La corona de fuego: 37

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Capítulo VI - Coloquio[editar]

Un sueño funeral la sorprendiera,
Que triste y abatida
En angustioso afán, su suerte fiera
Oprime al alma entera
De amarguras transida.


Según se dejara traslucir por el contenido del pliego de que dejamos hecho mérito en el precedente capítulo, Ataulfo, al paso que ponía en conocimiento del cuadrillero la prisión de Palomina y de Omar-Jacub, hacíalo en términos ambiguos, particularmente al referirse al palacio subterráneo que habitara éste, y cuya situación y circunstancias absteníase de revelar. ¿Cómo, pues, se conciliaba esta reticencia con esa misma confianza tan franca y sincera que tantas veces le protestara? ¿Cómo le ocultaba igualmente la existencia de la joven árabe y del esclavo, y como accesorio de todo ello, aquella brillante profusión de riqueza oriental que guardaran las entrañas de aquel monte entre selvas y maravillas salvajes?

Luego también aquellas confidencias tan francas y espontáneas del rey, aunque misteriosamente disfrazadas, aquellas reticencias, aquel tenaz empeño, cuyo fin podía tal vez calcularse, aunque no su origen, y en fin, aquel compromiso sistemático, que era el tema obligado del monarca... todo ello, pues, llevaba el sello de un origen constante que formara el núcleo de ese caos contradictorio en que fluctuara el joven.

¡Oh! sí, en todo ello encerrábase tal vez un profundo arcano.

Por lo mismo, adelantándose la previsión de Lucifer a la del conde, había volado a poner en práctica un generoso designio, el de salvar a su bella amante, aun a trueque de arrostrar los mayores riesgos, con tanta más razón, cuanto que si llegaba tarde, iba acaso a perderla para siempre.

Tal era, pues, su proyecto.

Exhibió el trozo de medalla al negro, cuya interrogadora mirada parecía sondear el pensamiento del joven, y al fin, no sin gran repugnancia, condújole al departamento de la cautiva, quedando él a la parte exterior, vigilando, al parecer, sus movimientos, y acechando como el león su presa, desnudó su luciente alfanje, contraídos por una ferocidad cruel los músculos de aquel rostro de ébano.

Lucifer pudo notar aquella expresión, aquella calma equívoca, aquella alarma, en fin, tan violenta, que el nubio envolvía en un continuo rugido de ferocidad salvaje, y no pudo menos de estremecerse en cierto modo.

Un momento después, y como visiblemente contrariado, Abrael introdujo al cuadrillero al departamento oriental que ocupara la joven y que ya conocemos.

La esclava, riente y entusiasta al parecer, yacía medio vestida en su lecho de pieles, e incorporada sobre un rico almohadón de recamado, arreglaba su hermoso tocado saturado de olorosos perfumes.

Cada vez que su mirada lánguida se posaba en aquellas delicadísimas carnes, en aquellos diminutos pies, aprisionados en sus babuchas leves de muñeca, cuando reparaba su piel de alabastro, lustrosa y trasparente, donde parecía traslucirse, a través del terso epidermis, la circulación de aquella sangre purísima, meridional, rubicunda como coral fundido, y cuando, en fin, consultaba al gran espejo veneciano, con marco cincelado, que tenía en frente... ¡oh! viérase entonces dilatarse aquel mórbido seno bajo sus forma de nieve, y reflejar en su rostro una sonrisa de soberbio coquetismo.

A este tiempo crujieron los goznes de la puerta al abrirse, y el cuadrillero pudo sorprender involuntaria mente aquellos voluptuosos encantos, todo aquel provocativo tesoro de seducciones tan sensual e incitante.

La bella cautiva, cuando se apercibió de la presencia del joven, cruzó sobre el seno su túnica de armiño, y replegándose en una pudorosa actitud, devolvióle el saludo con una sonrisa angelical y hechicera.

-¡Cuánto tardaste! exclamó ella, dejándose besar en la frente por Lucifer y en tono de marcada reconvención; ¡oh! ¡Si supieras cuanto he temido por tu vida!...

-¿Por mi vida?

-Sí, porque he tenido sueños sangrientos y horrorosos.

-¡Ah! ¿una pesadilla quizás o un delirio?

-Sí, amado mío; mi fantasía me hizo presenciar tu suplicio...

-¡Qué horror!

-Asistí a tu agonía, sin poder socorrerte, ni menos dirigirte una sola palabra de amor, ni una frase de consuelo en aquella hora crítica y suprema. Si supieras cuál era la opresión de mi alma, el peso que agobiara mi corazón transido... las lágrimas no existían ya en mí, porque la intensidad del golpe había secado sus fuentes, había helado de espanto la sangre en mis venas, paralizando su circulación y congelando a la vez también mi vitalidad con el hielo del terror más insensato.

- ¡Dalmira! ¡cuánto habrás sufrido!

-No me llames Dalmira, abomino ese nombre, que no es el mío y que...

-¿No? le interrumpió el cuadrillero con cierto asombro; pues explícame...

-Espera que concluya mi relato. Luego un sayón había colocado en mis manos tu cabeza, que había visto yo rodar y rebotar sobre el tablado fúnebre; tu cabeza tan bella, híbrida entonces con el vértigo de la muerte, y yo besaba frenética esos ojos donde se mira mi alma transida de amargura y que giraban en sus órbitas con una expresión espantosa, fiera, rugiente e indecible, mientras que el tronco, palpitante y yerto, saltaba en medio de un charco de sangre sobre el patíbulo, y mis manos, también enrojecidas, chorreaban esa misma sangre, que fluía en espantosa abundancia de tu cabeza, que pesaba en ellas como un globo de plomo.

-Eso es verdaderamente horrible.

-Después, el inmenso gentío que acudiera a presenciar aquella bárbara y criminal mutilación, que la hipocresía social suele apellidar justicia, y que en realidad es la mancha que lleva en sí el anatema de las naciones cultas y de la moral más pura, se retiró, satisfecho, al parecer, de aquel crimen premeditado, de aquel asesinato jurídico, el más cobarde, el más odioso, el más abominable de todos... y yo quedé allí únicamente, petrificada de espanto, me abracé a tu cadáver, ya frío, empapó mi túnica en aquella sangre, que era el último efluvio de mi vida, y... nada más vi. Una niebla ardiente, caliginosa, me envolvió como en un sudario de fuego... luego hirió mis oídos un silbido, extraño como el torbellino, retronó en los aires, rasgáronse los cielos, abrióse la tierra, el caos lo incendió todo y absorbió al mundo.

Cuando volví en mí, prosiguió, me hallé aquí en este lecho, bañada en sudor mortal, devorada por la fiebre y comprimido el corazón por la pesadilla. ¡Ay! algo de extraordinario debiera haber sucedido durante mi rapto, y así lo presumí al punto. En efecto, Omar-Jacub había sido sorprendido por las rondas volantes del rey en los bosques de Monte Sorayo, a donde la traición le atrajera por medio de un engañoso ardid, y tomándosele acaso por un espía disfrazado en un terreno peligroso como éste, acababa de ser conducido... no sé dónde.

-¿Será cierto? exclamó Lucifer, en cuyas facciones pareció lucir un destello de profética sorpresa.

-No lo dudes, y lo peor es que el conde quizás sea ya sabedor del suceso, destinado a influir terriblemente en mi suerte acaso. ¡Oh! estoy perdida entonces para siempre... los sucesos se precipitan, el misterio prolonga los pliegues de su sombra fatídica, y un astro sangriento parece cernerse sobre mi cabeza maldecida:, ¡cúmplase, pues, la voluntad de Dios!

Y la hermosa cautiva cayó de rodillas sobre la alfombra: elevó al cielo sus hermosos ojos rasgados, en los cuales temblaba una lágrima, como una perla líquida, y leíase un destello de resignación sublime.

En aquella actitud, en aquella mirada intensa, sublime hasta el éxtasis, había algo, de sobrenatural y angélico: era el vivo trasunto de la virgen mártir que a vista del suplicio, inflamada por la fe y confortada por el divino espíritu, ofrecíase toda en holocausto de su propia inocencia.

Lucifer contemplaba extasiado aquella estatua purísima, divinizada por la virtud, como un ángel postrado en las gradas del trono del Altísimo, y su corazón palpitó de pasión y de entusiasmo, cual nunca él lo había experimentado.

Oyóse entonces el tañido lento de una campana o de un timbre.

-¡Santo Dios! exclamó sobrecogida de espanto la joven.

-¿Qué significa esa señal? preguntó a su vez Lucifer en el colmo de la sorpresa y del asombro.

-Somos perdidos sin recurso, dijo ella toda trémula y recorriendo la estancia en busca de un punto cualquiera donde poder ocultarse u ocultar al joven.

-Pero ¿qué sucede? insistió éste sin poder salir de su atonía.

La esclava no parecía oírle, tan preocupada estaba.

-¡Dios mío! volvió a exclamar en el colmo de su angustia; ¿hasta cuándo durará mi desventura y tu cólera hacia esta triste víctima de tu justicia?

Y tomando por la mano a su colocutor, le arrastró en pos como un autómata hacia un oscuro rincón del subterráneo, diciéndole:

-Es preciso ocultarte; si es que no quieres precipitarme contigo y perdernos; fío a tu prudencia y discreción lo demás, y solo en un caso extremo...

-No acierto a comprenderte, repuso él, obedeciendo maquinalmente a aquella mujer que le impelía con tenacidad hacia el punto donde pretendiera ocultarle.

Sonó entonces no muy lejos de allí un golpe extraño que puso fin al diálogo, separándose ambos colocutores.

Un instante después Dalmira, como seguiremos llamándola, restituida a su departamento, tiraba de un cordón de seda pendiente de la bóveda, y abrióse una puerta.

Unos pasos lentos sonaron entonces e hicieron recrujir la espiral de madera que correspondía al fondo de la gruta.



La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión