias acerca del modo y forma en que debieran verificar su evasión, y entregar este a la reina en todo caso; después de lo cual, y provistos de su correspondiente defensa, acudió, apenas llegó la hora oportuna, al punto de reunión designado, donde le esperaba ya la hermosa cautiva.


XXX[editar]

Sin dirigirse una sola palabra, ambos fugitivos partieron.

Atravesaron casi a tientas varios patios y callizos obstruidos de ruinas, en medio de los cuales solía elevarse una silueta fantástica o un paredón desquebrajado, como solitarios espectros que se destacaban sobre un limbo tenebroso y lúgubre.

Aquella parte de la ciudad había sido arruinada algunos años antes por un terremoto, en lo cual el espíritu de superstición predominante alejara de aquel sitio maldecido del cielo toda idea de reedificación, persuadida la generalidad del vulgo de que pesaba sobre el mismo el anatema divino.

Entre aquella masa informe de escombros percibíanse las, ruinas de un edificio de grandes proporciones, y del cual quedaban todavía en pie algunas piezas en primer piso que escaparan a la general catástrofe.

La joven empujó una de aquellas puertas desquiciadas, e introdujéronse por una bóveda de mampostería y ladrillo que los condujo a una pieza destartalada, y rodeada interiormente de un entarimado de cedro.

Un resplandor muy débil y amortiguado daba a esta pieza un aspecto verdaderamente fantástico; diríase que era el lejano reflejo de un incendio.

A favor de aquella luz notábanse grandes trozos rasgados de tapicería, y el ancho friso de la pared recargado de florones en relieve con labores de alicatado.

Aquel brillo procedía indudablemente de alguna de esas misteriosas reuniones subterráneas que solían tener los desgraciados hijos de Israel, que buscaran siempre las entrañas de la tierra a fin de burlar la vigilancia de sus perseguidores.

La joven, práctica al parecer en aquellos misteriosos sitios, tentó con su diminuta mano cierto punto saliente mal encubierto por la tapicería, y al punto crujió la ensambladura del entarimado, saltó con un ligero estallido una tabla y quedó practicable un buque sumamente angosto, por el cual introdujéronse uno en pos del otro.

Entonces el buque tornó a cerrarse, pero muellemente, sin estrépito ni sacudimiento alguno.

Hallábanse en una especie de corredor oscurísimo, cuyo piso húmedo y resbaladizo, a trechos, pronunciábase en declive.

Todo yacía en profundo silencio, y notábase apenas la impresión del aire mefítico del subterráneo.

La joven tentó en varios puntos, como buscando un objeto, y al fin halló una cuerda que se extendía a lo largo de la misma y que sirviera indudablemente de dirección o guía al que la recorriera.

Apoderáronse ambos de ella y abandonáronse largo rato a aquélla infinita serie de peldaños rústicos que descendían cada vez más perpendicularmente por un terreno desigual y fangoso.

Por fin llegaron junto a una gran reja enmohecida, que era el límite exterior del subterráneo, y que cedió al fin a los esfuerzos del joven caballero.

Halláronse entonces junto a la ribera del undoso Tajo, cuya corriente reverberaba alguna que otra luminaria de los barrios contiguos, o las hogueras casi apagadas ya de las chotas que bordaran varios puntos de aquellas márgenes selváticas.


XXXI[editar]

Empezaba a rayar la aurora.

Un ligero matiz de escarlata y oro iluminaba el oriente, y los contornos de la montaña dibujábanse algo confusos, como una masa aplomada y cenicienta sobre un firmamento tachonado de estrellas.

A lo lejos de la dilatada vega extendíase con su verde alfombra sobre un lecho de aterciopelada vegetación a través de las nebulosas brumas matutinas, y más arriba, tendida en irregular anfiteatro, la soberbia ciudad recostada sobre la montaña gris y envuelta en un velo de nacarados vapores.

Las luces, deslucidas ya por la proximidad del día, multiplicábanse en las alturas, rielando apenas en las turbulentas aguas del Tajo, que envolviera como un enorme ceñidor de plata el recinto de la imperial Toledo, con sus castillos y fortificaciones.

El gran caudal de aguas que llevara el río retrajo a los fugitivos de la idea de atravesar el cauce en una de aquellas frágiles barquillas que había atracadas en la orilla, y cuyos dueños se servían con bastante destreza de ellas para hacer un contrabando activo bajo acreditados pretextos con los judíos toledanos.

Determinaron, pues, ocultarse al pronto en una de aquellas miserables cabañas inmediatas a la ribera y señaladas con pendoncillos negros, distintivo obligatorio de los cristianos, esperando oportunidad de huir con el menor riesgo posible, lo cual era siempre sumamente expuesto, pues de un momento a otro pudiera ser notada su fuga, en cuyo caso estaban irrevocablemente perdidos.


XXXII[editar]

Tiempo ha que una epidemia maligna afligiera a la ciudad y sus poblaciones limítrofes: las víctimas del contagio eran numerosas hasta tal punto, que la policía, como una medida sanitaria, había prohibido se diese sepultura a los cadáveres durante el día, destinando a este objeto las altas horas de la noche.

En aquellas mismas horas melancólicas las calles permanecían desiertas y solitarias: solo de cuando en vez oíase el monótono rumor de algún carruaje que aparecía fuego tirado por un macilento jamelgo, y en cuya delantera vacilaba una luz pálida, colocada sobre un palo algo elevado.

Aquél era el carro de los sepultureros.

El cementerio de los cristianos, situado extramuros y a una considerable distancia, estaba por consiguiente al lado opuesto del río, y punto fronterizo al puente de Alcántara.

Una idea extraña ocurrió a Veremundo a tiempo que una pareja de sepultureros regresaba con el carruaje vacío junto a la choza y en dirección al interior de la ciudad. Aquellos hombres pertenecían a una pobre y piadosa hermandad de cristianos, y eran religiosos legos mercenarios, a juzgar por la divisa o escapulario de la orden redentora, que campeaba sobre el fondo de sus hábitos blancos talares.

El pretendido árabe mandó detener el fúnebre vehículo, y mediante una corta conferencia con aquellos hombres, pudo conseguir ponerse con ellos de acuerdo para que les sacasen de la población dentro del carro mortuorio, a cuyo ardid prestáronse ellos mediante un corto estipendio y con la mayor cortesanía.

Colocados allí, los sepultureros dejaron correr las cortinas del carruaje, y simulando bajo tan ingenioso equívoco un cargamento ordinario de su triste misión, estimularon al animal, que partió al trote, arrastrando con velocidad aquel carretón desvencijado, cuyas ruedas hicieron retemblar crujientes el puente de Alcántara.

La salida del sol sorprendió a los profusos en las inmediaciones de Almonacid, al pie de su imponente castillo, en cuyas torres ondeaba el pendón de la media luna, y cuyos esmaltados vidrios reflejaban los rayos del sol de Oriente.

Emboscáronse en los sotos de arbolado, cañaverales y arbustos que pueblan las márgenes del Guadiela, y resolvieron pasar allí el día y tomar aliento para continuar su fuga a favor de las tinieblas de la noche próxima, si es que se presentara oportunidad de ello.


XXXIII[editar]

Algunos días después de la evasión de nuestros héroes, un edicto del rey de León refrendado por Payo Ataulfo de Altamira y Moscoso, hermano de Veremundo, condenaba a éste a extrañamiento perpetuo de los dominios cristianos en la península, con aplicación inmediata de todas las demás penas en que incurren los reos de alta traición, infidelidad y rebeldía, confiscación y pérdida de todos sus bienes, fueros e inmunidades, e inhabilitación para recobrarlos, caso de no presentarse a justificarse en cierto término.

Al propio tiempo una real provisión daba el condado de Altamira, que por muerte de su padre correspondiera de derecho a Veremundo, a su indicado hermano Payo Ataulfo de Moscoso, y todo en calidad de interinidad, mientras el legítimo sucesor no se presentase a justificar su conducta y obtener su rehabilitación dentro de ese mismo plazo que se le otorgara.

En honor de la verdad diremos que por industria del nuevo conde, el edicto, si bien fue expedido con tales condiciones, se comunicó y publicó en términos absolutos y sin esa restricción derogatoria que ofrecía lugar en su caso al efecto retroactivo de la sentencia, lo cual venía a cerrar la puerta a la posibilidad de que se presentase el reo a reivindicar sus derechos después de probada su inocencia, con lo cual declararíase contumaz y rebelde, convicto del crimen que se le imputara, y por consentido el fallo.

En ese caso anularíase la restricción de la donación del condado, que el usurpador esperaba ver confirmada a su favor por el monarca, en calidad de título hereditario para sí y sus descendientes.

Al propio tiempo, y por una coincidencia simultánea, poníase precio a la cabeza de una cautiva cristiana que desertara del harem de Toledo, a la cual imputábase también el crimen de asesinato en la persona de Selim-el-Achmet, entendido por Solimán, gobernador y generalísimo de dicho reino, siempre que fuese habida en el mismo.

Y mientras tanto, ambos fugitivos eludían el rigor de estas fulminantes órdenes desde una gran distancia, entregados a los goces de un amor entusiasta y recíproco.


XXXIV[editar]

Vagaban una tarde por la frondosa vega de Granada, a orillas del pintoresco Darro, con sus riberas selváticas y su bulliciosa corriente.

El sol trasponía las cumbres bordadas de blancos caseríos, de campiñas de mieses y olivares: sus rayos oblicuos reverberaban en las crestas de las Alpujarras, coronadas de perpetuas nieves.

Más lejos la oriental Granada, paraíso del Profeta y cuna de la poesía árabe-española, cuyas torres, alminares y esbeltos minaretes afiligranados y esmaltados de azulejos, reflejaban el brillo esplendente, fosfórico, del sol de ocaso.

Y dominando el caserío de esa informe masa de edificios y monumentos árabes, la célebre Colina Roja con su ruinoso templo de Diana[3], su vieja atalaya coronada de estandartes moriscos tremolando, al aire y sus achatadas torres cuadradas que hundían sus medias lunas de hierro en un horizonte magnífico... cuadro poético, cuyos variados objetos resaltaban sobre el claroscuro de la montaña, marcando irregulares puntos que iban borrándose gradualmente a medida que disminuía la luz.

Refugiados en aquellos amenos sitios e impelidos por la fuerza de su destino mismo, ambos amantes contestaban al acta de proscripción que pesara sobre ellos, con un amor casto y entusiasta, al abrigo y protección de un pobre anacoreta, deudo muy cercano de Veremundo, que habitara en cierto caserío, a la falda de la misma montaña sobre que asienta Granada la árabe, y resguardado por un salvo-conducto de aquel rey.

La naturaleza de los tratados sobre extradición recíproca de criminales, celebrados entre los monarcas cristianos, no había permitido a los fugitivos acogerse a sus dominios, puesto que la especie, de coalición o liga que mantenían, a fin de contrarrestar el poder musulmán tan arraigado y fuerte en la Península, no ofrecía seguridad ni garantía a los mismos, que indudablemente hubieran sido sacrificados a esa dura condición del derecho internacional, llamada impropiamente razón de Estado.

Tal era, pues, el motivo que indujera a los jóvenes proscriptos a refugiarse en Granada, donde contaban con mas elementos de simpatía que en cualquier otro punto, a juzgar por ciertos antecedentes y probabilidades que de ellos nacieran.

Venían por de pronto allí completamente desconocidos, entregados el uno al otro dentro de los severos límites del decoro, olvidando la opulencia y el bullicio del mundo, y ejerciendo las prácticas de una virtud rigorosa y ascética.

Habíanse desposado clandestinamente, el santo misionero había bendecido esta unión feliz, y era fruto de su amor un hermosísimo niño rubio, a quien impusieron en el bautismo el nombre de Gonzalo Rodrigo.

XXXV[editar]

Pero acaeció cierta noche uno de esos desmanes tan comunes en aquellos calamitosos tiempos, de esos que imprimen siempre en las generaciones una huella sangrienta y fatal.

Una horda sediciosa de árabes que era el terror del reino de Granada, cayó de improviso como una tromba airada sobre el país; incendió las campiñas, taló y quemó las mieses, los bosques y las chozas, y apresó ganados y gran número de cautivos de ambos sexos.

Entre estos contábanse también los jóvenes esposos, con su hijo y el pobre religioso, el cual fue inmolado sin tregua a la barbarie de los facinerosos, que llevaron su crueldad hasta el punto de coserle en su hábito de buriel, después de maniatado, arrojándole por último al Darro en medio de su brutal algazara.

Ni fue tampoco perdonado el tierno niño, a quien maltrataron cobardemente, ni respetado el pudor de su casta madre. Veremundo presenció uno de esos actos brutales y torpes, cuya simple relación ofende la moral y la escandaliza, desgarrando a la vez el corazón de un esposo honrado.

Este atentado vergonzoso produjo en su pecho naturalmente un acceso de rabioso coraje, que su situación hacia impotente; en vano provocó con virulentos apóstrofes a aquellos desalmados monstruos, en vano les amenazó, retándoles a singular combate, porque ellos, prolongando el tormento, acogían esas mismas provocaciones con una indiferencia burlesca hasta el insulto, haciendo escarnio y mofa de su dolorosa cólera.

Oyó con amarga desesperación la conferencia siniestra de aquellos malvados acerca de la suerte que iba a caberles. ¡Ah! ¿Qué importa que se les hiciera merced de la vida a trueque de tan ignominiosas condiciones? ¿No era mil veces preferible ante todo la muerte?

La religión y el amor, infundiendo en su corazón noble sus saludables impulsos, pudieron separar de la mente acalorada y febril una idea siniestra, el suicidio; negro fantasma que sorprendiera su enardecida organización nerviosa con todo el arrebato que suele imprimir un rapto de desesperación en sus víctimas.

Contúvose al fin, concluyendo por desear el mismo género de muerte que meditaban dar a aquella pobre mujer exánime, destrozada por la violencia, y a aquel hermoso niño que por un tierno instinto tendía hacia él sus manecitas suplicantes, como en demanda de socorro.

Y cuando húbose convencido de que se le reservara la misma suerte, experimentó un cruel consuelo, su pecho pareció dilatarse en la esfera de una esperanza puramente egoísta, y una nube parecida al caos ofuscó su mente, perdiéndola en un devaneo sensible.

Con respecto al orden que debiera guardarse en el turno, vaciló un momento: tuvo impulsos de rogar a aquellos bárbaros que le hiciesen morir a él el primero, para ahorrarse la pena de ver perecer a aquellos dos seres tan queridos; pero al fin prevaleció la idea de sobrevivirles en todo caso, en la confianza quizás de que un acontecimiento cualquiera pudiese restituirle la libertad, en cuyo caso exigiría terrible cuenta de aquellas víctimas.

Por fin los malhechores, por una especulación bastarda, resolvieron conservar la vida a aquellos tres infelices, porque, jóvenes como eran, ofrecían a su codicia una probabilidad lucrativa en los bazares turcos.

Si se hubiese tratado de personas ancianas o enfermizas, hubiera sido diferente el acuerdo indudablemente, puesto que esta circunstancia hacia variar el negocio, reducido a su entidad esencialmente mercantil; pero era todo lo contrario, y el interés y la avaricia decidieron el hecho.

En virtud, pues, de esta resolución, los árabes aseguraron su presa y desaparecieron en las tinieblas, medio disipados a trechos por el brillo del incendio que todavía continuaba devorando la hermosa campiña y sus bosques.


XXXVI[editar]

Mientras tanto los criados de Veremundo hallaron medio de huir afortunada mente, para poder dar cuenta de la ocurrencia y desvanecer ciertos errores en favor de aquél, cuyo concepto mejoró notablemente en el ánimo de sus soberanos.

En su fuga, poco menos que milagrosa, no les fue posible salvar las joyas y dinero que componían el tesoro entregado por la reina a su amo Veremundo, y cuya conducción les cometiera éste, cuyo paradero no pudo averiguarse; y agotados los medios que se emplearon en su busca, se sospechó que lo hubiesen asesinado en la refriega. Los criados que habían recibido orden de no decir palabra con respecto a él, cumplieron su promesa de no revelar cosa alguna.

En cuanto a su hermano, el nuevo conde de Altamira, redobló sus pesquisas por inquirir su paradero, porque entraba, en sus designios buscarle, si es que existiera, aunque fuese en las entrañas de la tierra.


XXXVII[editar]

Traslademos ahora al lector a la bulliciosa plaza de Bibrambla, precedida del Zacatín, sitio no menos animado en aquellos tiempos, y que enlaza dicha plaza con la Nueva, por bajo de la cual se precipita el Darro, arrastrando sus aguas minerales, y bordadas sus riberas de bosques de sauces y abedules que balancean sus verdes frondas agitadas por el susurro de las brisas.

Pues bien, esa plaza, obstruida en parte por las arenas del Darro, ofrecía en ciertos días, hacia la época de que vamos hablando, un cuadro singular de animación y barbarie, presentando el relieve de ese borrón infamatorio que las luces de la pretendida civilización del siglo no han logrado extirpar todavía en nuestras colonias mismas, donde existe, como en otros puntos, oprobio de las generaciones en medio de esas nobles teorías que agitan la humanidad sensible: ¡la esclavitud!

Celebrábase uno de esos mercados generales, especie de ferias sumamente concurridas por las poblaciones de la parte meridional de España, que componen lo que se llama Andalucía, y a las cuales el lenguaje oriental suele dar el nombre de bazares.

El día era caluroso, uno de esos días abrasadores en que el solsticio estival hace exprimir sus verticales rayos en las regiones templadas.

Remontaba el sol el meridiano.

Una caliginosa niebla condensaba el espacio, como un velo de fuego nebuloso, a través del cual percibíase confusamente como un punto sanguinolento y mate, el espectro solar, girando su inflamado disco, cuyo foco parecía contraerse cada vez más opaco, concentrado y diáfano.

Reinaba una profunda calma, y apenas el aire enviaba un ligero soplo ardiente que absorbía luego una ráfaga enroscada como una columna pirotécnica, prolongada verticalmente en remolino hasta perderse en la inflamada zona.

Un torbellino de hojarasca y polvo solía interrumpir este juego cruel de la naturaleza, condensando más y más el ambiente y velando el espacio imaginario de aquel cielo encendido por la abrasadora canícula.

Los habitantes de Granada la árabe, supersticiosos por principios, observaban con visibles muestras de asombro aquel fenómeno atmosférico, bajo cuya influencia parecía arder la naturaleza entera, si bien luego, dominados por el fatalismo clásico del islamismo, restituían a su continente toda la estúpida resignación que forma el tipo característico del código mahometano y sus sectarios.

A una proporcionada altura hablase cubierto con telas y esterado casi todo el ámbito superior de la gran plaza, dispuesta en calles artificiales rociadas de aguas olorosas.

Aquel conjunto, simétricamente trazado, formaba un pintoresco paisaje, semejante a las tiendas portátiles o pabellones árabes del desierto, improvisados por las caravanas de las tribus salvajes.

Aquí, bajo esos toldos, bajo esas mismas tiendas movibles que llevaran en su lujoso atavío el sello de un verdadero atractivo, en aquella especie de retretes en que el esmero rivalizara con el buen gusto, hallábase el bazar de esclavos, separados sus departamentos con admirable simetría y con la rigorosa clasificación de sexos, bajo una numeración exacta.

En esta plaza, que como queda dicho, tenía la apariencia de una bonita población árabe, aspirábase el aroma del clavillo y rosa j unto con esa incomprensible combinación de perfumes con que el genio oriental ha poetizado su vida sensual y voluptuosa, vida material, sublimada en sus goces, aunque muerta para el genio, galvanizada, o por mejor decir, enervada en el placer y el ocio; naturaleza negativa, a la cual prestan una apariencia ficticia, artificial, los aromas de la Arabia, las perlas de la India y las sederías de Damasco, Smirna y Basora.

En aquellas mismas subdivisiones, preservadas de la influencia del sol, mirábanse hacinadas varias esclavas cristianas medio vestidas con una saya corta de lana anaranjada, y acurrucadas sobre sus rodillas, con los brazos cruzados sobre el desnudo seno. Su actitud era generalmente dulce, risueña y melancólica, viéndose correr algunas lágrimas por aquellas mejillas, contraídas por una sonrisa amarga y forzada, que debiera ser el sarcasmo de un dolor sublimado o la resignación de un heroico martirio.


XXXVIII[editar]

Los mercaderes, ostentando sus alquiceles blancos, sus albornoces primorosamente bordados, sus turbantes verdes y abigarrados con medias lunas de plata, y calzados con babuchas amarillas o encarnadas, paseaban al frente de sus respectivas tiendas, con su mirada grave, compungida y benévola; sus barbas venerables prolongadas hasta el pecho, y pendientes de su cintura el alfanje damasquino de hoja corva, el látigo de sedal blanco como la plata y el inseparable rosario de enormes cuentas.

Casi todos fumaban a la oriental en lujosas pipas de elásticos y prolongados tubos con boquilla de ámbar, marfil o cristal zafiro, que usaban con graciosa indolencia, mientras que otros hacían silbar con cierta destreza en el aire sus látigos de plateado sedal con cabos de nácar primorosamente incrustados de menudos brillantes.

El continente de aquellos hombres era inalterable, como ya hemos dicho: brillaba en sus facciones esa gravedad fría y severa a la vez que afectuosa, que forma el verdadero tipo musulmán, y su paso lento, sus movimientos flemáticos y su habitual silencio parecían revelar a ese verdadero, autómata, galvanizado apenas por las, exigencias de la naturaleza, y las pasiones ya amortecidas, y que ha elegido para su cuna la mas hermosa región del universo, el Asia.

Estos hombres, dedicados en toda conciencia al comercio de sus semejantes, y que fijaran a su placer precio a su propia sangre mediante una cantidad convenida, ni más ni menos que si se tratara de bestias, conducíanse con cierto aire de afectada distracción, si bien aun en medio de ella, cada vez que su mirada oblicua, clavada disimuladamente y como al acaso sobre sus mercaderías, llegaba a sorprender un gemido ahogado por el terror, cada vez que esa misma ojeada suspicaz y penetrante se embotaba en cualquiera demostración que no fuese una sonrisa por parte de aquellas desventuradas bellezas, solía oírse entonces un silbido agudo, y las mallas elásticas del látigo caían crujientes sobre sus desnudas carnes, abriendo un surco acardenalado y sangriento.

Preciso era, pues, que rieran en medio de su situación aflictiva, porque la tristeza, ese sello del corazón doliente y mártir podía repeler a los compradores y retraerles. ¿Cómo llorar pues?

¡Bárbara antítesis, de la naturaleza, puesta en contradicción con sus principios constitutivos!


XXXIX[editar]

Allá en frente y al extremo opuesto veíase el bazar de esclavos, separado del de las esclavas por una distancia convenida.

Aquella sección del mercado, aunque no tan preservada de los rayos del sol como la otra, al menos en cambio de esta desventaja no estaba tan concurrida de gentes disolutas que, poseídas de un cruel libertinaje, acudieran allí a insultar el pudor de las infelices mujeres, dando pábulo a sus licenciosos estímulos a vista, de aquella desnudez, culpable en que la bárbara especulación de los traficantes cifrara su mayor lucro y puesto, que hasta las cedían por cierto número de días, mediante cantidades convenidas y con las oportunas cautelas, a todo aquél fiel creyente que por el pronto careciese de medios para el desembolso siempre considerable que solía ocasionar la adquisición de una esclava de mediana belleza.

Vestían aquellos una túnica corta de lienzo crudo, sujeta a la cintura con un cordón amarillo: todos iban descalzos, y en la cabeza llevaban un gorro, de buriel con madroño de lana; especie de caperuzo que variaba de color, según la divisa mercantil consignada en la patente de su respectivo dueño.

Grupos de soldados árabes recorrían los bazares por vía de simple precaución, con su holgado y pintoresco uniforme. Iban armados de gumías, jabalinas, alfanjes y puñales buidos, cuyas hojas reflejaban un fosfórico brillo. Entre ellos solía distinguirse algún santón con su manto blanco prolongado y sus enseñas sacerdotales, cuyos labios no cesaba de murmurar secretas preces al paso que repasaban una rápida regularidad las cuentas de sus enormes rosarios, y a cuyo tránsito postrábanse de hinojos los turcos, y besaban con veneración y respeto la orla de su alquicel.


XL[editar]

No obstante la continua afluencia de forasteros, el calor insufrible de aquel día había retraído a muchos traficantes de salir de las posadas, de suerte que al mediodía aún no se habían hecho sino bien pocas y desventajosas transacciones.

Tal desanimación en un mercado regularmente provisto de lindas mercancías (tal era la calificación con que las designaran sus especuladores), y en el cual tan insignificantes traspasos se realizaran, tenían impacientes a los mercaderes que se entretenían unos en pasar y repasar las cuentas de sus rosarios favoritos, con objeto de matar el tiempo y distraer su impaciencia misma, sentados con las piernas cruzadas sobre cojines de damasquina alfombra en la parte anterior de sus tiendas; reclinados otros en almohadillas de brocatel raso arabesco, tras de cortinillas entreabiertas de sedilla verde, amarillo o púrpura con franjas de oro, o bien sobre el regazo de sus bellas esclavas que les abanicaran con las gasas de sus velos, a fin de ahuyentar los insectos o refrigerar su piel, que traspiraba un sudor copioso, mientras sus indolentes dueños fumaban tranquilamente en sus largas pipas de marfil y ébano.

Otros limpiaban los cristales de la anaquelería, los aparadores y muestrarios de sus tiendas anejas de vajilla y sederías, los andenes poblados de puñales buidos, de alfanjes damasquillos, de jabalinas, gumías, cangiares y cimitarras, de arneses abrillantados, mallas, cascos cimerados, celadas y yelmos con penacho elástico, airones y garzotas, cotas de acero bruñido, adargas, rodelas y escudos que reverberaban algún rayo de sol furtivo, alabardas y hachas de doble golpe, capacetes, lórigas, pomos de esencias aromáticas, de olorosos espíritus volátiles o de esos venenos, narcóticos o afrodisiacos que matan, enervan o estimulan; recursos a que suele apelar esa naturaleza artificial que vejeta en medio del desorden su disolución; chales de Smirna, turbantes moriscos traídos del Cairo o de Alejandría, esas dos ciudades privilegiadas del Egipto; lámparas de oro esmaltado, de varios mecheros, arandelas de cristal tallado, braserillos y pebeteros de plata, babuchas bordadas de perlas y aljófar por las odaliscas de Stambul, y blanquísimos alquiceles de lana con trenzados cordones de seda carmesí, etc.

Otros, en fin, recorrían las galerías, seguidos de una turba de ganapanes, tañendo organillos con teclado de vidrio, bandurrias, cítaras, salteríos, harpas y otros instrumentos, mientras que las turbas del séquito danzaban, acompañando un concierto de guzlas y chirimías moriscas alternativamente, al paso que los negociadores o charlatanes de oficio, discurrían buscando compradores, los cuales parecían ensordecer ante sus exageraciones y palabrería.


XLI[editar]

Un edicto recientemente publicado permitía a los cristianos españoles, residentes en cualquier punto de la Península, la compra o rescate de sus correligionarios esclavos expuestos en los bazares, si bien con la condición precisa de que no debieran presentarse en el mercado por sí ni por tercera persona antes del mediodía, según la señal que debiera dar una campana colocada en lo alto de la colina Roja, sobre el ruinoso torreón de la Atalaya.

Esta medida envolvió un doble motivo de especulación, porque teniendo derecho los cristianos a la adquisición o redención de esclavos, no perdonarían medio ni sacrificio alguno para rescatar a sus deudos, lo cual debía producir necesariamente una competencia en los precios y un alza consiguiente.

Por otra parte, quedaba a salvo la preferencia de los compradores árabes sobre los cristianos, por el estudiado medio de no permitir el concurso de éstos hasta las doce del día, pudiendo ellos surtirse hasta aquella hora sin ser perjudicados.

De cualquier suerte, era un hecho innegable que este ramo de comercio debía naturalmente elevarse con esa medida a un alto grado de prosperidad.


XLII[editar]

La hora de convocatoria sonó, según costumbre, para los cristianos.

Terminada la última vibración de la campana se presentó entre otros un apuesto caballero leonés vestido sencillamente en traje de paisano y precedido de dos criados con librea condal.

Entraron en la población por la puerta del Arenal, punto por donde el Darro, en sus frecuentes avenidas, suele salir de álveo, inundando aquella parte de la ciudad, donde rebalsa, dejando un gran depósito de arenas de oro.

El caballero podría tener algo más de unos veinticinco años; su figura era en cierto modo sombría y antipática; pálido de rostro, en cuyas angulares facciones, en que parecía retratarse el sello de cierta autoridad, traslucíase esa ruda altivez clásica de la nobleza de la Edad media.

Llamábase Payo Ataulfo de Altamira y Moscoso, nuevo conde de este título.

Las puertas del bazar estaban abiertas, y una turba de dragomanes asediaba con insistencia a los señores cristianos, que extraños en su mayor parte al lenguaje árabe, no solían escasear su retribución hacia esta clase de gentes que les prestaran, no solo el servicio no despreciable de la interpretación de idioma, sino al mismo tiempo el de su defensa personal, cuya protección sostenían fielmente y con la mayor tenacidad y empeño.

El conde, pues, provisto de un dragomán, dirigióse al centro del bazar de esclavos.

No recordamos haber advertido al lector que los mercaderes colocaban una tablilla al frente de su tienda, en la cual exponíase y se anunciaba en ambos idiomas, castellano y árabe, los nombres, filiación, señas y circunstancias especiales de los esclavos que estaban de venta.

Escusado es encarecer las exageraciones de estos anuncios, así como también la poca fe que merecieran.

El dragomán dijo una palabra al oído al conde, y la designó con el índice una de las tablillas del bazar.

Ataulfo se dirigió entonces al mercader a quien correspondía, hombre afable, de una fisonomía simpática y en cuyos labios vagaba una plácida y oficiosa sonrisa.

Con la mayor amabilidad y finura ofreció a disposición de su bolsillo aquellas frioleras de carne blanca que tenía el honor de presentarle y recomendar a su buen gusto, por ser un género exquisito.

Del fondo de aquella tienda surgió entonces una figura pálida, un espectro con forma humana, pues tal parecía serlo por la demacración de su rostro lívido y la alteración febril de sus facciones.

El turco, siempre con su benévola sonrisa, suspendió su látigo de sedal sobre aquel pobre esclavo, cuya debilidad le impidiera acomodar su cuerpo escuálido a una postura airosa; pero el dragomán, excitado por Ataulfo, detuvo el brazo del cruel mercader y demandó el precio de aquel hombre.


XLIII[editar]

Hasta entonces el esclavo, que por un punto de orgullosa tenacidad no había alzado todavía la vista, no había podido reconocer por consiguiente a su futuro dueño, quien por su parte sí le había conocido a él.

El mercader, irritado por el orgullo de aquel hombre altivo, alzó de nuevo el látigo, que silbó en el aire y cayó crujiente sobre las espaldas del desgraciado.

Fue tan rápido este movimiento, que no pudo ser evitado por Ataulfo, cuyas cejas se fruncieron de cólera.

El esclavo se agitó con un estremecimiento de dolor; temblaron sus carnes, y sus ojos azules y rasgados posaron en su verdugo una mirada indefinible de dignidad y orgullo.

Aquella mirada se encontró luego con la de Ataulfo, el cual se apresuró a hacerle una señal significativa de silencio.

La voz de la sangre había lanzado su grito elocuente, y aquellos dos hombres, por un instinto simultáneo y enérgico, abrazáronse y de pura alegría lloraron.

El conde había reconocido en aquel pobre esclavo a su hermano Veremundo, y éste a su vez a aquel hermano generoso que venía a restituirle el pleno goce de su libertad, y con ella la vida.

No en vano aquel había venido allí, atraído por una indicación respecto a la existencia de su hermano en aquel mercado, cuyo hecho acababa de confirmarse; así que, deseando abreviar su adquisición, demandó de nuevo el precio al mercader, quien por su parte parecía andar algo remiso en ello, con el fin, sin duda, de sacar mejor partido, apelando a este ardid.

La cantidad, algo exorbitante por cierto, exigida por el mercader, no obtuvo réplica por parte del conde, y Veremundo siguió poco después a su libertador, apoyado en su brazo y en el del intérprete.


XLIV[editar]

Ni se dirigieron una sola palabra ambos hermanos durante el tránsito del bazar de esclavos al de esclavas; pero cuando hubieron llegado al espacio que separara a ambos, preguntó Ataulfo a Veremundo:

-Me consta que esa mujer a quien llamas esposa, se halla de venta con su hijo entre las demás esclavas del bazar: ¿quieres que sean libres?

Veremundo, por toda contestación, abrazó a su hermano todo conmovido

- ¡Oh, hermano mío!, exclamó; sálvanos a todos, porque no podríamos vivir separados.

Ataulfo, seguido de sus criados y llevando siempre del brazo a su hermano, entró, precedido del dragomán, al pórtico anterior al mercado de las esclavas, cuya aproximación anunciábase por un fuerte aroma que impregnara el ambiente.

Llegados al centro del bazar detuviéronse junto a una tienda lujosamente parada, y en la cual, rodeada de varias esclavas negras, yacía una hermosísima joven, reclinada su cabeza sobre cojines de terciopelo, y brocatel con franjas de tisú y oro.

Estaba medio, envuelta en un gran velo sutil de trasparente gasa que mancara sus purísimas, formas; y sus, brazos y piernas divinamente modelados, estaban profusamente, adornados con pulseras de oro y pedrería.

Sobre la espalda y seno flotaban sus blondos cabellos trenzados en crenchas incrustadas de flores, y saturadas de fragantes perfumes, y sus diminutos pies mirábanse encerrados en unas magníficas sandalias de terciopelo negra bordadas de esmeraldas de oro.

Veremundo, al verla, arrojó un grito de sorpresa, y seguramente hubiérase arrojado hacia aquel caro objeto de su amor, a no haberle prohibido el dragomán toda demostración que les hubiera comprometido acaso.

Un niño de peregrina hermosura, rubio y sonrosado, jugueteaba con aquella joven, que era su madre. Era éste Gonzalo Rodrigo, de quien ya hicimos anteriormente mérito.

Mirábala la joven enternecida unas veces, indiferente otras y sumergida siempre en una actitud melancólica y contemplativa. Alguna lágrima solía saltar por sus mejillas al contemplar la alegría infantil de aquel rapaz tan lindo, si bien tornando luego de nuevo a aquella profunda distracción que la daba el aspecto de una estatua pudorosa de mármol o de una casta diosa del paganismo.

Veremundo, olvidando la prohibición del dragomán, dirigió a la linda cautiva un signo de expresivo amor; pero ella parecía desentenderse, vertió una sonrisa de gracioso desdén y le rechazó con una imperiosa señal de su linda mano cuajada de inestimables joyas, volviendo luego a su distracción habitual, mientras cambiaba con el niño otra de sus amargas sonrisas.

Y sin embargo, aquella mujer era la esposa de Veremundo y aquel hermosísimo niño el fruto de su primer amor.

El tierno infante sonreía a su padre, a su madre y a su tío, y aun cambió balbuciente con su voz purísima algunas frases árabes con el intérprete, que quedó encantado de aquella criatura tan graciosa.

-Compradle, señor, dijo al conde; prendas de este género no son caras jamás por ningún precio.

Y al mismo tiempo pintóse en el semblante brusco del buen hombre un gesto de noble conmiseración.

Veremundo no podía volver de su asombro al notar la frialdad incomprensible de aquella mujer tan apasionada antes y tan impasible ahora para él.


XLV[editar]

Ataulfo, por medio del dragomán, hizo preguntar al mercader el precio de aquella mujer y de su hijo, a lo cual se contestó que en cuanto a la madre, que era una de las mujeres del harem del rey de Sevilla, no podía venderse por ningún dinero, sino que únicamente se la había expuesto en el bazar por consejo de los médicos a fin de que recibiera todo género de impresiones que acaso, en concepto de ellos, pudiera, quizás, contribuir a restituirle la razón que días ha le andaba extraviada, habiendo sido desahuciada ya por los facultativos de dicha ciudad, por lo cual se la había trasladado bajo caución a Granada en la esperanza de salvarla; pero que en cuanto al niño no había inconveniente en tratar de ajuste.

En efecto; la desgraciada, desde la separación de su esposo, estaba poseída de una grave enajenación mental, sin que los halagos, el lujo y las comodidades de que la rodeara el rey moro de Sevilla, para cuyo serrallo había sido adquirida por una fuerte suma, consiguieran su restablecimiento, ni aun su alivio, por lo cual se había recurrido a la variación de clima y de facultativos.

Veremundo, cediendo a su propia debilidad y a la impresión de aquella fatal nueva tan imprudentemente aventurada por el mercader acerca de la aberración mental de su esposa y su forzosa separación, en vista de la orden prohibitiva que hiciera imposible su compra, cayó desfallecido en brazos de los criados, que por mandato del conde le condujeron a su alojamiento.

Poco después el niño fue adjudicado también a su tío, mediante cierta cantidad no despreciable; pero al separarle de su madre, despertóse la cólera de ésta como una víbora herida.

Levantóse como impelida por un resorte, y precipitóse furiosa, rugiente y colérica, desnuda como estaba, hacia el dragomán, que hallándose desprevenido, vino a tierra al ímpetu de la agresión.

Era en verdad un triste cuadro el que presentaba aquella pobre frenética, que en medio de su impotente cólera, mordíase y se despedazaba, arañándose sin piedad y luchando desesperadamente con aquellos hombres.

El niño lloraba al notar aquel lance que tan lejos debía estar de comprender en su inocencia, y entonces la desolada madre redoblaba su furor, exaltada más y más hasta la cumbre del vértigo.

Pero aquel rapto tan violento aniquiló las fuerzas de la infeliz demente, y cayó al punto aplomada en tierra.

Restituida a uno de esos lúcidos intervalos de que solía gozar a veces, reparó su desnudez vergonzosa, y cruzando los brazos sobre el seno, olvidóse por un momento hasta de su propio hijo para ocuparse del pudor. Envolvióse como pudo en el velo que antes la cubriera, corrió las cortinas de crespón verde que cerraban la tienda, y sin cuidarse de la desaparición del niño que se llevara uno de los criados de Ataulfo, púsose a llorar de desesperación y vergüenza, encendidas de rubor sus mejillas y exaltadas sus hermosas facciones, a las cuales prestara el llanto dobles quilates de interés y belleza.

En concepto del mercader, era aquél un precedente favorable para la salud mental de la graciosa esclava.


XLVI[editar]

El conde, a pesar de su dureza de corazón, no pudo menos de enternecerse ante aquel cuadro inhumano que rompiera con tal violencia esa cuerda sensible que estrecha el vínculo de una madre para con su hijo.

Aun insistió en que se le vendiese aquella pobre insensata, por quien el orgulloso hidalgo sentía un vehemente amor, que surgiendo de improviso en su pecho, perdíale en un caos de deseos impuros. Ofreció pagar por ella cualquier suma por exorbitante que fuese; pero el mercader contestó por conducto del dragomán que era inútil todo empeño, porque el rey de Sevilla mostraba una pasión decidida por aquella señora, a quien esperaba poder curar con el tiempo, y la cual, habiéndole dado una hija muy linda llamada Zaida, que se criaba en su mismo Serrallo, había salido del mismo con el referido objeto y debía ser elevada acaso en su día, apenas se restableciera, a la categoría de reina o sultana favorita.

El mercader saludó cortésmente y cerró las vidrieras de su tienda, ejemplo que imitaron los demás como por un golpe simultáneo de magia.

El intérprete advirtió al conde que era ya tiempo de retirarse, porque como caía ya la tarde y se acercaba la hora de practicar las abluciones, debían cerrarse de orden superior las puertas del bazar, de modo que todo aquel que fuera cristiano no podía permanecer allí sin gran riesgo.

En efecto, el conde y el dragomán se retiraron.

En la mente del primero flotaba el recuerdo de aquella mujer hechicera, por cuya posesión diera la mitad de su propia existencia, y cuya tentadora imagen cerníase sobre su corazón como un ángel del Edén, estimulándole en un piélago de deseos impuros y sensuales.

Para esta idea seductora estrellábase en el imposible, y el orgulloso aristócrata, herido en lo más vivo del alma, mesábase los cabellos y hervíale la sangre, enardecida por su impotente cólera.

Era entonces una fiera acorralada por los cazadores, una serpiente herida por el insecto que se introduce en sus escamas y la mata con sus picaduras. Ataulfo maldijo la hora en que tuvo el capricho de entrar en aquel bazar funesto, donde se exponían ángeles tentadores que mataban en fuerza de hechizos vedados al hombre y concedidos únicamente a la vista, ese sentido el más precioso y el más fatal también para la criatura.

Y sin embargo, a aquel precio únicamente podía comprar la posesión de sus Estados y su tranquilidad futura. Esto al menos le consolaba en cierto modo, aunque era de todo punto necesario completar la obra.

Al día siguiente, al salir el sol, Ataulfo, Veremundo y su hijo con los dos criados, salían de Granada por la puerta del Arenal, por donde habían entrado los tres primeros de incógnito en una especie de berlina cerrada y escoltados por los dos últimos.


XLVII[editar]

Hay quien asegura que la noche precedente departían dos hombres con gran misterio allá en las altas horas y junto a las riberas mismas del Darro, en un sillón solitario y lúgubre.

Eran Ataulfo y el mercader de esclavas, atraído allí a aquella cita sospechosa por una exigencia del hidalgo, cada vez más tenaz en adquirir la hermosa esclava, y en verdad que era esto luchar con un imposible.

Con todo, fue tal su empeño, que hubo de colocar al mercader en una alternativa que le obligara a tomar un partido, cuya elección no era dudosa, por más que la crónica que seguimos no ande en este punto muy explícita.

Fácil es comprender también que el dinero debiera tener una gran parte en este caso, y que desempeñaría su papel importante y su influencia.

Lo cierto es que allá a la madrugada hubo medio de huir el negociante, llevando consigo, a disposición del de Altamira, a la bella esclava, en lo cual jugaron ambos su cabeza.

Ataulfo, pues, había logrado la primera parte de sus planes, y se creyó feliz.



Notas:

  1. Emblema amoroso que significa: Os amo ardientemente, y aguardo con impaciencia el instante en que os dignéis concederme una cita, si de ese favor me juzgáis merecedor.
  2. Significa: Sed discreto y esperad.
  3. Sobre esta colina empezó a construirse la célebre y fabulosa Alhambra en 1247.



La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión