La corona de fuego: 10

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda



Segunda parte : Las torres de Altamira[editar]

Capítulo I - La gruta de los abismos[editar]

E hobo un perlado mú guerrero cá reclutaba gentes a sueldo y ventura en guisa de resguardo contra los desmanes del soberano de aquellos dominios. Este animoso magnate era D. Diego Peláez, y por cierto que jugó en ello sin dignidad de obispo.
(Fastos de Compostela.)


El valle de Lemus, tan pintoresco y ameno en nuestros días, gracias al cultivo de su feraz terreno, era, en la época antigua de que vamos hablando, un vasto erial inculto, donde pacían los ganados de los muy reverendos abades y señores solariegos y jurisdiccionales del país, y cuya vegetación poderosa era una fuente inagotable de riqueza para los adelantos propagadores de la industria pecuaria.

Apenas algún caminante solía atravesar aquel vasto, oasis de lozana verdura, donde las fuentes brotan por do quier a porfía, y los bullidores torrentes se deslizan con armonioso murmullo, arrastrándose sobre sus lechos de grava.

Era el crepúsculo de la tarde.

El sol acababa de trasponer las cumbres, y las sombras invadían ya el valle, apoderándose de la vasta llanura, donde proyectaban sus vagas formas.

El aire puro y vivificador agitaba los arbustos de la campiña, y las pequeñas cascadas precipitábanse a la vez, produciendo sonoros chasquidos y vapores leves que se disipaban en el ambiente como torbellinos flotantes que velaran a trechos el espacio, condensando en perspectiva los rasgados senos de las montañas y sus barrancos.

A lo lejos conos truncados, peñascos de extrañas formas suspendidos como en el aire, grupos de pinos y olivares silvestres, bojes, romerales y arbustos de aterciopelado verdor, esmaltaban el cuadro, borrándose en las medías tintas del crepúsculo y confundiéndose vagamente en la masa tenue y casi uniforme del cuadro, limitado por una línea irregular de bronceada púrpura, trazada en el cielo de occidente.

Empezaban ya a brillar las hogueras de los pastores, diseminadas en la montañas de Faramontaos y Aguavelada, cuyas dentadas cúspides marcaban visiblemente el horizonte.

Breñas y asperezas, precipicios intransitables que se desprendían de aquel nudo de pintorescas montañas; prominencias de irregulares formas, gargantas, senos y barrancos, contrastaban con la planicie del terreno, y más lejos aún, trazando un rasgo oblicuo, pirámides de colosales formas alzaban sus penachos de roca y hendían la profunda cavidad de la zona, palidecida por la degradación de luz del espirante crepúsculo.

Reinaba un imponente silencio, alterado apenas por la esquila de los rebaños y el lejano balido de las reses.

En la falda de la montaña surgió de pronto una llamarada que se dilató en los aires como una inflamada parábola, y desapareció luego lentamente, lanzando a ciertos intervalos un pálido destello, rápido, fugaz, que se reprodujo cinco veces en progresivo descenso.

Era fácil suponer que aquello fuese una misteriosa consigna concertada.

En efecto, así era.

El lector nos acompañará hasta aquel sitio, confundido ya en la densa oscuridad de la noche, que ha reemplazado al crepúsculo con su lóbrego y tenebroso velo.

No brilla ya la fosforescente llama, ni se percibe el luminoso destello de los astros condensados por una blanca y vaporosa neblina: el cuadro adquiere mayor gravedad y resaltan sus tintas diáfanas en medio del silencio y soledad imponentes.

Siempre inaccesibles riscos, gargantas y desfiladeros, asperezas e intransitables breñas.

Ni un solo caserío, ni una choza, ni alma viviente: apenas algún grupo de arboladura percibíase vagamente como manchas de terciopelo: únicamente, allá en la cumbre, entre collados y derrumbaderos, viose de pronto una gruta débilmente iluminada por una tenue claridad fosfórica.

Llamábase la Gruta de los abismos.

Y en verdad que este nombre estaba en perfecta armonía con su misma posición topográfica, su situación entre riscos inaccesibles, y el paisaje solitario y selvático que en torno se desarrollara.

Aproximémonos.

A la puerta de aquella cueva, semejantes a dos estatuas inmóviles, había dos centinelas que afectaban sostener sobre sus cabezas la pesada bóveda terminada por un toldo saliente de su negra y mohosa peña, y que suspendido como en el aire, asomaba, haciendo avanzar sus atrevidos picos salientes que amenazaran venir abajo.

En virtud de la consigna que dejamos ya indicada, iban llegando presurosos algunos hombres que se conducían con mesurado silencio.

Sus bultos informes como errantes sombras, destacábanse confusos a través de la dudosa claridad, y rendían luego a los centinelas cierta contraseña convenida, en cuya virtud introducíanse al punto en la gruta, guardando empero la misma cautela.

Y era, en verdad, cosa incomprensible la aparición tan súbita de aquellos individuos, que brotando sin saber de dónde, escalaban aquellos intransitables sitios, deslizándose como sombríos espectros y arrostrando las tinieblas y precipicios.

Eran todos ellos montañeses tostados por el sol y curtidos por la inclemencia en medio de su vida aventurera y nómada; espadachines a sueldo y devoción de quien mejor pagase, y materia dispuesta para cualquier servicio especial que se les cometiese, y cuyo buen desempeño solía responder ordinariamente a la confianza que se les exigiera, bien que en armonía siempre con el premio que se estipulara, como prenda y galardón del mismo; instrumentos templados a son de oro, preparados siempre a una batida en cualquier encrucijada con las rondas volantes de S. A. el rey de León, con quien tenía, por cierto, graves desazones el obispo de Santiago, por motivos jurisdiccionales, según decía el vulgo, o bien con cualquiera otra fuerza de la clase que fuere, como que, según dijimos, esta pandilla independiente y rebelde, acampaba por respeto propio a sus anchas, poniendo a sueldo sus servicios, que giraban siempre en la órbita de un fuero múltiple y mercenario.

Vestían de diverso modo, llevando al cinto su puñal de misericordia junto al inseparable cuchillo de monte y daga buida, amén de su espadón y adarga, y otras piezas bélicas por el estilo, en guisa de marcha siempre o de combate, por si ocurría realizar de pronto un capricho cualquiera de cuenta propia o ajena, puesto que, como ya indicamos, aquella gente no solía andar muy remisa en punto a escrúpulos ni consideraciones de cierta índole, ni acostumbraba consultar los medios de llegar a los fines, con tal de llegar a los mismos, aun a través de alguna mancha de sangre.

Porque era cosa generalmente admitida en aquellos rudos tiempos caballerescos de sangre, hierro y amores entre los señores feudales, mantener además de su correspondiente guardia pretoriana, su servidumbre de rústicos jayanes y de envilecidos villanos; sus tercios de lanzas siempre en campo abierto y su grey más o menos numerosa de aventureros o matachines asalariados, todo lo cual entraba por mucho en su omnímoda voluntad erigida en capricho, que adquiría mayores garantías y respetos, según el boato de que rodeara su jerarquía y sus actos de buena ley.

Pues bien, solía suceder también con harta frecuencia que algunos de aquellos mismos hidalgos, arruinados por sus despilfarros, por los desastres de la guerra civil, o bien por cualquiera otra causa, empobrecían en términos que se veían obligados a licenciar sus mesnadas, reservando únicamente un débil cuerpo de guarnición que hacía también las veces de servidumbre doméstica en aquellos mal llamados castillos con honores de alcázares, orgullosa antonomasia admitida genéricamente entre los hidalgos solariegos y ricos-homes titulares de la Edad media.

Y de aquellas huestes dispersas, mezcla heterogénea y disoluta, seres abyectos, corrompidos miembros de una sociedad viciada, abandonados al pillaje y a la indiferencia, formábanse improvisadas huestes mercenarias, o mejor dicho, pandillas sueltas de aventureros, sin otra bandera, tal vez, que la vagancia, el vandalismo, al abrigo del apoyo incondicional del magnate, y cuyos servicios solían ponerse a precio de almoneda en aquel juego innoble de potestades grotescamente ridículas, puestas siempre en choque y movimiento.

Volvamos, pues, al asunto.

Fijando el punto de alusión convenido, añadiremos que esos mismos hombres que indicamos concurrieran al sitio misterioso, pertenecían a distintas cuadrillas o hermandades confederadas, haciendo causa común en determinados lances de honra y provecho convencional mente empeñados, y distribuyéndose luego el botín que resultara en las empresas a ley y buen criterio de compañerismo.

En el interior de aquella especie de cuenca, y en uno de sus ángulos, sobre un resalte rústico de la misma peña, ardía una tea resinosa, cuya llama azulada trazaba ondulantes destellos, arrojando corrientes de aplomado humo y un fulgor incierto y vacilante.

Luego, entre aquella turba que iba reuniéndose pausada y cautelosamente, llegó un grupo como de diez personas que conducían en calidad de preso, al parecer, a un encubierto, embozado en una gran capa, por cuya orla inferior asomaba el perfil de una sotana de púrpura.

Un gran sombrero de ala prolongada cubría su cabeza, todavía joven, a juzgar por el color de su prolongado cabello castaño, y al movimiento de su paso brioso, firme y seguro, crujía el sonoro choque de su espada contra las mallas de una armadura interior.

Hemos dicho que aquel personaje venía en calidad de preso, y añadiremos que dos de aquellos hombres feroces, sin consideración ni miramiento hacia el carácter que revelara, conducíanle violentamente a empellones hasta la gruta, donde se detuvieron.

Y ¡cosa extraña!, apenas el prisionero, erguida su airosa talla y con paso firme, llegó a aquel sitio; los aventureros, al reconocer su alta dignidad, atónitos por una súbita sorpresa en su mayor parte, inclinaron sus cabezas, balbucearon algunas frases confusas y rindiéronle un profundo saludo.

Formaron todos círculo en derredor del desconocido, quien a su vez, comprendiendo el efecto que produjera su presencia ante aquellas gentes sin alma y aquella especie de fascinación tan marcada, pareció verter una orgullosa sonrisa que reflejó simultáneamente un rayo vívido de triunfo en aquella mirada ardiente y serena.

Y en medio del profundo silencio que guardaran todos, poseídos como de un sombrío pánico, el incógnito, por un brioso movimiento lleno de donaire y que prestara mayor autoridad a su figura, dejó caer el embozo de su gran capa de vuelo, y pronunció con su poderosa voz estas palabras, a las cuales pareció dar cierto aire burlesco:

-Hénos aquí providencial mente reunidos por la misericordia de Dios, y precisamente cuando tan lejos me hallaba yo de creerlo, ni aun sospecharlo acaso: tan cierto es que los cálculos de la previsión humana caminan mucho más despacio que esas mismas leyes providenciales también, a cuya influencia no es fácil sustraerse. ¡Y bien! estos dos bravos, por lo menos, son dos muchachos de provecho, y me atrevo a recomendaros su buen comportamiento, como que les juzgo acreedores a un galardón proporcionado a esta hazaña, que es grande y meritoria, puesto que se refiere nada menos que a la prisión del muy reverendo en Cristo padre D. Diego Martín Peláez, obispo de Santiago, y os le han conducido poco menos que maniatado a esta gruta. Yo os pido para ellos el premio de su proeza.

Era, en efecto, el mismo prelado el que así hablaba.

Los aventureros le reconocieron, y cada vez más confundidos, su habitual fiereza se vio humillada, imponente ante la cáustica ironía de aquel famoso sacerdote, de cuya fama ha ocupado algunas páginas memorables la historia.

Los que le condujeron allí pertenecían a otra hermandad diferente, y cuyos trajes y armaduras merecen una descripción singular.

Vestían cotas de sencilla malla, arneses africanos y armaduras milanesas sobrepuestas en algunos de ellos, de elegantes vestas con cinturón de correa, sobre cuya parte anterior solía brillar una lámina o diploma con cierta cifra, que también variaba en algunos individuos, como también su armamento; desde la maza claveteada de aceradas púas, hasta la ballesta con su templado arco de nervio de buey y la aljaba morisca; desde la adarga de tres golpes hasta la alabarda romana y el espadón gótico, con su correspondiente broquel o rodela; desde las dagas céltica y buida hasta el puñal o alfanje damasquino.

Gruesas abarcas de cuero hervido defendían sus piernas curtidas por la inclemencia, y sus pies calzaban una especie de borceguí de la misma materia, rústicamente cerrado. Sobre sus cabezas, cubiertas de un pesado casco metálico, ondeaba una sola garzota elástica, en todos uniforme.

Luengas barbas y mechones de cabellos rebeldes daban a aquellas feroces fisonomías un aspecto más repugnante, revelando la verdadera profesión de aquellos prójimos, cuya conciencia, como queda dicho, solía venderse al oro del licitador más pródigo.

Y sin embargo, tal es el prestigio de la religión, aun entre la barbarie, que arrastra involuntariamente hacia su poderosa magia los resortes de la conciencia, que es el instinto omnipotente del, alma. Diego Peláez, ministro de esa misma religión tan influyente, no debiera, quizás, sino a su carácter de tal, ese triunfo moral sobre aquella pandilla, cuya pupila parecía apagada en su presencia y como anonadada visiblemente toda su fiereza ruda y salvaje.

El prelado parecía paladear y gozar toda la plenitud de su triunfo ante aquel respeto soberano de que era indudablemente objeto ante los aventureros.

-¡Gloria a Dios y a nuestro soberano pontífice!, exclamó con su autorizada voz, produciendo un imperioso golpe de sorpresa, que concluyó de humillará aquella pandilla mercenaria, la cual, por su parte, tan lejos estaba de esperar aquel rasgo estudiado, y en cierto modo estratégico.

Un ¡Amén! general resonó entre aquellos hombres como una descarga eléctrica, que respondió al voto de Diego Peláez, por un impulso unísono, maquinal y espontáneo.

-Parece, prosiguió el prelado, cuyo acento tomaba un punto de autoridad más enérgico, que os imponen las palabras del sacerdote en Cristo, insultado en su alto carácter por vuestra malevolencia, o acaso por un conato de sórdida codicia. Ea, pues, profanos, ¡de rodillas!

Aquellos hombres, cada vez más humildes, por un movimiento rápido y simultáneo, prosternáronse, como impelidos por una fuerza sobrenatural y extraña, como sí un soplo mágico les moviese.

-Así es como yo os quiero ver, fieras medio domesticadas por la influyente savia de la civilización, que aun a pesar vuestro, acaso se os ha infundido. Ni podía menos de suceder así en vosotros, que, aunque relajados y criminales, pertenecéis por nacionalidad a esta dichosa España esencialmente católica. Me habéis sorprendido como a un cualquiera, sin retraeros, cuando no, ante determinadas consideraciones sociales, al menos ante la preeminencia sacerdotal de mi jerarquía y la santidad del sacerdocio que ejerzo, al cual no podéis dejar de rendir ahora un tributo de inexplicable respeto. Habéis dado, pues, ese paso imprudente, sacrílego, con el intento de robarme acaso, en lo cual habéis llevado un solemnísimo chasco, puesto que las necesidades del prójimo, que no en vano imploran mi caridad todos los días, y de la cual no creo puedan quejarse, se han encargado de variar hoy mi limosnera, donde no llevo ni un cornado.

Callaron todos, mientras que el prelado continuó con cierta satisfacción cada vez más marcada, y que venía a revelar aquella sonrisa, no exenta de intención, que habitualmente vagara siempre en sus delgados labios.

-Basta, os confunde el rubor, y leo en esa misma vergüenza la certeza de vuestro arrepentimiento, que ignoro hasta qué punto puede ser sincero y estable: ea, pues, tiempo es ya de acabar, y por cierto que, hallándome en estos momentos a merced de vuestra voluntad, me guardaré muy bien de decidir el medio, limitándome a preveniros que teniendo a mi cargo gravísimos asuntos de conciencia que están sobre todas las exigencias temporales, de suyo primeras, redoblan para mí el valor del tiempo, que es de todo punto precioso. Fijad desde luego la suma en que estiméis mi rescate, y dejadme marchar con la oportuna seguridad de poder llegar pronto y sin obstáculo a Santiago.

Uno de aquellos mismos que poco antes condujera allí prisionero al obispo, y que debiera ser jefe de hermandad, adelantó respetuosamente y con dignidad un paso, y dijo, dirigiéndose al mismo, con un lenguaje franco y resuelto:

-Los bravos que os han aprehendido, si bien creyeron habérselas con una persona de alto coturno, nunca pudieron llegar a preveer que pudiera rayar tan lejos la fortuna de su hazaña, y este golpe de mano debe redundar en gran lauro de su fama, célebre ya en la comarca, donde cunde en favorable sentido su nombre, bien sentado por cierto. La equivocación pudiera muy bien reducirse a un punto convencional de existencia, anulando sus efectos, en gracia al menos del sagrado carácter que os distingue; pero, ¿qué queréis?, eso sería una capitulación, fácil, quizás, de llevarse a cabo, según la índole de las condiciones que se impusieran más o menos aceptables, y para las cuales deben abrirse negociaciones.

-Es decir, repuso Peláez, con cierta acritud recóndita, que es fuerza abrir conferencias sobre el particular, y tratar luego, como si dijéramos, de potencia a potencia, sin conceder ventaja alguna.

-No, eso no, contestó obstinadamente el caudillo; la suerte o la casualidad os ha traído a nuestro poder, y...

-La fatalidad, diréis más bien.

-Como queráis: tal vez sea eso que llaman Providencia que debe estar en vuestra cuerda por más que tratéis de desconocerla en este caso; bien es verdad que, según parece, calzáis puntos de fatalista, lo cual, dicho sea con perdón vuestro, desdice altamente de un hombre de tal valía.

Aquello era el epigrama lanzado por la insolencia a la faz de la dignidad torpemente insultada, y que parecía descifrar una intención malévola por parte de aquel hombre osado. Diego Peláez devoró secretamente uno de esos ultrajes que nunca sufriera de persona alguna, si bien desentendiéndose en la apariencia, pudo todavía alentar una esperanza sostenida por la fuerza misma de su espíritu; él, hombre de mundo y dueño de esos resortes supremos que solamente son patrimonio de las almas de cierto temple.

- Me hablabais ahora de condiciones respecto a mi soltura, y en verdad que no habiendo otro medio de obtenerla, será preciso resignarse a ellas, por duras que aparezcan, con tal que sean al menos aceptables, aunque a trueque de algún sacrificio.

-Verdaderamente, pues, que comprendiendo el valor de ciertas cosas, el llevar la exigencia hasta un punto al que no pudierais vos llegar sin detrimento de vuestro carácter y de vuestra conciencia, era sentar un imposible, con lo cual ninguna ventaja reportaríamos, nosotros que en nuestra situación precaria necesitamos desviar esos mismos obstáculos para entendernos.

-Veamos, pues, qué pedís vos.

-¿A cambio de qué?

-De mi soltura.

-¿Nada más que eso?

-Pues ¿qué otra cosa?, replicó encogiéndose de hombres el prelado.

Aproximósele confidencialmente su colocutor.

-El terreno está plagado de malhechores.

-Lo sé.

-Los tiempos andan revueltos.

-¡Y bien! Es cosa sabida.

-Las gentes matan más que Dios.

-Así sucede por desgracia.

-Y tal es la depravación social que reina.

-¡Oh!

-Que esos mismos delitos suelen quedar impunes con notorio escándalo.

-Sí, es la falta de temor de Dios lo que más influye; así que todas las clases se escandalizan ante ese inicuo sistema que una legislación relajada y viciosa ha establecido en estos reinos, trabajados por las discordias civiles, por la barbarie musulmana y por esa multitud de circunstancias, que derivan sus resultados de esas mismas causas radicales nacidas de las pasiones que las producen, como consecuencia necesaria de ellas. Pero volvamos a nuestro asunto, cuya idea hemos distraído: ¿a dónde ibais a parar con vuestras observaciones?

-A nuestro centro únicamente.

-¿Cómo, pues?

-De un modo muy sencillo. ¿Convenís ahora conmigo en ellas, eh?

-Indudablemente, y como consecuencia de todo, en que el trecho que debo atravesar para llegar a mi casa ofrece riesgos atendibles.

-Es que hay medios de atenuarlos y conjurarlos, pudiendo llegar vos salvo e ileso; y esos medios están en mi mano y a vuestras órdenes.

-¡Ah! Ya voy comprendiendo, y esos mismos medios deben tener un premio proporcionado en vuestra tarifa.

-Pues, lo habéis acertado.

-Por consiguiente, formarán en su caso una parte proporcional, integrante y colectiva de la convención.

-Precisamente, como que al sustraeros en tal caso a esos peligros, mi gente los acepta y los busca, lo cual creo que, merece un galardón para esos pobres muchachos que viven a costa de esos percances y trafican con su vida, que no tiene precio.

-En fin, basta de filosofía y abreviemos. Resulta que por equivocación o por malicia me hallo en vuestro poder, y lo que es peor, a merced de vuestro capricho, que puede desplumarme, pero que por otra parte renunciáis vuestro derecho y me dais soltura, aún más, me dais escolta y me defendéis a punta de lanza, conduciéndome incólume a mi palacio a través de estos riscos y al abrigo de cualquier fechoría: ¿no es esto mismo?

-Lo adivinasteis; y en cambio de ese gran servicio...

-Dejadme concluir, puesto que conociendo a fondo ciertos pormenores, y comprendiendo la situación en que os halláis, no se me oculta el medio compensador que pudierais proponerme en este caso, aun llevado a su último límite. Oid pues.

Y retirándose más al fondo de la gruta con su interlocutor, mientras que los demás aventureros formaban una especie de cuerpo de guardia junto a la puerta, continuó el prelado:

-Dentro de breves días deben celebrarse los esponsales de mi deudo el conde de Moscoso y Altamira, Payo Ataulfo, con la baronesa Constanza de Monforte. La alianza de ambas casas va a crear un vínculo favorable a mis intereses, por más que no sea del cumplido agrado de su señoría el rey D. Alfonso, con quien no voy de acuerdo por desgracia en ciertos asuntos: y en tal caso, allá en mi conciencia pecadora, tal vez creo deber coadyuvar moralmente a la realización de esa alianza, si se me consultara sobre ella, a la vez que atendida la pobreza de ambos estados, si se les deja áislados en medio de la lucha feudal que por do quier se agita, pudieran verse aniquilados. En este caso, prescindiendo de cierto género de consideraciones que omito, y reforzada mi influencia con este paso, pudiera yo hallarme entonces en posición de seros útil, y bajo este precedente voy a proponeros un partido, si bien tomando mi recíproca os impongo a mi vez una condición indeclinable. Vuestra situación, como ya dije, es sumamente crítica y apuradísima, hasta comprometida, lo sé, y esto no podéis negarlo: debéis la vida a la justicia, puesto que habiendo levantado pendón y tomado armas contra el monarca, vasallos rebeldes, os colocasteis en una pendiente fatal, y vuestra cabeza le pertenece. No pudiendo, pues, esperar gracia de ese príncipe, cuya inflexibilidad es bien notoria, debéis procurar buscar un refugio, a cuya sombra pudierais medrar sin contingencia. En Altamira, si se obtiene la sanción de esa alianza de que os he hablado, estoy seguro de que por mi mediación se os podría admitir a sueldo en las banderas señoriales, si bien se entiende bajo la condición de todo punto precisa, que acabo de anunciaros, esto es, que habéis de variar de conducta, convirtiéndoos al buen camino, a fuer de cristianos temerosos de Dios y sus santos preceptos, amando al prójimo, no robando ni asesinando, ni cometiendo, en fin, esos repugnantes sucesos que rebajan al hombre ante sus semejantes, rasgando al propio tiempo el pacto social, tan santo e improfanable. De esta suerte podréis hallar el apoyo y protección que necesitáis, y mi influencia, más o menos poderosa, garantizará en lo posible vuestra seguridad, pudiendo tal vez crearos a su amparo, y al del nuevo señor a quien sirváis, un porvenir cualquiera, proporcionado al mérito de vuestras acciones, y convirtiéndoos por último en hombres de provecho.

-Aceptamos el partido, repuso el aventurero, y no creo os arrepintáis de vuestro buen deseo, días ha que un desengaño triste, sugerido por la experiencia, me infundió una idea idéntica y desde entonces medito cómo debía combinar las circunstancias para poder dar un cuarto de conversión que ha llegado a ser una necesidad apremiante de todo punto. Creedme, este género de vida es bien triste, y aquí como nos veis, solo la necesidad de sacar un partido en medio de nuestra pobreza, nos obliga a darnos ese aire vandálico y a perpetrar actos de rapiña que no están en nuestra conciencia siempre. ¿Qué queréis?, el terror lleva sobre la prudencia y moderación una ventaja, puesto que deslumbrando el ánimo con sus alardes, obra como un agente enérgico que arrebata sin tregua el fruto de sus sorprendentes estímulos.

-¿Estáis seguro de lo que decís?

-Señor, yo, en mi nombre y en el de todos estos buenos muchachos, solo espero el momento de prueba, si así no fuera, almenas tiene Altamira para colgarnos.

-Basta, espero que mi proyecto se convertirá pronto en hecho, y que podréis dar al mando un buen ejemplo. Heos aquí un nuevo motivo que me obligará a redoblar mis gestiones por lograr la realización de esa alianza que ya indiqué, y que debe obtenerse a cualquier costa, aunque solo sea porque debe restituir al buen camino a 25 o 30 hombres que, vuelta la espalda a la virtud, tienen al propio tiempo comprometida su vida y arriesgada su suerte.

Una señal de cordial aquiescencia por parte de todos respondió a las palabras del obispo, cuya mano besaron visiblemente conmovidos, así como también una especie de pendoncillo muy puesto en uso entonces, y que él desplegó, en el cual estaban bordadas a realce las armas del patrón de España.

Diego Peláez alzó ceremoniosamente el brazo y trazó tres cruces simbólicas sobre aquel grupo de vagabundos medio convertidos, y cuyas cabezas inclináronse de nuevo para adorar la enseña emblemática del Santo apóstol.

Un ¡viva! entusiasta y sonoro se alzó entonces entre aquella gente perdida, dilatando satisfactoriamente el pecho del prelado, el cual acababa de obtener un triunfo moral sobre aquella grey desmoralizada y díscola.

-Siento, dijo, no tener dinero que daros para celebrar a mi salud este acontecimiento memorable, sin embargo, puesto que es necesario dejaros un recuerdo, sea éste, cuyo valor no es cosa despreciable por cierto.

Y despojándose de una magnífica cadena con una preciosísima cruz de brillantes, la entregó al jefe de los aventureros, como se arroja un mendrugo de pan a un perro, para comprar su fidelidad.

Un momento después, precedido de dos guías y escoltado por un grupo de vagabundos con su jefe, su ilustrísima libre ya y salvo, abandonaba aquellos sitios con dirección a Santiago.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión