La corona de fuego: 14

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Capítulo V - Revista de actores y de sus caracteres[editar]

¡Descórrese el telón!... en el proscenio
Figuran ya alineados
Por la mágica mano de un mal genio,
Seres predestinados
A sucesos fatales y arriesgados.


Aquel día de festejos, de algazara y regocijo, en que se había roto el dique a las pasiones comprimidas hasta entonces por la severa disciplina social del conde, cuyos actos familiares más íntimos solían rodearse de un lúgubre y misterioso aparato, sucedió una noche plácida y serena, embalsamada por la brisa que recorría el ambiente y murmuraba en los follajes del parque.

Habíanse levantado los pontones del foso, y calado, como en la noche anterior, los rastrillos de la fortaleza, haciendo crujir las pesadas cadenas de las compuertas, habiéndose obligado de antemano a evacuar su recinto a aquellas turbas de importunos vasallos que acudieran como enjambres de abejas a comer a costa y salud del orgulloso hidalgo, caritativo y clemente hasta el punto de sacudirse aquellas plagas importunas, como él decía, a puro latigazo, que allá en su recto juicio moral diz que solía aplicar en penitencia y expiación de los pecados de sus víctimas.

Desaparecieron ya los postreros albores del crepúsculo, percibiéndose apenas un pálido vestigio de luz diáfana y bronceada sobre los celajes de Occidente: empezaban ya a brillar algunas estrellas, y sobre la oscura línea de las montañas opuestas asomaba fuego el disco de la luna entre blancos celajes.

Por vía de precaución, o acaso con el siniestro fin de alejar a los importunos músicos que a la parte ulterior del foso, y hacia el punto que correspondía a la aldea de San Félix de Briones, cantaban a porfía al son de rústicas zampoñas, serenatas, endechas y epitalamios en obsequio de los recién casados, lo cual constituía un estrépito atronador e indecible; con uno u otro fin, repetimos, no faltó tampoco un doméstico mal intencionado que soltara o hiciese soltar toda la jauría de mastines hambrientos sobre aquellas pobres e inofensivas gentes que tanto importunaran con sus músicas sempiternas, importando por demás bien poco las consecuencias que de tal lance pudieran sobrevenir luego.

No dejaba de ser aquello una triste gracia; sin embargo, dio que reír buen rato a los ociosos, produjo la dispersión de los grupos, bien lastimados, por cierto, algunos de sus individuos por las mordeduras de los perros, y maltratados otros por el atropello; de modo que pudo muy bien decirse que no se perdió el tiempo para todo.

Al propio tiempo la servidumbre del castillo (dividíase naturalmente, según se dijo, en alta y baja), reunida sin etiqueta en el primer piso, junto a un fogón, y bajo la gran campana de la chimenea ocupaba la doble serie de entarimado que rodeara el vasto ámbito de aquella ahumada pieza, en unión con la mayor parte de los criados del señor obispo, mientras que en uno de los patios contiguos, bajo las arcadas de una alta bóveda claustral que daba a una explanada de la fortaleza en primer término, la soldadesca vivaqueaba al amor de otra grande hoguera, fraternizando y charlando con las mozuelas, que iban y venían bulliciosas y desenvueltas.

Allí, tanto en aquel punto como en la cocina, se reía, cantaba y danzaba a las mil maravillas; allí los charlantines ponían en juego su impertinente verbosidad, sus pesadas bromas, su indigesto afán por mentir, exagerar e inventar, sus ridículas controversias salpicadas de juramentos y blasfemias, sus oportunidades excéntricas traídas a la cuestión como de intento, y aquella interminable charla de circunloquios y pleonasmos ensartados prácticamente por los hablistas de profesión y por los embaucadores de oficio.

De aquella vocinglera y tumultuaria algarabía, de aquel anárquico tumulto desprendíase un grupo de tres personajes, medio oculto en la penumbra y bajo de una bovedilla de canto que debiera haber sido uno de esos terribles nichos, destinados en otro tiempo al emparedamiento de los espías, y que según las antiguallas del país, había sido teatro de sangrientos crímenes.

Aquellos individuos, reunidos allí en aquel sitio siniestro como una terrible coincidencia, conversaban, al parecer, misteriosamente, desapercibidos de la muchedumbre, que en verdad no debiera reparar en ellos.

Y aunque hemos dado ya a conocer a algunos de esos personajes mismos en distintos sitio y época, vamos a trazar ahora los detalles de todos tres.

Uno de ellos, hombre de edad madura, como que pudiera frisar en los cincuenta años, robusto y mofletudo, de achatada nariz, bonachón de aspecto; pero cuya pupila ardiente parecía revelar un fondo de intención recóndita fisiológicamente marcado, estaba arrellanado en un sillón de cuero, taraleando una loa caballeresca muy en boga entonces. Reía a estrepitosas carcajadas y comía ojaldras a dos carrillos, como suele decirse, sin olvidar tampoco su querido porrón de lo añejo, que tan excelente saliera de las bodegas del castillo, y a cuyo poderoso recurso, al que solía apelar en ocasiones dadas, debía, bien a menudo, raptos de exaltación sumamente graciosos, delirios célebres y vértigos de todo punto notables, y entonces solía operarse en aquella humanidad una extraña crisis: sus facciones, de una vulgaridad clásica, adquirían un brillo indecible y se iluminaban de un destello de exaltada inspiración.

Improvisaba entonces dislates su lengua a veces tartamuda, bostezaba, brincaba y cometía locuras, bastantes por sí solas para excitar la hilaridad del más adusto ceño.

Vestía una especie de sayal que solía llevar remangado, a fin de dar mayor soltura y desembarazo a sus movimientos; y para complemento de aquel conjunto de ridiculez, aquel ente singular usaba sombrero de ala superlativamente exagerada en su prolongación y abarquillada, con escarapela y cascabeles.

Tal era, pues, el Sr. Gurrumino Fromoso, a quien ya conoce el lector, personaje importante en la familia, como que prestándose su tipo a las más ridículas formas, desempeñaba antes el alto y honorable cargo de administrador-bufón de la casa de Monforte, árbol exótico, trasplantado recientemente a Altamira con iguales funciones y atributos.

El segundo individuo de aquella trinidad era la señora Colomina o Palomina, por un malicioso equívoco inventado por el vulgo con visible contentamiento suyo, puesto que prefería este nombre al de Beatriz, con que la presentamos ya al lector, aunque de perfil, en el castillo de Monforte.

Esta figura era, moral y físicamente considerada, el reverso de la medalla de Fromoso o Gurrumino el imbécil, con quien decía hallarse casada, según rito de la Santa Iglesia apostólico-romana.

Esta, venerable quintañona, con sus sesenta y tantos abriles y su acartonada piel rugosa y morena, vestía con unas pretensiones de ridícula coquetería, impropias de su edad y estado. Llevaba una falda o guardapié de sedilla, color de avellano con tondillo de exagerado vuelo, dejando ver una pierna desecada, si bien de abultada y perfecta hechura, con media de seda negra, y cuyo pie ceñía un rico borceguí de raso amarillo, bordado en abalorios.

Su cuerpo de bruja iba encarcelado en un corpiño de vellorí, con terciopelo y adornos de pasamanería, como hoy diríamos, comprimiendo un talle todavía esbelto, y del cual brotaban unas formas exageradas por el arte. Una cadena de plata daba vueltas a su cuello enjuto, de la cual pendía un medallón con la efigie de la Virgen, traído, según decía, de Roma, y dádiva del obispo de Tuy.

De su cintura pendía asimismo un gran rosario de monstruosas cuentas, traído, al parecer, de la Santa Casa, y unido al mismo un hermoso escapulario bordado igualmente de abalorios.

Lucía esta mujer un lujos tocado, no exento tampoco de coquetismo: su cabello, negro todavía, no sabemos si por arte de Dios o del diablo, con prendidos y relumbrones, estaba magistralmente peinado y adornada de lazos bi-colores, según cierta moda de la época en determinadas clases; caía sobre su delantera un hermoso cendal de raso anaranjado y una limosnera de terciopelo bien repleta de relicarios y preservativos contra el mal de ojo, contra los hechizos y encantamientos; porque es de advertir que en aquellos tiempos felices, si bien no se cono cian los pasaportes, la policía, ni otras tantos casillas por el estilo que hoy abundan para tormento de la libertad del prójimo, no escaseaban en cambio los malsines, los zánganos y las brujas, de todo lo cual aun nos quedan reminiscencias, y contra cuyos maleficios era necesario ir siempre prevenidos.

Pero volviendo a nuestra anciana trazaremos un bosquejo de su fisonomía; porque, en verdad, tan gallardo original merece los honores de la reproducción. Figuraos, pues, un rostro contraído por algunas arrugas, aunque almidonado, coloreado y lustroso, en fuerza de un barniz de afeites que trascendían a ajos desde una legua: unos ojos, eso sí, picarescos, cuya pupila fulgurante ardía allá en el fondo de una profunda órbita, revelando acaso ose postrer destello de las pasiones que fermenta en naturalezas privilegiadas como aquella, de temperamento nervioso, y cuya borrascosa vehemencia dejárase sentir indudablemente en el trascurso de su vida, airada con todo el ímpetu del frenesí y de la explosión.

Pero en cuanto al tercer individuo de aquel grupo, difería su interesante diseño respecto a los otros, en un sentido altamente favorable a esa juventud radiante de belleza y todo género de atractivos de que es susceptible, en su eminente grado, esa edad privilegiada de la criatura, que apenas ha llegado a la época suprema de su desarrollo físico, presentando a la vez una proporción de formas y una estructura admirables. Era, pues, un mancebo, mejor dicho, un adolescente de esbelto talle, estatura proporcionada, ojos azules de una expresión encantadora, y cuyos rubios cabellos, cuidadosamente peinados, caían en ensortijados bucles sobre sus hombros.

Vestía una ropilla de terciopelo leonado, justillos de grana con plegadura de encajes, que trasparentaban la viva encarnación de sus piernas de una pureza académica; su hermosa rodilla y el nacimiento del muslo divinamente modelados; una gorra de pieles cubría su cabeza, y de ella brotaba una rica pluma flotante que acariciaba, sombreando aquel delicado rostro imberbe, verdadero tipo de varonil belleza.

Por todas armas llevaba en la cintura un precioso cangiar, cuyo pomo de nácar cincelado con incrustaciones, casi desaparecía medio oculto en la plegadura de la ropilla.

Aun a pesar de la dulzura que respiraran aquellas hermosas facciones, notábase en su mirada algo de esa alteración interna que suele experimentarse en uno de esos críticos momentos que preceden a un acto peligrosísimo y decisivo, pero de problemática solución; abstraído, meditabundo, su pupila animada, errante, inquieta, sus miembros todos, su entera economía, participaban visiblemente de ese rapto que conmueve el corazón, pero que no es dable sondear a la vista de la criatura. Obligado, o mejor dicho, violentado a sostener un diálogo con la anciana, sus palabras eran vehementes; lucía en su semblante un destello que tenía algo de diabólico, y cierta exaltación de ideas asomaba a su continente con expresiva fiereza. Cada vez que la señora Palomina se atrevía a pulsar una de aquellas cuerdas sensibles, irradiaba de sus ojos una mirada inefable, contraíase su carmínea boca, y mostraba sus dientes de perla bajo una sonrisa adorable y cruel al propio tiempo.

El lector, medianamente versado, habrá reconocido en este personaje a la supuesta Elvira de Benferrato, a quien ya hicimos desempeñar un papel interesante en la primera parte de esta obra.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión