La corona de fuego: 16

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Capítulo VII - El atentado[editar]

El drama sanguinario
Descorre ya su pabellón de muerte;
Rasgad ¡ay! el sudario
Que cubre hoy del dolor la rosa inerte
A través de ese campo funerario.


Reinaba un profundo silencio en la fortaleza.

Sólo el gemido del viento bramaba en las afueras, azotando los torreones y el muro, y produciendo lúgubres silbidos.

Tal era, pues, el único ruido que alteraba la calma de la noche.

La vieja Beatriz, seguida siempre de su cómplice, atravesó la galería descubierta que enlazara ambas torres, no sin haberse asegurado antes de que toda la familia alta y baja dormía.

Llegaron por fin a un pasillo ruinoso de la plataforma, y subieron una tortuosa espiral que se comunicaba con una especie de pórtico que daba ingreso al departamento de preferencia ocupado aquella noche por el señor obispo y su guardia interna.

Prestaron oído y nada percibieron. Beatriz alentó una esperanza, y eso mismo silencio vino a confirmarla en ella. Diego Peláez debía estar en aquellas benditas horas aletargado por el narcótico que aquella maquiavélica furia le administrara, y en lo cual el pobre prelado tenía verdaderamente compañeros de desgracia.

Únicamente el grito lúgubre del centinela alternábase en las garitas del muro, envuelto en una de aquellas impetuosas ráfagas que se estrellaban en la antigua mole.

La noche estaba opaca, y la atmósfera diáfana exhalaba un olor metálico, casi sulfuroso, como ese que suele ser precursor de la lluvia en las primaveras.

El disco ensangrentado de la luna pugnaba por desplegar sus rayos, comprimidos por la condensación nebulosa que empezaba a enrarecerse, como vaporosas cortinas flotantes, arremolinadas en blanquiscos grupos, cual témpanos de nieve impelidos por el viento de la noche.

La dueña, seguida siempre del joven, receloso siempre y cauto, abrió una puertecilla de medio punto, e introdujéronse ambos en un vestíbulo iluminado por una tenue claridad vacilante.

Subieron luego por una rampa casi perpendicular, y llegaron a una especie de antesala, amueblada con cierta decencia si colgada de varios cuadros indefinibles.

Hallábanse junto a una enorme puerta de talla incrustada de arabescos y embutidos de marfil y nácar.

Esta puerta, de una altura inmensa, apoyábase sobre columnas istriadas de basamento doble, todo de mármol blanco, sobre cuyos capiteles corría un soberbio ático con molduras de crestería y afiligranadas labores.

Sobre el frontón principal, entre blasones y alegorías heráldicas, lucía el escudo señorial de Altamira con las armas del Estado, que eran dos cabezas de lobo sobre fondo rojo, donde campeaban merletas y estrellitas, con otros atributos en orla y campo de gules.

Aquella puerta de tanto efecto correspondía a la cámara de honor y a los dormitorios de los señores del Estado.

Entreabrió la anciana el biombo de arte que cerraba el conducto de ingreso, empujó cautelosamente el botón de resorte, cuya presión era un secreto conocido únicamente de las personas de la servidumbre admitidas a la alta confianza de los dueños; y la puerta, o sea el biombo, se entreabrió lo suficiente para dar cabida al cuerpo del joven.

Cambiaron entrambos unas secretas frases, y Beatriz, al paso que parecía dar a sus palabras una mal disimulada amargura que no se ocultó a la penetración de su confidente, empujóle hacia dentro, diciendo al retirarse:

-¡Ánimo a la empresa! aquí te espero para asegurarte la retirada... nada temas, y puesto que se halla expedito el camino, llega presto, despacha y vuelve.

Introdújose el joven con pausado y receloso recato: aun a pesar del valor, y sobre todo, del rencor vengativo que en su pecho ardieran, flaqueaban sus piernas, su corazón palpitaba y experimentaba todo su ser ese cruel vértigo de encontrados afectos que debe sentir el criminal en los momentos críticos que preceden a la ejecución del delito.

Una tenue claridad vacilante, procedente de una lámpara invisible, iluminaba aquella mansión regia e imprimía a los objetos un tinte fantástico.

Era una cámara extensa, adornada con un lujo soberbio hasta cierto punto pesado, con sus cortinas de terciopelo, pabellones de brocado con franjas de tisú y flecos de oro, que arrojaban en su movimiento relumbrones vivísimos por las bordaduras de rica pedrería que salpicara las plegaduras y borlones.

El mueblaje correspondía a la grandeza del conjunto, las paredes revestidas de mosaico estucado, aunque de pésimo gusto; el pavimento de azulejos, cubierto de alfombras, y los pesados cornisamentos de resalte que rodearan el ámbito, de los que pendían tapices africanos y lustrosas pieles, formaban pintoresco contraste con los perfiles, capiteles y prescinciones de calado estuco, imitando mármoles con labores de un dorado delicadísimo, y estableciendo una caprichosa combinación artística de gran mérito.

En el fondo de la vasta pieza, y en una de aquellas tersas y abrillantadas paredes, veíase una puertecilla dorada entreabierta, que correspondía al gabinete, dormitorio de los condes, especie de pabellón o alcoba, cerrado interiormente por cortinas y gasas.

En aquel reducido retrete alzábase un gran lecho suntuosamente adornado y a cuya descripción renunciamos.

Yacía en uno de sus extremos, y en una linda postura realzada por esa interesante y melancólica dejadez que imprime un sueño reposado, una linda joven narcotizada o dormida.

Era la castellana de Monforte, ahora condesa de Altamira y Moscoso.

Estaba vestida con el traje de boda, y lucía aun sobre su alba frente la corona nupcial sobre su tocado apenas descompuesto, y sus ricos prendidos ajados por el desorden.

Su vestido entreabierto por delante dejaba ver la profusión de encajes que velaran, transparentando su pecho blanquísimo y terso como el alabastro, y su cuello divinamente modelado. Vagaba en sus labios una amarga sonrisa, dulcificada visiblemente por un destello de resignación marcada.

El joven se acercó de puntillas, rodeó el lecho, entreabriendo los cortinajes del pabellón flotante con profunda cautela y examinando todos los pormenores. Su mirada, lucida y anhelante, buscaba con ansiedad un objeto, y al fin le halló. Entonces brilló en sus labios una contracción parecida a una indefinible sonrisa. Su avidez quedaba satisfecha, el conde dormía narcotizado junto a su esposa, cubierto con las sábanas del lecho y respirando angustiosamente con una pesadilla cruel.

El mancebo sacudió al fin sus vacilaciones, y adoptando una resolución enérgica, adelantó un paso trémulo; deslizóse rozando, con su cuerpo los tapices de las paredes, entreabrió de nuevo el cortinaje y arrodillóse junto al lecho, donde por un momento pudo contemplar con una especie de adoración a la condesa.

Aun le pareció más hermosa, más incitante en medio de aquella profunda languidez e indolencia. Atrevióse entonces a cogerla una mano, y notó que brillaba en uno de sus dedos el precioso anillo nupcial.

Una alegría feroz se reflejó en su rostro, animado por un rayo de odiosa venganza. Aquella sortija debla ser el terrible talismán que buscara para consumar sus criminales proyectos, cuando por otros medios no pudiese obtenerlo.

Pudo arrebatar con avidez aquel anillo, que guardó en su limosnera, e inclinándose sobre la piel de armiño que sostenía la hermosa cabeza de la desposada, imprimió sobre su frente un ardiente ósculo que resonó en los artesonados de cedro del salón...

Dio luego otro rodeo, colocándose al otro extremo del lecho y rápido como el viento, alzó por dos veces el brazo armado de su cangiar, cuya hoja arrojó un destello fosfórico, y sepultandose otras tantas en las ropas de aquél.

Un doloroso y ahogado ¡ay! acompañado de una imprecación que vibró en la bóveda, respondieron a aquel doble ademán siniestro.

Constanza permaneció inmóvil.

Al propio tiempo agitóse bruscamente un bulto informe bajo las sábanas de batista del lecho, como pugnando por desembarazarse de ellas, y arrojando en medio de aquella ruda y repugnante lucha a la condesa, que indudablemente hubiera caído al suelo, sino lo impidiera el agresor, el cual, aun en medio de su excitación criminal, la recibió en sus brazos y la colocó sobre la alfombra cuidadosamente.

Sin pérdida de tiempo, y alentado por el mismo peligro de su posición en aquel momento crítico, precipitóse de nuevo y sepultó su puñal en aquel bulto informe que todavía continuaba agitándose bajo los pliegues del lecho.

El herido era el conde de Altamira.

Lanzó a su vez un ronco gemido, se agitó de nuevo con una convulsión horrible, quiso incorporarse algo desembarazado ya de su obstáculo, pero aniquilado al parecer por este mismo esfuerzo, cayó anegado en su sangre como una masa aplomada e inerte.

Entonces, mientras tenía lugar esta horrible escena, sonó en la parte exterior una lúgubre carcajada histérica.

Aquella risa tenía algo de infernal o diabólica, hasta el punto de desconcertar el ánimo del joven, el cual pareció vacilar y desvanecerse en un acceso de terror sombrío.

Beatriz se improvisó en el dintel de la cámara, y en su fisonomía extraña parecía notarse una descomposición horrenda, la expresión del réprobo en el día tremendo de la expiación y del castigo.

Aquella figura pálida, aquella aparición maldita parecía sonreír aún: sus pupilas de fuego, irradiaban un brillo fosfórico, y en todo aquel ser trasfigurado lucía un no sé qué de horrible y repugnante que imponía.

-Basta, exclamó con un metal de voz indefinible; te has excedido acaso, mi querido niño, y ¡ojalá no te hayas comprometido! el amor solo produce locuras, de tal jaez, y mucho más cuando degenera en celos... ¡maldito Cupido, siempre ciego!

E impelió al asesino hacia afuera, con una calma que tenía algo de infernal y diabólico.

Dieron varios rodeos, recorrieron algunas galerías ruinosas, bóvedas oscuras y solitarias, patios cubiertos de musgo, vestíbulos obstruidos por sus mismos escombros, descendieron luego por escaleras casi desplomadas; en una palabra, atravesaron toda la parte inhabitada s, desierta del castillo, y salieron por fin a una plataforma rodeada de una especie de columnata de truncados conos.

Respiraron allí el aire libre, tomaron aliento un instante y descendieron después por la espiral que antes dijimos.

Condújoles esta al primer piso de la fortaleza, precisamente cerca de una poterna, cuyo resorte tocó la dueña con una exactitud que hacía demasiado honor a su práctica y a sus conocimientos de aquel sitio.

El muro, cuya densidad era inmensa, se abrió por el buque correspondiente a aquella poterna, lo suficiente para dar paso al joven y a la anciana que le precedía, provista de una linterna sorda.

El piso húmedo y fangoso pronunciábase en declive formando ondulaciones y recodos, erizado al propio tiempo de puntiagudas piedras y fragmentos desprendidos de la bóveda.

Exhalábase un hedor inmundo de aquella asquerosa cloaca, que ofreciera además un constante peligro a la osadía de aquellas dos personas abandonadas por la fatalidad a su tenebroso seno, y que se deslizaban pavídicas como dos sombras lúgubres lanzadas por un soplo mágico.

Aquel reducto era una especie de vestíbulo que daba la clave estratégica a los subterráneos del castillo, y cuya profundidad era tal, que pasaba por bajo de los mismos fosos.

Beatriz, aunque permanecía poco tiempo allí, había logrado, no se sabe cómo, sorprender todos los secretos más íntimos de la fortaleza y sus tenebrosos misterios; recurso que empezara ya a utilizar aquella dueña infiel que dirigía y concentra ha en sí misma la ejecución del sangriento drama que presta argumento a la presente obra.

Por fin, después de vencidos innumerables obstáculos, la vieja despidió a su cómplice con sus demostraciones eternas de amor, dándole además ciertas instrucciones secretas.

Sin embargo, en el rostro de aquella mujer implacable y vengativa, debió lucir entonces una diabólica sonrisa de satisfacción criminal.

Retrocedió a su vez por el mismo camino, devorando sus rencores no satisfechos todavía, y saboreando al propio tiempo la venganza que empezaba a servir a sus designios en aquella noche infausta.

En efecto, para penetrar a fondo el verdadero carácter de este personaje terrible, necesitamos desplegar el tremendo plan de nuestra obra, en cuyo discurso rogarnos al lector tenga la complacencia de seguirnos paso a paso, sin obligarnos a precipitar la acción ordenada de los acontecimientos.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión