La corona de fuego: 60

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Capítulo VII - Justicia de dios y de los hombres[editar]

Es tiempo de acabar, y por Dios santo
Que esa expiación aterre y horroriza
Con funeral espanto
¿Quién pudo imaginar tormento tanto?
¡Diabólica invención que martiriza!
Lúgubre quebranto.


La tempestad bramaba todavía.

Los silbidos del huracán, el estrépito de los truenos y aquella copiosísima lluvia que descendiera en remolinos como un diluvio, formaban el terrible conjunto de aquel cuadro destructor y horrísono, iluminado por el brillo fatídico de los relámpagos que inflamaran el espacio con una niebla sulfúrea y luminosa.

Y entonces estallaba el trueno, fragoroso siempre, el trueno precursor del rayo que estallaba a su vez también con su poderoso eco y que solía descender en angures parábolas sobre las copas de los árboles que tronchaba y reducía a pavesas.

Era aquélla una verdadera tempestad tropical, un vasto incendio que devoraba a la naturaleza, rebramando con su infernal y majestuoso ímpetu, mágica decoración que había elegido al mundo por teatro y por víctima.

Mientras tanto dos hombres misteriosos recorrían la plataforma del muro, y registraban escrupulosamente todos los departamentos de Altamira desde el primer término invadido por las aguas hasta el recto coronamento almenado; cortado en forma de peine de truncadas pirámides y la apizarrada cubierta bizantina que cerraba toda la inmensa fábrica una capa gris, coronada en fin por almenadas torres.

Aquellos dos hombres agitábanse en la oscuridad como dos inquietos fantasmas, sombras indefinibles que iban y venían con una tea encendida en la mano, envueltos en túnicas de amianto y destacando sus formas fatídicas, vagas y errantes sobre la sombría mole de la fortaleza, como dos espectros a través del limbo de la oscura noche, alumbraba el azufrado fulgor de los relámpagos.

Éstos agitaban en torno de aquellos hombres su fatídica cabellera de llamas, dando a sus figuras un aspecto diabólico y siniestro.

Eran Eleazar y Gonzalo.

Si se les hubiera podido observar de cerca, notárase en sus fisonomías una agitación indecible, leyéranse en sus semblantes una alteración infernal, poseídos como se hallaban de un frenético e insaciable deseo de venganza.

Inquirían, registraban escrupulosamente todos los reductos accesibles del castillo y recorríanlos apresuradamente, según queda dicho; querían persuadirse por sí mismos de que nadie quedaba en él, que todas las tropas del rey y demás personas que moraban allí habían salido, y de que no quedaba alma viviente.

En efecto, Alfonso, obedeciendo a un presentimiento fatal había mandado evacuar la fortaleza bajo severas penas, y sus órdenes fueron puntualmente cumplidas: solo aquellos dos misteriosos personajes hablan quedado allí, terribles ejecutores de una tremenda justicia, cuya víctima debiera ser el desventurado Ataulfo, prisionero ya en un reducto secreto e impenetrable de Altamira.

Cuando hubiéronse satisfecho del éxito de sus pesquisas el hebreo, seguido del joven conde, penetró en una especie de cripta gótica abierta por el Norte y que correspondía una gran planicie sobre el murallón del castillo.

De aquella misma planicie elíptica descendía una especie de rampo que iba a perderse por medio de un hundimiento aparente o artificial, en un camino cubierto y abierto a lo largo de la escarpada roca.

Aquella rápida pendiente escalonada en desmoronados peldaños y a cuyos lados había dos desfiladeros profundos, como un doble abismo estratégico, estaba interceptada a trechos por enormes rastrillos de encina, herrados perfectamente y cercados por resortes de arte.

Ambos conocían el mecanismo secreto de aquellas puertas, así como también el de todas las dependencias interiores y exteriores de Altamira. Ahora querían satisfacerse de nuevo de la expedición de aquel punto, con objeto de verificar por allí su salida, porque la empresa misma que meditaran impedíales la retirada por las entradas naturales del edificio.

En el fondo de aquella especie de bóveda destartalada yacía un hombre atado de pies y manos, como una masa inerte arrojada sobre un suelo fangoso, encharcado por la lluvia que penetrara por el desquebrajado techo.

Era Ataulfo Moscoso de Altamira.

Frío, aterido, empapado de agua, colérico, rugiente y desesperado, el hidalgo infeliz murmuraba secretas maldiciones y rebramaba como una fiera cogida por el cazador en el lazo, y de quien no se atreve a esperar misericordia.

Eleazar se introdujo en aquel departamento, contempló un momento a la víctima, cuyas amenazadoras pupilas claváronse en el judío con una odiosa expresión, y tornó a salir de nuevo, satisfecho al parecer y complacido a donde le esperaba el vengativo joven cuyo corazón latía de impaciencia.

Acercaron luego una especie de bastidor de gruesa tela de una magnitud extraordinaria, asegurado a un sólido marco de haya, delgado, flexible y leve a la vez y equilibrado por una contrapesa proporcionada de intento, a la manera de los cometas que echan a vuelo los niños de nuestros tiempos.

Aquel aparato, diabólica invención del hebreo y en el cual compendiábase una idea siniestra fue colocado horizontalmente sobre una almena, adoptósele un grueso bramante enrollado a una especie de torno o eje cilíndrico de hierro asegurado a una de las troneras aportilladas del muro.

El hebreo, como un sarcástico epigrama de su genio aseguró a aquel aparato una linterna por medio de un bramante doble.

No podía llevarse más lejos la crueldad y la burla en la hazaña que se proyectaba; la expiación que debiera sufrir la víctima iba a ser horrenda, cruel, nunca vista ni oída acaso.

Entre tanto; y como para establecer una lúgubre y pavorosa armonía, la tempestad que un momento antes aplacara, tornó a reproducir de nuevo su asolador impulso, y el huracán, la lluvia, el trueno y los relámpagos estallaron otra vez como un horrísino cataclismo.

-¡Preparaos!, ¡ya es tiempo! exclamó con acento convulso el hebreo, aproximándose a Ataulfo, a tiempo que Gonzalo le asía por las muñecas, y con vigor extraordinario arrastrábale hacia el exterior de la bóveda, diciendo con acento cavernoso y lúgubre:

-¡Ea!, vuestra hora es llegada, ¡maldito de Dios y de los hombres! volveos a Dios, para que su misericordia, que no os sustrae a la justicia de los hombres, se apiade al menos de vuestra alma, porque vuestras faltas son muchas e infinitas.

Ataulfo no contestó, porque su boca parecía masticar un objeto.

Gonzalo y Eleazar se aproximaron más, creyendo que el bastardo cortaba sus ligaduras, con los dientes.

De improviso sintiéronse ambos mordidos casi a un mismo tiempo, y lanzaron a la vez un grito de dolor simultáneo.

Ataulfo vertió una lúgubre carcajada histérica.

La carne de ambos llenaban las mandíbulas del hidalgo que la saboreaba como un antropófago.

Brotaba la sangre de las mordeduras. Eleazar y Gonzalo sufrían un dolor agudísimo, lancinante.

Ataulfo continuaba riendo con su risa infernal y convulsiva.

Al brillo de los relámpagos su rostro fiero y descompuesto le daba el aspecto de un alma condenada, según han dado en pintarla los canonistas.

Miráronle sus dos testigos y temblaron de ira y de espanto a la vez.

La cólera sublevó el ánimo de ambos extendiendo sobre su vista un velo sangriento.

-¡Maldición! gritó el judío en el doble colmo de su dolor y de su arrebato.

Y ambos, llevados de un impulso colérico, golpearon despiadadamente a aquel cuerpo indefenso, que arrostró el maltratamiento con un silencio estoico.

Arrastráronle entonces hacia el aparato aéreo que ya dejamos bosquejado, atáronle fuertemente al mismo, y ensayaron varias evoluciones para remontar aquella especie de cometa diabólica.

-Sí, exclamó al fin la víctima con indefinible acento y como adivinando el tormento que se le preparara, es necesario apresurar el desenlace del drama: horrendo es en verdad el vuestro; pero el mío le ha sido más todavía. Mi obra está ya terminada y a mi vez os cedo el turno.

-¡Infame! dijo a su vez Gonzalo, sacudiendole despiadadamente, vuélvete a Dios, porque tu hora se acerca: la Providencia ha dispuesto que nosotros, tus mismas víctimas seamos los ejecutores de la sentencia.

-Es verdad, pero no me habéis ganado el turno; mi venganza os precede siempre, miserables, lo cual me permite la satisfacción, para mi muy grata, de saborear en mi misma agonía esa grata expansión de ánimo tan dulce y halagüeña.

-¿Qué decís? preguntó Eleazar, como obedeciendo a una inspiración secreta, con la sutileza de genio que caracteriza al pueblo de Israel.

Ataulfo balbuceó unas palabras que apagó el estrépito de un trueno.

-¿Qué habéis dicho? preguntó Gonzalo impaciente y colérico.

Alumbrad, prosiguió, refiriendose al anciano.

El judío cogió del suelo su linterna sorda que había dejado poco antes y la aproximó al hidalgo.

Estaba sumamente horrible: su rostro cárdeno, amoratados los labios, la vista lúgubremente extraviada y erizado el cabello, Ataulfo tenía el aspecto de una furia irritada, mostróle una gran sortija que llevaba en un dedo y cuya cápsula acababa de destrozar con sus dientes.

Eleazar, súbitamente inspirado por una idea siniestra, dio un salto, como herido de un rayo, y su frente se cubrió de mortal sudor.

-¡Estamos envenenados! gritó con un acento en que es exhalara una desesperación acerba.

Y aplicaron ambos, por un movimiento instintivo y simultáneo, los labios a la mordedura.

-Es ya inútil la succión, dijo, sarcásticamente el bastardo con una risa diabólica, la ponzoña se ha inoculado y ha invadido la masa de la sangre... todo remedio es ya ineficaz; pero tranquilizaos, hay una tregua todavía: la muerte viene lenta y sin estrépito. En cambio pues y para adormecer los temores y ese terror consiguiente que inspira al hombre el momento supremo de sufrir, tendréis en mi agonía, anticipada a la vuestra, un grato solaz.

-¡Maldito! ¿con qué es cierto que no hay medio de contrarrestar la acción mortífera del tósigo?

-Ciertamente: su acción corrosiva es omnipotente y enérgica: veréis acercarse la muerte con demasiada lentitud, sí, pero no por eso será menos cierta y segura.

El terror, el odio, todas las pasiones arrebatadoras, esa monstruosa borrasca que suele en momentos dados inflamar el corazón humano con su explosión recóndita y perturbadora, todo ello pues estalló como una tromba asoladora en la mente de Eleazar y de Gonzalo. Y como si realmente temiesen morir sin consumar su venganza, dieron impulso a aquel aparato aéreo que lanzado al espacio, empujado por el torbellino y sostenido por el bramante recrujió al embate de la columna del viento a impelido por éste, fue arrebatado por la violenta corriente, arrastrando al desgraciado Ataulfo que desapareció al punto, prorrumpiendo en blasfemias y en desaforados gritos maldicientes.

Presto aquel espantoso cometa, al cual dio el judío todo el bramante que, según dijimos, había enrollado el torno, y cuya longitud era incalculable, se remontó en el condensado limbo del espacio, dejando lucir allá remotamente como un punto luminoso y casi imperceptible por su pequeñez, la linterna colorada, según ya dijimos, a la cola de aquel aparato diabólico, invención de Eleazar, quien, cuando hubo dado todo el hilo, soltó el cabo, abandonando al capricho cruel del huracán la victima, que con el gigantesco cometa, falto de apoyo, iría a estrellarse en algún barranco, despedazándose y sirviendo de pasto su cadáver a las aves carnívoras.

Nadie pues, desde entonces ha podido decirnos fijamente el paradero de nuestro personaje, cuyo desastroso y trágico fin aterra. Creáronse mil conjeturas, forzáronse fábulas de distinta especie y nada más Nosotros pues, simples narradores de la catástrofe, debimos abstener de penetrar más lejos, ni de invadir terrenos vedados al historiador, siquiera se apellide, aunque con cierta propiedad, novelista.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión