La corona de fuego: 27

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Capítulo X - La sorpresa[editar]

¿Quién creyera que allí les acechara
Valiente y justiciero
Ese rey caballero
Que celoso de amor, allá prepara,
Un castigo severo
Que a su, pecho y honor solo declara?


Al salir de la estancia, ninguna precaución se tomó respecto al aventurero.

Omar-Jacub así lo previno al nubio por medio de un signo harto significativo para éste y que pasó para los demás enteramente desapercibido. Así es que no le vendaron los ojos ni le pusieron el más leve impedimento en la exploración del terreno que iban hollando, y que tan presto pronunciábase en declive, como en una planicie cómoda y suave.

Era una grande gruta prolongada, especie de mina o subterráneo bastante desahogado, sostenida su bóveda por enormes pilastras y arcadas de tosca mampostería.

Sus paredes laterales eran de sólida sillería, y cerrábanse en medio punto a una altura considerable.

De trecho en trecho un rayo de luz amortiguada y pálida penetraba, como una cinta fosfórica, por una especie de saetera diagonal obstruida a veces de arbustos por la parte exterior para ocultarla a la vista de un explorador cualquiera.

Aquella mina les condujo al jardín, y luego al vallado, que el lector ya conoce, y sobre los cuales, como espectros suspensos en el aire, próximos a derrumbarse, las cumbres del monte Sorayo, hoy Morovello, proyectaban a lo lejos sus dentadas pirámides, cortando el brumoso horizonte.

Era cerca del medio día.

La atmósfera estaba algo cargada, el viento, acre y sulfuroso, mugía en los arbustos, y una calma glacial envolvía a la naturaleza.

Bien pronto se hallaron la anciana y Lucifer en la selva, y apenas llegaron, oyóse la nota aguda de un clarín, que tornó a repetir de nuevo otra modulación más lenta y prolongada.

Y sin embargo, la misma calma pareció responder con su eco mudo, misterioso y lúgubre, a aquel clamor bélico, que los accesorios del cuadro rodearon de cierta poesía palpitante y fatídica.

Siguieron, pues, avanzando, aunque con recelo.

El mancebo aventuraba alguna que otra frase, que la vieja, trémula de terror, se apresuraba a interrumpir con un signo silencioso, como si en realidad temiese algún riesgo próximo.

-Estamos en un terreno peligroso, díjole ella por lo bajo, y quiera Dios preservarnos de una desgracia, dejándonos llegar sanos y salvos a nuestro destino.

El clarín sonó por tercera vez, no tan remoto como antes.

Un cuerno de caza contestó al punto con otra modulación prolongada y sostenida, semejante a la vibración de un timbre, o a una de esas notas perdidas, cuyo eco pierde en el vacío su gradación sutil.

Lucifer, alarmado por los temores de la vieja, detúvose de pronto.

-¿Oís? dijo.

Palomina temblaba a puro terror, pálida como la cera. Sus piernas flaqueaban, y casi estaba próxima a desfallecer aquella naturaleza, nerviosa por temperamento, si bien vigorizada por una fuerza de ánimo admirablemente enérgica.

-Sí, contestó toda trémula, he oído esa señal que me anuncia un presagio infeliz.

-¿Os burláis? replicó el joven, cuyo espíritu estaba en tortura ante tanto misterio.

Palomina calló. Sus dientes crujían de terror, y hubo de asirse al brazo del joven para no caer.

El clarín volvió a sonar con una prolongada modulación, que formaba un juego de notas prácticamente desempeñado. Era un canto guerrero muy usual entonces.

El cuerno de caza acompañaba con puntos sueltos, hábilmente modulados, aquel juego de melodías tan poético, formando una especie de concierto o dúo metódicamente armonizado.

-Estamos perdidos, volvió a decir la dueña para sí en voz baja.

-¿Qué decís? la preguntó su colocutor.

-Que solo un prodigio del cielo puede quizás salvarnos.

-Explicaos, pues, y acabad.

-Son ellos, sí, murmuró ella maquinalmente, como divagando su imaginación en su propio terror.

-¡Ellos! pero ¿quiénes son ellos?

Palomina llevó el dedo a sus labios, como indicando silencio.

Lucifer, que no comprendía aquel misterioso juego de palabras y reticencias, volvió la vista para avisar al negro que tomara sus disposiciones por su parte, como por vía de precaución.

Abrael había desaparecido, con gran asombro del joven, que interpretó esta fuga en mal sentido.

Salvaban ya el último coto de la selva, e iban ya a percibir las próximas torres de Altamira, cuyas altísimas almenas perdíanse en aquellas rastreras nubes que rodaban en el espacio.

-¡Quién va! gritó una voz varonil bien próxima.

-¿No te lo decía? murmuró por lo bajo la vieja, en la explosión de su cobarde miedo y asiéndole del brazo con horrible angustia.

-¡Quién va! tornó a gritar aquella voz terrible en un tono amenazador y altivo.

-¿No lo veis? contestó con su habitual sangre fría Lucifer, un joven militar que no conoce el miedo, y una pobre mujer anciana: creo, por Dios, que no debe inferir sospecha el hallazgo.

En aquellas palabras había algo de arrogancia, por no decir insulto, siquiera por el tono burlón que encerraran en aquel momento crítico.

-¡Teneos! volvió a decir la voz con el eco de un trueno.

-¡No, vive Dios! exclamó a su vez el cuadrillero, con un grito, no menos terrible y poniendo mano a su tizona.

-¿Qué no decís, eh?

-¡Nunca, mi brazo solo se rinde a Dios!

-Y a los hombres también, temerario.

Y diciendo así, un hombre ágil y vigoroso se improvisó delante, blandiendo un sable corvo damasquino.

Aquel hombre había brotado, como una súbita aparición, de un grupo de jarrales próximo, raudo, veloz, como el salto de un reptil.

Esta escena tenía lugar junto a las mismas ruinas que, según dijimos, yacían hacinadas entre los olivares y la selva.

Lucifer pudo divisar entonces bien cerca y sobre un repliegue del terreno, su partida volante de cuadrilleros, escalonada estratégicamente, como un grupo de inmóviles estatuas colocadas allí de intento.

Aquella novedad, de que no sabía darse cuenta, alentó su ánimo, y le desconcertó a la vez.

-¡Ah de los míos! gritó con su poderosa, voz y con todo el vigor de sus pulmones, acompañando la expresión con un ademán enérgico.

Pero su fe le engañaba. Aquellos hombres, si bien oyeron aquel grito, permanecieron inmóviles, como si, realmente obedecieran a la presión de un encanto.

La voz del desconocido volvió a repetir su intimación y resonó como un trueno, en el oído del caballero, que por su parte se preparó a la lucha, colocándose a la defensiva.

-Basta, dijo aquel con cierta calma equívoca, no conviene dar el triste espectáculo de un duelo ante tanta gente; teneos, ya creo que tenéis buenos bríos.

-No es bastante que lo creáis, es menester que lo probéis y os convenzáis por vos mismo.

-No, de vos a mí no cabe la lucha, creedme.

-¡Cómo! exclamó el cuadrillero montado en cólera; qué ¿os desdeñáis de reñir conmigo?

El desconocido, siempre con su eterna calma, por toda respuesta sacó de su escarcela un guantelete de acero, y lo mostró al joven, crispado el puño por un furor recóndito.

-¿Conocéis esta prenda? dijo rugiente de cólera y con una sombría vibración de voz, ante la cual pareció enmudecer el mancebo, quien por su parte no acertaba a explicarse aquella transición tan brusca y repentina.

-Comprendo, continuó el desconocido en su tono sarcástico, comprendo la confusión que el recuerdo de este objeto debe despertar en vuestra mente; y puesto que tratáis, según parece, de desentenderos, yo evocaré ese recuerdo mismo, reproduciré sus pormenores, y crearé en vuestro corazón todo un caos de remordimientos.

La voz de aquel hombre era sorda, cavernosa, y resonaba atronadora en el tímpano de Lucifer, como un timbre ensordecedor y lúgubre.

La vieja, que presentía quizás una desgracia, pretendía, a parecer, aconsejar al cuadrillero la fuga, y temblaba su huesosa mano posada sobre el hombro del mismo.

El incógnito, sin deponer aquel sombrío tono, que aun bajo la mentida apariencia de una calma lúgubre hacia vibrar sus pulmones, continuó después de una breve pausa:

-¿Recordáis aquella noche en que la casualidad o el destino hizo que nos encontrásemos en un vestíbulo del castillo de Monforte?... Volvía yo de una cita amorosa; nada más natural, tratándose de dos jóvenes enteramente libres: y, sin embargo, vos, que aspirabais indudablemente a la preferencia de aquellos mismos amores, aun antes de atreveros a declarar vuestra pasión al objeto que os la inspirara, vos, celoso de un fantasma que se introducía clandestinamente en aquella especie de santuario; vos, Elvira de Monferraro, serpiente o víbora alevosamente enroscada al tronco de la amistad bajo una apariencia ficticia, conduciendo a mansalva el hilo mágico de un ardid innoble y repugnante, arrojasteis por fin la máscara que os cubría y me escupisteis al rostro esa venenosa ponzoña que rebosaba el corazón herido, sin duda, por el rayo de la desesperación y del desengaño de una ilusión atrevida. Pues bien, ya que vuestra osadía perpetró el desafuero de arrojarme al rostro este guantelete en ocasión que no me permitía castigaros a la altura de la ofensa que me inferisteis, ya que pusisteis mano a la espada, retando a singular combate a quien la Providencia ha colocado en el atrio del tabernáculo para ser su delegado y regir el destino de las criaturas... ¡oh! no os rebeléis, sacrílego, contra ese decreto providencial también que os trae a mi poder, y doblad la rodilla ante quien en nombre de Dios viene a demandaros una satisfacción por vuestra ofensa, cobrándoosla en la propia moneda y perdonándoos luego.

Y el guante silbó en el aire, crujiendo luego sobre la celadilla o visera del aventurero, donde se estampó, volviendo luego rechazado al suelo.

Lucifer, trémulo, furioso por aquel ultraje que acababa de recibir públicamente, allí a vista de sus mismos subordinados, ahogó uno de esos rugidos coléricos que carecen de ortografía en el lenguaje humano. Una nube sangrienta pasó por su vista y la cegó, y una llamarada de implacable odio surgió del corazón al propio tiempo, desvaneciéndole como un vértigo.

- ¡Oh! ¡esto más! exclamó balbuceando de furor, ¿venís a insultarme aquí, mal caballero; exaltáis mi rencor, provocando indiscreto un lance de honra, para encerraros luego en una negativa cobarde? ¡Ah! pues yo os juro a fe mía que no os ha de valer ese ardid y que no habéis de lograr sustraeros a una lección de pundonor que voy a daros.

Arremetió frenético hacia el desconocido, que, hábil jugador de armas y extraordinariamente sereno, paró sin perder una línea de terreno aquel golpe terrible, si bien imprudentemente dirigido.

Al propio tiempo uno de los soldados de su compañía misma le disparó un venablo, que pudo él desviar por fortuna y que fue a clavarse en el tronco de un olivo inmediato.

-¿Con que es decir, dijo bramando de cólera, que estoy rodeado de traidores y que somos víctimas de una celada?

-No, contestó el desconocido, al contrario, estáis en salvo y a cubierto de cualquier insulto; sois valiente, y si bien es cierto que alenté una sed de venganza por vuestro ultraje, también lo es que estoy ya cumplidamente satisfecho y desagraviado. Dadme vuestra mano.

Lucifer desvió la suya del incógnito.

-Mi afrenta, dijo, no se lava de esta suerte.

-¡Vuestra afrenta decís! ¿y la que vos me inferisteis? que... ¿guarda proporción acaso con ella?

Y aflojando el lazo de la visera, exclamó con un grito imperativo lleno de autoridad.

-¡Ea, pues, orgulloso mancebo, rendíos al rey de León y Castilla!

Y em efecto, Lucifer hubo de reconocer en aquellas facciones augustas al muy excelso y poderoso monarca Alfonso VI.

Su rostro sonrosado, de prolongado óvalo, verdadero tipo romano, y a cuya perfección uniforme solo faltaba una nariz exenta de aquella carnosidad pulposa que la afeara, aparecía entonces radiante de majestad y energía, en términos, que acaso un fanático cualquiera hubiese entrevisto un reflejo de la Divinidad personificada en el hombre; y en verdad, que aunque profesemos diferentes ideas, no podemos menos de asegurar que de aquel rostro irradiaba un destello fascinador que imponía y que llegó a desconcertar al joven, idólatra de ciertos principios políticos ya caducados hoy de hecho.

Por un movimiento instantáneo y rápido, el fanatizado jefe postróse de hinojos, e inclinando la cerviz, todo avergonzado y confuso, se despojó de sus armas y las depositó a las plantas del rey.

Palomina, más muerta que viva y mudo testigo de aquella sorprendente escena, precipitóse a su vez a los pies del monarca, que besó y regó con sus lágrimas.

-No es así como deben estar los héroes en presencia de sus príncipes, dijo al cuadrillero Alfonso, con cierta severidad no exenta de conmoción al propio tiempo: nada de envilecimiento que aniquile la dignidad del hombre, el cual comete en ello una falta grave, abaratando un tesoro que se le ha confiado, para que no abuse ni disminuya el tipo de sus quilates. Respetuoso, comedido, debe ser el hombre ante sus autoridades, sumiso a su acatamiento y prudente mientras no se atente contra la integridad de su soberanía social: pero de aquí a la reverencia y al culto media un abismos; la reverencia y el culto serio pertenecen a Dios. Ea, pues, alzad y besad mi mano.

La anciana, trémula, abatida por aquella sorpresa tan inesperada, apenas podía comprender lo que estaba viendo: un temblor nervioso agitaba su cuerpo entero, y las palabras espiraban inarticuladas en sus labios, crispados por el terror.

Alfonso pareció reparar por primera vez en aquel reptil que se arrastraba en su presencia. Un signo de marcado desdén fue la primera impresión que hizo en el real semblante, pero que fue dulcificándose luego por medio de una sonrisa equívoca de conmiseración o desprecio.

-Alzad, dijo, presentando a aquella mujer su mano, que ella besó con avidez; alzad, Beatriz, nunca olvidaré vuestros buenos servicios, que procuraré recompensar algún día, no lejano por cierto.

Palomina, que estaba bien lejos de prometerse tanta benevolencia por parte del príncipe, profirió una frase inarticulada y vertió una lágrima, la única verdadera, quizás, que aquella inicua mujer derramara en toda su dilatada vida criminal.

-En cuanto a vos, continuó el rey, refiriéndose al joven no puedo olvidar que estáis al servicio del señor obispo de Santiago, que ha alzado pendones contra mis fueros, y que, coaligado con el conde de Altamira Y otros rebeldes, atizan todos de concierto el fuego de la discordia en estos reinos, proclamando una cruzada exterminadora y preparando tal vez la guerra civil, ese azote, el más cruel de los que pueden afligir a una nación, que con ella se enerva, se desmoraliza y prostituye, aniquilándose a sí misma y suicidándose con sus propias armas. Esto mismo sucede aquí, y ese prelado, que tan desviado anda, en concepto mío, de la interpretación de su verdadero ministerio, acaba de arrojar la tea inflamada, que debe producir si Dios no obra un prodigio, una conflagración sangrienta en mis dominios.

-No acierto, señor, a contestaros, repuso Lucifer con respetuosa dignidad, ni compete al guerrero criticar ni apreciar el espíritu de las altas cuestiones que la política ha creado y define en diversos sentidos: cúmplenos solo obedecer, y en ello descansa la piedra angular de la milicia, que da la razón material de existencia a los Estados de todas las épocas.

-Está bien, por más que en la ocasión presente varíe de especie el asunto; pero ¿qué importa todo ello? mientras que se trata de alucinar a mis súbditos con esos criminales sofismas de la hipocresía y de la impostura, al paso que se logra sorprender su buena fe con esos ridículos argumentos disolventes, que tal vez deslumbran a mi pueblo y arrancan a una parte de sus miembros un voto de aquiescencia; yo, Alfonso de León, me presento solo, desarmado, tranquilo, con la justicia de mi causa, que es la de Dios, y esas huestes de forajidos, a quienes se ofrece a cambio de sus mercenarios servicios una indulgencia culpable, un pedazo de pan y una latitud sin límites a sus rapiñas y desafueros, yo, repito, me presento a esas turbas indisciplinadas e indómitas, las cuales, aunque estén formadas en guisa de combate, ciegan al esplendor de mi rostro, vacilan cuando menos, y a una señal de mando que les dirijo, me obedecen al punto, acuden como ovejas descarriadas a implorar mi perdón, y deponiendo sus armas, regresan, ellos, fieras salvajes, a encerrarse pacíficamente en el redil que mi clemencia les prepara. Pues bien, todo eso ha sucedido y viene repitiéndose todos los siglos, desde que la malicia del hombre alterando la pureza moral de los primitivos tiempos, cambió la faz de las sociedades: el pueblo, es decir, la plebe, demasiado impresionable, y cuya volubilidad tradicional no ha logrado extirpar ese juego tenaz de las revoluciones, aplaude todas las novedades que se le ofrecen; pero por una causa natural que entra en su misma condición veleidosa e inconstante, con la misma facilidad que las admite se hastía y reniega de ellas, para crear entonces otro género de ídolos.

Ved, pues, el ejemplo de todo ello, prosiguió el rey; a la vista tenéis ese grupo de fuerza armada, cuyas protestas de fidelidad y adhesión lisonjearon tanto vuestro orgullo. ¿Quién os dijera que al simple aspecto de su verdadero monarca, a una mirada suya, debían separarse de vuestra obediencia y someterse espontáneamente a mi autoridad? Y sin embargo, así ha sucedido: vedles allí, estatuas animadas, poseídas de un sombrío e inexplicable pánico y paralizados sus movimientos por el soplo de la justicia: ello os dará una prueba inequívoca de la insuficiencia moral de esa soldadesca mercenaria, de esa plebe militar, que es el baldón del ejército regular y subordinado; presas usurpadas criminalmente a la ley y arrebatadas a sus purificadores depósitos. Ahora bien, ¿reconocéis ya vuestro error? ¿sentís el peso de la mano de Dios sobre vuestra cabeza rebelde?

-Conozco, en efecto, señor, que engañado por falsas apariencias, viví alucinado por las protestas de esas gentes, cuya defección tan pronunciada me confunde. En cuanto al error o equivocación que pueda conducir mi opinión, más o menos extraviada, quisiera mereceros la gracia de que no tratéis de conjurar mi destino, bueno o malo, según sea; permitidme que siga sus inspiraciones, no coartéis mi voluntad ni violentéis mi libre albedrío; abandonadme a esa carrera a que me ha lanzado mi estrella, dejándome toda la responsabilidad del resultado favorable o adverso, según lo dicte el decreto de la Providencia: sois bastante generoso para que no deje yo de esperar de vos ese nuevo rasgo de clemencia que os dará nuevos timbres a mi reconocimiento.

-Sea como os plazca; id pues, sois libre por mi parte, y os dejo marchar con el sentimiento de que abandonéis el servicio de la buena causa que representa el monarca legítimo, por los de un magnate rebelde y sedicioso: separe Dios de mi el remordimiento que aqueja mi alma al rehabilitar en vuestra mano el puñal certero que acaso parta mi corazón, víctima de su misma generosidad y nobleza.

-Líbreme el cielo, señor, de tal crimen. Al separarse de vos, me llevo también un sentimiento profundo que no acierto a explicarme; pero os juro por Dios trino y uno que no tomaré las armas en tiempo alguno contra vos, para lo cual os empeño mi palabra de honor, que vale mucho. Pero la sociedad, mis exigencias propias personales, reclaman de mí un servicio providencial que debo cumplir y cuya ejecución no puedo delegar en nadie. Por lo demás, apenas cumpla esa misión reservada, recordaré vuestra clemencia y el desengaño que hiere a mi alma en este día, y a cuya memoria estad seguro que sabré ajustar las operaciones de mi conducta futura.

Lucifer besó la mano al rey.

-Quedad con Dios, señor, dijo visiblemente afectado; no sé por qué siento sobre mi alma la presión de un peso que la abruma y que no acierto a explicaros.

-Ni podía por menos de suceder así; es el martillo de Dios que hiere la conciencia, y no lo comprendéis.

El cuadrillero vertió un suspiro y volvió la espalda sin pronunciar palabra.

-Que... ¿no lleváis los vuestros? le preguntó el rey.

-Renuncio a ellos, señor, y ruego a V. A. se digne colocarles en otro destino, olvidando su hazaña de hoy e indultándoles de sus pasadas fechorías, que no son ciertamente de la mejor ley. Vuestra clemencia alcanza a todo, y yo no dudo invocarla en favor de esos desventurados, que son más dignos de corrección y lástima que de otra cosa.

Alfonso sonrió de un modo extraño y no repuso.

-Vos, buena vieja, dijo refiriéndose a ésta, que continuaba tiritando de miedo, sois por ahora mi prisionera. Los motivos que me impulsan a tomar esta determinación, son un secreto de Estado: no me pidáis explicaciones, y esperad.

-¡Señor! exclamó la anciana, cayendo medio desvanecida y abrazando las rodillas del rey.

Pero este la rechazó, ensordeciendo ante aquella plegaria.

-Y no hay medio de saber...

-Basta, insistió Alfonso, frunciendo el ceño con un signo de fría severidad.

Y volviéndose de pronto, exclamó con un acento de imperiosa dureza:

-¡Ea, soldados! apoderaos de esa mujer y custodiadla, sin ofenderla lo más mínimo.

-Permitidme, señor, despedirme al menos de mi hijo adoptivo que se marcha.

Alfonso fulminó una intencionada mirada a aquella mojigata mujer, tan sagaz, que por un movimiento rápido se acercó a Lucifer y le entregó recatadamente un pedazo de medallón, que debiera servirle de consigna o contraseña para entrar en el subterráneo que dejamos descripto.

A este tiempo una veintena de arqueros reales había acudido al llamamiento del monarca, brotando, por decirlo así, de los arbustos próximos, y colocándose en línea de honor junto al mismo.

Al punto rodearon a la dueña, que desconcertada y tímida, llevaba impreso en su rostro pálido el sello del terror.

Lucifer se alejó solo, contristado y rugiendo interiormente a puro despecho.

El rey le siguió con la vista, como atraído por una fuerza secreta y simpática.

-¡Pobre muchacho, si lo supieras todo!... murmuró para sí y recargando más y más el interés de su mirada cada vez más sostenida y anhelante; pero no importa, lo sabrás, sí, aunque tenga que recurrir al ardid de un tercero, aunque me costara buscarte, imponiéndome el sacrificio de esas mismas revelaciones que han de colocar tu deber en su verdadero terreno, y descargar mi conciencia del peso que le abruma... Un momento después el rey, seguido de su compañía de arqueros y de los cuadrilleros del obispo, salían de los dominios de Altamira, llevándose consigo a la dueña, y trasponían las cumbres de Monte-Sorayo.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión