La corona de fuego: 50

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Capítulo V - Que es continuación del anterior[editar]

El sol de la verdad va despejando
La atmósfera sombría
Sus esplendentes rayos desplegando
Que van iluminando
Regiones que la luz desconocía.


Hay en vuestra deposición puntos discordes, dijo el rey, después de una breve pausa, dirigiéndose al hebreo, y convendría aclarar en lo posible la materia. ¿Qué os parece a vos?

-Muy sencillo, señor, si me permitís continuar mi declaración respecto a esa repugnante historia, cuyo recuerdo me asa lla como la pesadilla eterna de mi conciencia, que conturba mis sueños y pulsa a las puertas de la desesperación a veces. Porque yo también, señor, tengo de qué acusarme ante Dios y ante la sociedad en esto caso.

-Está bien, y puesto que habéis iniciado con loable franqueza el asunto, decidnos el papel que os reservasteis en la ejecución de esta trama diabólica.

-El de encubridor, o mejor dicho, el de cómplice.

-Sois franco, por Dios, Eleazar, y casi me atrevo a aplicaros el galardón de la indulgencia, al menos por la parte de bien que vuestras revelaciones, oportunas quizás todavía, pueden traer a la causa de la humanidad.

-También soy yo culpable, señor, y me acuso de ello, sin que creáis ver en esta confesión otra cosa que no sea el eco de la conciencia fiel que me inspira, replicó el judío, recurriendo de nuevo a pulsar uno de los estudiados resortes de su refinada astucia, que tan buena suerte llevara.

-No importa, contestó Alfonso, cada vez más propicio en favor de aquel hombre; el tiempo de la reparación ha llegado, y entráis ahora de lleno en las vías saludables de ella: esperad, pues, mucho de la clemencia de vuestro juez y de la parte doliente que os acusa y demanda por mi medio.

Eleazar se inclinó con una de sus profundas cortesías, y al mismo tiempo brotaron dos lágrimas de sus ojos.

-Veamos, continuó el monarca, cómo se explica vuestra connivencia en esa intriga.

-De una manera bien natural: esa mujer, con quien en mal hora me unió un vínculo de parentesco tan estrecho, y a la cual me avergüenzo de llamar mi hermana, en los momentos críticos en que se hacía ejemplar castigo en los conspiradores de Toledo, en aquellos instantes solemnes en que un edicto del rey ponía precio a mi cabeza; esa mujer entró en mi gabinete como una furia exaltada, y tuvo la osadía de hacerme una proposición odiosa, colocándome en una comprometida alternativa: venía resuelta a decirme, que o huíamos con el tesoro de Veremundo, de que no sé cómo se había apoderado, o que me delataba.

-¿Y os decidisteis?...

-La elección no podía ser dudosa, apreciados ciertos antecedentes graves que mediaran: era necesario sacar partido de todo, y accedí a lo primero.

-¡Linda hazaña!

-Cualquiera en mi lugar hubiera hecho otro tanto, tratándose de una mujer como esa y en unas circunstancias tan críticas, no extrañéis que me doblegase a ella como un simple autómata. Además, el estímulo del interés es otra de las miserias de la criatura en casos dados: Adán prestó oído al seductor halago de Eva, y fue tentado.

-¿Con que huisteis?

-Huimos, sí, aquella misma noche, porque no era caso de perder tiempo.

-¿Con el tesoro?

-Pues... No pude hacer frente a la tentación tan vehemente que combatiera mi fe, debilitada ya por el egoísmo, por un terror cobarde, y por el soplo impuro de una sórdida avaricia: oía zumbar en mi oído el silbido de la serpiente del Paraíso, y contaminado, mejor diré, fascinado, enloquecido, seguí mi destino por la senda tortuosa y resbaladiza del deshonor.

En el semblante varonil del rey lució una conmiseradora expresión, más pronunciada cada vez en favor del reo.

-Era mi posición difícil, continuó éste, no sin apercibirse del efecto que su lenguaje produjera en el ánimo del soberano; me era imposible ya de todo punto volver a Toledo, porque mi fuga había acarreado sobre mí una sospecha vehemente; ni podía tampoco descubrirme al rey de León, quien, además de ser constante aliado de Yahyah-Ben-Ismail, que me hubiera reclamado al punto, en virtud del tratado de extradición recíproca que existiera entre ambos, hubiérame exigido además la responsabilidad como ladrón del tesoro, cuya criminalidad no podía negar en buen terreno; porque en cuanto a la conspiración fraguada, y que acababa de fracasar por desgracia de todos nosotros, era asunto peculiar de la reina doña Sancha, y al cual era absolutamente extraño su esposo y vuestro padre don Fernando. Era, pues, de todo punto necesario recurrir a un medio que me salvara, y de lo cual hubo de encargarse Betsabé.

-Sepamos cómo.

-Negoció con el supuesto conde de Altamira un tratado que garantizaba mi seguridad bajo condiciones extrañas, que yo desconocía por entonces: solo sé que Betsabé me condujo a una gruta de Monte Sorayo, gruta que adornamos con un lujo oriental, precedida de jardines y selvas vírgenes, siempre verdes y frondosas. Allí nos acompañó un esclavo etiope, Alí-Belin, o Abrael, terrible eunuco gigante que debía garantizar nuestra seguridad en aquel sitio ignorado e impenetrable.

-¿Podréis decirnos la procedencia y origen de ese esclavo?

-Solo sé que estaba al servicio de Selim, el gobernador de Toledo; que era instrumento ciego de la voluntad de mi hermana, a quien parece debía la vida, no se por qué causa, y que desempeñó el papel de espía o de guarda de vista de Hormesinda, a quien jamás abandonaba, ni aun durante su sueño a veces. Betsabé le ganó por la mano, mediante no sé qué premio, y él, que bien sea por tesón o por sistema, no quería renunciar su papel fácilmente, accedió al deseo de su protectora, que le prescribía el deber de continuar guardando su presa a toda costa. Pocos días después de mi instalación en la gruta, porque Betsabé permanecía al lado de Constanza, condesa ya de Altamira, vino la primera, trayendo consigo a una linda joven que me entregó de orden del conde para que la ocultase en aquel desconocido antro. La pobre mujer simpatizó bien pronto conmigo; me refirió sus infortunios, que eran muchos, y empezó a titularme su bienhechor y padre.

La absolución del reo era ya cosa enteramente decidida en el ánimo del rey, completamente convencido de la ingenua probidad de aquel hombre.

-Instigado y aun obligado por mi hermana, prosiguió, yo que ignoraba el fondo de la intriga que en torno mío se agitara, de acuerdo con ella, y aun también con la misma joven, inventé una trama, necesaria de todo punto, según la cual, debía ella tomar el nombre de Dalmira y pasar por hija mía, con otras particularidades que desfiguraban la verdad en la parte referente a aquella dama, en quien pude reconocer a la esclava fugitiva, a la esposa de Veremundo Moscoso de Altamira.

-¡Ella! ¡Hormesinda! exclamó maquinalmente el encubierto, quien por un impulso maquinal y espontáneo, rompió por primera vez el silencio que el precepto del rey le impusiera.

-Sí, ella, repuso Eleazar, exaltado a su vez por un entusiasmo recóndito; ella, pobre inocente, a quien la Providencia salve de un crimen que puede perpetrarse, a no conjurarlo un prodigio del cielo que afortunadamente ha empezado ya a operarse...

-¡Un crimen! interrumpió el rey, con visible alarma. ¿Qué crimen es ese de que habláis, hombre incomprensible?

-Uno de esos que la misma naturaleza rechaza, y de que apartan su vista escandalizada la civilización y el decoro.

-Explicaos más claro.

-¡Ah, señor! Y si yo, en nombre del pudor, os suplicase que me relevéis de ese compromiso... porque es al propio tiempo la clave radical de la intriga, y estoy seguro que debe provocar vuestra indignación y la de todos...

-Despachad, debéis hablar, y decir todo cuanto sepáis.

-Desistid, señor, os vuelvo a suplicar de nuevo, y libradme a mí mismo del disgusto de esa confesión horrenda, con lo cual podéis también acaso libraros vos de un escándalo de conciencia.

-Proseguid, proseguid sin detención, porque el acto se prolonga demasiado, insistió Alfonso a su vez con su inexorable y sentenciosa tenacidad.

-Pues bien: ya que así lo queréis, sea. Betsabé, en cuya mente no se interrumpía la idea de su criminal venganza, llevada hasta un punto incalculable, me había mandado confeccionar un prodigioso elixir que tiene la rara virtud de contener los progresos de la edad, manteniendo el vigor y la hermosura de la parte física. Es un secreto químico que aprendí en la Arabia, y que he tenido la buena fortuna de ver justificado en mí mismo, porque aquí como me veis, tengo noventa años cumplidos, y me siento no obstante vigoroso y ágil como si solo tuviese cuarenta.

El fingido Omar cautivaba cada vez más la atención de los circunstantes y sus palabras eran escuchadas con vivísimo asombro, especialmente por el rey.

-Betsabé, continuó él, allá en su maligno interior, concibió una idea infernal, resuelta, como estaba, a hacer de ese maravilloso licor un uso indigno por sus consecuencias: lo administró a la esclava, y hoy, después de veinte o más años, se encuentra tan delicada y joven, como una doncella que apenas cuente cuatro lustros.

-¿Hormesinda, eh? preguntó el rey.

-La misma, sí.

-Pero ¿a dónde iba a parar con ese artificio?

-Al crimen de que os hablaba antes, señor.

-¿Cómo, pues? No se os comprende.

-De un modo bien sencillo: la esclava no oye el grito de la sangre que trata en vano de alejarla del abismo que su ignorancia abre a su imprevisión... porque ama a su propio hijo sin conocerle, y...

-¡Oh! ¡Maldición! exclama maquinalmente el encubierto joven, sin poder contenerse, mientras le dirigía el rey una mirada enérgica de reconvención. ¡Oh! ¡Abominación!... Ya adivino...

-¡Cómo! dice Alfonso. ¿No sabía ella que era casada?

-Se le había hecho creer que Veremundo era muerto y que su hijo había sucumbido al veneno que Ataulfo mandara administrarle. De esta suerte, Betsabé veía marchar el plan a su madurez, y contaba los instantes en que, progresando la intriga y el afecto por distintas vías, llegara el instante crítico en que se perpetrara acaso uno de esos detestables delitos que son el oprobio de la sociedad constituida.

-¡Horror! ¡Infamia! repitieron todos por lo bajo, reproduciendo murmullos que se apresuró a apagar el monarca, escandalizado también, mientras Gonzalo, no pudiendo reprimir su cólera y vergüenza, cediendo a la violenta emoción que le alucinara, caía aplomado sobre un taburete.

-¡Basta! ¡Basta! exclamó, conturbado y confundido a su vez el monarca: volvamos ahora a vos. ¿Cómo es que cambiasteis el verdadero nombre de Eleazar por el supuesto de Omar-Jacub?

-Fue una exigencia de Betsabé que no he podido alcanzar a comprender todavía: es posible que con ese ardid pretendiérase crear un nuevo medio de cerrar la puerta a la investigación.

-¿Y cómo os entendíais con el conde?

-Lo ignoro, señor.

-¿Cómo, pues? ¿No dijisteis?...

-Nada he dicho que tenga relación con mi connivencia con Ataulfo; lo contrario fuera faltar a la verdad de los hechos. Dije que se me entregó por mandato del mismo y en calidad de prisionera a Hormesinda, constituyéndoseme guarda y carcelero suyo para que la tuviese bajo mi responsabilidad y custodia en una gruta misteriosa: esto es todo cuanto he dicho y repito; en cuanto a lo demás, es cosa de Betsabé.

-¿Y por qué causa permanecisteis tanto tiempo allí pasivo, sin delatar el crimen, puesto que os repugnaba?

-No podía atreverme a tanto sin exponerme a los furores del sanguinario espía que tenía a mi lado, y sobre todo, aventuraba también la suerte de Hormesinda y la mía. Preferí esperar ocasión.

-¿Teníais un espía, eh? ¿Quién era ese espía?

-He dicho mal, señor; tenía dos, cual de ellos más inexorable y malvado: Betsabé, la renegada, y el esclavo Abrael, llamado antes Alí-Belim, del cual ya os he hablado.

-Dicen que vivíais rodeado de un lujo espléndido...

-Así es la verdad, y aun yo mismo os lo he asegurado.

-¿Quién os facilitaba esos recursos?

-El tesoro de vuestra madre doña Sancha, que sustrajo Betsabé con mi ayuda, y del cual gratificó la mitad al conde Ataulfo, a trueque de condiciones que entre ellos mediaron, y a las cuales fui completamente extraño.

-¿También a él?

-¿Qué queréis? Solo a ese precio pudo comprarse mi vida, mi vida que era la salvaguardia de Hormesinda; y sobre todo, yo no podía contrarrestar el poder de Betsabé, ese espía constante de mis sueños, que colocaba incesantemente junto a mí, como una sombra diabólica, al terrible eunuco, y me encadenaba a su maquiavélico arbitrio. Por manera que esa mujer manejaba de un modo extraordinario la intriga, y anudaba en su corazón, corroído por el rencor y el odio, todos los cabos de esa trama tenebrosa, en términos que lo dominaba todo, sojuzgándolo a su albedrío.

-Está bien: me falta saber ahora sí seríais capaz de sostener vuestras confesiones a vista y presencia de Betsabé.

-¿Por qué no? ¿Las he rehusado acaso ante Dios?

El rey ordenó entonces a los soldados que trajesen de nuevo a la vieja a su presencia.



La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión