La corona de fuego: 08

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Capítulo VII - En el cual se despeja una incógnita[editar]

La máscara cayó, que tiempo era
De arrojar ese velo
Y presentarse fiera
Esa lucha de horror, franca y sincera,
Fatídica, Insultando al mismo cielo.


Elvira, enervada por aquella lucha que con tanta ventaja sostuviera, y perdida su mente en un caos de vacilaciones a vista de un misterio que no comprendía, permaneció al pronto aterrada, muda, fría e inmóvil, apoyada sobre la pared como una estatua contra su pedestal truncado. Sin aquel apoyo indudablemente hubiera caído anonadada bajo el peso de su propio terror.

Aquella impresión pasó lentamente, como esas sombras imaginarias que sorprenden la fantasía y solo dejan luego un recuerdo vago de su quimérico ser. Poco a poco descendió de su rapto, y sus ideas recobraron gradualmente su primitiva energía: mil ideas contradictorias cruzaron por su mente, iluminada por accidentes vagos, como los fenómenos de la linterna mágica, que sorprenden la ilusión por medio de las creaciones ópticas del artista.

Sacudió de pronto su hermosa cabeza, como el centinela a quien sorprenden dormido; pasó la mano por la frente como para disipar una idea torcedora, y entonces no fue ya terror, sino un impulso vehemente de odio y venganza mucho más intenso que antes: una llamarada voraz inflamó su mente, que ardía en un infierno de celos. La víbora había refocilado sus fuerzas y recobrado toda su venenosa energía.

Hasta llegó a echarse en cara su falta de ánimo, cuando la suerte o la fatalidad pusiera a aquel hombre en sus manos, y necesitó llamar en su auxilio toda su rencorosa prudencia para resistir al impulso que tuvo de salir en busca de aquella persona venturosa o maldita, para provocarla de nuevo o asesinarla, quien quiera que fuese, porque en ocasiones dadas se desconocen las jerarquías y se salta por todas las barreras.

La vengativa joven concluyó por adoptar una resolución suprema que rasgara el velo del profundo arcano que existiera hasta entonces, y que iba a dejar de serlo dentro de breves instantes. La hiel que hervía en su pecho rebosaba ya, y no era fácil contenerla en tan reducidos límites.

Una halagüeña esperanza, que acaso llevara envuelta su propia felicidad y su porvenir, había mantenido siempre el sello de aquel terrible arcano, cuya revelación debía causar una escandalosa impresión en el castillo.

Trémula, con paso vacilante y alentada únicamente por su mismo rencor, la exaltada joven se resolvió a verter el vaso de la ponzoña hasta tanto tiempo comprimida, aun a trueque de destrozar su propio corazón. Entró, o por mejor decir, se dejó arrastrar por su misma cólera hacia aquella pieza funesta que servía de dormitorio a la imprudente Constanza, separó el batiente de su dorada moldura e introdújose con paso inseguro.

Un pálido reflejo iluminaba débilmente aquella mansión silenciosa, confundiendo y borrando los dibujos asiáticos de las tapicerías, los bustos severos de familia colocados en marcos preciosos de filigrana con labores de crestería, los lujosos muebles embutidos de nácar, los mosaicos alicatados del pavimento medio cubiertos por alfombras pérsicas, y los pesados cortinajes de damasco y terciopelo recamado con orlas y franjas de tisú, medio borrado todo por el destello opaco de la oscilante lámpara, en torno de la cual flotaba una movible aureola.

La alcoba donde se hallaba el lecho de la baronesa estaba cerrada por un cortinaje de brocado amarillo, cogido a pabellones sobre el cornisamento gótico del friso en tercer orden. A través de aquella cortina suntuosa oíase la agitada respiración de Constanza, que dormía o fingía dormir con un sueño profundo.

Elvira descorrió, toda trémula, los pliegues de aquel velo, y detúvose a contemplar el cuadro con cierta expresión maligna y diabólica.

El lecho estaba desordenado, y las sábanas de finísima batista arrastraban por uno de sus extremos, apenas sostenidas por las columnillas angulares de bronce con pomos de plata córnea. Una arandela, también de plata, alumbraba, como hemos dicho, aquel retrete, esculpiendo sobre las paredes un baño de violada púrpura.

Sobre aquel lecho yacía, en una voluptuosa postura, vestida con una especie de peinador de muselina blanca, la hermosa castellana, sumida, al parecer, en un profundo sueño, y denotando en la dejadez e indolencia de sus miembros una laxitud fatigosa.

Uno de sus blancos y torneados brazos colgaba del lecho, mientras que sobre el otro reclinaba su linda cabeza, orlada de profundos bucles que rodeaban el lindo perfil de su rostro semigriego, que pudiera ofrecerse por modelo a la estatuaria, así como sus demás formas mórbidas de una perfección verdaderamente académica.

Elvira, en cuya mirada lúcida parecía traslucirse cierta criminal codicia, rodeó cautelosamente el lecho, practicó cierto reconocimiento escrupuloso, y cuando húbose persuadido de que ningún riesgo podría correr, volvió atrás, cerró interiormente la puerta del dormitorio y tornó luego a aproximarse al lecho de la baronesa. Al practicar nueva investigación en aquel recinto del reposo, la vengativa joven tropezó con un objeto.

Cogiólo con ansia, y vio que era una garzota de cimera.

Un rayo que cayera a sus pies no le hubiera impresionado tanto como aquella prueba, que venía a disipar sus dudas de una manera concluyente: sí, porque Elvira aún dudaba, y como la duda suele seguir todo el curso de la incertidumbre, tomando una parte activa en esa lucha moral en que por tanto entra el egoísmo, hasta llegar al periodo de convicción, de ahí esa impresión terrible y decisiva que disipó sus vacilaciones, fijando la verdadera faz del suceso, cuyo desenlace en cierto modo preveía.

Elvira vertió una sorda aspiración de sombría cólera, y sublevada por su misma explosión, sacudió el brazo de la baronesa, oprimiéndolo por la muñeca con una fuerza convulsiva, con una crispatura nerviosa.

Despertó Constanza sobresaltada, y aun trató de incorporarse y saltar maquinalmente del lecho; pero aquella mano atarazada con una fuerza tenaz, sujetándola en aquella postura inmóvil, como si fuera un tornillo de hierro.

- ¿Quién sois? exclamó con despavorida sorpresa y cubriéndose instintivamente con la sábana por un movimiento pudoroso.

Elvira alzó entonces la alambrera que cubría su rostro, lívido por la cólera, contraídas sus facciones por una exaltación feroz, y destellando sus ojos un brillo de sarcasmo diabólico.

Constanza fijó su vista, extraviada en aquella fisonomía tan dulce tan simpática en otro tiempo y alterada ahora por una descomposición infernal... Nunca había irradiado de aquellos ojos un fuego tan fosfórico y tenaz; nunca aquel semblante, tan gracioso y gentil se había rodeado de tan amenazadora expresión. La baronesa, respondiendo acaso a un presentimiento oculto, se estremeció de espanto.

-¡Por piedad!, exclamó toda trémula, fijando aquella suplicante mirada en el semblante airado de la joven; por piedad, Elvira mía, ¿qué me quieres a esta hora? Apenas reconozco en ti a aquella fiel amiga que tanto me ha amado; di, ¿por qué me estás atarazando tan cruelmente? ¿En qué he podido yo ofenderte? Suelta, me haces daño, Elvira.

-Tenéis razón, no soy ya esa Elvira a quien tanto habéis amado, y que tanto os amó y ama todavía: esa Elvira se ha trasfigurado; el odio que inflama sus venas le ha convertido en un ser abominable y monstruoso, sí; porque en esas venas no circula ya sangre de humanidad y de misericordia... porque una lluvia de maldición ha rociado de amargura mi alma y ha enfriado el depósito de caridad y dulzura que un tiempo vivificó mi espíritu e iluminó mi alma con la luz de la clemencia. Porque la llama del odio que me devora ha hecho descender sobre mi cabeza el anatema del cielo... y héme aquí con el corazón vacío de fe, exhausto de afecciones, cadáver pestilente arrojado al osario de la desesperación; ese peligroso terreno donde resbala la víctima, triste refugio a que apelamos cuando el desengaño nos precipita desde el mentido sueño de la ilusión más grata.

-No te comprendo, amiga mía, exclamó Constanza cada vez más consternada por el discurso enigmático de su extraña colocutora, la cual continuó con una de esas crueles e irónicas sonrisas que deslumbraban la vista de la baronesa.

-Escuchad: hubo un tiempo en que el título de amiga halló un eco simpático en mi corazón, que respondió al eco de esa palabra mágica, y que no tiene equivalente en el lenguaje de los hombres; pero ¡ay! añadió, oprimiendo con mayor vigor aquel brazo de nieve; esa misma palabra, cuya armonía difunde una plenitud inefable de goces en la vida intelectual de la criatura, se sublima a otro grado supremo que lleva en sí otro nombre divino disfrazado con la palabra amor.

-Pues bien; continuó acentuando lentamente su trémula voz, a la que gradualmente iba dando una vibración cada vez más febril y extraña; esa palabra sublimada a ese grado eminente ardía en mi pecho con una vehemencia latente y enérgica. Porque era el soplo germinador que me animara, y sin el cual no hubiera tenido vida... porque era, en fin, el hálito del mismo Dios, potente, ideal y sublime, que dilata el alma y la eleva a una esfera suprema e inmediata a las jerarquías celestes. Y fascinado por ese mismo vértigo que enloquece y extravía en su mismo rapto sensible, hube de apelar a un ardid para encubrir, bajo el velo de la modestia y del disimulo, ese franco y generoso afecto que concentra el primer deber impuesto por el Criador a la criatura respecto de sus semejantes; y partiendo de un principio sistemático, el amante adoptó las formas aparentes de mujer, porque éste era el único medio que le ofreciera mejores probabilidades en la lucha ruda y difícil que iba a empeñar con un imposible. Ese desdichado fui yo.

-¡Tú!, exclamó toda horrorizada la baronesa. ¿Qué es lo que oigo?

-No alcéis la voz, miserable mujer, replicó la fingida Elvira, concentrando cada vez más su odio intenso en aquellas palabras de hiel; los días de maldición han empezado para nosotros, el astro común, que parecía sonreírnos, ha volado su disco bajo una nube sangrienta, y ha plegado sus rayos luminosos en el limbo de la desesperación más cruda. Esta grata figura de la amistad ficticia ha sido solo un lúgubre fantasma que agitó sus negras y seductoras alas durante nuestro sueño, meciéndonos en una cuna tenebrosa y maldita; y toda esa aparente ventura que nos halagara en el periodo equívoco de nuestro letargo, ha huido como una de esas raudas parábolas que incendian de luz la zona para envolverla luego en una masa de tinieblas.

-¡Oh, Dios mío!, exclamó Constanza, juntando las manos y poseída de una contracción nerviosa provocada por el terror que la inspiraran aquellas revelaciones siniestras. ¡Dios mío, Dios mío! , es muy extraño todo eso.

-Y sin embargo, continuó su interlocutor con su infernal sarcasmo, es, por desgracia nuestra, bien cierto: escuchad los pormenores de ese sangriento episodio, tenéis un derecho a ello, sí, porque luce allá a lo lejos un punto terrible y fatídico que concentra su desenlace sangriento, y todo esfuerzo se declarará impotente ante la inclemencia de esa misma fatalidad inexorable que nos persigue. Oíd, pues, y estremeceos.

-Ese hombre insensato que amaba con frenesí... a vos, que erais su vida, su porvenir, su Dios, que hubiera dado en cambio de ese amor frenético su misma existencia, y acaso también algo de su eternidad (¡perdóneme Dios esta locura!), ese mismo hombre tuvo la suficiente calma de esperar en medio del piélago de su desesperación cruel, la hora feliz, aunque incierta, de que una casualidad cualquiera anudara ese acto supremo y grandioso, solemne, sublime y heroico de la voluntad mutua santificada por el afecto recíproco.

¡Ay!, que el alma entera se fundía a impulsos de esa ilusión tan pura y halagüeña, de ese fantasma tan risueño y feliz que parecía columpiarse allá en el horizonte de la posibilidad humana, provocando deseos vagos, dulcísimos y hechiceros, y prometiendo, al parecer, una fruición de indecibles goces, cuya sola idea sumergía en un piélago de éxtasis profundos y de seductoras imágenes... ¡Oh!, y abatido el espíritu, enervado, apenado el corazón por la lucha del disimulo, aunque corroído por el estímulo de tanta ventura posible, la naturaleza solía ceder al vértigo embriagador que torturaba sus resortes y aniquilaban al hombre precipitándole en el caos de la desesperación más cruda, después de haberle elevado a toda la altura de su fantasía.

Y sin embargo, ese mismo hombre, perdido en medio de tanta amargura y sufrimiento, sobrexcitado por la lucha, os ha respetado, cual cumple a la lealtad de un caballero, ha saltado la barrera del amor propio ofendido, y esto es tanto más meritorio, cuanto que el hombre enamorado sale de su esfera racional, constituyéndose en una situación anómala y excepcional que le embrutece y degrada hasta el peligroso extremo de las pasiones.

Pues bien, continuó con una entonación siniestra; ese mismo hombre que ha guardado respecto de vos una línea de conducta tan honrosa, cual cumple a la lealtad de un buen caballero; que se ha encerrado en el círculo de sus deberes de tal, aun a trueque de destrozar más cada día su corazón calcinado por tan poderoso estímulo... oídlo bien: ese hombre que os guardaba para disfrutar algún día vuestro tesoro con el mismo interés, con la misma codicia que un avaro guarda el suyo; ese mismo hombre, yo, he tenido el dolor de sorprenderos esta noche con vuestro amante en una cita culpable. Dios me ha infundido 'el valor suficiente para contener la explosión que debiera haber arrastrado mi vida al probar ese amargo cáliz que debiera coronar el acto de mi desesperación. Y he venido resuelto a darle de estocadas en honroso duelo o asesinarle si lo rehusaba, aplicando a este caso la frase de Alejandro a Darío, de que: dos soles no pueden, sino uno, alumbrar al universo.

Porque eráis vos el sol de mi inteligencia, astro fulgente a cuyo brillo cegaban mis potencias, divagando luego sin orden, como puntos perdidos, durante su ocaso. Porque fanatizado yo por el brillo de ese fantasma de la Divinidad en la tierra, me anegaba en un mar de venturosos éxtasis y goces lisonjeros.

Pero ese hombre ha eludido mi venganza, y ha sido tan miserable, que he necesitado insultarle, casi abofetearle, para que entrara en razón de honra, y aun así ha aplazado el duelo, porque indudablemente debe ser un miserable y un cobarde.

Y rechazado, al fin, por esa fría impasibilidad que en ese hombre es un sistema, héme aquí frente a frente con vos, que eráis mi vida, que ahora sois mi verdugo, y que luego seréis, tal vez, la víctima expiatoria, porque tal es el decreto del destino.

Y extraviado por su mismo discurso metafórico, este singular personaje exaltábase progresivamente a medida que daba mayor energía y fiereza a su duro lenguaje.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión