La corona de fuego: 02

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Primera parte : El castillo de Monforte[editar]

Capítulo primero - La familia feudal[editar]

A ver cómo escucháis
Risueños de placer o enternecidos
Y consigo escucháis,
Si en ello solazáis,
Lances de amor en crimen convertidos.


El verano de 1070 dejábase sentir con intenso rigor en varias provincias de España, y los zahoríes de las campiñas gallegas aseguraban la proximidad de un castigo del cielo que debía concluir con el mundo, y cuyos preludios tocábanse ya en aquellos rasgos de la insufrible canícula que agostaran las mieses y esterilizaran los campos.

Los colonos elevaban súplicas a sus respectivos señores en demanda de una rebaja equitativa en sus cánones; pero la mayor parte de ellos se desentendían con insultante altivez y despedían a los pobres villanos, lanzándoles poco menos que a puntapiés de sus alcázares, por importunos.

Entre aquella orgullosa aristocracia contábase la hermosa Constanza, heredera y única poseedora de los Estados del conde de Monforte, el cual acababa de morir de mala muerte, legándola su pingüe patrimonio. Esta altiva huérfana, original y excéntrica, hacíase llamar la señora baronesa solo por un simple capricho, en lo cual verdaderamente hacía el debido honor a su sexo.

Constanza o Constantina, como también solía nombrarse entre los muchachos de su edad, era la verdadera y suprema belleza del país, graciosa, gentil y traviesa, que montaba diestramente a caballo, y manejaba con igual maestría y soltura la espada y el arco que la pluma y la aguja; hablaba con encantadora elocuencia, saltaba, brincaba con la agilidad de una ardilla y hacía vibrar los cristales de sus ventanas con el timbre argentino de su poderoso pulmón.

Por lo demás, su carácter excéntrico marcaba ciertas faces singulares de su vida privada, corriendo en proverbio a porfía de las jóvenes más casquivanas del país, que iban en zaga a aquella vigorosa exaltación tan prodigiosamente desarrollada.

Vestía ordinariamente con extremado lujo, lo que tampoco impedía que en uno de sus alternados periodos de volubilidad revistiera sus actos de un puritanismo que llamaba ella severo, cuando desmentido a cada paso por cualquier rasgo instintivo de su carácter propio, venía a degenerar en ridículo a veces.

Así es que en medio de aquella misma aristocracia feudal, tan impertinente y brusca, brotó este incomprensible pimpollo, tipo clásico de la mujer coqueta; pero en cuyo corazón impresionable y nervioso, reblandecido y accesible siempre a cualquier género de afecciones, germinaba un fondo de virtud rústicamente concentrada, y que solo faltaba explotarla como el diamante perdido en las entrañas del pedernal, que solo espera el instrumento del lapidario para lucir su brillantez y valor nativos, deponiendo la materia vil que lo comprime.

Constanza habitaba un castillejo de arquitectura gótica, aspillerado, coronado de almenas y torreones desmoronados por el tiempo y rodeado de un murallón desquebrajado e irregular, circunvalado de fosos y contrafosos. En el interior había un pequeño jardín, un patio con caballerizas, una cisterna pluvial con agua potable y varios departamentos para la servidumbre, precedido todo de varias poternas de arte, cuyo resorte solía ser un secreto que se trasmitía de uno en otro dueño en aquella familia, según costumbre en las de su clase.

Una puerta principal, llamada de honor, un postigo de escape y un rastrillo de planchas dobles de hierro que jugaba, haciendo crujir y estremecer el pontón de encina claveteado que salvara el foco durante el día; tales eran los puntos de ingreso de esta pretendida fortaleza.

Diz que este edificio, de formas tan severas, contenía un subterráneo misterioso, lo cual era una necesidad absoluta, tratándose de fortalezas de la Edad media, y aun también alguna que otra máquina impulsiva estratégica en guisa de precaución.

Una triple serie de robles y encinas seculares rodeaba el pequeño parque, y se extendía, prolongándose en la anterior explanada, hasta terminar en una pendiente elíptica que se confundía luego con los restos de una antigua selva inmediata.

La posición de este castillo era sumamente pintoresca y graciosa: rodeado de breñas y peñascos, cuyas crestas altísimas parecían medir el horizonte, ofrecía un golpe de perspectiva magnífico, terminado por el valle de Lemus, serpenteado por infinidad de murmuradores arroyos que se precipitan a porfía y buscan su natural confluencia: hermosas llanuras, verdaderas florestas alfombradas de verdinegras plantas, confundíanse como pequeños oasis, en una serie irregular de colinas coronadas de pinos y olivares de un verdor aterciopelado y mate.

El Sil, el Cabe, el Sardiñeira, esos bulliciosos riachuelos tributarios del Miño que los absorbe, las escarpadas cumbres de Frontón, Faramontaos, San Ciprián, Lentejuel y Agualevada, irguiendo sus aplomados penachos en el espacio inflamado por la caliginosa neblina, como un velo de fuego vacilante...

Y en medio de este admirable juego de vegetación, de rocas y de horizontes puros, de agua y de llanuras, resaltaban como planchas inmensas de bruñida plata las áridas lagunas disecadas, cubiertas de polvo salitroso que reflejara a los rayos del sol de Mediodía.

Digamos algo ahora sobre la servidumbre de la fortaleza.

Reducíase toda ella a los individuos siguientes:

Una aya algo anciana llamada Beatriz, dueña quintañona e impertinente a veces, y que por lo tanto de ser el reverso de la medalla de la castellanita, había concluido por abandonar a sus impulsos a aquella índole rebelde y tenaz que se la ponía de asas cuando en su calidad de mentora, cualquier demasía de la insolente señorita la ponía en el caso de reconvenirla, y aun amenazaba de hecho a la pobre anciana, semejante a una víbora pisada en medio del rigor de un sol cálido.

Una doncellita melancólica y enfermiza servía de compañera a Constanza en sus travesuras, y venía a completar la parte femenina de aquella familia extraña por más de un concepto.

En cuanto a sus individuos del sexo masculino, figuraba en primer término el honorable esposo de Beatriz, llamado Fromoso, hombre de edad provecta, bonachón y tartamudo, a cuyo cargo corría la mayordomía y administración del castillo y sus rentas; dos criados antiguos, de una probidad tradicional, cocineros, lavanderos, etc., completaban la servidumbre familiar, si se añaden unos pocos soldados a sueldo que mantenían la vigilancia del castillo, y cuatro o seis mastines cruzados de loba, terribles guardianes, en cuya hoja de servicios aparecieron mil proezas de su nunca desmentida y fiel bizarría, cuando se tratara de la defensa de los estados de su linda señorita, quien por su parte, a fuer de agradecida, no escaseaba por cierto sus maliciosas caricias hacia aquellos pobres animales, repartiéndoles sendos mendrugos y estimulándoles para que corriesen, mediante el premio de cualquier golosina, que era el premio ordinario del mas diligente.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión