La corona de fuego: 23

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Capítulo VI - A la descubierta[editar]

Juguetona la brisa recorría
La campiña esmaltada y olorosa
Y una niebla confusa, vaporosa
Las almenadas corres envolvía,
Cual gasa de cristal, nácar y rosa.


Amanecía ya.

Así lo anunciaba el canto melancólico de la tórtola, monótono, lúgubre y sentido como el eco de un dolor sin consuelo.

Las estrellas brillaban en un firmamento límpido, inundado de la haracada luz de los astros, y allá, en el Oriente, izaba la naciente aurora su pabellón de nacarada púrpura, como un penacho de fuego condensado.

Lucifer, según llamaremos desde ahora a nuestro capitán de aventureros, recorría solo la hermosa campiña que separa la villa de Padrón de las Torres de Altamira, y parecía explorar con escrupulosa atención el terreno salvaje y solitario entonces, cuando las rondas volantes del señorío le dejaban libre de sus investigaciones.

Iba armado, como suele decirse, hasta los dientes, y en su almete lucía un airón o garzota que le sirviera de distintivo, como un penacho flotante a impulso del agitado movimiento de sus pasos.

Llevaba echada al rostro la visera de su brillante celada, sobre la cual resbalaban los destellos diáfanos e incoloros de aquella luz mate.

De pronto, y en medio del profundo silencio que allí reinara, oyóse un silbato que produjo tres modulaciones sordas, lentas y acompasadas, y que procedían, al parecer, de un bosque de olivos que se extendía hacia la parte de Altamira, y enclavado dentro del mismo coto jurisdiccional de dicha fortaleza.

El aventurero moduló otro sonido lento, pausado, que reprodujo otras dos veces, y aceleró el paso hasta, llegar junto a un grupo de ruinas, al extremo opuesto de los olivares.

Un bulto informe, especie de sombra inmóvil como una estatua, dominaba el montecillo de escombros, semejante a un fantasma que se destacaba en aquel horizonte, condensado por un velo de nebulosas brumas.

Lucifer, ágil y denodado, saltó sobre las ruinas, y el bulto le salió al encuentro, abrazándole y besando su armadura.

-Has sido puntual, amado niño, exclamó el desconocido con un metal de voz algo afectado, y en verdad que tu obediencia te hace acreedor por mi parte a un galardón proporcionado al mérito. Pero no es este el sitio más oportuno para que nos comprendamos; necesito tener contigo una conferencia importante, como que de ella penden asuntos gravísimos, y es llegado el caso de no poderse ya diferir por más tiempo. He sabido preveer, el inconveniente, y al efecto tengo designado el sitio más a propósito para el objeto. Pero amanece ya, y todo pende de nuestra prudencia: si nos descubrieran... ¡oh! aunque enmascarados, tal vez pudiéramos sufrir un reconocimiento, y aun quizás. un interrogatorio, que nos comprometerían sin recurso, y entonces...

-Sí, tenéis razón, mi querida Palomina, estoy sediento de vuestra conversación, tan sabrosa como fecunda siempre para mí, porque me revela a menudo cosas interesantes y curiosas, y es lástima que un incidente cualquiera nos sorprenda y delate nuestra alianza que tanto me importa conservar.

-Escucha, le dijo confidencialmente la dueña (pues ella en efecto), bajando la voz y cogiendo por el brazo al cuadrillero; duerme un secreto terrible en los subterráneos de Altamira, a los cuales no puedes aproximarte sin arriesgar tu amistad con el señor conde y aun otra cosa quizás más grave; y es preciso que conozcas ese mismo arcano que debe lisonjear tu amor propio y la sorpresa que en ti despierta la revelación que de él te ofrezco. Ahora bien, esos subterráneos se dan la mano con una mina o cueva misteriosa que se prolonga, atravesando por su base la montaña oriental de la fortaleza, y que puede dar la clave topográfica de ese sistema de prisiones que forman el departamento subterráneo, desconocido absolutamente, menos del conde y de los carceleros. Yo debo a una casualidad el secreto de esa mina, y utilizándolo en beneficio tuyo, voy a abrirte su centro misterioso, fiando a tu reserva la delicadeza de este paso que arriesga en mí toda mi suerte y la tremenda responsabilidad que su revelación pudiera traerme.

Y la vieja, con más agilidad de la que permitieran sus años, replegó el manto con que iba tapada, e hízose seguir del joven.

La luz del crepúsculo alumbraba ya lo bastante para que pudieran ver, aunque vagamente, el terreno que atravesaran. Era un espeso bosque de encinas que sombreaba un profundo valle alfombrado de musgo y aterciopelados arbustos.

Bien presto el tránsito les fue casi imposible a través de aquella espesura salvaje, donde no penetrara sino algún rayo fugitivo de luz, bajo la inmensa bóveda de frondas altísimas e imponentes como la cúpula de una catedral gótica.

De vez en cuando entreabríase el ramaje inferior como una cortina vegetal, y atravesaba una liebre o un gato montés, escapando raudos como el viento, veloces y despavoridos hacia uno u otro extremo del laberinto, lanzando un grito de alarma y terror.

Llegaron, por fin, a un vallado de espinos, cuya puerta, formada por una gran cortina flotante de murta, separó la mano práctica de la dueña.

Un hermoso mastín de Terranova, como hoy diríamos, guardaba por la parte interior aquel recinto, acostado sobre un lecho de pieles.

El inteligente animal, como avergonzado de haberse dejado sorprender en su sueño, se levantó diligente y lanzó un gruñido sordo que hizo retumbar el espacio con su eco, si bien acariciado por la vieja, que al parecer debiera serie bastante familiar, el bravo cancerbero movió la cola y tornó a acostarse en su lecho, no sin seguir con su tenaz pupila todos los movimientos de ambos personajes.

Avanzaron éstos.

El sitio que hollaron era un pensil de perfumados arbustos, un plano inclinado con cuadros de rosales y madreselvas, y cubierto a trechos por emparrados y caprichosas cúpulas formadas por los mil festones de pasionarias, jazmines y madreselvas. En el centro, es decir, en la parte más prominente de aquel jardín encantado, como pudiera decir un poeta, elevábase, como un pintoresco pináculo, un rústico pabellón o invernadero, gruta verdaderamente mágica que se prolongaba a través de la montaña, sostenida en su ingreso por columnas de murta enlazadas arriba por medio de pabellones de flores.

Del mismo fundamento de este valle y de esta -gruta, alzábanse también a trechos pirámides de follaje esmaltadas de rosas blancas y encarnadas, formando arcos y caprichosos toldos, que parecían cerrar casi en su totalidad el espacio, y sobre todo, como una inmensa cortina gris que rodeara aquel mágico jardín de Armida, el Monte Sorayo[1] proyectaba en el brumoso horizonte sus dentadas cumbres plomizas, recortando sus aéreos perfiles y hundiendo sus irregulares espectros en el vacío condensado por las nieblas matutinas.

Una bandada de ánades posábanse revoloteando sobre el pretil de un pequeño estanque abierto a cincel en la misma peña, y huyó de pronto, lanzando estrepitosos graznidos, al notar la presencia de los recién venidos. Al llegar estos a la verja o empalizada giratoria del invernadero, la anciana tiró dos veces de una cuerda que allí había.

Sonó al punto un esquilón algo remoto, y apareció un hombre enteramente negro como el ébano, alto de estatura y fornido de miembros, de cabello crespo y lanudo, nariz aplastada, y en cuyos ojos revolvíase una fulgurante pupila. Vestía un traje africano de grosera lana, y en su cintura lucía el puño cincelado de un cortante alfanje damasquino. Era, en fin, uno de esos esclavos nubios que tenían a su servicio los señores árabes, y cuya fidelidad proverbial más de una vez se ha desmentido.

Llamábase Abrael.

Su poderosa musculatura, su mirada imponente, fiera, salvaje, su frente aplanada y espaciosa, signo inequívoco de un racionalismo instintivo, todo revelaba una naturaleza activa y enérgica, solidificada quizás por los arranques del infortunio de esa raza torpemente envilecida, mutilación bárbara de la sociedad, y a la cual el empirismo de la filantropía moderna niega hasta la prerrogativa de sus derechos civiles, bajo el especioso pretexto de la utopía.

La vieja sacó un trozo de medallón o amuleto, que juntó con otra que le presentara el negro con una mano, mientras que armada de su luciente alfanje la otra, levantaba amenazador y rugiente su brazo terrible y musculoso.

Debió, sin embargo, quedar satisfecho de la prueba, porque al punto hizo girar la verja erizada de picas de acero, y que dio entrada a ambos huéspedes.

-¿Dónde está el señor? preguntó Beatriz.

Abrael recostó la mejilla sobre su mano izquierda y cerró los ojos, por toda contestación.

Era mudo.

-¿Tardará mucho a despertar?

El esclavo marcó un signo negativo.

-¿Y después?

Abrael, por un movimiento rápido e insinuante, volvióse hacia el Oriente, abrió repetidas veces sus formidables brazos, se hincó luego de rodillas, juntó las manos y tocó el suelo con su frente ancha y deprimida, dando a entender que su amo haría oración apenas se levantase.

Prestábase con tal soltura su carácter a este juego mímico, e imprimía en todos sus movimientos tal expresión y elocuencia, que suplía admirablemente la falta de palabras, y se dejaba comprender fácilmente.

Introdújose en una de las bóvedas del pabellón de ingreso, y ágil, gozoso, campeando cierta sonrisa satisfactoria en su fisonomía horrible, tornó luego a salir por otro punto diferente, manifestando con sus ademanes vivos y enérgicos, que se les esperaba.

Entraron ambos, precedidos siempre del gigantesco esclavo, el cual, desciñéndose su faja de lana a grandes cuadros amarillos y verdes, vendó los ojos a aquellos y condújoles por un piso irregular, aunque llano.

Oyeron después el choque estridente de una piedra al girar, al parecer, sobre otra, y asidos por la mano y conducidos por el siniestro guía, descendieron por una rampa suave que variaba de dirección a trechos, y que les condujo junto a una puerta oval de herrada encina.

Al pie de aquella puerta de arte, cortada por ambos extremos en forma de medio punto, y a la parte exterior donde se hallaran, había unos gruesos anillos de hierro prendidos a una gran losa sostenida por dos cadenas perpendiculares, que se perdían a través de una hendidura de la gruta o subterráneo. El nubio desató la venda que cegara la vista a sus huéspedes, y con su lenguaje mímico les dio a entender el objeto de aquella losa enorme que obedeciera a un secreto mecanismo.

Bien pudiera la imaginación humana tratar de investigar aquella mansión desconocida; podía, sí, penetrar hasta aquella misma puerta, último extremo del portento; pero aunque así fuese, lo que dejaba ofrecer dificultades casi insuperables, aun con todo ello, la persona dueña de aquel prodigioso antro podía fácilmente burlar la osadía del invasor con solo tocar cierto resorte que dejaba escapar de pronto aquellas cadenas, único punto de apoyo del pavimento que se hundía entonces, presentando un insondable abismo, en cuyo fondo oíase rebramar muy remoto un bullidor torrente. Y entonces los profanadores, siquiera fuesen muchos, eran despeñados a una horrible profundidad, y adsorbidos por el abismo sus mutilados cuerpos.



Notas:

  1. Llámase hoy del Morovello (moro viejo), desde la fecha de que vamos hablando y aludiendo al personaje que presentaremos en él, y cuyo pasaje es rigurosamente histórico, según la tradición.



La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión