La corona de fuego: 09

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Capítulo VIII - Capitulación[editar]

Consecuencia forzosa
Era dar tregua al odio comprimido,
Airado el corazón, en tenebrosa
Lucha de afectos empeñado, herido
Por llaga cancerosa.


Constanza temblaba bajo el peso de su misma vergüenza, confundida por aquellas revelaciones terribles: más de una vez trató de sustraerse a aquella fuerza tenaz que retenía su brazo con una presión cruel; pero su esfuerzo hubo al fin de ceder ante aquella violenta resistencia.

-¡Piedad!, dijo con un aturdimiento forzado; no prosigáis, me hacéis daño y tiemblo al ver esas facciones tan descompuestas: apelo a la generosidad del caballero que, reemplaza a la dama por medio de tan ingeniosa metamorfosis, y os perdono a mi vez, como también vos debéis perdonar a una pobre mujer que no tiene contra sí otro delito que su misma ignorancia, que nunca ha podido tener la más remota idea de ese amor, de ese ardid, o de esa locura y vuestra, y todo al menos en gracia de ese mismo afecto que nos hemos profesado, y cuyo recuerdo os aseguro que no se extinguirá en mí jamás. Lo que deseo ante todo es saber vuestro nombre propio para consagrarle una memoria grata y encerrarle dentro de mi alma.

-Nada más justo, y, sin embargo, poco puede importaros el nombre de un joven oscuro y miserable, cuyo origen es, quizá para él mismo, un secreto, y cuya familia no conoce. En cuanto al nombre, dejadlo a merced de los acontecimientos y del tiempo, que se encargarán del desenlace del asunto y sus incidencias; solo os puedo decir que amo todavía: a pesar de todo, y puesto que ya cayó la máscara y el disfraz que encubriera al amante, solo un medio os resta de conjurar el golpe de mi venganza: este medio es bien sencillo; dadme vuestra mano de esposa o preparaos al ludibrio público.

- ¡Oh!, ésta es una infame violencia que tratáis de ejercer con una pobre mujer indefensa, pero a quien todavía sobra valor para rechazar esa brutal coacción con que queréis humillar su orgullo ofendido. Apartaos, miserable, porque si doy una voz, os suspenderán de una almena como un traidor villano.

Y explotada verdaderamente por su mismo orgullo, la altiva joven prodigó mil denuestos e improperios contra aquel hombre, herido en lo más vivo de su sensibilidad, y en cuyos labios, contraídos por una cruel sonrisa, parecía rebosar la hiel de sus entrañas.

No era ya Constanza aquella estatua púdica de blanco mármol, envuelta en sus castos velos, y en cuyos labios vagara tierna e inocente dulzura, sino una furia explotada hasta el último grado de la cólera, que participaba del veneno de la víbora y de la ponzoña de la serpiente.

Incorporada en el lecho, y sin reparar en su desnudez, por medio de un esfuerzo vigoroso, logró, al fin, desprender su brazo de aquella mano que la oprimiera como una tenaza ardiente.

-Pues bien, exclamó el joven desconocido, retrocediendo a su pesar, aunque sin despojarse de su habitual sarcasmo, y dando a su voz una vibración sombría y cavernosa; ya que así lo queréis, corramos un velo sobre el pasado y ocupémonos del porvenir: vela por entrambos el ángel de la maldición y preside indudablemente la marcha de los astros que deben influir de concierto en nuestro común destino. Porque si algo debe haber de común entre nosotros en lo sucesivo, será indudablemente el genio de la discordia, del rencor y de una maledicencia implacable y eterna. Adiós, pues, en cambio de tanto odio que devora mi alma y que mantiene la tea inflamada del aborrecimiento recíproco, la mujer impura, la doncella lasciva que ha manchado su lecho virginal con sus fragilidades, puede vivir tranquila, porque mis proyectos sellan mis labios, y dormirá ese arcano en mi pecho, a fe de hombre honrado y que cifra en ello el mejor éxito de sus planes.

Ahora bien, prosiguió; intrigad en buen hora, poned en juego todo el horrendo artificio del odio contra mí: ésta es una arma lícita, pero que solo debe tener un carácter simplemente privado entre nosotros; ¿qué adelantaríamos con dar publicidad a nuestros actos? Atraernos el escándalo, que es sinónimo del mayor ridículo. Perseguidme, aborrecedme, estáis en vuestra línea, y no seré yo, por cierto, quien os dispute el terreno que os marquéis; poned mano a todos los medios, a todos los ardides, por repugnantes que os parezcan: yo os ofrezco en cambio mi recíproca, y sea esta la norma reguladora de nuestras mutuas acciones.

-Sea, pues, si así os place, repuso Constanza, en cuyas mejillas rodaban una o dos lágrimas de dolorosa amargura, abandonadme a la vergüenza de mí misma y libradme de vuestra odiosa presencia, que tantos recuerdos gratos pudiera evocar en mi mente para mayor tortura, y que tantos reproches y flaquezas me pondría en cara. Decís bien, la confluencia de estos dos mares de rejalgar y hiel, no podría producir ya sino desgracias mayores que acibararían más y más nuestras almas y producirían más víctimas, porque la conjunción de nuestros astros debe ser contagiosa.

-Gracias, replicó aquel hombre, animado siempre de su eterna sonrisa cáustica, eco de la más sangrienta ironía: veo que nos vamos comprendiendo y que nos ponemos de acuerdo en las bases: descuidad, pues, en cuanto a lo demás, el drama será fecundo en peripecias, sí, y lejos de una acción lánguida, yo os vaticino que traerá escenas de gran bulto y que será digna en un todo de sus autores.

El desconocido fulminó otra mirada infernal a aquella pobre mujer abatida que yacía sumida en un parasismo nervioso y ajeno de toda compasión hacia ella; retiróse con una calma espantosamente glacial, desapareciendo de aquella pieza. Al salir del vestíbulo que daba ingreso a la antecámara, por muy dueño que quisiera ser de sí mismo, ahogó el más cruel sollozo que jamás se exhalara de pecho humano: tal era su amargura.

-¡Ah!, exclamó con una entonación dolorosa: ¡todo cuanto he amado!...

Al día siguiente todo eran conjeturas sobre la súbita desaparición de Elvira de Monferrato.

Constanza cayó en una profunda melancolía, que le atrajo una enfermedad peligrosa y desconocida.

La causa de todo se atribuyó generalmente a la ausencia de la camarera; pero esto solo era una vaga suposición, porque la baronesa no soltó prenda ni palabra acerca de este incidente, y aun prohibió que se hablara de ello ni se hiciese comentario alguno, en lo cual fuerza es decir que no fue obedecida.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión