La corona de fuego: 43

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Capítulo XII - El confesor[editar]

La misa matinal en aquel día
Misterio revelaba,
Que al celebrante santo rodeaba
De cierta alegoría,
Y el portento a su altura levantaba.


Dos días después Lucifer, vestido de su luciente arnés, paseaba muy temprano por las riberas del riachuelo Agua-pesada, contiguo a la alquería, solo, meditabundo y cabizbajo, como sumido en una meditación profunda.

Era día festivo, y los campesinos acudían a oír la misa matutinal que cierta persona devota mandara celebrar en la ruinosa ermita del Santo Cristo de la Agonía, cuya hermandad se había esmerado todo el día anterior en adornarla lo más decentemente posible.

Allá a poco un religioso, con la capucha echada al rostro y embozado en una gran capa, atravesó el campo con dirección a la ermita, cabalgando en una lucida mula que llevaba al trote.

Algo después se oyó el tañido de un esquilón, y las gentes rezagadas redoblaban el paso, con el fin de llegar a tiempo de oír misa.

Lucifer, con la celada al rostro y embozado en su ferreruelo, porque la mañana era algo fría, acudió también con varios aventureros, vestidos como él, a cumplir con el tercer precepto del Decálogo.

Cierta precaución disciplinaria y de circunstancias obligaba a todos a ir con la visera echada al rostro, y así oyeron misa.

Concluida ésta, y cuando evacuado por el paisanaje el mezquino ámbito de la ermita, esperaban los soldados lo que solía llamarse la bendición marcial, concedida únicamente a las respectivas hermandades o milicias titulares de algún santo, el celebrante, que reconoció a Lucifer entre los demás por su habitual distintivo, que era, según dijimos, un airón flotante sobre el almete, le dirigió una mirada tenaz, de que se apercibió con visible sorpresa el joven.

Al aproximársele éste, como jefe de la, hermandad, a gratificarle la limosna de costumbre, la rehusó diciendo en voz baja:

-Guardadla para los pobres, y esperad, que tengo que hablaros a solas.

Lucifer mando a los suyos despejar la capilla.

La lámpara perpetua continuaba ardiendo delante del gran Cristo de piedra que se elevaba sobre el ara.

Aquel sacerdote era alto y corpulento, como el que en aquel mismo sitio se apareciera al rey y le hablara, al tiempo de terminar la misteriosa conferencia con el cuadrillero, y de la cual ya nos ocupamos.

Era por consiguiente el extraño monje de Sahagún.

Retiráronse ambos hacia la parte posterior del altar y que correspondía a un reducido aposento, en otro tiempo sacristía del santuario, y cuyas paredes vacilantes permitían ver a trechos por sus rendijas la vasta campiña con sus caseríos y arbolados, y por las cuales penetraba un rayo luminoso del crepúsculo.

Aquel pálido destello iluminaba de perfil el rostro venerable del religioso con sus vestidos talares y su blanca y prolongada barba, dando a aquella imponente figura cierto aspecto puramente fantástico.

-¿Me conocéis? preguntó con su acento insinuante y plateresco.

Lucifer, sin alzar la visera, dirigió una mirada de sorprendente asombro a aquel personaje que le interrogara de tal suerte, y a quien no recordaba haber visto jamás.

-No os conozco, padre, repuso bajando la vista, sojuzgado por aquella voz que resonara en su oído con un eco terrible.

-Yo sí os conozco a vos: por eso vengo a buscaros a través de las distancias y penalidades que ha sido necesario vencer para ello. No es extraño que me desconozcáis después de tantos años que no nos hemos visto.

Lucifer se atrevió a fijar de nuevo en aquel hombre otra mirada de sorpresa.

En vano trató de investigar en su fisonomía una huella de conocimiento, en vano evocó sus recuerdos, concentrándolos en un punto dado; érale completamente desconocido aquel personaje, el cual continuó con visible interés:

-Un tiempo hubo en que teniendo a mi cargo cierta comisión poco honrosa, es verdad, pero que no podía rechazar la disciplina militar que creara en mí lo que se llama un compromiso, vuestra existencia estuvo en mis manos, mejor diré, en las de mi deber, si tal nombre merece la situación pasiva de un jefe subalterno. Un criminal magnate, semejante al cruel Herodes, conducido por el demonio de la ambición y del odio, me dio orden de averiguar el paradero de un niño que debía tener determinadas señas, y apoderarme de él, para conducirle a cierto punto, donde debiera ser asesinado quizás. Ese niño erais vos.

-¿Yo? exclamó todo conturbado el joven.

-Sí, vos erais, pobre criatura abandonada a la caridad de una miserable villana de las montañas cantábricas, y a quien habíais sido recomendado por otra mujer maquiavélica que se hacía llamar Beatriz de Quiñones, y la cual, aunque depravada y perversa, tenía al mismo tiempo grande interés en conservar vuestra existencia destinada a ser algún día instrumento de sus rencores.

-Ya lo comprendo, esa mujer se ha vendido a mi buena fe, a título de mi madre adoptiva.

-Es verdad: yo debía procurar cumplir mi encargo, so pena de incurrir en una nota infamante en mi carrera militar, y que hubiera producido un verdadero escándalo en las filas. Partí, pues, solo y sin otro testigo que mi fogoso corcel de batalla, y llegué dos días después a encontraros. Os tomé en mis brazos.. y al acariciaros, pobre criatura, vuestras hermosísimas facciones parecieron contraerse de terror, me mirasteis afligido y con espanto, a mí, que ningún daño os había hecho, bien es verdad que los ángeles deben tener el raro privilegio de sondear las interioridades del hombre.

Aquella amargura, aquella contracción, aquel llanto en que al fin rompisteis, me conmovieron. ¿Qué daño me había hecho aquella criatura inocente?

Os salvé por último, y, el tirano que decretara esa muerte, pudo confiar en mi palabra de honor que le aseguraba quedar cumplidas sus órdenes, sin que hasta hoy haya salido de su error. Ese tirano, o por mejor decir, ese verdugo, era el pretendido conde de Altamira.

-¡Él! exclamó Lucifer con un acento de indefinible horror.

-Sí, no lo dudéis.

-¿Ataulfo?

-El mismo.

-¿Y qué motivo podía yo haberle dado para tanta crueldad?

-Ninguno, pero la codicia y la ambición le cegaron.

-¿Cómo, pues?

-Nada más sencillo, tratándose de un corazón pervertido por el vicio y devorado por la sed de riquezas. El condado de Altamira era un brillante estímulo para halagar sus sueños de gloria, y para cuya realización había dado dos pasos gigantescos: había hecho desaparecer sin dejar huella alguna de su paradero, al legítimo dueño de dichos estados, Veremundo Moscoso, con su esposa Hormesinda Elvira; faltábale aun hacer presa del hijo de entrambos, Gonzalo Rodrigo, que erais vos.

-¡Yo!

-Sí, vos; y entonces, aunque bastardo de origen, pudiera haber revalidado a cualquier costa sus títulos de segundo genitura al condado, formalidad que no se ha llenado todavía, y de cuya circunstancia sabrá aprovecharse S. A. para reincorporar a la corona esos bienes y título, o cuando menos, para fundar el secuestro.

-Me horrorizan vuestras palabras, al paso que se exalta mi orgullo al oír en ellas la confirmación del anuncio que en igual sentido me ha dirigido el rey.

-¿Os lo ha dicho también su señoría?

-Sí, y por cierto que salvando el decoro y fe que se deben a su real palabra, me atreví a dudar de tanta dicha, yo que por primera vez oía resonar en mi oído el eco de esa suerte feliz que venía a visitar mi oscuridad y mi desgracia.

-Pues bien, sabed que la Divina Justicia se ha cansado de probar vuestra resignación y desventura. Todo pende de vuestra prudencia, esperad en Dios y en vuestros amigos, que el día de la reparación se acerca. Ahora solo me resta enteraros del objeto de mi misión, y por cierto que me pesa haber perdido tanto tiempo.

-Pero mis padres... ¿no me decís si existen y dónde?

El monje se sonrió con una expresión de inefable dulzura.

-No me es permitido tanto sin quebrantar el sigilo sacramental de la penitencia, y me es sumamente sensible someterme a este deber que me impone mi santo ministerio.

-¿Pero al menos no podéis decirme si existen?

-Nada me preguntéis, os lo repito, porque un precepto canónico a que responde la conciencia, sella mis labios, creedme, el deber del sacerdote en actos de esta especie está sobre todas las consideraciones sociales: mis facultades solo alcanzan a ciertos límites, a los cuales han llegado mis revelaciones, no tratéis de insistir en un imposible, y... oid el objeto de mi misión que ya os he anunciado:

Ayer fui invitado a asistir en su lecho de agonía a una pobre mujer moribunda.

Acudí al punto, ansioso de prestar ese auxilio supremo a uno de mis semejantes, que con tanta insistencia lo reclamara y cuya salvación estaba indudablemente en mis manos.

Llegué a aquella choza miserable, donde en un lecho de raídas pieles yacía devorada por la fiebre una pobre mujer cubierta de harapos.

Esa desgraciada es la misma que os crió a sus pechos en las montañas cantábricas.

-¿De veras? exclamó en el colmo del entusiasmo el cuadrillero, ¿qué decís?

-Sí, esa mujer, acometida de una afección morbosa de mal carácter, se sintió herida por el aguijón de la conciencia; Dios ha tocado su corazón, y su arrepentimiento ha sido tal, que su salvación creo debe estar asegurada por este medio.

-¿Pero vive todavía, decid, vive?

-He pasado en oración toda la noche junto a su lecho, siguiendo con cuidadoso interés la marcha progresiva de la fiebre que abrasa sus entrañas; y al salir de uno de esos frecuentes parasismos que comprometen su amenazada existencia, me ha manifestado un deseo vivísimo de veros por última vez, de daros el adiós supremo, y haceros ciertas revelaciones que deben aliviar su conciencia de unos escrúpulos que la conturban en esos críticos instantes.

-Vamos allá, si todavía es tiempo, dijo Lucifer, en cuya fisonomía notábase una inquietud extrema; ¿supongo que os encargaréis de acompañarme?

-Nada más justo, y aun me atrevería a recomendaros que traigáis escolta, no por mí, pues mi carácter vale por todos los poderes del mundo, sino por vuestra seguridad individual. Tratándose de asuntos de trascendencia tal, todas las precauciones no bastan a veces a poner a cubierto su interés propio, al paso que no alcanzan tampoco a dar al asunto ese sello de previsión, que suele ser el fundamento y base del mismo.

-Decid, ¿dista mucho de aquí?

-Bien poca cosa: podremos llegar a las ocho de la mañana, a pesar de ser el camino bastante difícil; sin embargo, nuestras cabalgaduras que no son perezosas, se encargarán de abreviar lo posible el trayecto.

-Ea, pues, estoy a vuestras órdenes: cuando gustéis, marchemos.



La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión