La corona de fuego: 45

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda



Capítulo XIV - El remolino de los ajusticiados[editar]

(CONSEJA.)
Junto a aquesta palmatoria,
Formad círculo, zagales,
Que si conservo memoria,
Voy a contar una historia
Con sus puntos y señales.
Y a la luz de la candela
Charlaré en jerga lacónica
Mientras quede lengua y muela,
Los detalles de una crónica
De los tiempos de mi abuela.
Y oiréis con cuánto donaire,
Desde el cántabro confín,
Os jura un rancio compaire
Que vio volar por el aire
Diablillos con faldellín.
(Cantiga romancesca.)



I[editar]

En la época de que vamos hablando y sobre la cumbre del collado do San Cayetano, antes de Satanajildo, junto a la ciudad de Mondoñedo, alzábase un torreón cónico aspillerado, con pretensiones de fortaleza, y que fue abandonado en tiempo de la última restauración de dicha ciudad por Alfonso III el Magno en el año 870.

D. Fulgosio Gómez Arias de Castro, que lo poseyó luego en clase de donación remuneratoria por la corona, trató de reparar la fortaleza; pero la muerte atajó sus pasos, anulando el proyecto, y aquella obra romana quedó de nuevo abandonada al estrago de los siglos, hasta el extremo de no restar en la actualidad ni el más mínimo vestigio de ella.

Porque a mediados del siglo XVII, un inquisidor natural de Lugo, mosén Íñigo Bocanegra, persona bastante influyente y poderosa, obtuvo permiso del cabildo para destruir, como se efectuó, la indicada torre, haciendo volar los restos ruinosos ya de aquel pequeño monumento, hasta los mismos cimientos de hormigón que le sirvieran de base y radicaban a una profundidad inmensa.

Los motivos que pudo alegar para ello el fanático inquisidor fueron bien peregrinos por cierto, cuando no absolutamente ridículos: tratábase, según él, de aplacar el terror del pueblo de Mondoñedo ante la siguiente leyenda que corría de boca en boca como artículo de fe, y que vamos a trascribir antes de continuar la narración de nuestra interrumpida obra, y tal como se nos ha referido.

«Corrían los años 785 de Jesucristo.

»Reinaba en Asturias Mauregato, príncipe indigno y cobarde, cuya memoria ha pasado a los siglos envuelta en la reprobación y el descrédito.

»Este príncipe, abominable por sus actos, acababa de gravar a sus dominios con un tributo odioso.

»Era el conocido feudo de las cien doncellas, otorgado en favor de Abderramán I, rey moro de Córdoba.

»A tal precio quiso comprar el infame sucesor del gran Pelayo una paz innoble y afrentosa, y una protección más o menos sincera por parte de los invasores.

»Pero el orgullo clásico español, tan proverbial en los fastos de este generoso pueblo, no podía tolerar un borrón tan infamante y vil.

»Porque era insostenible de todo punto ese estado pasivo que la presión inicua de las circunstancias convertía en abuso.

»Esa aparente calina imponía a quien la observara de cerca, como un mar explotado por el mugido sordo de la tempestad y cuya tranquila apariencia siempre es precaria.

»¡Ay del día en que el león, dormitante entonces, sacudiese el letargo de su fiebre!


II[editar]

»Mauregato el tirano, el cobarde, el infame, murió en Pavía el expresado año.

»¡Desgraciado príncipe!

»Porque hay quien afirma que ni una lágrima causó esta muerte; ni una sola siquiera. Y es creíble.

»La memoria de este hombre odioso cayó como una mancha indeleble, inmunda, en la marcha de la civilización cristiana.

»Los leoneses y astures, los cristianos todos de la Península, parecieron respirar de un gran peso, congratuláronse en su alegría y se exaltaron.

»Las montañas cantábricas con mucha más razón se conmovieron, y fue tal su alborozo, que resonaron al eco de aquellas demostraciones públicas con que los siervos de la Cruz celebraran el juicio de la Providencia, que citaba a aquel rey pecador ante su justicia.

»Los hijos de Pelayo, esos virtuosos astures de costumbres patriarcales tan puras, pero al propio tiempo tan tenaces como fieles a su tradicional carácter, aclamaron unánimes por su rey a Bermudo o Veremundo, apellidado el Diácono, y le elevaron sobre el pavés a la suprema dignidad del solio, de aquel solio federativo colocado al frente de una verdadera república, disfrazada con otro nombre, pero venturosa y libre.

»¡Oh que dichoso sistema! ¡La monarquía democrática!... ¡Armonía feliz! Concordancia práctica del Evangelio y del hombre, ligados en un pacto civil dos veces santo.

»La unión de hecho y de derecho, la defensa recíproca, la igualdad ante la ley, la alianza social, y como consecuencia de todo, el engrandecimiento de la patria amenazada.

»Y en verdad que ante esa necesidad de los tiempos no podía retrocederse en modo alguno sin arriesgar con ello supremos intereses creados; ni de otro modo hubiérase sostenido aquel pequeño Estado naciente, que crecía al abrigo de paternales leyes, a cuyo favor ha ido prosperando hasta un punto poderosísimo: hasta imponerlas al universo.

»Sí, porque pocas naciones han rayado a tan sublime altura.


. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

»Mauregato, al ratificar el tratado por el cual compraba una paz afrentosa, a cambio de ese odioso padrón de infamia que legara a su pueblo, avistóse con Abderramán en un monte inmediato a la ciudad de Mondoñedo, cerca del arroyo de Valiñadares; punto donde se habían dado ambos de antemano la cita, y a la cual concurrieran ambos príncipes con la mayor puntualidad.

»El moro iba acompañado de una taifa de peones: el cristiano iba asimismo escoltado por una guardia de diez caballeros cántabros, valientes y leales a toda prueba, pero cristianos viejos antes que todo, y temerosos de su Dios.

»Ocioso es decir que ignoraban estos la causa de aquel tenebroso concierto.

»Era de noche y llovía menudamente, o por mejor decir, nevaba con un viento glacial.

»Con todo, aquella negociación odiosa requería las tinieblas de una noche triste, explotada por la naturaleza en su vértigo. ¿Cómo, pues, pudiera celebrarse a la luz del día?...

»Y sucedió que ambos príncipes hubieron de guarecerse en una cabaña de pastores, porque el frío era intenso y la lluvia arreciaba.

»La noche era cada vez también más densa, y a indeterminados intervalos la tempestad que bramara sordamente bajo su capa de negras nubes, trazaba en el tenebroso espacio angulosas parábolas de azufrado fuego que rasgaban el horizonte, como inflamadas serpientes, después de lo cual estallaba el rayo al compás del trueno fragoroso.

»Ambas comparsas permanecían separadamente en dos grupos a la parte exterior de la choza, y guarecíanse de la espesa lluvia con las adargas de cuero diestramente colocadas sobre sus cabezas en forma de testudo romano.

»El brillo de los relámpagos, al herir las figuras de aquellos fantasmas de la noche, resbalaba sobre sus armaduras de acero, arrojando un destello fatídico y siniestro.


. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

»Y mientras tanto, al compás del vértigo de la naturaleza irritada, concertábanse las bases de aquella capitulación odiosa y maldecida.

»Hay quien afirma que ambas partes contratantes, cuando hubiéronse convenido y cuando húbose extendido aquel pacto infernal, picáronse las venas y lo signaron con tres gotas de sangre cada uno.

»¡Tres gotas de sangre! Número cabalístico, simbólico, que lanzara un cruel epigrama sobre aquella triple alianza de potestades malditas:

»El infierno, Abderramán y Mauregato.

»¡Mauregato! ¡Oprobio eterno para su nombre y para su memoria; esa memoria odiosa que es el escándalo, la execración de las generaciones cultas!


III[editar]

»Y como sucediese que los nobles señores cristianos comprendieran que se trataba de una convención clandestina (habían venido ignorantes de lo que se trataba, según dijimos), entraron en recelo, y llenos de altivez se atrevieron a preguntar a Mauregato el objeto de ella, es decir, le pidieron una capitulación algo atrevida.

»Porque es de advertir que esos mismos magnates tenían fuero de consejo, y no estaban dispuestos a renunciar este privilegio.

»Fue aquel un incidente que abochornó al orgullo del rey, quien les reprendió con dureza, despidiéndoles de su presencia con furor colérico.

»Pero ellos que, al parecer, habían logrado traslucir algo de aquella conferencia criminal, supieron arrostrar con dignidad el insulto y pusieron mano a la espada.

-»¡Traición! gritaron, ardiendo en coraje y aprestándose a la lucha con denuedo.

»Los musulmanes, escandalizados ante aquel desacato, desnudaron sus cimitarras y lanzaron a la vez su grito de guerra:

-»¡LE GALIB ILLE ALLAH!

»Según ellos, los cristianos, al atreverse a hacer la demostración más mínima de amenaza delante de su rey, cometían los delitos de rebelión, de alta traición, y de lesa majestad, como hoy diríamos; delitos para los cuales, el fanatismo musulmán, tan ciego y servil, no halla gracia.

»Abderramán se alarmó también, extrañando que pudiese haber vasallos tan sediciosos que se atrevieran tan descaradamente a su rey.

»Mauregato tembló de pies a cabeza ante aquella demostración tan resuelta, ante aquel choque irreconciliable y tenaz.

»Porque era cobarde, con esa cobardía vil que agravan los remordimientos de una conciencia como la suya, herida con el tremendo fallo de la Providencia.

»Vertió un rugido de ira, crujieron sus dientes y devoró el ultraje en de esos aterradores momentos que ponen a prueba el temple del ánimo.


IV[editar]

»Uno de los próceres, arrebatado por la indignación, puso su mano sobre Mauregato, sobre aquel hombre que no era ungido de Dios, y cuya investidura regía era un insulto.

»Aquel hombre, cuyas manos estaban todavía manchadas con la sangre inocente de Bimarano, habían usurpado el cetro, y sus profanadores pies habían escalado el trono de Pelayo; ese trono venerable, santificado en Covadonga, como la estrella de la civilización cristiana destinada a brillar y engrandecerse en medio de las tinieblas de la barbarie y regenerada por la sangre del martirio, bajo la emblemática enseña de una cruz luminosa y fulgente, como el brillo de la Transfiguración.

»El varón tan bravo y animoso que reconvenía a Mauregato, era Bermudo el Diácono, legítimo sucesor de Pelayo, Favila y Alfonso el Católico, esa trinidad reparadora y digna que echó los fundamentos de la verdadera monarquía en España.

»Mauregato el cobarde retrocedió helado de espanto. La sombra de Bimarano, lívida y sangrienta, de mandábale el trono y la honra del pabellón nacional insultado.

»Porque Bermudo era hijo de Bimarano, por más que algunas crónicas mal informadas traten de oscurecer y aun de negar este hecho.

»Bimarano, el valiente infante, muerto a mano airada por Fruela el fratricida, que invirtió por medio de este criminal atentado el orden genealógico de sucesión al trono del gran Pelayo.

»Y se empeñó al punto un sangriento combate entre los caballeros cristianos de una parte, y de otra los moros, cuya severa disciplina pareció hallar un justo motivo de agresión contra ellos, en aquel acto irreverente con que amenazaran a su soberano, faltando con ello al decoro debido a esa institución suprema, imagen personificada, según dicen, de la Divinidad en la tierra.

»Así al menos discurrían, y aun discurren hoy ciertas imaginaciones idólatras, fanatizadas por una exaltación extrema.

»Y peleaban encarnizadamente, como tigres rabiosos, a la luz fosfórica de los relámpagos y al embate de las ráfagas del huracán que silbaba con su atronador acento entre los torbellinos de agua y granizo.

»Era aquella una repugnante lucha, a ciegas, perdidos todos en el limbo de la tenebrosa noche, mientras Abderramán, valiente, animoso y bravo, se precipitaba en aquel belicoso grupo, y con su tonante y majestuoso acento restablecía la concordia entre los contendientes.

»Mauregato el cobarde permanecía guarecido en la choza, contraído por el furor y por el deseo de una sorda venganza, que daba a su fisonomía cierto aspecto huraño, salvaje,

»Abderramán, por su parte, ardiendo en coraje, decretó en el acto la muerte de sus caballeros, por el delito de haber provocado aquel lance temerario sin su permiso.

»Mauregato a su vez pronunció igual fallo respecto de los suyos, y pidió a Abderramán un verdugo que se encargase de ejecutar la sentencia.

»Los moros depusieron al punto las armas y sometiéronse a su rey sin réplica.

»Pero los magnates cristianos hallaron medio y lugar de emprender la fuga, y huyeron, burlando así la intención del tirano príncipe, a favor de las tinieblas de la noche.


V[editar]

»Y sin embargo, la justicia se ejecutó en los caballeros árabes en aquel mismo sitio, sobre la fragosa colina que diseñamos, y tuvo lugar, al rayar la aurora, cuando las nubes se evaporaban del valle bajo el azulado cenit, como grupos de livianos fantasmas...

»Los primeros rayos del sol naciente alumbraron un sangriento cuadro: las cabezas de los diez musulmanes (porque fueron diez contra diez los combatientes) alzadas, sobre escarpias en un poste levantado de intento para el caso junto a la cabaña misma del, pacto, y otros tantos troncos mutilados y palpitantes, hacinados como una pira, bajo el florido toldo de ella.

»Allí permanecieron todo el día, y a la siguiente noche los astrólogos y nigromantes de Abderramán I construyeron en aquel mismo sitio un sepulcro monumental, donde enterraron aquellos troncos insepultos, cuyas cabezas achicharradas se remitieron al califa de Córdoba, quien las reclamó por un simple capricho de curiosidad. ¡Singular capricho! Y devolviéndolas luego, para que fuesen colocadas en otros tantos nichos que rodearan el óvalo almenado de la torre funeraria.

»Así se hizo, y diose desde entonces a esta misma torre el nombre de Remolino de los ajusticiados.


VI[editar]

»Luego, andando el tiempo, diz que dos ancianos de distinto secto aposentáronse en esta torre, que el vulgo empezaba a mirar ya con sombrío pavor y respeto.

»Eran éstos, dos genios que tomaran forma humano, a fin de no despertar sospechas, por lo menos en el clero que les hubiera prodigado conjuro sobre conjuro, hasta lanzarles de aquel asilo maldito, donde al parecer tenían que cumplir una misión secreta.

»Por las noches, hacia la tercera vigilia, cuando las tinieblas invadieran totalmente la zona de aquella comarca, acudían de tropel en bandadas, de los puntos más distantes, millares de brujas, enjambres de demonios y seres infernales, atronando con sus panderetas y castañuelas, y poblando el aire en bullicioso alboroto.

»Y corrían, corrían, deslizándose con un vuelo oblicuo, silbando en torbellino, arremolinándose, cerniéndose como bandadas de mortíferas aves de rapiña sobre los cementerios, en los cuales solían estallar fuegos fatuos, errantes, parabólicos, de un brillo azulado y fatídico.

»Luego aquel escuadrón de espíritus siniestros solía dispersarse; replegábase, aglomerándose a veces; agitábase en evoluciones extrañas, alejándose siempre de las iglesia, de las mezquitas, y hasta de las sinagogas mismas, de todos los santuarios, en fin, donde bajo cualquiera nombre y forma y denominación se tributa a Dios culto.

»Y caían luego como una tromba airada sobre la torre que habitaran los genios, y que lo absorbía todo bajo su áspera silueta apizarrada.

»Y en aquel tiempo, en aquel mismo lugar diz que solían celebrarse horrendos conciliábulos de brujas en aquelarre bajo la presidencia de ambos viejos, coronados de astas de fuego y reclinados sobre lechos de sapos, vestidos de terciopelo verde, y de trasparentes culebras, coquetas y juguetonas, replegadas sobre sus anillos sonoros y cristalizados.

»Pero acaeció que el pueblo de Mondoñedo, amedrentado por el portento, elevó queja, y se instruyó expediente informativo, del cual vino a resultar todo plenamente acreditado; ítem más: desde el fondo del valle donde asienta la ciudad sobre las cumbres de Padronelo, Peña de Roca, Arca y Pombeiro, que la rodean como un ceñidor de piedra, solían estallar a veces fragorosos ruidos, rotundos como un terremoto y vibradores como el estallido del trueno. Surgían luego fuegos rastreros como cabelleras de llamas, y en medio de ellas, como evocadas por un conjuro mágico, aparecían en los aires, rodeadas de una sangrienta aureola, diez cabezas humanas, cuyos ojos destellaban rayos por sus alvéolos, en cuyo centro ardía una centelleante pupila.

»Susurróse que el cabildo eclesiástico iba a tomar por lo serio el negocio, lo cual no dejaba de ofrecer sus riesgos en aquellos tiempos, o por mejor decir, en aquellas circunstancias; pero cuando iba a darse al público un espectáculo imponente de su género, reprodújose cierta noche el prodigio a la hora de costumbre, pero con mayor impulso, y la ciudad entera, es decir, sus moradores, consternados, diseminados por el valle, vieron con sombrío pavor brotar y estallar sobre la cúspide de la torre aquel fuego fosforescente con una explosión que atronó el espacio.

»Luego aquella masa luminosa tomó la forma de una columna flotante, como un penacho de fuego que íbase elevando lentamente entre torbellinos de aplomado humo; y sobre aquel dédalo de llamas, columpiándose en la región del aire; aparecieron también los, dos ancianos moradores de la torre encantada, rodeados de diez cabezas humanas, cuyas fisonomías feroces hacían repugnantes gestos.

»Es fama también que aquel nuevo fenómeno fue elevándose todavía más entre infernales meteoros e indescriptibles seres, que debieran ser quizás demonios bajo grotescas formas... Luego aquel fulgor siniestro, que esparcía en la zona un reflejo fatídico y sanguinolento, fue alejándose, disminuyendo a medida que se aumentara la distancia.


VII[editar]

»Es fama igualmente que aquella terrible explosión con sus alboradas fatídicas siguió la dirección del río Tamboga, pasando por San Gregorio, siguiendo luego las inflexiones de las pintorescas márgenes del Tambre, hasta el cabo de Finisterre, en el Océano Atlántico, desde donde pudo percibirse el fenómeno.

»Las buenas gentes, atraídas por la novedad del mismo, salían a la campiña para observar absortas aquel cuadro terrible que inflamara los aires en aquella atmósfera luminosa, que un silbido invisible hacía vibrar con un estallido metálico.

»Hubo más: diz que una pobre ciega de ambas vistas, estimulada por la curiosidad, al eco de aquel rumor tan alarmante que corriera de boca en boca, salía a tientas de su cabaña, preguntando a gritos con voz trémula:

-»¿Dónde, dónde?

»Un pechero que acertara a pasar entonces, lleno de entusiasmo repuso:

-»Allá alto: mira[1].

»La anciana, aunque ciega, miró en efecto maquinalmente al cielo.

»Y ¡cosa extraña! tuvo lugar entonces un nuevo, prodigio: aquella mujer vio el fenómeno.

»Lo vio, sí, cernerse como una masa inflamada sobre un edificio gótico, especie de castillejo asentado sobre una montaña próxima a Santiago.

»Vio también descender luego aquel torbellino de fuego o de luz sobre la negruzca mole, coronándola de una zona luminosa, mientras que los viejos columpiábanse en los aires en medio de las diez cabezas en forma de círculo, riendo todas aquellas fisonomías horrendas con cierta expresión burlesca y satánica.

»Aquel edificio era el antiguo castillo de Breñales, restaurado o construido acaso por Fruela el rey fratricida, en la persona de Bimarano, y que desde entonces, por una de esas casualidades que no se explican, empezó a llamarse de Alto-mira, aludiéndose al dicho de la vieja, célebre ya por el prodigio de haber, recuperado la vista. Luego, andando los siglos, ha vuelto a modificarse ese nombre, dicho hoy por corrupción de Altamira

»Pero volvamos al asunto.

»Mientras que aquella enorme cabellera de llamas lúcidas e incandescentes descendía sobre el castillo, proyectando en lontananza la fantástica visión de que se ha hecho mérito, mientras que el aparente incendio rebramara en la región etérea con su tonante silbido, para desaparecer luego en las tinieblas de la noche; una de éstas, es decir, la misma de que antes íbamos hablando, una manga de fuego envolvió rápidamente el torreón de Satanagildo, y lo devoró con un estrepitoso estallido.

»Durante un momento una alborada luminosa, infinita, esparció en el espacio un fulgor radiante... Ardieron los cielos y la tierra, y todo terminó con otra explosión horrenda.

»Al día siguiente solo quedaba allí un montón de calcinadas ruinas derrumbadas hacia el valle.

»Sin embargo, continuó llamándose el Remolino de los ajusticiados, mientras que, como ya dijimos, el castillo de los Breñales cambiaba este nombre por el de Alto-mira, degenerado hoy por corrupción en el de Altamira.

»Permitido es suponer la existencia de cierta analogía entre ambos monumentos; pero cuestión es ésta cuya solución debe aplazarse.

»Lo demás qua tiene referencia con esa torre, queda ya referido en el capítulo IV de esta parte. Respecto al castillo de Altamira, todavía continuamos pendiente el hilo no interrumpido de su enlace.

»Solo sí añadiremos que una especie tradicional aseguraba como artículo de fe que ese altivo monumento feudal tan imponente, debiera ser arrasado un día hasta sus fundamentos por una desgraciada catástrofe, cuyo recuerdo pasaría a los siglos como una de las grandes vicisitudes anecdóticas de la historia patria.

»Así lo habían predicho unos agoreros normandos, y de ese funesto horóscopo hacíase eco la superstición del vulgo, que miraba a aquélla sombría mole con apenadora inquietud, cuya realidad trataremos de acreditar a medida que desenlacemos el plan desarrollado ya de nuestra obra, y que forma la base del enigma.»



Notas:

  1. Textual e histórico.



La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión