La corona de fuego: 17

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Capítulo VIII - La alarma[editar]

¡Verted ¡ay! maldiciones
Sobre esa infame furia del averno
Que finge devociones
Y con halago tierno,
¡Pérfida! encubre un mundo de traiciones.


El asesino se halló, efectivamente, al campo libre.

Sentóse sobre un peñasco, junto a un grupo de enebros, y vertió una respiración sonara larga tiempo comprimida.

Pasó la mano por la frente húmeda de sudor, y quiso en vano coordinar aquel tropel de siniestras ideas que cruzaran por su mente entontecida por un alucinamiento profundo.

La ejecución por lo menos del atentado y fuga había sido sumamente rápida, obra de bien poco minutos. Y sin embargo, parecíale un sueño mortal muy lejano, una pesadilla o una de esas tentadoras ideas que cruzan imaginarias por la mente exaltada, por una predisposición febril entre aterradores fantasmas.

Luego su vista, azorada y trémula, giró en rededor como si le persiguieran: quiso huir, pero sus piernas flaquearon, obligándole a permanecer como enclavado en aquel punto.

Aquello era el primer periodo de esa instintiva reacción de la conciencia que se llama remordimiento.

La soledad del sitio, su aspereza, selvática, su pintoresco aspecto y aquella rústica poesía que reflejara el cuadro del paisaje, contribuían en conjunto a enardecer la inspiración de su ánimo violentamente sobrexcitado por tanta peripecia.

Siempre escarpadas breñas, barrancos y encumbradas crestas, abismos inaccesibles, y que las pálidas tintas de la noche exageraban más todavía, imprimiendo a todo un matiz puramente fantástico, y allá, en las hondonadas del yermo, en las faldas pedregosas e irregulares, medio iluminadas por la luna con un tinte diáfano y tenue ante la progresiva degradación de las sombras, como sudarios grises contraídos en caprichosos repliegues, diseñábanse varios grupos de arbolillos y arbustos de un verdor aterciopelado, como informes manchas que salpicaran los accidentes del terreno.

En medio, pues, de ese silencio, de ésa soledad y de ese mismo cuadro, una voz terrible, no muy lejana, resonó con un acento enérgico en aquellos riscos, que prolongaron su eco rotundo largo rato.

Era el grito de alarma lanzado por el vigía del castillo y repetido por los demás centinelas, como una descarga sostenida y creciente.

Aquella voz, alterada visiblemente por la sorpresa y el terror, vino a despertar de su abstracción al joven, que sacudiendo sus vacilaciones, púsose de pie y huyó al acaso a través del campo sin rumbo determinado y fijo, ni más ni menos que si le persiguiese un fantástico escuadrón de sombras.


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Mientras tanto, el grito de alarma, propagándose por todos los ámbitos del castillo, cundía como un eco funeral por su vasto recinto; los soldados se armaban presurosos, y los convidados, en su mayor parte, abandonando sus dormitorios, salvaban los reductos del parque y huían despavoridos por do quier, precipitándose en los fosos algunos de ellos y participando todos de aquel alarido general que difundiera el espanto y el terror por todas partes.

Al propio tiempo un hombre Pálido, ensangrentado y casi desnudo, bajaba envuelto en una sábana, medio arrastrando por la escalera principal, sosteniéndose penosamente contra las paredes y oprimiéndose el costado con una mano.

Aquel hombre era el conde de Altamira.

Un reguero de sangre marcaba las huellas de su tránsito, y en su rostro notárase esa lívida palidez que caracteriza el desfallecimiento físico producido por la pérdida de fuerzas.

-¡Traición!!! exclamó con un acento exánime y cayendo al punto aplomado en tierra, aniquilado por aquel esfuerzo supremo, mientras que la sangre hervía a borbotones en las heridas del costado.

La señora Palomina, medio desnuda, y simulando una soñolencia profunda, acudió presurosa, estregándose los ojos, trémula, despavorida y vertiendo un copiosísimo llanto, que por cierto, como es de suponer, nada tenía de sincero.

-¡Pobre amo mío! exclamaba mesándose los cabellos y precipitándose sobre el desventurado conde, que exánime y desvanecido, murmuraba por lo bajo:

-La traición se alberga en mi casa, y yo soy la primera víctima. ¿Qué será de la condesa a estas horas?

La dueña pudo responder con su vida de la de Constanza, así se lo juró al conde; pero este nada oía ya, presa que era de un profundo deliquio.

Entonces aquella arpía infernal, exaltada más y más por su pretendido dolor, precipítase corriendo por las galerías, esparciendo más y más la alarma, y reclamando solícita los auxilios de la religión y de la ciencia al obispo y a su médico, el cual acudió al punto a curar al herido, mientras que el primero, sumido todavía en su letargo, apenas pudo pronunciar una frase ininteligible para volver a dormirse, presa de la acción del narcótico.

La guarnición del castillo, armada y equipada definitivamente, se había reunido en el patio, y a la luz de las mil antorchas que ardían en los resaltes de la plataforma, sobre los matacanes y torreones, en los canzorros, en todos los puntos del edificio, dieron principio a las pesquisas; adoptáronse disposiciones, entre ellas la de redoblar los centinelas y avanzadas, previo el correspondiente relevo, y el muro, coronado bien pronto de soldados, presentó en seguida, con esta súbita improvisación, el aparato de una plaza de guerra en asedio, combatida por un enemigo invisible.

Aquella iluminación intempestiva, que se alzaba progresivo incremento, extendía en la vasta campiña una zona luminosa, en medio de la cual, brotando de la espesa selva, sobre la colina calcárea donde radicara, descollaba la sombría mole de las Torres de Altamira, como un espectro de formas gigantescas, nadando en un lago de luz fosfórica.

Payo Ataulfo, retirado a la sala de enfermería, era objeto de la tierna solicitud de la maligna dueña, la cual, inclinada sobre el lecho de la víctima, vertía improperios contra el asesino, exhalaba, dolorosas quejas y pronunciaba votos de enteras penitencias a trueque de la salud de su amo, tan bueno, tan inocente y santo.

Los circunstantes, cuyo corazón condolían las quejas de aquella mujer infame, trataron en vano de retirarla, porque ella reclamó sus derechos de dueña directora de aquella familia, y que todos hubieron de respetar de grado o por fuerza.

Y al paso que se empeñara un turbulento altercado entre aquella imprudente servidumbre, no perdíase tiempo en continuar las pesquisas en averiguación del criminal, y que no produjeron resultado alguno favorable.

Ataulfo, presa de un fuerte parasismo, pronunciaba amenazadoras palabras de una ilación incoherente, y allá a poco declarábase un profundo delirio, que hizo palidecer de terror a la vieja.

Indudablemente ambos eran cómplices de algún feo delito, cuya revelación temía ella se escapase al delirante conde.

-¡Oh! estoy perdida sin recurso, murmuró a media voz, alterada por un temor cobarde y sombrío que conturbó su mente.

Y rápida como el viento, sacó de su limosnera un pomito de esencias que iba aplicando de vez en cuando a la nariz del paciente, quien pudo volver en sí, merced a este auxilio.

Luego despidió a los circunstantes, que no pudieron negarse a las órdenes de aquella imperiosa mujer, cuya voluntad únicamente pudiera modificarse por una orden del conde.

Hizo beber a este un vaso de agua, en el cual vertió previamente unas gotas rubicundas que produjeron en el mismo un notable y momentáneo alivio. Después cerró la puerta interiormente, levantó los apósitos provisionales que se habían aplicado a las heridas, en las cuales derramó cierto bálsamo misterioso de que venia provista, y volvió a colocar las hilas y vendajes con una pericia verdaderamente facultativa.

En aquella misma hora, es decir, cuando empezaba a rayar el día, y la luz indecisa del alba principiaba a platear el cielo del Oriente, Diego Peláez, con su séquito y equipajes, abandonaba más que de prisa los dominios de Altamira.

Fromoso, que al despertar de su sueño real o fingido, al estrépito de aquel fracaso sufriera un fuerte ataque de nervios, había desaparecido misteriosamente, sin que su desolada Palomina ni las demás personas que se interesaran por la suerte del buen hombre, lograran hacerle reaparecer en aquellos momentos solemnes; suceso que algún malicioso pudiera, quizás, comentar de diverso modo, como que debía prestarse a interpretaciones distintas.

La condesa, restituida también a sus sentidos, fue retirada a otro departamento, habiéndosela ocultado por aquel día el acontecimiento fatal de la noche anterior, a fin de prevenir con esta precaución prudente, otras consecuencias que pudieran haber comprometido su salud harto delicada.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión