La corona de fuego: 58

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda



Capítulo V - La inundación[editar]

¡Infamia sin igual! ¡oh, materia impura
Escándalo tan cruel tan inaudito,
Que si acaso conjuro
Las artes de su espíritu maldito,
No pudiera llegar a más altura,
No pudiera crear mayor delito.


A este tiempo un hombre anciano empapado en agua y fatigado al parecer por una larga carrera, hendió el grupo de soldados que invadiera el vestíbulo que precedía al gran salón y que constituía el cuerpo de guardia de S. A. y penetraba aun a pesar de las prohibiciones que se le oponían, hasta llegar a la presencia del monarca a cuyos pies cayó desfallecido.

Durante la carrera, aquel hombre, a quien creyeron loco o alucinado, lanzaba desesperados y alarmantes gritos y gesticulaba como un energúmeno, circunstancia que pasaba desapercibida en cierto modo en medio de las tinieblas de la noche y del bullicio de la soldadesca.

Era Omar-Jacub.

Aun a pesar suyo hubo de permanecer un instante mudo y silencioso, mientras tomaba aliento y se reponía del cansancio.

-¿Qué ocurre pues? exclamó el Rey visiblemente inmutado.

-Una gran desgracia, señor, repuso el anciano hebreo; Ataulfo, ha hecho soltar el dique de los estanques y cisterna de la fortaleza, ha mandado levantar las compuertas y a estas horas todas las prisiones y subterráneos están ya inundados: las aguas crecen con asombrosa rapidez, y a estas horas es bien posible que hayan ocurrido lamentables desgracias.

En el semblante de Ataulfo pareció brillar una sonrisa de satisfacción diabólica.

-¿Es cierto? exclamaron a la vez el Rey y Gonzalo, atónitos por las palabras del hebreo y lanzándose hacia la ventana por un movimiento instintivo y rápido.

Los soldados agitábanse presurosos en el patio, iluminado por algunas teas colocadas en los postes: reinaba entre aquella tumultuosa multitud una algarabía confusa, entre la cual percibíanse gritos de socorro; improperios y votos.

Era éste el comprobante de la desgracia que anunciara el judío.

-¿Y Veremundo?

-¿Y mi padre?

A estas dos exclamaciones unísonas, simultáneas, contestó Eleazar con un signo de desesperación juntando las manos elevándolas luego al cielo sobre su cabeza con una expresión indescriptible.

-Por fortuna, dijo con cierta sutileza ferviente y equívoca, hay un Dios remunerador y justo: ¡él haya tenido misericordia de esas pobres víctimas!

-¡Volemos pues a socorrerles, si todavía es tiempo!

-Es inútil, repuso Eleazar, moviendo la cabeza con amarga desesperación; los subterráneos están intransitables la inundación es completa y el agua invade todos los buques: no hay medio ya posible de salvación; todos los prisioneros deben haber, perecido ahogados y yo mismo he visto flotar algunos cadáveres sobre las aguas. A vos, señor solo toca ya ahora hacer justicia de este crimen, en nombre de la humanidad al menos.

-Ese hombre dice la verdad, exclamó Ataulfo con sombrío sarcasmo; es ya inútil tratar de contener el estrago; la disposición misma de la región subterránea del Castillo impide la salvación de persona alguna. Veremundo ha perecido, y mi obra ha recibido su última mano: ése era el golpe de gracia que reservara y ya está dado: Ahora os toca a vosotros.

Alfonso pronunció una palabra secreta al oído de Gonzalo, como para alentarle, porque el pobre mancebo estaba a punto de enloquecer de despecho y tristeza.

-¡Maldición sobre ese hombre! exclama con un rasgo de inspiración suprema; es preciso, Señor, apresurar el castigo, si os place, y desagraviar cuanto antes la sociedad y la justicia: es necesario que no quede huella de este maldito edificio de la iniquidad y del crimen, el cual debe arrasarse y reducirse a escombros y pavesas, pero esa venganza no me compete a mí, Gonzalo que he delegado en vos mis facultades: salgo de este asilo del crimen y de la iniquidad escandalizado de mi propia tibieza y llevando en mi corazón el cáncer roedor del remordimiento, que es el germen del pecado y el eco de una conciencia combatida por la tempestad de las contradicciones y debilidades humanas. Aleje Dios de mí ese fantasma y acalle el grito que conturba mis sueños y pierde mi alma en un devaneo continuo: sed pues el ejecutor de vuestra venganza misma, en desagravio de la ley ultrajada; yo podré alentar ya entre tanto, persuadido como estoy de que sabréis aliviar a mi corazón del peso que le oprime.

El Rey marcó un movimiento, como preparándose a salir del salón.

-Esperad, señor, gritó Eleazar aproximádosele y asiendo tenazmente el talabarte de su manto de púrpura, puesto que el castillo de Ataulfo es ya de todo punto inevitable, debo revelaros todavía otro atentado de que quiso hacerme instrumento.

-¡Esto más!

-Sí, me ordenó que prendiese fuego a Altamira cuando vos y vuestros soldados estuviereis dentro, para que así pereciereis todos achicharrados.

-¡Horror! exclamó el príncipe, aturdido por tantos crímenes.

Y con la manos puestas sobre su cabeza, salió de aquella pieza tan hondamente preocupado, que fue necesario le guiasen a la plataforma que dividía ambos cuerpos del edificio, como una vasta prescinción bizantina.

Desde allí, al brillo fugitivo de los relámpagos que cruzaran el limbo de la oscura noche, percibíanse, al través de su claridad fatídica, las tiendas del campamento diseminadas por los collados en una vistosa simetría.

Los soldados vivaqueaban alegres en aquellas alturas y cantaban trovas de una candencia monótona. Otros discurrían por los patios, jurando y blasfemando, preocupados por la sorpresa de la inundación y por el enjuiciamiento del conde, sobre cuya suerte formábanse diversos comentarios.

Pero sobre todo, lo que absorbió entonces la atención del Rey fue aquella copiosa porción de aguas que inundara los fosos y barrancos y sobre las cuales parecía flotar el vasto edificio como un tétrico y gigantesco espectro de indefinibles formas. El brillo de los relámpagos resbalaba sobre aquella superficie movible y tersa como un espejo encendido.

Precipitábanse las corrientes como sonoras cascadas para buscar los sitios más bajos, los barrancos y sinuosidades y las simas profundas de los terraplenes. Por algunas partes era tan impetuoso el curso, que arrastraba todo cuanto hallara al paso, y socavaba los cimientos, produciendo a veces hundimientos en las bóvedas subterráneas que cruzaran el vasto edificio.

Entre tanto estallaba la tormenta con asolador estruendo, los truenos se sucedían a indeterminados intervalos y resonaba en las montañas próximas, ese estridente rumor que es el eco de la naturaleza en su vértigo.

Llovía a torrentes, y el espacio encendido por aquellas fatídicas exhalaciones que en medio del fuego azufrado de los relámpagos, vibraba el cielo, parecía hundirse ante el rotundo crujir de los polos que parecían quebrarse al ímpetu de los elementos en choque.

No obstante, faltaba todavía otra pincelada para complemento del cuadro destructor que amenazara absorber en su estrago al universo entero. Aquella noche debiera ser horriblemente desastrosa, los elementos no debían hacerlo todo sin el concurso del poderoso auxiliar del hombre, esa fiera la más terrible de la creación.



La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión