La corona de fuego: 29

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Capítulo XII - Capitulación[editar]

Su mutuo compromiso
Faérales conservar muy necesario;
Este prudente aviso
Alejó un rompimiento temerario
Y el nublado deshizo.


Constanza pareció recapacitar un momento.

Era la pantera que amagara uno de esos saltos elásticos tan fatales para sus víctimas, que los esperan con un terror semejante a una agonía angustiosa.

Ataulfo temía también aquel embrión misterioso que el instinto parecía presentarle con un colorido siniestro, infundiéndole un terror indecible, como que procediendo de aquel enemigo abiertamente declarado, que la fatalidad le deparara, tan astuto y tan irresistible, érale inminente una lucha tenaz, en la cual, aun teniendo, al parecer, ventajas positivas de su parte, empezaba ya a anunciarse el desaliento.

Al fin, la voz vibrante de la condesa dejóse oír con su acento clásico de provocadora burla, mal disfrazada a veces por un sentimentalismo que desdecía en verdad de su carácter.

-No ha mucho tiempo, dijo, que una maquinación disfrazada con mentidos colores y que solo reconocía un fondo de ambición predominante, anuló mi felicidad, aprisionando mi albedrío y encadenando mis destinos, proscribiendo la expansión que disfrutara hasta entonces, libre como el pájaro en el aire, y dichosa con esa felicidad tan amplia que solo está reservada a los seres predestinados al goce material de las delicias de la vida. La intriga sorprendió mis dorados sueños, me arrancó del hogar patrio, donde tanta alegría dejara, y mi alma despertó bien pronto en el limbo tenebroso del aislamiento, del pesar y de la melancolía. Yo que no pude imaginar hasta entonces que mi voluntad tuviera límites, me encontré prisionera en este sombrío castillo, tan diferente al que yo dejara, morada bulliciosa y risueña, que rebosaba una plenidad de vida indecible, y cuyo puente levadizo, aun a pesar de su escasa guarnición, apenas solía levantarse. En cambio de tanta ventura, de tanto bien para mí perdido, desperté en brazos de un tirano que quiso amoldarme a sus caprichos, aprisionándome en su tenebrosa guarida, y aun lo que es peor, haciendo recaer implícitamente sobre mí una parte de responsabilidad en la perpetración de los crímenes que aquí impunemente se albergan. Ese monstruo sois vos.

Ataulfo perdió las tintas de su rostro al oír estas palabras, que golpearon como un martillo su corazón cobarde.

-Pero la Providencia, prosiguió la joven, iluminó oportunamente mis potencias, manifestándome la profundidad del abismo que ante mí se abriera, y desde cuyos bordes os conjuro, Ataulfo, por todo lo más santo que creáis, si es que resta en vos un átomo de fe, para que revoquéis por vuestra parte ese pacto conyugal que une nuestros destinos, renunciando a los castos goces de nuestro estado y emancipando mi albedrío, por más que ostensiblemente manifestemos otra apariencia bien distinta, que ponga limites al escándalo. De lo contrario, me creeré autorizada para delatar vuestros tenebrosos misterios y evocar la sombra de la justicia, a quien sois deudor de tantos créditos.

Ataulfo, que se había levantado poco antes a impulsos de su inquietud misma, volvió a dejarse caer maquinalmente en su butaca, como aplomado por las palabras de su esposa.

La indignación pareció enardecer su sangre, que afluyó al rostro, animando sus tintas pálidas con un relámpago colérico, inflamado más y más por aquel cruel apóstrofe.

-Creo, dijo, que exageráis, o por mejor decir, que mentís, señora; ese tirano, como injustamente le apellidáis, si bien al llamaros a compartir su tálamo accedía a una necesidad puramente política y convencional, servía al mismo tiempo al afecto que por primera vez sentía, inspirado, en verdad, por vuestras gracias. ¿Era en mi un crimen rehabilitar el abatido esplendor de vuestra casa, creándoos una posición social envidiable y asociándoos a una coalición poderosa, a la vez que elevaba vuestro rango a la categoría de condesa de Altamira? ¿qué ofensa pudiera yo inferiros con ello? ¡Decid! Y si luego, de acuerdo con la prudencia, que marcó siempre en mí el orden regulador de mis acciones, una exigencia honrosa modificó el círculo de vuestra libertad, admitiéndoos en cambio a una intimidad más sincera, con solo el objeto de distraer esa pasión fatal y atraeros a vuestros deberes...

-¡Ataulfo! le interrumpió la condesa con soberbia acritud.

-Dejadme hablar, señora, para imponer un solemne mentís a vuestras calumnias.

-¡Miserable hipócrita!

-Estoy rectificando.

-No es eso, sino que os vais batiendo en retirada, pretendiendo en vano ahogar la voz de la verdad, que os lanzará al rostro, por más que os pese, un nublado de recriminaciones.

-¡Señora! será preciso recordar a vuestra insolencia que habláis al conde de Altamira, exclamó ensoberbecido Ataulfo.

-¡Mentís como un villano! gritó a su vez Constanza, en cuyas facciones, exaltadas por un odio implacable, pudiera traslucirse ese rasgo irónico y característico que formara un tipo peculiar de su especie.

-Vos no sois, continuó, ese pretendido, magnate, al cual vuestra ambición criminal ha usurpado sus títulos, sustituyéndole indignamente, y mandándole asesinar quizás, o cuando menos, haciéndole podrir vivo en una mazmorra..., y todo a trueque de esa posición tan precaria, a merced, de la voluntad del rey, que por mi mediación os ha hecho merced, hasta hoy, de una vida que debe a la vindicta pública un tremendo fallo expiatorio.

-¡Constanza! exclamó el conde con un acento horriblemente lúgubre, en que parecía exhalarse un eco conmiserador y triste.

-Qué... ¿os pesa oír mis palabras? pues tened muy en cuenta que no me haréis callar hasta tanto que os recuerde vuestro origen, vuestros antecedentes, y...

-¡Constanza! volvió a exclamar desconcertado aquel hombre, no abuséis de vuestra posición excepcional respecto de mí; hacéis bien con invocar repetidas veces el nombre de S. A., creyendo intimidarme en el lauro vuestro: ese protectorado soberano, a cuyo amparo medra la savia provocativa de vuestro orgullo, puede alcanzar con su influencia a mi aniquilamiento político; pero no podrá dejar de respetar mi autoridad discrecional dentro de mi casa, ni detener mi brazo, si hiere.

La joven vertió una carcajada de insultante escarnio.

-Atreveos, dijo, si os place, a dejaros arrebatar por un brutal exceso hacia mí, y entonces probaréis mis fuerzas. ¿Qué sería luego de vos? ¿Dónde os ocultaríais, desventurado?

-En mi sepulcro, señora.

-¡Ah! ¿os dejaríais matar acaso?

-No, eso nunca: me mataría yo mismo, para evitar con ello hasta ese mismo placer a mis enemigos.

-No llevéis tan lejos vuestra jactancia; para el suicidio se necesita más valor o más abnegación que creéis, y vos no tenéis uno ni otra.

-Pero, en fin, ¿a qué reproducir esos hechos ciertos o erróneos, con los cuales solo pudierais proponeros lanzar a mi frente un baldón que no tenéis derecho a juzgar, y con lo cual, si formuláis un acta de acusación privada, no alcanzáis a imprimirle una consecuencia jurídica que respondiera a vuestro sistema de rencor y odio?

-Prescindamos de teorías, ajenas en un todo a nuestro asunto, y de esas digresiones que nos hacen perder un tiempo precioso. Comprendo cuán repugnante debe seros la revelación de esa historia, cayos detalles son tan poco gratos; pero no puedo menos de reproducirlos, probándoos con ello que me son todos conocidos, y que a merced de todo ello os tengo cogido en mis redes cuando me plazca. En cuanto al interés que doy a mi empeño de formular esas revelaciones mismas y que tanto os sorprende, debo deciros que consistiendo mi principal agravio en esa superchería que conmigo ejercitaron vuestras maquinaciones, no debo renunciar a este desahogo por ahora, aplazando los demás para otra ocasión más propicia.

-No alcanzo a entender vuestros preámbulos, impertinentes hasta cierto punto, y que giran en la oscuridad del enigma con un fin determinado acaso.

-Y sin embargo, son bien fáciles de comprender, por más que pretendáis desentenderos. Al pretender mi mano de esposa, os anunciasteis con el pomposo título de conde de Altamira y Moscoso, con lo cual acabáis de decir que elevasteis mi posición jerárquica, fundando la base condicional del matrimonio que nos unió luego. Ahora bien, descubierto ese juego indigno que ha mantenido esa brillante máscara sobre vuestro rostro hipócrita, queda patente el fraude de que mi ligereza y la de mi tutor me han hecho víctima, y nuestra unión, basada en aquel punto supuesto, debe ser rescindida.

-Lo está de hecho ya hace bastante tiempo, bien lo sabéis, señora.

-No basta eso, pudiera traslucir el público ese secreto que arroja una mancha ignominiosa sobre vuestra frente, proscribiéndola junto con todo cuanto os rodea, y debo sustraerme oportunamente a esas contingencias, a esa eventualidad tan bochornosa. Que no se diga jamás que desde el momento en que he sido sabedora del engaño, he dejado de protestar con todas mis fuerzas contra el mismo. Constanza de Monforte no se resignará jamás a pasar por la esposa de un bastardo.

Esta palabra produjo en el conde una explosión de indecible cólera: levantóse bruscamente, el rostro descompuesto por el furor, sus ojos verdosos y fulgurantes y todos sus músculos agitados por una violenta crispatura nerviosa.

-¡Tened la lengua, infame! exclamó todo trémulo, alzando el paño sobre su esposa en amenazadora actitud; callad, o no respondo de mí en este instante. ¡Yo bastardo!...

-Sí, bastardo, espúreo... ser degenerado y abyecto, miembro podrido de la sociedad, que os repelo como una plaga inmunda y contaminadora... ¡Ataulfo! no os dejéis arrastrar por el vértigo de esa impotente cólera; de lo contrario sois perdido. Y puesto que la Providencia en sus inescrutables juicios ha permitido la revelación de ese arcano, doblad la frente al destino y resignaos.

Y la condesa, al expresarse en estos términos, bien lejos de intimidarse ante la imponente actitud de aquel hombre, permanecía impasible, provocativa siempre, con su risita sardónica y su maligna mirada venenosa.

-¡Imposible! gritaba maquinalmente Ataulfo, apretando los dientes con furor y recorriendo a grandes e irregulares pasos aquella estancia; yo no puedo dejar impune esa calumnia que arrojáis a mi frente con todo el cinismo de que solo es capaz una mujer criminal como vos lo sois; no, yo no puedo perdonaros esa ofensa, y os juro...

-No juréis en vano, Ataulfo, le interrumpió irónicamente ella, y puesto que me hablabais al principio de ajustar una tregua a nuestros odios, veamos las condiciones que formuláis, y si alcanzan a un arreglo posible, es decir, si son aceptables sus bases, estableceré yo a mi vez las mías, pudiendo partir de ese punto común las negociaciones.

-¿Es decir, que callaréis? preguntó con una ansiedad marcada el conde, que vio en esta salida de Constanza un consuelo posible a sus temores.

-Tal vez, repuso ella con cierto énfasis intencionalmente recargado; pero las cuentas, el cargo y data de que hablabais poco antes, y a cuyo saldo sentasteis por principio que no debiéramos renunciar uno ni otro...

-Hablemos una vez formalmente, y puesto que, según veo, estáis enterada de todo, olvidad mis arranques de genio, que yo mismo no alcanzo a reprimir siempre, y... ved a qué precio puedo obtener vuestro secreto perdurable, y si cabe también nuestra reconciliación, que tanto anhelo. ¡Qué dicha la de dos seres que desinteresadamente se aman en esta vida de tortura y tedio!... Y si es preciso hacer el sacrificio del amor propio herido, y si es necesario olvidar, adorar y sentir, a trueque de merecer vuestro cordial afecto... hasta mi vida, si la queréis, tomadla, si con todo ello puedo esperar vuestra indulgencia, que será el bálsamo que cicatrice las llagas de mi corazón despedazado. No volváis la vista a mis flaquezas, esos rasgos característicos de la humanidad, y que a veces dan testimonio de la grandeza de la criatura. ¿Qué más queréis? ¿qué mayor satisfacción podéis pedirme?... Porque yo no puedo ser responsable de mi origen... bastardo... como decís; y en cuanto a la usurpación y suplantación civil, que no puedo negaros aquí, en el seno de la confianza...

-¡Callad, por Dios! le interrumpió la joven con un gracioso mohín, que era otro de sus hechiceros recursos; callad, miserable, me dais lástima y tedio, y no puedo menos de apartar la vista de tanta bajeza. Pobre ser degenerado, no podéis ocultar vuestro origen, que os envilece hasta el abismo de la negación más compasible. Está bien, yo callaré mientras no me faltéis al compromiso que establezcamos, y si es necesario sacrificar también hasta un deber de conciencia, aplazándole más o menos tiempo... también accederé, por mucho que me cueste resignarme a ello.

Mientras tanto, prosiguió, y puesto que tan a discreción os rendís, he aquí las condiciones que por mi parte os impongo, a trueque de guardar por ahora, y mientras no me faltéis, el secreto de vuestro origen y de vuestros crímenes: nuestra unión conyugal, interrumpida en la actualidad de hecho, según vos mismo acabáis de reconocer y confesar, debe serlo de derecho, debiendo yo entretanto, es decir, mientras recae la aprobación canónica, regresar a mi alcázar de Monforte, donde permaneceré en depósito bajo mi palabra de honor y con absoluta independencia vuestra. No exijo sacrificio alguno de intereses de ningún género, solo reclamo vuestra prudencia a trueque del secreto que os ofrezco guardar, por ahora, tanto de vuestros antecedentes y conducta privada, como de ese otro crimen que nos pertenece a entrambos, y en cuya reserva estamos igualmente interesados. Podéis disfrutar sin obstáculo de vuestros amores con la cautiva, cuya repugnancia hacia vuestras instancias, puede, tal vez, vencer mi ausencia, y... ¡quién sabe si a todo este precio podéis obtener un cambio favorable en vuestra suerte! Porque, en verdad, creo que hasta hoy no os ha hecho feliz ese mujer heroica, la cual, si no obtiene la libertad de vuestra generosidad un día, puede al menos merecer, a costa de vuestra conciencia, la corona de un martirio honroso.

Ataulfo permanecía mudo y silencioso: pálido como siempre, apagada la vista y la cabeza inclinada sobre su pecho jadeante, enervadas las fuerzas por la lucha moral de su espíritu y la que acababa de sostener con aquella mujer incontrastable, parecía la estatua del remordimiento, inmóvil, petrificador: era, en fin, un ser abatido hasta la abyección, torturado por la conciencia, que le predecía una expiación tremenda, y que, combatido por la contradicción y la duda, caminaba, él, extenuado por una convalecencia delicada y lenta, a su aniquilamiento físico, secundado por esa misma lucha moral tan corrosiva.

Y en verdad que era digna de compasión aquélla criatura perversa, en cuyo corazón parecía haberse encarnado un espíritu de maldición, al cual respondiera aquella conducta inicua con sus actos intencionales, y a cuyas inspiraciones diabólicas se hallaran sojuzgados aquel tesón, aquella resistencia tenaz y sistemática, que le hacían inaccesible a todo rasgo noble, reparador y humanitario.

-Es decir, exclamó luego en un tono de abatimiento, que sentaba muy mal a su carácter, ¿qué se trata de un divorcio legal por vuestra parte?

-Lo habéis adivinado; creo es el único medio de poder llegar al punto de partida que fijasteis a vuestras negociaciones, a las cuales sirve de preliminar la tregua consabida.

Ataulfo, que había alzado un instante la vista para fijar en su esposa una mirada angustiosa, volvió a bajarla, deslumbrada al parecer por otra de ella, cuyas pupilas parecían destellar un rayo vívido de altivez y orgullo.

-Con que, dijo con cierta timidez servil, es decir, que si yo accediera a todo eso... ¿callaríais?

-Ya os he repetido que sí; condicionalmente, se entiende, o lo que es lo mismo, mientras vuestra conducta futura no os hago indigno de esta merced, cuyo sacrificio me impongo.

Ataulfo guardó otro momento de silencio, y dejó caer la cabeza jadeante sobre su pecho, del cual exhalábase un sordo estertor, interrumpido a veces por una tos seca, que revelaran la afección de sus pulmones y la crítica alternativa de su espíritu en aquellos momentos de prueba, que ponían en tortura su mente.



La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión