La corona de fuego: 26

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Capítulo IX - Que es continuación del anterior[editar]

Maquiavélica trama allí se urdía,
Y los dos criminales instrumentos
con cínica falsía
Su sistema de horribles fingimientos
Redoblan a porfía,
De venganza y de cólera sedientos.


Ante aquel atentado sacrílego contra el pudor, la hermosa dama despertó despavorida, abrió los ojos, el rostro encendido de vergüenza y sus músculos contraídos por una indignación que en vano quiso reprimir, atemorizada quizás por una significativa mirada de Omar, rápida como el relámpago, pero que, sin embargo, no pasó desapercibida del joven, que vio en ella un rayo providencial de luz, ante el cual disipáronse íntimamente las sombras de su alma.

Dos lágrimas rodaron por las mejillas de aquella mujer tan bella, tan incitante, y resbalaron como dos perlas líquidas sobre aquel rostro hechicero. Sus ojos posaron luego sobre el mancebo una indefinible mirada, cuya elocuencia revelaba al menos perspicaz todo un cúmulo de misteriosos crímenes.

Aquella mirada lánguida, expresiva, dulcísima y que compendiara todo un tesoro de resignación y dolor, permaneció clavada como instintivamente en el rostro varonil del joven, quien a su vez cruzó con ella la suya, ardiente y sensual como un rayo, y ante la cual hubo de bajar la desconocida sus castos ojos.

Era aquella la primera chispa que debiera inflamar dos corazones vírgenes tal vez todavía, para producir más tarde un infierno entero de remordimientos y crímenes.

Y luego aquella mirada misma, vivo trasunto de bondad, que revelara toda la poesía del sufrimiento, huyó como azorada y sorprendida, clavándose como un dardo en el rostro impasible de Omar-Jacub y en el de la vieja, quienes sostuvieron fríos e indiferentes aquel rasgo elocuente de dolor, sublimado por la resignación más heroica.

Bien es verdad que al dirigirse antes lánguida y expresiva esa ojeada misma al cuadrillero, penetró en su alma como una intensa llamarada, y la iluminó como un rayo profético.

Lucifer, herido por una inspiración instintiva, entrevió entonces un nuevo horizonte, cuya densidad se asemejaba al abismo contradictorio de la duda. La historia casi romántica e inverosímil que le refiriera aquel viejo, aquellos detalles incoherentes de una narración sobremanera extraña y hasta cierto punto ridícula, por más que tratara de embellecerla con un lujo de accesorios a todas luces inconsecuentes; todo, en fin, ese cúmulo de circunstancias contradictorias, le pareció un juego combinado de artificio, a través del cual creyó percibir tal vez un crimen horriblemente disfrazado. Qué, ¿no pudieran ser cómplices de ese mismo crimen posible aquellos dos malditos viejos, conduciendo de común acuerdo el hilo de una trama inicua y cuya víctima debiera ser aquella belleza?

¿No pudieran estar de acuerdo con Ataulfo para explorarle a él mismo, tentando su lealtad, como ya en otra ocasión la tentara el conde, respecto del obispo de Santiago, de quien pretendió ficticiamente desviarle, bajo pretexto de atraerle a las banderas del monarca, y solo con el intento de graduar el punto de su fidelidad? Y en tal caso, ¿a qué esa imprudencia de permitirle sondear el secreto de la existencia de aquella gruta, de aquella beldad, que podía ser muy bien la manceba del conde, pero que en sus ojos purísimos se leía otra cosa bien diversa, esto es, el martirio y la resignación de la virtud y de la inocencia?

Porque aquella expresión tan adorable, aquellas lágrimas, aquella poesía, en fin, tan insinuante, parecíale la viva encarnación de un ángel aparecido en este valle de miserias, víctima propiciatoria de una falta, cuya redención tenía a su cargo, y que debiera llevar a cumplido efecto con toda la fuerza de ánimo de la virtud, y con la constante perseverancia de un héroe.

Pero ¿no pudiera ser verdad también todo aquel amargo episodio, que el delicado sentimentalismo de Omar le refiriera? ¿No se repetían, en aquella época de abusos, lances de naturaleza análoga? ¡Cuántas prisiones, cuántos cautiverios, sin otra razón que las pasiones y el capricho, ocurrieran en aquellos tiempos turbulentos! La hermosura de aquella mujer, las riquezas de su padre, su posición política, su poderío quizás en medio de aquellos bandos que se destrozaran a través de la lucha feudal, del antagonismo político-religioso y de la intolerancia mutua que levantaran bandera de conciencia y guerra; todo esto atraía a los límites de la posibilidad aquel insondable dédalo, creando la duda al menos y la incertidumbre, esa fiebre apenadora del alma.

Sin embargo, no era esto lo más creíble: una voz secreta y pertinaz se revelaba allá en el fondo de la conciencia, destruyendo la hipótesis, falseando aquella posibilidad y combatiendo victoriosamente la duda. Si en realidad aquel hombre y aquella mujer estaban prisioneros, ¿cómo se les destinaba por toda prisión aquella gruta abierta al campo libre, sin otras precauciones que aseguraran su existencia dentro de sus verdaderos límites, e impidiendo toda probabilidad de evasión por su parte? ¿Cómo, pues, se comprendía todo esto?

Y aun dado caso de ser esto posible, ¿cómo aquel hombre se proporcionaba recursos tan cuantiosos como los que el esplendor de que se rodeara requería? ¿Cómo se llenaban sus necesidades, si no comunicando con el exterior, y por consiguiente, poniéndose en contacto con otras personas que pudieran proveerle de medios capaces de obtener su libertad, denunciando el misterio? ¿Cómo no se había intentado un rapto?...

Y Palomina, aquella mujer traviesa, ser incomprensible y peligroso, cuyo solo nombre era un misterio, ¿qué papel representaba en toda esta intriga? ¿cuál pudiera ser su propósito en esa farsa, abominable tal vez, si se interpretaba un presentimiento fatal que surgía ya en la mente como un fantasma de amenazador aspecto?...

De tal suerte discurría el cuadrillero, perdida su imaginación en un dédalo de vacilaciones, conturbada la mente por un turbión de ideas contradictorias.

Por de pronto quedaba establecida una prevención marcada contra aquellos dos seres diabólicos, que hablaban el lenguaje del artificio y que debieran ser (según suponía) los criminales agentes, instrumentos viles de la perfidia humana, recrudecida por la acción inmunda y corrosiva de las pasiones en la culminante explosión del vértigo.

A fuer de prudente, y sirviendo a la vez al instinto de la curiosidad que la misma naturaleza del asunto le inspirara, dedujo de todo este embrión confuso, una consecuencia oportuna: determinó fingir también por su parte y observar con cautela, siguiendo el hilo de los acontecimientos, todas las fases que ofrecieran éstos, y con las cuales pudiera llegar al punto crítico del desenlace, que había creado una especie de necesidad apremiante en su ánimo.

Prestóse, pues, espontáneamente desde entonces a ser instrumento pasivo de ambos ancianos, desentendiéndose ostensiblemente de ciertas cosas, si bien manteniéndose a una línea prudente, mientras el tiempo y el éxito de sus proyectos le dieran la clave del enigma.

-Heos aquí a vuestro libertador, exclamó Palomina, designando a Lucifer y refiriéndose a la joven en un lenguaje afectadamente halagüeño; este caballero, que os envía la Providencia, toma desde hoy a su cargo la empresa de vuestra libertad, y sabrá cumplirlo su hidalguía. Confiad en él, sí, y los días de vuestro cautiverio tendrán un fin próximo.

Estas palabras fueron un oráculo que alucinó la mente de aquella pobre mártir, y resonó en su oído con una cadencia indecible. Exaltada, fuera de sí, se incorporó súbitamente, saltó del lecho, y prosternándose de rodillas ante el soldado, en una postura suplicante y dulce, pronunció las siguientes frases entrecortadas por sollozos:

-¿Será posible? ¿quién ha pronunciado cerca de mí la palabra libertad? ¿es una ilusión?

-No, bella señora, contestó Lucifer, todo conmovido, vuestro esclavo sabrá salvaros o perecerá en la empresa.

Y ante aquella franca respuesta del aventurero, la dama no pudo contener uno de esos trasportes violentos que ofuscan el espíritu y le ciegan.

Besó frenética los pies del cuadrillero, se arrojó delirante en sus brazos, y sintió este palpitar junto a su pecho aquel corazón mártir, todo amor, tan sediento de goces y predispuesto al entusiasmo. Por su parte el aventurero, alucinado por el timbre de aquella voz hechicera, que tan en armonía estaba con aquella belleza y con aquella actitud tan seductoras, como que añadían a sus méritos el interés de su propio encanto, sintió de nuevo la explosión de la amorosa llama que estalló en su pecho con mayor intensidad que nunca, abrasando el corazón con su incentivo.

-Basta ya, exclamó el viejo, frunciendo ligeramente el ceño y dándose el aire de una reconvención paternal; no es llegado todavía el tiempo de entregarse a ilusiones impropias de este caso y circunstancias: lo que importa es preparar materiales para levantar ese edificio reparador, que a despecho de la tiranía proyectamos: el artífice está pronto, y el sol de la libertad sonríe nuestro común destino. ¿A qué demorar el ensayo que debe hacer brillar ese día venturoso en nuestro horizonte?...

Y después de una estudiada pausa, continuó dirigiéndose a la joven, rebosando en su rostro carnoso y rubicundo esa afectada inspiración que él sabía fingir en ciertas ocasiones:

-Regocíjate, Dalmira, porque ese mismo día feliz, que se aproxima con tan lisonjeros auspicios, será el precursor de tu ventura y la de tu libertador mismo, a quien he concedido tus gracias, ya que no puedo tu mano, por la diversidad de creencias que os separa.

Dalmira bajó al pronto los ojos por un movimiento pudoroso, luego se atrevió a dirigir al joven una elocuente mirada, que no supo él comprender, y sonrió amargamente, reprimiendo a la vez el llanto que se agolpaba a su vista y la enturbiara.

-Ya es tiempo de que marchéis, dijo Ornar-Jacub dirigiéndose a Lucifer; nos hemos comprendido perfectamente, y este día, no lo dudéis, debe formar anales en los fastos de esta romántica Galicia: ahora os toca proceder con cordura en la ejecución del proyecto, que espero no traspasará los límites de la más absoluta reserva por vuestra parte, como que de ello pende el éxito más o menos feliz de la empresa. La existencia de esta grata es un secreto para todos, menos para nosotros, para el conde y sus sayones; supongo que comprendiendo la responsabilidad que su revelación pudiera atraer sobre nuestra cabeza y la vuestra, ese arcano dormirá en vuestro pecho perpetuamente; ¿no es esto?

-Sí, eso mismo, repuso Lucifer con aplomo, y si queréis que os lo jure...

-Nada de eso; está por demás el juramento cuando media la palabra de honor de un caballero de vuestra fama y de vuestras prendas.

El cuadrillero se inclinó con marcada gratitud ante la lisonjera frase de Omar.

-Cumple a vuestra delicadeza, continuó este con cierta sutileza sensible, salvar incólume ese imprescriptible derecho que reclama el desagravio de la sociedad en la persona de estas víctimas, que de vuestra hidalguía tanto esperan. Y puesto que tomáis definitivamente a cargo tan meritoria empresa, combinaremos de común concierto nuestro plan de campaña, a cuyo efecto podremos comunicarnos cuando gastéis, siempre que traigáis en vuestra compañía a la señora Palomina o al menos la contraseña que ella os entregue, como el talismán en cuya virtud puede únicamente penetrarse en esta mansión ignorada y misteriosa, si bien con las precauciones oportunas y salvando las apariencias, a fin de evitar un compromiso por parte del conde. Adiós, pues, creería inferir a vuestra prudencia un marcado agravio si insistiera en mis observaciones, que remito a vuestra prudencia y buena fe: lo que no dejaré de recordaros, es que no olvidéis jamás a vuestros prisioneros de honor, si así merece llamarse el pobrecito Omar-Jacub, quien os guarda en recíproca sus tesoros, su sangre y la hija más desgraciada y bella que nació de madre.

Y el anciano acompañó sus palabras con un abrazo entusiasta al cuadrillero, quien por su parte, embebecido en la contemplación de la dama, cambió con ella una mirada apasionada y expresiva, por medio de la cual sus corazones se comprendieron.

Omar y Palomina supieron utilizar también, aquel momento de distracción de ambos jóvenes, para comunicarse otra mirada profunda como el rayo, es la cual revelábase su feroz complacencia por el triunfo de su astucia, que creían ya seguro.

Luego; por fin, precedidos del terrible eunuco, que se presentó de improviso, como obedeciendo a una siniestra evocación secreta, ambos huéspedes salían de aquella misteriosa mansión subterránea, donde el incauto joven dejara su corazón partido.

¿Qué significación pudiera tener ante su pasión esa duda tenaz que acerca de aquel misterio continuamente le aquejara? ¿Acaso para el amor se han inventado la reflexión y la filosofía?




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

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Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión