La corona de fuego: 24

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Capítulo VII - La gruta encantada[editar]

Entrad, entrad conmigo
A ese oriental portento,
Donde el hado enemigo,
Bajo nubes de horror y fingimiento,
Hacerme quiere de su ardid testigo.


Aquella puerta abrióse como a impulso de un golpe mágico, y giró sobre sus goznes con un crujido armonioso y tenue.

Los exploradores, si así los llamamos, entraron a un vestíbulo espléndidamente tapizado, y cuyas paredes pulimentadas reflejaban la luz opaca a veces, otras vívida y radiante, y cuyos rayos, procedentes de un punto desconocido, resbalaban en la bóveda, vacilando informes y fugitivos.

De allí pasaron a un retrete ricamente alfombrado, colgadas las paredes de tapices pérsicos, y de cuya techumbre, de cedro ensamblado, pendían, en cadenas de cristal tallado, enormes lámparas de amatista y pórfido.

Muelles, cojines de, terciopelo, divanes de seda, y brocado, bajo profusas cortinas amarillas cogidas a pabellones, rodeaban el ámbito de aquel saturado retrete, en cuyos ángulos, sobre consolas de mármol blanco pulimentado, veíanse búcaros de flores y pebeteros magníficos en forma de braserillos, en los cuales ardían perfumes de Arabia, que se disipaban luego en grupos de humo plateado como la nieve en aquel ambiente nebuloso y embriagador como el deleite.

Y ¡cosa extraña! de las paredes de aquella mansión prodigiosa pendían haces de armas, escudos, arneses y trofeos, rosarios de ámbar gris, de gruesas y olorosas cuentas, dijes orientales de sándalo, nácar y ébano, de delicadas labores, caprichosa creación de esas misteriosas houríes del paraíso del profeta; espejos con primorosos marcos de cinceladura, velos de plateada gasa casi impalpable, chales de cachemir artísticamente trenzados, turbantes de brillantes colores, compuestos en estudiada combinación de verde, amarillo, encarnado y blanco... y de este conjunto pintoresco, de esa colección extraña, parecía desprenderse algo de voluptuoso y sensual que convidara a la molicie, al reposo, al amor más incitante y poético, al deleite más puro...

En el fondo, detrás de un arco cimbrado, calado de arabescos y adornado de ricos cortinajes de brocado amarillo, veíase, a través de trasparentes velos de gasa, una mujer vestida con el traje oriental, recostada indolentemente sobre un diván de raso carmesí guarnecido de franjas de tisú.

Era hermosísima de rostro, blanca, con esa palidez de mármol que imprime la privación del sol y del libre ambiente, por lo menos en el cutis delicado y terso de las odaliscas del serrallo: su profusa cabellera negra caía sobre su seno turgente y agitado, y como para desmentir aquella tranquila apariencia de sosiego, aquella indolencia afectada, lucía su mirada enérgica, alentada por esa pupila tenaz que arde, revelando el fuego que inflama y caracteriza el corazón de las hijas del Mediodía.

Allí también, en rededor de aquella beldad que parecía, sin embargo, traslucir en su fisonomía cierta expresión de amargura recóndita, ardían lámparas de cristal de roca, y un humo leve, fragrante y aromático, evaporábase de los pebeteros de oro cincelado que ardían igualmente en aquella estancia tan provocadora al placer, y separada del dormitorio de la joven por una verja de laureles de hierro dorados.

Y confundida en aquella masa de vapores tenues y semilucidos, riente, nacarada como una divinidad mitológica, surgía aquella visión peregrina, seductora como el amor y voluptuosa.

De pronto, y mientras Lucifer, que no había reparado en aquella belleza tentadora, seguía internándose, apareció en el fondo del retrete morisco un anciano de luenga y plateada barba, continente severo hasta la fiereza, y de cuya gruesa cintura pendían varias armas, desde la pesada jabalina hasta el puñal buido, agudo y cortante, con su punta envenenada de tres filos, y cuya herida era mortal.

Vestia al estilo árabe, y en su alquicel de grana escarlata, campeaban africanas lunas y otros atributos, cifras e inscripciones, repitiéndose profusamente en caracteres cúficos el tema dogmático y sacramental de los sectarios de Mahoma:.LE GALIB ILLE ALLAH [1].

La atmósfera enrarecida, condensada por aquella nube rosada de humo y vapores, daba a los objetos un colorido mágico y a través de ella aparecía en primer término aquel anciano de rostro indefinible, pero en cuyas atezadas facciones no era difícil traslucir una aspereza cruel.

La vieja. seguida del cuadrillero, adelantábase lenta y ceremoniosamente hacia el árabe, saludó al estilo oriental, correspondiéndola éste a su vez del propio modo, llevando su mano derecha sucesivamente a la frente, a la boca y al corazón.

Lucifer imitó, como pudo, aquella pantomima, nueva enteramente para él; pero ni uno ni otro obtuvieron una sonrisa ni la más leve demostración afectuosa por parte de aquel personaje, cuyo semblante impasible, frío y severo, permaneció ceñudo y sombrío, contraído bajo su piel de bronce.

Omar-Jacub, que así se llamaba, se sentó con su naturalidad glacial sobre cojines de brocatel leonado, extendidos sobre alfombra, e indicó a sus dos huéspedes otros almohadones no menos ricos, colocados, al parecer, de intento, bien próximos al que él mismo ocupara. Luego llevó a sus labios el tubo de una pipa de marfil y ébano que le sirvió el esclavo, y se recostó indolentemente sobre el espaldar de filigrana del estrado.

Entonces, por la vez primera, después de haber saboreado pausadamente el humo de su pipa, hizo oír su poderosa voz, que vibró en los ámbitos de aquel recinto, y pareció conmover con una sacudida rapidísima los grupos de columnas tenues con junquillos, esbeltas y airosas, con su agramilado enlace de crestería, todo admirablemente figurado.

-¿Podré saber, dijo en mal romance y con un acento gutural muy pronunciado, podré saber la feliz casualidad a que debo el honor de esta visita?

Y mientras Lucifer, explotado por la insultante arrogancia del árabe, revolvía, allá en su mente acaso, un proyecto temerario; la vieja se apresuró a responder con cierta sumisión marcada:

-Me encargasteis, señor, que buscase un héroe que supiera manejar la espada; un caballero de acreditada hidalguía; un joven decidido, en fin, y libre enteramente de esos vicios criminales que degradan a la humanidad con sus abominables flaquezas; y os lo presento como modelo de todas las cualidades que apetecer pudierais para el caso.

Omar-Jacub abrazó al joven y estrechó su mano. Estaba horriblemente fría; y sin embargo, hervía la sangre en sus venas, y el cerebro se le desvanecía a pura confusión.

-Sed, pues, muy bien venido, continuó aquel, a esta triste morada de la desventura; yo me apresuro a anticiparos mi gratitud y reconocimiento, para cuya expresión os confieso que no hallo conceptos suficientes: podéis estar seguro de ello.

Lucifer se inclinó con un movimiento simpático.

-¿Con qué sois desgraciado? se atrevió a preguntar, depuesta ya su prevención, nacida de la misma sorpresa y alentado por las palabras de Omar, cuya fisonomía pareció resplandecer con un rayo de súbito entusiasmo.

-Sí, repuso con un acento de terror salvaje que retronó en el ámbito, como el huracán en su vértigo; han destrozado mi corazón los hombres, perros rabiosos, que no contentos con eso, han llevado su crueldad al extremo de proscribir mi libertad, mi albedrío, mis riquezas y mi alma, que en realidad no es mía; bebieron mi sangre maldecida, y trajeron junto a mi noche y día a Eblis[2] para despedazar mi espíritu pobrecito.

En aquel hondo lamento, fúnebre, doloroso y tristísimo, parecía exhalarse un sentimiento indecible, y revelábase al propio tiempo todo un vértigo de sangrienta e implacable cólera.

-Aquí, donde me veis, prosiguió, he apurado el amargo cáliz del dolor; he bebido una copa de lágrimas, y héme aquí, víctima expiatoria, herida por alevosas criaturas, ponzoñosas serpientes que he hallado en el tránsito de mi vida tristísima y acerba. ¡Oh! tened com pasión de mí... ¡Maldición y oprobio sobre los enemigos de mi felicidad y reposo!

Y enervado, aniquilado visiblemente por este rasgo de su desahogo, Omar inclinó la cabeza sobre el pecho, como una señal de abatimiento.

Luego, después de una breve pausa, durante la cual, centradas sus facultades, pareció sumido en completo arrobamiento; incorporóse de pronto, sacudió su piateada cabeza, cuya lustrosa cabellera flotante descendía desde la orla de su turbante, y en aquella mirada lúcida centelló un rayo de fiereza que inflamó todas sus facciones como un meteoro, temblaron de coraje sus músculos, y una rabia nerviosa, cruel, sangrienta, se reflejó súbitamente en aquel semblante de hiena.

-¡Oh! prosiguió cada vez más enardecido; yo necesito un brazo vengador que me proteja en mi obra de redención, un instrumento que me ayude en esa empresa de reparación y exterminio que proyecto, una espada, un cangiar, una gumía o una cortante jabalina que derriben cuellos a millares, y sobre todo, esa cabeza maldecida por el soplo de Alá... y por Dios vivo, por el profeta, por el Corán, que esa misma cabeza reprobada debe caer partida para pasto de víboras.

Omar sonrió con un frío sarcasmo, y mostró sus dientes agudos, cortantes como los del chacal, y que aun a pesar de su edad proyecta, parecían conservar todavía su blanquísimo esmalte y su ordenada simetría. Su poderoso acento asemejábase a un rugido, cuyo eco parecía vibrar aun, como el estallido de la tempestad en los trópicos.

-Vos ignoráis la historia de mis infortunios, prosiguió dulcificando el lenguaje y dirigiéndose al aventurero; es una historia de sangre y lágrimas, que solo conoce esa mujer, dueña de todos mis secretos, y que vos también debéis conocer en sus principales detalles, puesto que tratáis de interesaros en mi suerte y en la de mi pobre hija, víctima como yo de la brutalidad y del abuso.

La dueña, a quien había aludido el anciano, muda espectadora de aquella escena, marcó un signo de asentimiento hipócrita a las palabras del árabe, el cual continuó con uno de aquellos arranques de colérica rabia:

-Yo era un poderoso arráez[3] argelino que tenía a la mar por patria, libre, feliz y dueño de la inmensidad, dominando como un bajá en mi capitana de tres puentes, rodeado de esclavas bellas como houríes... poseía alcázares de mármol, jardines, taifas[4] aguerridas, pabellones de granete, bellos y suntuosos, y riquezas a montones; cuanto pudiera lisonjear el poderío, el amor propio y la ambición, eso mismo me pertenecía; era, en fin, un nabab, cuyos caudales perdíanse en la fábula por su inmensidad; y sin embargo, de tanta opulencia ¿qué me resta? Héme aquí reducido a la esclavitud, la más mísera de las condiciones humanas, proscrito mi albedrío, encadenado por las redes de la tiranía y convertido en un objeto de oprobio y vilipendio. ¿Qué importa, pues, que las cadenas sean de giro? el acta condenatoria que gravita sobre mi cabeza como un padrón de infamante ignominia, no se aligera con el tiempo, y mientras tanto yo, criatura maldita de los hombres, me agito en vano en este círculo apenador que oprime mi voluntad y me hunde en el abismo de la desesperación más cruda, al paso que arrastro en mi caída a otro ser querido; ¡yo, hombre formado a imagen y semejanza de Dios, y que sobre mí solo reconozco y acato la divisa clásica de los verdaderos creyentes del código ismaelita: LE GALIB ILLE ALLAH!

-Ciertamente tenéis razón, contestó Lucifer, subyugado visiblemente a su pesar por aquel acento vigoroso que tanta dignidad revelara al parecer y tanto nervio.

-Escucha, cristiano, prosiguió Omar con cierta evolución de lenguaje significativa; oye una revelación que creo deber hacerte y que encierra la parte más dramática de mi tragedia. Tenía yo una hija hermosa, pura como la azucena, voluptuosa como las vírgenes del Edem, más brillantes sus divinas facciones que los mismos astros que tachonan el firmamento límpido, y cuyo talle de, sílfide, pudiera causar envidia y celos a las mismas hadas: eran sus ojos dos lumbreras que despedían fuego, y sus crenchas, negras como la noche plácida, encadenaban amores. Dalmira, con su tez de marfil pulido, con sus rasgados ojos que retrataran un alma toda entusiasmo, y con ese primoroso conjunto que le constituyeran centro y dechado de prendas físicas, verdadero fenómeno en su clase, era a la vez un modelo de perfecciones y virtudes: obra más completa no ha salido jamás de las manos del Criador, ni más candorosa alma pudiera hallarse en el universo, alma purísima, en la cual complaciérase el profeta mismo, si viniese a este mundo, valle de miserias y penalidades sin cuento. Pero esta criatura adorable, por desgracia suya y mía tan bella, tuvo la fatalidad de inspirar una pasión criminal al conde Ataulfo de Altamira y Moscoso, que la vio en un torneo, en el cual, bajo el traje de paladín, figuró en aquella confusión de cristianos y musulmanes, y aunque bajo su caballeresco disfraz la declaró él su ardiente afecto; negóse Dalmira, que te conoció, tal vez, a corresponder al amor de un hombre infiel, cuando menos a la religión que ella profesara.

Omar se apresuró a enjugar una lágrima que brotara involuntariamente de sus inflamados ojos, y que pareció avergonzarle.

-Mas ¡ay! continuó con cierta amargura recóndita; el conde, infame y fementido, pudo hallar medio de arrebatarme la hija de mi alma, sin que mis pesquisas por recobrarla dieran un resultado favorable, hasta que cierta noche, una mano misteriosa hizo llegar a mí una carta del raptor, que me pedía en ella una entrevista o cita reservada del mayor interés, según decía, y de la cual pendía, tal vez, la suerte de mi pobre hija. Acudí puntual al sitio que se me indicara, dispuesto a verter mi propia sangre, si era necesario, por salvarla, y en verdad que no otra cosa era el deber de un padre en mi lugar.

A fin de alejar todo motivo de sospecha y de confianza, llevé únicamente en mi compañía un esclavo fiel: de otro modo pudiera haber comprometido, quizás, la suerte deplorable de mi pobre Dalmira; y sobre todo, creía también que trataba de caballero a caballero.

Llegamos, pues, al sitio designado.

El conde nos esperaba allí con un golpe de gente emboscada.

Dimos principio a la conferencia, que al iniciarse me hizo ver o adivinar todo el horrible artificio de la mala fe que, por parte de aquel hombre protervo, presidiera a aquel acto simulado de su perfidia.

Sí, porque Ataulfo, abusando de su posición, me hizo ciertas proposiciones inadmisibles para un padre que sabe estimar en algo el decoro de su hija. Por eso mismo no debí aceptar, ni acepté, en efecto.

Y sublevado por el rubor que su insolencia encendiera en mi corazón honrado, creí usar de un derecho legítimo, reprochándole su conducta indigna y colocándome en el sitio que mi propia dignidad me designara.

Mis reproches hirieron su amor propio, y el inhumano, arrojando la máscara de sus rencores, me amenazó con la muerte, una muerte oscura y repugnante en aquella soledad, a vista, quizás, de sus sicarios, esos crueles cómplices, instrumentos de sus criminales hazañas, y que aun los honores del martirio hubieran negado luego a mi fama póstuma.

Temí, en verdad, a ese género de muerte que mi valor y mis timbres tanto repugnaran. Además, el desamparo, la orfandad a que debía quedar abandonada mi hija, solo a merced del brutal capricho de su tirano, y sobre todo, el misterio de mi desaparición en el mundo, todo esto se me representó como una turba de amenazadores espectros que apagaron mi voz en aquel momento solemne, y oprimieron mi corazón contra su pecho.

Entonces un recurso providencial vino en mi auxilio: creo que lloré y supliqué como un niño, a fin de ablandar aquel corazón de hierro y sacar el mejor partido posible de aquella situación tan crítica.

Al fin pude recabar un partido bien triste, caballero, el de encerrarme perpetuamente con mi hija en esta prisión, pudiendo disfrutar en ella de mis riquezas.

La dureza de esta transacción admitía en ella una medida compensadora, aunque triste, la de que permanecía yo siempre junto a Dalmira para vigilar su honra amenazada. ¿Qué queréis? ¿qué mejor centinela que un padre para la salvación del honor de su hija, cuando peligra?

En cuanto al pobre esclavo, testigo único por mi parte de aquella capitulación tan bárbara, pagó bien cara cierta amenaza que profiriera, al verme ultrajado, contra el inhumano conde, quien en un arrebato de furor mandó le maniatasen y que le cortaran la lengua y la arrojasen a los mastines, como ejecutó a mi presencia su cruel sayón; y como si añadiese el sarcasmo al insulto, me anunció luego el magnate impío, que con aquella condición podía quedar también a mi servicio, que admití yo del mejor grado.

¡Pobre Abrael! ¡Cuán cara has comprado esa felicidad, de que no habrá ejemplo acaso!

Y en efecto, el negro, que indudablemente prestara oído a la relación del anciano, se aproximó de pronto, abrió desmesuradamente la boca negra y cavernosa, mostrando el zócalo de su lengua mutilada.

En aquel rostro de ébano se operó entonces cierta exaltación de fiereza salvaje; centellaron sus ojos como dos ascuas vivas, y tal era la diabólica exaltación del miserable, que parecíase al ángel de la maldición.

Agitó su cabeza espeluznada y crespa, trazó con su alfanje en el aire un círculo simbólico, y sus dientes agudos, blancos y cortantes, crujieron terriblemente; después de lo cual, su mirada fulgurante y amenazadora, pareció arrojar un destello supremo, un relámpago de odio súbitamente comprimido, y marchó a ocupar de nuevo su punto de observación y vigilancia.

Omar suspendió su discurso un instante, giró una mirada de reojo en rededor, en la cual traslucíase cierto recelo afectado.

-No temáis que os oiga, díjole interpretando convencionalmente aquella especie de inquietud la anciana, y dando a su acento una expresión extraña, duerme el sueño de la inocencia Dalmira, y su corazón no se enternecerá, estad tranquilo.

En efecto, el moro, distraído un momento por su propio entusiasmo, había creído notar más agitada y sonora la respiración de la joven; parecíale también haber oído un suspiro, y creyéndola despierta acaso, hubo de suspender su discurso, que al parecer no le convenía percibiese ella.

-Sí, continuó el árabe, como abstraído visiblemente por una especie de éxtasis, allí duerme, pálida y hermosa como una visión peregrina, esa virgen, en cuyo pecho late un corazón todo puro: el soplo del pecado no empañó jamás su angelical espíritu, que los conatos de la seducción respetaron siempre. ¡Oh, ángel mío! ¡cuántas veces libaron mis labios ese aliento no contaminado, y en el cual se ha fundido el hálito de la divinidad!



Notas:

  1. Sólo Dios es grande o vencedor.
  2. Demonio o espíritu tentador y maldito entre los musulmanes.
  3. Capitán de buque árabe, a veces corsario o ladrón de mar, cuya acepción parece mejor recibida.
  4. Compañía o partida de gente armada.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión