La corona de fuego: 39

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Capítulo VIII - Intimación[editar]

Fue en vano su rogar, y la amenaza
Con que selló la súplica postrera,
Al par que desespera
Su corazón, y alma despedaza,
Ofrécele allá lejos, lisonjera,
Una esperanza, en fin... una quimera.


Ataulfo oyó con cierto estupor las últimas palabras de la joven y que ratificaran su resolución inmutable.

En su rostro, ordinariamente impasible, se pintó con más vigor que nunca esa expresión de incalificable dureza que precede a la desesperación a veces, y en la cual no era difícil traslucir un rasgo de dolorosa amargura.

La pretenciosa brillantez de sus vestidos, su aseado porte y aquel alarde, en fin, de coquetismo, tan extravagante en fuerza de ridículo, nada de esto había logrado corresponder al pensamiento que lo produjera y que ocultara el propósito de hacerse menos repugnante a su víctima, aspirando nada menos que a la posibilidad de arrancarla un consentimiento de amor. Y sin embargo, Ataulfo, aun a despecho de sus esfuerzos verdaderamente contrariados, solo había conseguido exasperar más el odio de su víctima, ante la cual, como una irónica personificación del vicio, presentábase más repugnante todavía y asqueroso aquel hombre atrevido, cuyo supremo ardid le diera un resultado contraproducente. Y en verdad que el conde, cuya figura tan poco recomendable, aun en su estado de salud normal, parecíase mejor que a un hombre, a un esqueleto animado o a un cadáver engalanado tal vez por irrisión con una lujosa mortaja.

Su mirada fosforescente, aquella pupila que se revolviera allá en el centro de sus alvéolos, con todo el tempestuoso fuego de una rabia colérica, adquiría al parecer mayor intensidad, semejante a un airado relámpago en medio de aquellas descarnadas facciones, de aquella palidez sepulcral que le asemejara a un espectro; y en todo aquel horrible conjunto revelábase algo de infernal y diabólico que imponía.

Al fin rompió el silencio que hasta entonces guardara, y con voz campanuda y hueca, al paso que fulminó a la joven una de sus fulgurantes miradas, exclamó:

-¿Es decir, que todas las puertas se cierran a mi afán? ¿Qué estoy solo absolutamente en el mundo, convertido en objeto de oprobio y rodeado de enemigos? ¡Ah! yo sabré hacerme justicia, y me abriré paso por mi camino, aun a despecho de todas las potencias del infierno, si contra mí se conjuraran también; y puesto que la fatalidad me coloca en este extremo sensible, ¡y bien! recurriré a la violencia, usando de mi derecho, y arrancaré a viva fuerza el triunfo, mal que os pese a vos, señora, y a todo el que se interponga en mi camino.

-Está bien; pero eso no pudiera impedir que vuestras violencias se estrellaran siempre en mi voluntad, que es inmutable, y que os reto a quebrantar, si es que os atrevéis.

-¿Y quién pudiera resistir el ímpetu de mis rencores? vos, pobre mujer, ¿qué partido pudierais sacar de una lucha empeñada conmigo? ¿seríais tan crédula que pudierais aspirar a obtener un triunfo nada menos que contra mi poder?

-Es bien posible, no lo dudéis, por más que os halague una ilusión en contrario: ¿quién me impediría hacer ciertas revelaciones que os comprometieran, sin que vuestro poder bastara a desvirtuar su influjo? Pues bien, esas revelaciones mismas me darían ese triunfo, que aniquilaría vuestro orgullo, desagraviando a la sociedad y a vuestras víctimas.

Ataulfo vertió una destemplada carcajada irónica.

-Parece que tratamos, como si dijéramos, de potencia a potencia, y que en alas de vuestra ilusión volvéis a olvidar de nuevo la condición a que os reduce vuestra suerte. Si en fuerza de mérito no conseguís mejorarla, si vuestro indiscreto orgullo no desciende al terreno de la prudencia, colocándose al nivel de las necesidades que os cercan, ¿quién me impedirá ahogar vuestra voz en cualquiera prisión, cuyos muros pueden únicamente devolveros el eco de esas delaciones con que ¡incauta! acabáis de amenazarme? No seáis, pues, tan imbécil, y sin remontar tanto el vuelo de esa fantasía pueril, poneos en razón, y os salvaréis.

Dalmira calló a su vez, y una dulce sonrisa brilló en aquellas purísimas facciones, imprimiéndolas una indefinible expresión de desdén que inflamó el orgullo del conde.

Levantóse este visiblemente irritado, contraído su demacrado rostro por la desesperación, y revelando en todo su ser ese horrendo vacío en que flotara su corazón, destrozado por una lucha interna.

-Puesto que lo queréis, sea, dijo con un rugido de esos que rasgan las fibras del alma y la aterran; vuestra pertinacia se obstina en forjar nuevas cadenas a vuestra libertad, que yo por mi parte quise salvar de buena fe, y me he engañado. Salgo contristado de este retrete, donde pensé encontrar el bálsamo consolador de mis desgracias, y al ausentarme, apenado, traspasado el corazón por el dolor que me aflige y me conturba, me llevo el consuelo al menos de haber puesto de mi parte todos los medios conciliatorios que pudieran haber evitado el conflicto moral de nuestro espíritu y dulcificado sus goces.

Aquel hombre hipócrita, que en aquellos momentos, impresionado acaso por su propia situación tan aflictiva, sentía indudablemente todo el peso de los remordimientos, y que, cediendo a un instinto propiamente egoísta, veía cerradas todas las puertas del consuelo, enjugó maquinalmente con su dedo meñique una lágrima que debiera ser de sangre, último resto de sensibilidad, quizás, que destilara su corazón, desecado por el orgullo y petrificado por la perversidad y el odio. Por lo demás, no había allí compasión, ese destello innato de la caridad, rocío benéfico del cielo; el egoísmo, esa monstruosa pasión tan degradante, predominaba allí de nuevo, cada vez más tenaz y desmedida, bajo la máscara hipócrita del artificio.

Detúvose otra vez, fingiendo cierta vacilación que no sentía; su mirada adusta pareció tomar cierto aspecto de conmiseración, fijándose con cierto interés sostenido en el rostro de la prisionera, alterado a su vez por una impaciente ansiedad. Luego dijo, como echando mano del último ardid:

-Duéleme en verdad haceros sentir el peso de vuestro merecido, dejándome llevar de mi justa cólera: ese tesón de que hacéis alarde y que tanto hiere mi amor propio, no alcanza a destruir el sincero amor que hacia vos me anima. Os concedo el plazo de un día para poder meditar detenidamente el asunto y resolveros definitivamente en cualquier sentido, entendiéndose como improrrogable. Quedad con Dios, os dejo libre, y mañana por la noche, sin que persona alguna pueda apercibirse, os haré otra visita, que será la última, como que decidirá vuestra suerte: en vista de lo que resolváis... Mientras tanto, la ausencia de Omar no impedirá tampoco que se os sirva la comida como siempre por la compuerta de costumbre y en la misma forma que se ha practicado estos últimos días, y aun también me atrevería a acompañaros, sino sirviera de rémora a vuestra meditación en la grave alternativa que debe ocuparos mañana.

Y el conde un momento después salía del subterráneo, donde fueron extinguiéndose progresivamente sus pasos lentos e inseguros.



La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión