La corona de fuego: 38

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda



Capítulo VII - Declaración de amor[editar]

Recurrió en su aflicción al alto cielo,
Rechazando su afán aquí en la tierra;
Y aquel ensordeció, y aquí la guerra
De la conciencia en el humano suelo,
Cercáronle de amargo desconsuelo.


Allá a poco un hombre alto y cubierto con una gran capa, entraba con cierta gravedad jactanciosa, o como si dijéramos, con cierto coquetismo parecido a una petulancia que rayaba en ridícula.

Era el conde Ataulfo de Altamira y Moscoso.

Su pecho enronquecido, jadeaba de pura fatiga, y en aquella fisonomía escuálida, cada vez más demacrada y lívida, traslucíase algo más que fiebre, el sino de desesperación que poseyera su espíritu, destrozado por una lucha moral contradictoria y que en vano tratara él de disfrazar bajo una sonrisa forzada.

-Mucho temía, señora, dijo con su acento, lúgubre y en tono de plácida reconvención, que vuestra constante esquivez para conmigo hubiera concluido por negarme el favor, para mí siempre grato, de mereceros una audiencia esta noche; y por cierto que vuestra condescendencia me obliga al fin a justificar la tardanza en admitirme.

-En verdad, señor conde, contestó ella, que os he hecho esperar más de lo necesario, y casi me atrevo a solicitar vuestra indulgencia; ¿qué queréis? dormía uno de esos sueños terribles, una de esas siniestras pesadillas, en mí tan frecuentes desde que el alma es presa de tantos sentimientos, y... no pude acudir a tiempo, como debiera: después me vestí apresuradamente apenas oí la señal, y al punto abrí la trampa.

-Estáis dispensada, señora, y verdaderamente que no otra cosa pudiera esperarse de esa urbanidad que os distingue: si un pesar me aqueja después de la cumplida manifestación que os debo, es el de esa profunda melancolía que os aflige, produciéndoos esos mortales deliquios, y entristeciendo esa existencia que yo por mi parte, creedme, quisiera dulcificar a cualquier costa con los más puros goces. ¡Ah, señora! ¡cómo no interpretar yo ese quebranto que os aqueja! La simpatía, esa cuerda sensible que encadena los seres predestinados al sufrimiento y al cariño, ha venido a despertar mi sensibilidad y mi afecto en un arado heroico hacia vos, que sufrís como yo, y que por lo mismo debéis comprender mi situación moral, como yo a mi vez conozco la vuestra y la compadezco, pidiéndola mi egoísmo un consuelo.

-¿Qué decís? Vos, tan poderoso, tan rico, tan...

-Sí, tenéis razón; yo tan rico y poderoso, tan influyente por mi posición social y política, pudiera aspirar a cierta plenitud, a cierta fruición de goces que la fatalidad aleja de mí, arrebatándome la tranquilidad y el reposo, y constituyéndome en una condición deplorable. ¡Ay de mí! si supierais la hiel que rebosa mi corazón despedazado, el dolor que envenena mi alma en esta noche... ¡Ah! decís muy bien; yo pudiera ser feliz en medio de mi suerte; pero estas mismas circunstancias favorables que me rodean, esta pompa, este poder, estos brillantes medios que enaltecen mi nombre, todo, en fin, concurre a agravar mi situación y acibararla. ¡Líbreos Dios, señora, de una desgracia como la mía, disfrazada por la opulencia y el brillo artificial de la fortuna; puesto que concentrada en el espíritu, a salvo de todo género de apariencias, esa irónica expresión del amor propio, devora al corazón puesto en tortura entre ese amargo torcedor y las exigencias sociales alentadas por el orgullo. Es verdad, habrá quien mirando en mí únicamente al conde de Altamira, deslumbrado por la apariencia de esa brillante aureola que me rodea, me tenga envidia; ¡incautos! ignoran que si me despejara de esa máscara falaz, si dejara yo caer la corteza que encubre esa horrible desnudez descarnada y triste... ¡oh! entonces, estad bien segura que apartarían de mí su vista escandalizada, me compadecerían quizás, y... ¿quién sabe si me despreciarían, maldiciéndome?

Ataulfo se dejó caer con profundo abatimiento sobre un sitial próximo.

Contemplábale la joven con cierto asombro, como que, habituada a otro género de lenguaje por parte de aquel hombre altivo, no alcanzaba a adivinar la causa de una variación tan súbita como desconocida.

-En verdad, señor, que nadie creo pudiera sondear una realidad que yo misma extraño, careciendo para ello de antecedentes: ¿quién sabe? todo es posible, y en tal caso no puedo menos de protestaros mi conmiseración.

El conde guardó un instante de silencio, como si recapacitase, coordinando una idea o venciendo una duda tenaz; vertió un suspiro, y su pecho anhelante experimentó cierta comprensión fatigosa, que produjo sucesivamente uno de esos ataques de tos con esputos sanguíneos.

Luego, cuando húbose tranquilizado algún tanto, exclamó en un lenguaje que, aun a despecho de la clásica dureza que le distinguiera, parecía tomar cierta familiaridad confidencial.

-Dalmira, soy un desdichado mortal, sobre quien la Providencia ha querido desplomar todo el terrible peso de sus justicias. Perseguido por S. A. el rey de León, que se ha propuesto aniquilarme, perseguido además por la sombra de un rival invisible, que ha estado a punto ya una vez de matarme y de cuyo atentado ha quedado mi salud gravísimamente lastimada, solo me faltaba una escandalosa ruptura conyugal, y... esto acaba de sucederme. Rechazado por la imprudente conducta de una esposa adúltera, único consuelo que pudiera prometerse mi afán, acaba de abandonarme con el mayor descaro, después de insultarme, abusando de ciertas circunstancias que favorecen su culpabilidad.

-Eso debe ser triste, sí, tenéis razón.

-Lo es, señora, y tanto, que ese golpe ha roto las fibras de mi corazón, enfermo de afecciones amargas; y como si todo ello no bastara para crearme esta posición, la más desesperada que dar se puede, esa mujer ha provocado un divorcio legal, del cual entienden ya los tribunales del reino. ¡Ah! cualquier día no lejano una ejecutoria siniestra pondrá término a ese litigio en perjuicio de mis derechos, rasgando mi decoro propio y deprimiéndole.

Además, continuó después de una corta pausa, no es ese solo el insulto doméstico que me atormenta; hasta Palomina, esa dueña maldita, a quien Dios confunda, y cuyas tenebrosas maquinaciones han traído mi situación a este extremo, ese instrumento de la intriga que mancilló mi tálamo, monstruo hipócrita de rencores y crímenes, pero cuya discreción me convenía comprar a cualquier precio, acaba de caer en manos del rey, quien podrá utilizar sus revelaciones en perjuicio mío, y entre ellas la de vuestra existencia en este punto. En este caso, ¿cómo poner a cubierto vuestra virtud de la incontinencia de Alfonso? ¿Cómo pueden conjurarse las consecuencias de sus arrebatos violentos, si tenéis la desgracia de caer en su poder por cualquiera de los diversos medios, que él, poderoso, astuto y fuerte, pueda poner en juego para haceros suya?... ¡Oh! confieso que todo este turbión de ideas concurre en tropel a atormentar mi mente, combatida por tanta peripecia, creando un verdadero caos de que no hallo salida apenas.

Y agobiado por tanto pesar, quebrantada mi salud por mis sufrimientos físicos, y aun más por esa fiebre moral que corroe y destruye sus resortes vitales, rechazado despiadadamente por todo cuanto me rodeara, y que un tiempo pudo lisonjear mis ilusiones, vengo a pediros un consuelo en mi tristeza, a vos, único ser que pudo infundirme una esperanza. ¿Qué queréis? cerrado el horizonte de mi dicha, cuando envuelto en las tenebrosas sombras de la duda, vi cernerse allá lejos, sobre un abismo de nubes, un punto sangriento que marcara el fatídico fin de mi destino... escuchadlo bien: en aquellos momentos críticos de mi desesperación, que concentrada en aquel punto profético, no otra cosa veía en rededor que una masa de tinieblas compacta, poblada de fantasmas terribles, a través de alboradas sangrientas e imponentes... entonces se improvisó una tentadora imagen que sonreía como un ángel y que pudo a la vez infundir todavía aliento a mi fe, poco antes muerta, y que volvía a surgir de nuevo, inspirada por no sé qué presentimiento, que me salvaba y me restituía la vida.

Ahora bien, todo eso, que no pasaba de un sueño, prestábase a la interpretación con toda la verdad que imprime la certeza de un hecho providencial a todas luces. Dalmira, ese ángel, ese genio, ese fantasma consolador que me enviara el cielo en mis sueños de agonía... erais vos.

-¡Yo!

-Sí, estoy seguro, erais vos... ni podía ser otra. La mano de Dios descorrió un pliegue del velo que oculta al hombre lo desconocido, y en uno de esos lúcidos destellos que es permitido disfrutar al alma, rasgos providenciales que muestran a la criatura todo un tesoro de maravillosos fenómenos, sentí la vibración del golpe, mi alma experimentó la dulce plenitud de la verdad que hiere la conciencia conmoviéndola, y esa presión moral tan vehemente, dio toda la luz a mi espíritu, para iluminar ese camino que recorre su marcha vacilante por un sendero tortuoso a veces, y en el cual plugo a mi ligereza lanzarme.

Y puesto que, prosiguió con vehemencia, habéis sido vos la inspiración salvadora de mi reposo y de mi conciencia, la cual entra desde hoy en las vías saludables de la reparación, puesto que vuestro corazón es el eco de la virtud más pura, mártir de las debilidades humanas, de que sois también víctima; Dalmira, mi único refugio, mi ángel tutelar, mi todo; vengo a ti, rechazado por el mundo entero y por el destino; salvadme, sed mi providencia y no ensordezcáis a mi voz cuando os pide un amor, por el cual tanto tiempo ha suspiro, y que rehabilitando mi carácter, puede coronar la obra de mi predestinación.

-Imposible, señor; yo nunca puedo variar mi propósito, que os ha repetido ya en otras ocasiones las fundadas causas en que se apoya mi negativa, sin que trate de inferir agravio alguno a vuestro amor propio.

-Esas causas permitidme haceros observar que han cesado de existir, y por lo tanto creo estáis en el caso de modificar vuestra opinión.

-Os equivocáis, señor conde, y en prueba de ello, atreveros a negarme que, aun a pesar del divorcio intentado, todavía subsiste vuestro matrimonio legítimo; y en tal caso, vuestra pretensión solo puede abrigar el propósito de querer hacerme vuestra manceba; idea que, aun desde la triste posición que ocupo, rechaza mi honra con toda la dignidad que imprime la desgracia, en quien sabe arrostrarla a la altura de sus deberes.

-No, eso jamás; en algún tiempo me acometió la tentación de intentarlo, y tuve la flaqueza de proponeros mi deseo, el cual debisteis rechazar y rechazasteis, sin que por ello trate yo de mostraros resentimiento alguno, puesto que he llegado a reconocer imparcialmente la justicia que os asistiera, pero hoy, por más que penda todavía el fallo resolutorio de ese divorcio, no deja ya de estar roto virtualmente y de hecho el vínculo de mi matrimonio con la baronesa de Monforte, mis exigencias varían de especie, y esta pretensión, que me permito someter a vuestro albedrío, gira en el círculo de una lícita posibilidad, que os recomiendo con insistencia, esperando que, tomándola en consideración, sabréis resolverla en el buen sentido a que es acreedor el espíritu que la dicta.

-Veo que os dejáis alucinar por un error, puesto que, partiendo de un equivocado principio, fundáis un sistemático empeño que os ofusca. Además, mi condición excepcional, mi estado de casada...

-De viuda diréis, señora.

-No me atrevo a creerlo, por grande que sea vuestro empeño en afirmarlo, y dispensadme la libertad que me permito de contradecir vuestro aserto en este caso, sin desmentiros: hasta hoy el único dato que cuento para suponerlo así, es la afirmación que ratificáis siempre, y por mucha que sea la fe que vuestra autoridad me merezca, todavía no cuento con un documento confirmatorio que lo ratifique, desvaneciendo las dudas que asaltan siempre en estos casos, y deslindando francamente mi situación, colocándola en un terreno expedito al amparo legal. Entonces, señor, en ambos casos, es decir, sancionadas en debida forma vuestra independencia y la mía, vuestras pretensiones respecto de mí podrían estar en su lugar acaso y obtener cualquier resultado favorable o adverso; pero mientras todo eso no suceda, permitidme que insista en mi propósito, invariable y fijo.

-¿Es decir, que también me aborrecéis vos?

-A nadie sé aborrecer, señor, lo cual no impide tampoco que pueda usar de mi albedrío en este caso, por más que esté en abierta contradicción con vuestras pretensiones.

Ataulfo levantó la vista y la fijó en la joven con una brusca mirada de insolencia: una nube colérica pasó súbitamente por su rostro, que una explosión recóndita iba descomponiendo, y aquella palidez biliosa que velara su piel, tomaba progresivamente un tinte cadavérico y calenturiento.

-Cruel sois en demasía, señora, dijo visiblemente desconcertado, y por cierto que creía tener derecho a esperar que los acontecimientos últimamente sucedidos hubiesen modificado vuestro proceder: tened presente que sienta mal la ingratitud en una persona de vuestras prendas, y que hay exigencias determinadas acreedoras a otro género de comportamiento por parte de quien, comprendiéndolas, no las desaira, de acuerdo al menos con la urbanidad, que suele ser el reflejo de cierto género de virtudes.

-No os comprendo, o por mejor decir, no acierto a comprender esas causas que pudieran obligar mi gratitud hacia vuestro comportamiento para conmigo; y puesto que provocáis una cuestión candente, que repugna por su propia índole, entro en ella de buen grado, rogándoos, ante todo, que la explanéis con latitud, seguro de que será por mi parte cumplidamente sostenida.

-Dalmira, replicó aquel hombre, aventurando un supremo esfuerzo suplicatorio y violentando su amor propio herido, no rasguemos llagas cicatrizadas ya, comprometiendo a la vez mi porvenir quizás venturoso; olvidemos el pasado, y amándonos todavía, probemos al destino que ante un esfuerzo supremo de la voluntad, debe ceder su saña, que hay un germen de abnegación en nuestros corazones, predispuestos siempre a la generosidad y al perdón, y que, en fin, lejos de esas flaquezas que empequeñecen al alma, otros sentimientos más elevados nos enaltecen, cuando conducidos por saludables vías, nos colocan en un punto heroico donde no todos llegan.

-No acierto, señor, a seguir los giros metafísicos de vuestro discurso, ni a vos en ese terreno tan recomendable. Acaso me equivoque, pero no arde en mi corazón la llama de ese entusiasmo que inflama el vuestro; solo restan las cenizas frías del fuego que aquí ardió, y siento un vacío helado que imprime, la insensibilidad en mi ser entero, paralizando sus resortes morales. Preciso es resignarse, y yo, a la vez que protesto no abrigaros rencor alguno, no puedo desterrar de mi memoria el recuerdo de ciertos lances que han dejado impresa en mi alma una marca indeleble de aflicción y de calamidades sin cuento.

-Ea, ya volvéis a vuestro tema, olvidando, en medio de esa ceguedad que os alucina, los favores recibidos, que constituyen por vuestra parte una deuda pendiente a mi favor y que no os perdono.

-Volvéis vos también a vuestro empeño, y a propósito, recuerdo ahora la especie que habéis vertido de que mi gratitud debe estaros obligada. En primer lugar, una observación de este género, siquiera sea fundada, envuelve un pensamiento bajo, que empequeñece a quien le concibe y da una idea bien pobre de sus principios, como que extingue de un soplo esa obligación misma, anulándola. Además, y viniendo ahora al punto capital de la especie, ¿dónde están esos motivos de gratitud tan decantada? ¿Lo es el romper el vínculo que uniera a una familia feliz, dispersando sus miembros, proscribiéndoles y sepultándoles en hediondas mazmorras? ¿Lo es también el arrebatarles su rico patrimonio, usurpándoles sus derechos de primogenitura, reservando a una pobre mujer, sin otro delito que el de ser hermosa, el solo lenitivo de un lujo asiático que de nada sirve en una prisión subterránea, lejos de la luz del día, y a cargo de crueles carceleros que espían sus más leves movimientos?

-Por Dios, señora, que os dejáis llevar de esa prevención fatal contra mí, para exagerar y alterar los hechos. Esas personas que os han guardado hasta aquí, no creo que merecen la calificación de carceleros que les dais, puesto que, según vos misma, han venido tratándoos con todo género de miramientos y consideraciones. ¿Qué queja tenéis del proceder de Omar-Jacub hasta el día en que la perfidia de Alfonso le hizo prisionero?

-Ninguna por su parte, puesto que ha sido únicamente el mero ejecutor de vuestras órdenes, de las cuales un grave compromiso lo impedía separarse.

-¿Qué agravio os ha inferido ese pobre esclavo, cuya vigilancia ha velado vuestra seguridad y vuestro sueño, poniéndoos a cubierto de cualquiera sorpresa?

-Ese desgraciado ha sido y es, como el otro, un instrumento obligado y ciego de vuestras iras o de vuestras pasiones.

-Y después, cuando las maquinaciones del rey os han arrebatado ese centinela de vuestra honra, cuando la paternal figura de Omar ha desaparecido, dejando un hueco sensible a vuestro lado, ¿no me he apresurado yo mismo a acudir en vuestro auxilio?

Dalmira guardó silencio, un silencio desdeñoso y displicente. El conde continuó:

-Pero ese vacío es difícil ya de llenarse, porque es tal la prostitución social que invade las clases, que no hallo persona a quien poder fiar vuestro tesoro y que pueda reemplazar esa pérdida que deploro. En tal caso, y utilizando a la vez las demás circunstancias especiales que concurren sobre el particular, reproduzco mi pretensión y os digo: Dalmira, aceptad mi amor para ser mi esposa luego, y entre tanto, no despreciéis la mano que, sacándoos de vuestro encierro, os restituye a la luz del día, al ambiente libre, y trasladándoos a las brillantes comodidades de su alcázar, os ofrece en perspectiva felicidades sin número y una dulce compensación a vuestras penas.

-Eso nunca lo aceptaré mientras no me deis noticias documentadas y auténticas de mi esposo y de mi hijo.

-Imposible, os repito por la centésima vez que no existen; no puedo seros más explícito.

-En tal caso, renunciad a vuestro empeño: dejadme podrir en este antro inmundo, y aun si es necesario morir... moriré en él: ¿qué puede importaros mi muerte?

-Dalmira...

-Sí, prefiero la muerte a este estado en que, violentada mi voluntad por la presión del abuso que en mí se ejerce, se me obliga a admitir un papel bien triste en esta farsa insustancial y ridícula, donde se prescinde de nombres propios con un fin que desconozco. No, no os empeñéis en un imposible, creedme, prefiero permanecer en un cautiverio, encargando a la Providencia la justificación de mi causa y compadeciendo a mis tiranos, sin odiarles.

-¡Señora! exclamó con una brusca irritación el conde, en el vértigo de ese parasismo que os inflama, desconocéis la razón y olvidáis al propio tiempo la condición a que os conduce vuestra altivez y vuestro error. Hay un abismo al fin de esa obcecación tan ciega, y sin duda queréis precipitaros en él, aunque con pesar mío; consten, pues, mientras tanto, los esfuerzos que he hecho por salvaros, por más que hayan sido estériles sus efectos y sus consecuencias.

-Os comprendo, en verdad, y por desgracia mía no hay medio a mi favor que alcance a sustraerme a vuestros rigores; sois árbitro de mis destinos, y al experimentar toda la gravedad de las consecuencias que se deriven de eso que vos apellidáis sistema, obcecación y otras mil cosas más; no desconozco tampoco las probabilidades que de mi desistimiento pudiera prometerse acaso. Como quiera que sea, no debo separarme de la línea de conducta que mi conciencia y dignidad me han trazado, y en la cual persisto.



La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión