La corona de fuego: 25

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Capítulo VIII - En el cual se complica más el plan con un nuevo misterio[editar]

Y anegóse la mirada
Del soberbio paladín
En aquel triple mosaico
De ébano, nieve y carmín.


Omar, cuya sagacidad sabia sacar partido de los más leves incidentes, como el que dejamos consignado al final del precedente capítulo, hizo aproximar a sus dos huéspedes a la parte anterior de la verja que cerraba el arco agramilado del dormitorio de la joven.

Detuviéronse allí un momento y guardaron todos tres un silencio religioso.

El ruido de sus pasos, lentos y casi reverentes, apagábase en la mullida alfombra y en las blancas pieles que cubrieran además el pavimento de aquel singular retrete.

Y en efecto, justa debió ser la admiración que experimentara el joven, y que no pudo menos de pintarse en su rostro, a vista de aquel portento de belleza y de perfecciones, que el viejo Omar no había exagerado mucho, en verdad, con ese lenguaje propio de los orientales, y contra cuya veracidad el rigorismo clásico ha establecido una prevención justa. Merece, pues, la pena de que tracemos en breves pinceladas la descripción detallada de aquel portento de hermosura, y por cierto que no lo extrañará el lector, tratándose de una heroína de novela.

Figuraos una de esas estatuas yacentes de mármol, severas, purísimas, verdaderos portentos del arte y de que tantos modelos nos ha legado el inmortal Cánova. Su hermosa cabeza cubierta por un bellísimo turbante, estaba reclinada sobre un rico almohadón de brocado, en el cual tendíase con negligencia su profusa cabellera trenzada, en medio de la cual, como engastado en un marco de lustroso ébano, resaltaba su rostro palidecido por ese tinte peculiar que imprime un sufrimiento heroico y resignado.

Los pliegues de su holgada tánica verde diseñaban vagamente la conformación anatómica de aquellas turgentes y delicadas formas, y por la orla inferior de la misma asomaban sus pies leves y diminutos, medio encerrados en zapatillas de brocatel púrpura.

Sus manos diminutas, blancas como el marfil y tersas, estaban cubiertas de preciosas sortijas, y oprimían un pomito de esencias, lindo capricho de cristal tallado, que parecía un precioso juguete improvisado en aquellas manos de niña.

Y todo este halagüeño conjunto, resaltando sobre su lecho de seda, oro y armiño, envuelto en los pliegues de gasa, luciente como la plata, a través de los pabellones flotantes que le rodearan como un toldo precioso de estrellas, todo esto, repetimos, adquiría aun más realce al tibio resplandor de las lámparas, al humo nacarado de los braserillos de oro, que envolvía el ambiente en una niebla fantástica, difundiendo mágicos perfumes.

Aquel cuadro embriagador de belleza, de sensualidad y de factuoso lujo, podía deslumbrar a cualquiera que le observase en todos sus pormenores, y era la confirmación complementaria, vivo testimonio de esa realidad a que aludiera el inspirado moro en aquel rasgo sublime de su brillante metáfora.

Lucifer, al aspecto de aquella hechicera visión, cuyo sueño la daba la apariencia de esa fría inmovilidad de la muerte, experimentó de improviso una sensación de vehemente amor, una de esas violentas sacudidas, chispas eléctricas que hieren el alma y abren en el corazón una de esas incurables heridas que solo puede cicatrizar el amor correspondido y satisfecho.

Palomina y Omar, en cuya mente revolviérase acaso de concierto una maligna idea, cambiaron mutuamente una ojeada furtiva de siniestra inteligencia, fugaz como el relámpago y fosforescente como el rayo: en sus facciones pareció reflejarse el alborozo de un triunfo naciente y positivo que debiera responder a un secreto artificio, diabólico, infernal, como el mismo espíritu que lo dictara.

Y mientras tanto, por muy dueño que quisiera ser de sí mismo en ocasiones dadas, el aventurero permanecía extasiado, mudo e inmóvil, bajo la presión de aquel adorable encanto, que le atraía como el imán y hacia el cual arrastrábale, aun a pesar suyo, una fuerza secreta y poderosa.

-He ahí a la víctima, exclamó la astuta dueña, designando a la joven con su dedo cínico; hela ahí, mi querido niño, ella te demanda conmigo venganza; venganza que Dios, remunerador y justo, exige y aprueba contra el verdugo de la inocencia.

-Pero ¿quién es ese miserable? decid, preguntó con amenazador acento el cuadrillero.

-Callad, no alcéis tanto la voz y evitad despertarla, dijo a su vez el viejo; ¡pobrecita! solo es feliz cuando duerme, por que al restituirse a la vida, siente rasgarse de nuevo su sensibilidad, tan hondamente lastimada, y entonces, creedme, al caer de la altura de su ilusión al abismo de esa realidad tan acerba, el llanto invade su rostro y cae sobre su corazón, para escaldarle con su lluvia de fuego, que lo mata.

Retirándose hacia atrás, medio ocultándose entre los pabellones que velaran la entrada del retrete, y Lucifer, en cuyo pecho ardía la llama de su interesada curiosidad, preguntó de nuevo y con acento más recatado:

-Decid, Omar-Jacub, ¿quién es el asesino de vuestra hija?

-¿Quién? ¿os interesa acaso conocerle?

-Sí, me interesa, y lo deseo con ansia.

-Pues bien, sabe... contestó Omar con voz cavernosa.

-¿Qué?

-Que ese asesino es... el conde de Altamira.

-¡Él también! ¿Ataulfo?...

-El mismo, sí; ese monstruo impuro que ofende a la sociedad con su existencia, y cuyo solo nombre es por sí solo un padrón de infamia y vilipendio ante la civilización y sus instituciones.

-¡Inhumano! exclamó como incidentalmente la dueña, cuyas pupilas parecieron arder súbitamente con un infernal destello.

-¡Ay, si lo supieras todo! continuó la terrible harpía con un tono confidencial y solemne, colocando su huesosa mano en el hombre del joven; ¡cómo beberías los vientos, surcarías los mares, raudo como el vuelo de la alondra, y sondearías los más profundos abismos por beber la sangre del tirano y despedazar sus miembros, quebrantarlos, mutilarlos y reducirlos a polvo, para arrojarlos luego al viento!

Una mirada fulgurante y amenazadora del anciano suspendió el discurso de la vieja, cuyo rostro inflamábase a impulso de un odio recóndito. Aquella mirada indefinible, solo podía interpretarse por la inteligencia mutua y convencional que existiera en aquellos dos instrumentos jurados de un maquiavelismo torpe, cuyo fin no podía tampoco preveerse por ellos, como que estaba reservado a la justificación de la Providencia en su día.

Omar-Jacub, cuya sagacidad se indicaba en todos sus más leves movimientos, por más que tratara de revestirlos de cierto aire de candidez ficticia, consultó a su vez con su taladrante pupila la impresión que produjeran sus palabras y las de la dueña, y una chispa de alegría feroz pareció brillar rápida y fugitiva en aquella fisonomía severa.

Y como creyera notar en la del joven un rasgo de interesada simpatía, que revelara por parte del mismo una predisposición marcada en favor de sus designios.

-Es necesario, dijo, herir a ese hombre o monstruo, sobre cuya cabeza pesa ya el decreto del anatema del cielo. Solo falta hallar a mano el instrumento que se encargue del ministerio de la divina justicia. Mis tesoros, mi sangre, hasta mi propia vida, son la recompensa que preparo a ese brazo providencial, y aun si es vuestro por fortuna ese brazo, mayor recompensa merecería su hazaña, puesto que reuniría a la justicia el valor y la heroicidad que os distinguen.

El ardid tendía otro nuevo lazo de seducción para sorprender la vanidad y el amor propio del joven, lisonjeándole por medio de un rasgo halagüeño, a cuyo eco no podía menos de corresponder, al menos, su cortesanía; y preciso es confesar que tratándose de un mancebo inexperto como Lucifer, no debía extrañarse su caída.

Inclinó, pues, su cabeza con un signo de gratitud visible y estrechó en las suyas, trémulas de emoción, la mano que le tendiera su artificioso colocutor, intérprete experimentado y fiel de tales actos.

-Acepto, dijo aquel, en principio el cometido de esa empresa, constituyéndome protector desde luego de vos y de vuestra hija; y si en un caso extremo mis esfuerzos ni mis recursos bastaran a salvar la triste condición que sobre ambos pesa, no lo dudéis, apelaré al extremo de obtener del conde, hasta por violencia, lo que de grado me niegue, cuando la esterilidad posible de mis medios me lleve a ese extremo.

-No pudiera esperarse de vos resolución más cumplida y caballeresca; por lo cual, aun a riesgo acaso de parecer indiscreto, quisiera mereceros el honor de que fijaréis vos mismo el precio de vuestra generosa hazaña, en cualquier concepto que la realicéis.

-Con la satisfacción de haber contribuido a vuestra libertad y bienestar, mi ambición puede quedar cumplida: ¿qué mayor galardón para mi orgullo? Acaso luego mi ambición, mi entusiasmo, dejándose llevar de un rasgo apasionado y noble, tendrían una exigencia para vos, una sola, reputada tal vez, si os place, por recompensa, no a mis servicios futuros, sino a las inspiraciones de un amor vehemente que presiento y hace latir ya mi corazón impresionable hacia un objeto que lo atrae. Con todo, repito que aplazo por ahora la idea, al encargarme de ese acto reparador, cuya causa tomo por mía, cuando su principal objeto es desagraviar a la ancianidad y a la hermosura: la recompensa que por hoy anhelo es vuestra gratitud y la de vuestra hija: fuego, quizás, si su corazón estuviera libre, si nuestras voluntades pudieran armonizarse y nuestros principios religiosos se conciliaran...

-Eso, nunca, exclamó el anciano, interrumpiendo al imprudente joven, sorprendido por su propia ligereza entusiasta eso no, jamás: antes su sangre mancharía el blanco armiño de se lecho de virgen. ¡Renegada Dalmira!... ¡oh! no, eso no, antes víctima.

De este modo Omar robustecía más y más el mecanismo de su artificio y de su iniquidad. Aquella firmeza, realzada por el eco de su voz, vibrante como el trueno de la tempestad, a que la respiración, anhelante y sorda al propio tiempo, estridente y rotunda como el bramido de la catarata, eran, a la vista del observador, ignorante de este género de ardides, pruebas irrecusables de verdad y del profundo sentimiento que parecía producirlas; así es que la inexperta voluntad del mancebo, que acababa de estrellarse en la firmeza del moro, concluyó por inclinarse al fin en favor de aquel hombre astuto, en quien creyó ver indudablemente un héroe y un mártir.

-Sea como queráis, repuso, doblegado cada vez más ante aquel artificio; mi voluntad, señor, es vuestra, y solo espera las órdenes que os dignéis dictarle.

-Aun no es tiempo, replicó Omar-Jacub, en cuyo continente, empañado por su habitual tinta de severidad, no era difícil leer el alborozo de su triunfo; es preciso aguardar oportunidad, y mientras suena la hora suprema, esperemos. Otros sinsabores desgarrarán el alma del tirano, cuya agonía debe ser lenta, prolongada y cruel, como lo empieza ya a ser, y para lo cual tomamos nosotros las oportunas medidas, que nos dan las primicias del triunfo, asegurando a la vez las probabilidades de una fruición grata y halagüeña.

La dueña apoyaba con marcados signos y ademanes las frases de su cómplice: cualquiera fisonomista medianamente versado en el arte, pudiera haber leído en aquellos ojos, en aquellos labios trémulos y balbucientes, en aquel pecho, en fin, anhelante por la fiebre del rencor y del deseo, algo de sobrenatural y maquiavélico que debiera responder a la exaltación infernal que ardiera en el corazón de aquella furia poseída del demonio de la venganza.

Las últimas palabras de Omar, demasiado significativas, provocaron el supremo grado de esa misma exaltación febril de la anciana, como que aludieran quizás a los amores del rey con la condesa, los cuales no eran un secreto para el vulgo, escandalizado, con más o menos fundamento, por las hablillas de que este asunto era objeto.

Por lo demás, continuó el moro, cuyo semblante se dilató con una afectada sonrisa de benevolencia, en la cual acaso viera alguien un destello de infernal malicia; yo no podría desairar cualquiera petición que vos, nuestro generoso bienhechor, me exigierais; he querido probar vuestra generosidad, y habéis vencido, lo cual me constituye en el círculo de un deber recíproco. Puesto que hasta tal grado llegáis con vuestro proceder tan recto, me veo, a pesar mío, obligado a acceder a ese deseo formulado de un modo tan modesto y reverente. Confiad, pues, en que mi hija será vuestra, si así os place; tomadla desde luego para vos, si bien a trueque de una condición que me permito imponer a vuestra prudencia, y que consiste en que no la obligaréis a cambiar de religión, ni ejerceréis presión alguna sobre sus creencias. Si admitís el partido, tenedla ya por vuestra como esclava, y juzgad por el valor del sacrificio que con esta preciosa dádiva me impongo, de la suma importancia que doy a mi empeño, a la vez que del alto aprecio que me merecéis.

Era éste el último esfuerzo del ardid llevado a un estro, desconocido, Lucifer, alucinado en su impresión primera, deslumbrado, ciego y resuelto, por las alucinadoras palabras de Omar, era ya un autómata, instrumento servil de su capricho. Su mirada, antes enérgica y altiva, parecía subyugada a la de aquel hombre, cuya superioridad, realzada por la majestad que le imprimieran sus venerables canas, y aun también el lujo de su pintoresco traje, llevaba en sí esculpido ese indisputable sello de autoridad que le distinguiera, con sus brillantes modales, con la gravedad dramática de sus movimientos y con la oratoria, en fin, tan seductora y simpática, que arrebataba con el eco mágico de su palabra enérgica y nerviosa. ¿Dónde estaba aquella provocadora entonación de lenguaje con que el aventurero solía anonadar los rudos bríos de sus feroces subordinados, aterrados por el respeto que les inspiraba su proverbial bravura? ¿qué se había hecho aquel fuerte empuje de voluntad incontrastable, que no sufría contradicción ni réplica?

La infame Palomina, interpretando la interioridad del cuadrillero, en uno de aquellos raptos de alucinamiento falso que ya conocemos, le estrechó entre sus demacrados brazos y le besó frenética, enloquecida por el vértigo de un entusiasmo que se aproximara al delirio.

- ¡Bien, muy bien! así te quiero yo, mi valiente y hermoso niño mimado: no otra cosa esperaba yo de tus excelentes dotes, y en tal concepto no vacilé en recomendarte y presentarte yo misma a este caballero, sin necesidad de consultarte; preferí prepararte este golpe de sorpresa, en lo cual consiste acaso su mayor mérito, deslumbrando tus sentidos con la realidad más halagüeño, sobre todo, para ti, mi ardiente niño, mecida tu fantasía en sueños de amor, y acariciado por esa brisa mágica que corroe los huesos y reproduce, en la juventud sobre todo, la abnegación más noble y generosa. Y cuando tras de una ruda serie de sacrificios se trasparenta uno de esos premios divinos, verdadera ofrenda depositada en el ara de los dioses; cuando sonríe en lontananza la seductora imagen de un ángel que se columpia en las nubes, que bate sus alas de nieve, esparciendo un perfume de mística ambrosía que incita al deleite, que le atrae como el imán, con un encanto indefinible y voluptuoso como la tentación... ¡Oh! confiesa, mi querido niño, que no es posible conjurar esa fascinación sensual, que no es fácil contemplar indiferentemente esa sonrisa mágica como la de un genio, que su incentivo provocador ofusca las potencias en un profundo éxtasis, y que la criatura, sojuzgada por la fuerza del encanto, lo arrostra todo, hasta el martirio que le da la palma del triunfo ideal sobre la materia bruta.

Y en efecto, este lenguaje afectadamente sublime en boca de Palomina, era ya el principio de esa alucinación, de ese mundo de imaginarios fantasmas, de esas visiones arrebatadoras como la poesía y voluptuosas como un deseo de amor; era en fin, una de esas sublimes inspiraciones de la fantasía, rapto delicioso del alma.

Palomina estaba verdaderamente extasiada: era la fogosa sibila de la fábula, pronunciando sobre la trípode uno de esos delirantes oráculos que inflamaran la preocupación gentílica, y que solían dilatar la esfera del valor hasta ese punto heroico o temerario que presta el fanatismo a sus víctimas.

Omar-Jacub observaba a su vez también con cierta complacencia feroz el triunfo de su astucia, y como si pretendiese, antes de terminar la conferencia, encadenar al joven con otro vínculo más fuerte, a aquella mujer hechicera, supo aprovechar su sueño para descubrir a la vista aturdida del mismo algunos de aquellos encantos tan bellos e incitantes, aun a través del velo que los cubriera apenas.

Y al perpetrar aquel acto repugnante y profanador, el viejo y la dueña sonreían con una sonrisa intempestiva y sardónica que reflejaba un viso de impureza.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión