La corona de fuego: 20

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Capítulo III - La conferencia[editar]

Por cierto que el destino del magnate
Marcha ya a su ruina,
Mientras la suerte abate
El porvenir del pacto que adivina
Tras de lucha tenaz y en crudo embate.
(A. DE BAENA.)


El joven cuadrillero no faltó por su parte a la cita.

Con la debida oportunidad se apresuró a hacer uso del documento que, por un especial privilegio, le permitiera llegar hasta él mismo departamento privado del obispo, conocido por la sala del Sagrario.

Devorábale la curiosidad y la impaciencia por rasgar el velo del enigma y conocer al singular personaje que le diera aquella cita misteriosa. Esa curiosidad, esa impaciencia, ardían en su mente, violentando su deseo de una manera enérgica, y aun tal vez un presentimiento secreto, que no podía alcanzar a comprender, parecía estimular esa misma ansiedad intensa, febril e instintivamente sostenida a la altura, quizás, de su importancia misma.

Aun antes de la hora convenida, esperaba el momento de audiencia en la antecámara de palacio, ocupada a la vez, según costumbre, por una multitud de pretendientes dispuestos a disputarse el turno, y que repararon todos con cierta especie de sorprendente asombro en aquel hombre que con tal franqueza llegaba hasta allí completamente armado, a ciencia y paciencia de la guardia de su ilustrísima, tan poco celosa en sus precauciones aquel día.

Las diez señalaba el meridiano de la Plaza Mayor, hora en que las campanas de la catedral doblaban, anunciando la terminación del oficio divino.

Poco después uno de los pajes introductores o nuncios de cámara, manifestaba al joven caballero que el señor obispo se dignaba esperarle en el salón de audiencia.

El pretendiente, cuyo corazón palpitaba a impulsos de un secreto instinto, siguió al punto al paje, que le dejó en el dintel del gran salón episcopal.

El golpe de vista que se ofreció entonces ante el aturdido joven, produjo en el mismo un efecto profundamente fascinador.

Desde el ingreso de aquella pieza suntuosa, en cuyo vestíbulo, según las reglas de etiqueta, debía esperar la competente venia, apareció aquella en toda su regia grandeza, con sus tapicerías africanas, sus alfombras asiáticas, sus pieles, muebles y variados hasta lo infinito, sus pesados cortinajes de brocado y raso arabesco con pabellones de oro recamado, y su esplendida colección de muebles ensamblados y pulimentados al estilo flamenco.

En cuanto a lo demás, ofrecían las paredes una mescolanza hetereogénea y rarísima: lucían devotas colecciones de cuadros místicos, bustos de emperadores romanos, de santos y de án geles, crucifijos de talla, imágenes y estatuas sobre consolas y pedestales de pulimentado jaspe, entre ordenadas series de pirámides de flores artificiales y candelabros de maciza plata; y entre ese conjunto anómalo, verdadero laberinto enciclopédico, religioso, artístico y cristiano, veíanse también paisajes caprichosos, alegorías, grupos mitológicos del Olimpo y divinidades paganas.

Pero sobre todo, lo que más llamaba la atención (y por cierto que en aquella ruda época era lo más natural y sencillo) era aquel conjunto simultáneo de arneses, escudos y panoplias, adargas, espadas, aljabas y arcos, mazas claveteadas, puñales lujosamente armados, picas, lanzas, gumías, jabalinas, capacetes, lorigas y demás piezas de armadura, alfanjes damasquinos, etc., verdadero caos marcial, que del mismo modo que los cuadros y bustos, aunque en sección independiente, aparecía colgado de las numerosas escarpias de las paredes, hacinado todo, confundido a su vez entre los escudos y atributos episcopales, amontonado y sin clasificación de ningún género.

En el testero o lienzo de fondo del salón, sobre el frontón del rico dosel de tisú que cubría el sillón pontifical, lucía, rodeado de rayos de oro bruñido, el escudo heráldico del prelado, y más arriba, entre un círculo emblemático de plateadas panoplias estrelladas, aparecían las armas de la ciudad, que constan de un escudo partido en campo azul, un cáliz con la hostia sobrepuesta y rodeada de siete cruces de oro, y una estrella de lo mismo sobre un sepulcro de blanco mármol, aludiendo al del Santo Apóstol, patrón de la ciudad que de él titula, y de toda España.

El fuerte retintín de una campanilla despertó la atención del joven, abstraído en la contemplación de aquel espectáculo, de aquella inconcebible aglomeración de objetos, que por primera vez se ofreciera a su vista como una novedad extraña e indescifrable.

Un nuncio le introdujo al gran salón, en el cual, sentado bajo el dosel referido, le esperaba el opulento prelado vestido de pontifical.

Llevaba entreabierta su túnica talar, que parecía transparentar a través de su tejido finísimo, el templado arnés de acero de Milán que los prelados guerreros de la Edad media no solían abandonar en tiempo alguno bajo sus ropas episcopales. Calzaba coturno, especie de sandalia romana bordada de riquísima pedrería, y cuyos cordones de seda y oro entrelazábanse trenzados al tobillo, el cual desaparecía bajo la orla de la túnica blanca y tersa como la nieve, y que estaba primorosamente salpicada o bordada de delicadísimas estrellitas casi imperceptibles como chispas, de brillantes lunillas, conchas o veneras de plata y abejas de oro.

Pendía de sus hombros una especie de muceta o palio de terciopelo negro galoneado, con franjas de tisú, y en cuyo fondo, sobre el omóplato izquierdo del prelado, veíase bordado a realce un dragón volante en campo rojo, también al parecer de oro, con este lema en caracteres góticos: Fiat justitia, ruat caelum, et adversus Deum nihil subsistat. Sobre su pecho pendía asimismo el magnífico pectoral de diamantes, que solo usaba su ilustrísima en las ocasiones solemnes.

La figura recomendable de Diego Peláez, con su fisonomía jovial, sus ademanes dignos, sueltos y airosos, su habitual sonrisa graciosa y el pestañeo rápido de sus ojos garzos de fulgurante pupila, decía bastante en favor de aquel prelado tan rumboso y enérgico, quien para corresponder a su alta dignidad, tantos quilates de gravedad reuniera, como que parecía haber nacido para rey, para cortesano, para guerrero y para obispo a la vez.

Alargó su blanca diestra, que besó el joven respetuosamente, y le condujo luego al estrado que se extendía, cubierto con una preciosa alcatifa oriental, ante el dosel, cuyo sillón ocupó luego, indicando el recién venido un escaño inmediato para que le ocupara.

Fue entonces, al tiempo de sentarse, cuando el cuadrillero pudo notar a su lado, y medio oculto en la penumbra, a un hombre vestido de punta en blanco, y cuya armadura crujía al más leve movimiento.

A juzgar por las apariencias, aquel era el mismo caballero que casualmente, al parecer, acompañó al joven la precedente madrugada al palacio episcopal.

Llevaba ahora descubierto el rostro, y su pecho respiraba penosamente, enronquecido por la fatiga.

El cuadrillero, al percibir junto a sí a aquel rostro bilioso y pálido, experimentó un estremecimiento involuntario que le costó mucho disimular. Acababa de reconocer al conde de Altamira.

Reprimió, sin embargo, la impresión que produjera en su ánimo la odiosa presencia del magnate, a quien creyera tal vez difunto, y el rencor, un rencor cobarde, surgió de rep aspecto de su rival, como evocado por aquella sombra sangrienta que vagara tenaz en su memoria como una pesadilla eterna, cáncer roedor de su conciencia intranquila.

-Venís oportunamente, amigo mío, exclamó el prelado una jovial sonrisa y refiriéndose al cuadrillero, en tanto que el conde, despojando su diestra del guantelete, la tendía al mismo, descarnada y huesosa.

Al contacto de aquella piel árida, calenturienta y fría, entumecida por un sudor febril, el joven experimentó una conmoción involuntaria.

-La Providencia, o la casualidad, continuó el obispo, me colocan en este instante en un terreno sumamente satisfactorio a fe mía: se trata de una comisión honorífica y en alto grado meritoria, en la cual se halla mi autoridad en cierto modo interesada, y que por cierto reclama el desagravio de la justicia y de la vindicta pública, para lo cual es de todo punto necesario un instrumento activo, un hombre de vuestras prendas. El señor conde, en quien va compendiada la empresa, que es verdaderamente algo ardua, tuvo la inspiración de recurrir a mi demanda de ese instrumento que se apetece, y tuvo la buena suerte de encontraros en el camino la última noche, dándoos y conviniendo en una cita o entrevista con mi asistencia. Y mientras llegabais, he merecido la honra de que su señoría cae enterase de ciertos antecedentes sobre que versa el particular, pidiéndome consejo respecto a ser vos mismo el comisionado, depositario fiel de un secreto en que acaso estriba el resultado favorable de la empresa. Falta saber ahora si os halláis dispuesto a complacernos accediendo al empeño del señor conde, que es también en cierto modo el mío, sobre el cual se os pide una contestación franca, libremente deliberada y categórica.

-Es inútil consultar mi voluntad, señor, cuando me tenéis enteramente a vuestras órdenes, desde que tuve el alto honor de poner a vuestra disposición mis servicios.

-Sin embargo, hay compromisos de índole tan grave, que no puede alcanzar a ellos, ni con mucho, la autoridad del mismo solio a veces, porque en ellos es la voluntad, no la subordinación y obediencia, ni aun la disciplina tampoco, lo que debe dictar las operaciones fuera de la violenta presión que suelo ejercer el abuso erigido en criterio, y de todo lo cual por mi carácter, por mis convicciones, y aun también por el eco de mi propia conciencia, estoy bien lejos, y ruego a Dios me haga perseverar siempre, particularmente en esta época de lamentables disturbios y de perturbaciones político-sociales, que tantos conflicto han creado en estos reinos.

-Tengo el honor, señor, de repetiros, que tanto en este caso como en cualquiera otro, mi voluntad es la vuestra, pudiendo disponer de ella sin reserva alguna. Por mi parte tendré como una honra, en alto grado meritoria, si mis servicios pueden emplearse en vuestro obsequio y en el de la digna persona por quien os interesáis vos.

La mirada radiante del joven recayó disimuladamente y al soslayo sobre el conde con respetuosa naturalidad, franca, y disfrazando todo el volcán de odio y de sorpresa que ardía latente en su pecho hacia aquel hombre que tan distante estaba de adivinarlo, como que no le conocía siquiera personalmente, ni aun de nombre.

El conde se inclinó a su vez ante la manifestación tan lisonjera del joven, y los músculos de su rostro de mármol dilatáronse por una sonrisa equívoca, aunque amarga y tristemente lúgubre.

Diego Peláez, con una concentración solemne de lenguaje, que parecía imprimir doble energía al metal de su voz nerviosa, prosiguió:

-Puesto que tan sumiso y complaciente os hallo, me obligáis, desde luego, a aceptar en toda su latitud esa expresión tan sincera que os merezco. En su virtud, pues, desde hoy quedáis al servicio de mi deudo el de Altamira, quien os comunicará las órdenes que estime oportunas, y que yo por mi parte, sin renunciar tampoco sino temporalmente a vos, os ruego y mando cumpláis y acatéis con la misma eficacia y puntualidad que las mías. Mucho hueco dejáis en mis tercios, y sin embargo, solo obrando en pro de altos intereses de Estado que no necesito encarecer, consiento en dejaros marchar por un término dado que deben marcar las circunstancias; pero todo bajo una condición precisa, la de que apenas terminéis vuestro cometido, volváis a ocupar de nuevo vuestro lugar en mis milicias, según me ha ofrecido mi poderoso primo, y que espero ratificará siempre.

El conde manifestó su aquiescencia con un signo afirmativo y solemne.

-Una merced tengo que pediros, señor, dijo el joven, antes de despedirme de vuestra casa.

-Concedida desde luego, contestó el prelado.

-¿De veras? ¿Podré contar con esa gracia?

Diego Peláez, por toda respuesta, alargó la mano al joven y apretó una de las suyas, signo que en aquellos momentos equivalía a una solemne promesa con honores de juramento, después de lo cual prosiguió:

-Explicaos, ¿a qué viene a reducirse vuestra demanda?

-A que me permitáis llevar conmigo toda mi mesnada de subordinados, que acaso pudieran entrar en tentaciones de desertar, si les faltase su actual jefe. Esta exigencia podéis creer que nada tiene de extraña, tratándose de individuos armonizados por vínculos de simpatía de cierto género, de esa simpatía especial que brota, crece y se identifica aun en medio de los riesgos de la guerra. Y ahora, puesto que cuento con vuestra palabra, solo me falta suplicar al señor conde que no tenga inconveniente en admitir a sueldo y pendón los servicios de esos buenos leones, que no podrían vivir sin su jefe, como tampoco puede existir el pez fuera del agua, que es su elemento vital. Es gente bien nutrida y disciplinada, dura e infatigable a toda prueba, que hace bien poco gasto, y que, por otra parte, sabe muy bien ganarse el sustento y recompensar en cierto modo a su señor.

Tanto el obispo como el conde, se apresuraron a la vez a acceder a la petición del joven, quien contestó a entrambos con un expresivo ademán de gratitud.

-Fáltaos ahora, observó Ataulfo, que solo deseaba lo que se le exigía, por hallarse escaso de soldados fieles e incorruptibles, según solía él mismo decir apenado; fáltaos ahora avisar a esos bravos, que acaso ignoren de lo que se trata aquí, y que deben estar en su derecho sabiéndolo.

-Ése es asunto que corre de mi cuenta, repuso el cuadrillero; podéis estar seguro que acudirán a mi voz como mansos lebreles.

-En cuanto a estipendio, creo es inútil deciros que serán siempre arreglados a costumbre, razón y práctica, y con la oportuna participación en las presas y correrías que se hagan: ¿no es esto?

-Seguramente, es lo que suelo llamarse a buena ley de pecho y fuero.

-Pues bien; es asunto convenido completamente, y en lo cual no pudimos todos andar más razonables. Ahora podéis salir y esperar en la antecámara mis órdenes: necesito hablar a solas con su ilustrísima.

El joven marcó una reverente cortesía, saludó y salió del salón.

-Es, en verdad, todo un vasallo vuestro, un servidor incorruptible, honrado, generoso y valiente, dijo al prelado el conde en tono confidencial y recatado.

Peláez sonrió con visible satisfacción, y un relámpago de orgullo pareció cruzar por su placentero rostro.

-Es un bravo, diréis, contestó, cuyo pecho es de acero y diamante, y cuyos puños son capaces de habérselas con el mismo Goliat en persona.

-Y... ¿quién es él?

-¡Pst!... un advenedizo, a quien se le nombra... no recuerdo cómo.

La respuesta, lacónica por cierto, era al propio tiempo absoluta, concluyente, en aquellos tiempos, tratándose de un aventurero cualquiera, a quien las más veces, como un recurso fundadamente confidencial y necesario acaso, se imponía un apodo casi siempre imaginario y ridículo.

Véase por qué, tal vez por la belleza misma de este personaje, o quizás por sus famosas travesuras, que eran muchas, hacíase llamar generalmente Lucifer, a cuyo fatídico nombre solía responder con una extraña sonrisa, que parecía tener algo de sobrenatural y diabólica, al decir de las buenas gentes de antaño, según la tradición y las crónicas.

Y ese mismo nombre que ignoraban muchos, o se abstenían de pronunciar por no caer tal vez en pecado, pocas veces sonaba en público, a fin de no producir un escándalo moral de conciencia; y por igual razón nos hemos abstenido de revelarlo hasta ahora, en que es indispensable hacerlo, a fin de no introducir la confusión en nuestra obra, y por lo cual, como escrupulosos en determinadas materias, recomendamos el secreto al público.

Ambos magnates ignoraban también esa circunstancia por entonces, pues de lo contrario el uno de ellos le catequizara acaso, mientras que el otro no acertamos a afirmar qué hiciera con aquella parodia impía singularmente personificada. Bien es verdad que el aventurero había adoptado poco tiempo ha, según la tradición, aquel siniestro nombre que, para colmo del misterio, procuraba recatar lo posible.

-¿Con qué le habéis tentado, eh? preguntó Peláez al de Altamira en tono festivo y burlesco.

-De todos modos, repuso éste, y por cierto que aun habiendo apelado a diversos medios, ha afrontado mis ataques y los ha rechazado de una manera tenaz y obstinada en un grado que honra su carácter: no ha habido recurso, ha sido repelida de un modo heroico. Confieso, mi querido primo, que he traslucido en él todo un campeón, un caballero, y sobre todo, un pecho de diamante incontrastable de todo punto. Su abnegación, su serenidad y firmeza me han confundido, y creo que es el mismo hombre que necesito.

Ataulfo se interrumpió con un fuerte ataque de su tos seca y fatigosa.

-Según parece, le preguntó luego el obispo con su tonillo socarrón y cáustico, ¿han mediado también amenazas de cierto género, eh?

-Amenazas reales, de esas que aplastan en estos tiempos la frente de los gigantes; pero que tampoco han bastado a desviarle de la senda del honor y de la consecuencia, que parecen ser su fuerte, y le caracterizan. Ese hombre, ¡Dios me perdone! es algo más que hombre, acaso sea un héroe, y en verdad que es lástima no confiarle la conducta de un poderoso ejército.

-Le conocéis mal, conde, solo es un buen guerrillero y hábil estratégico cual ninguno; título que en nuestras montañas vale más que cualquiera otro que vos le atribuyáis: verdadero rey y dueño de la topografía del país, es hombre al propio tiempo capaz de sondear por sí solo, y sin auxilio de guías de ningún género, los más ocultos resquicios, y descubrir el paradero o guarida de los criminales, cuya aprehensión se le cometa.

Ataulfo saltó con viveza sobre su asiento, estimulado por una idea a la cual correspondieran las últimas frases del prelado, quien sin pensarlo acaso acababa de poner el dedo en la llaga.

-¿Estáis seguro de ello? se apresuró a decirle con marcada ansiedad. ¿Ese hombre sabrá investigar dónde se oculta mi asesino y le entregará al brazo de mi justicia?

-No puedo ir tan lejos, según podéis comprender; sin embargo, lo que si os diré, que si puede darse una persona capaz de llevar a cabo tan delicada cuanto importante empresa, es ese mismo joven, a quien podéis dirigiros en la plena confianza de que sabrá desplegar sus poderosos medios a fin de obtener un buen éxito, si cabe. Me parece os digo lo bastante; así, pues, empleadle a él y a los suyos, sed generoso y pródigo, que es el principal estímulo para llegar a un buen fin, y luego daos prisa a devolverme esas mismas prendas que garantizan la seguridad de mis estados, amenazada su integridad por la ambición de Alfonso.

Poco después separábanse aquellas dos eminencias político-religiosas de la época, y cuya alianza acababa de recibir cierta sanción legal, robustecida más y más desde aquel día.



La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión