La corona de fuego: 12

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Capítulo III - La misa de velación[editar]

Lució por un el anhelado día
Día de maldición... el sol radiante
Sarcástico encubría,
Bajo un toldo de fuego y de diamante
Nubes de horror, de sangre y de agonía.


Por último, amaneció el día deseado.

Así lo anunció el trino de las canoras aves que, ocultas en la enramada, hacían oscilar los flotantes follajes agobiados por una escarchada lluvia de gotas de rocío.

La aurora desaparecía ya en el Oriente entre pabellones de grana y púrpura, bronceando los caprichosos celajes y difundiendo en el horizonte sus esplendentes rayos matutinos.

Vino luego el crepúsculo con su claridad luminosa y su alborada brillante, ante la cual eclipsábanse los velos diáfanos de la espirante aurora.

Las brisas de Levante embalsamaban el ambiente con el aroma de la campiña, y todo parecía renacer de nuevo tras de una melancólica noche, a la luz y a la vida.

El vigía del castillo anunció entonces que aun a pesar de la confusa niebla que empezara a levantarse, percibíase, allá a lo lejos, una multitud de gente armada que parecía venir en dirección del mismo, de cuyo incidente dedújose una conjetura que tenía visos de probabilidad.

Podían ser muy bien el señor obispo y su escolta.

Y así era, en efecto.

La campana de aviso hizo resonar un repique bastante agitado, y que dio la voz de alarma a la muchedumbre.

Al punto viéronse los muros coronados de gente que, impelida por la curiosidad, al paso que devorada por su impaciencia misma, saltaba, brincaba, reía hasta desgañitarse, gesticulando grotescamente como un ejército de energúmenos y prorrumpiendo en vítores al señor conde, al señor obispo y sus adlateres in solidum et in partibus.

En el vértigo de su febril locura hubo algún imprudente que mezcló con intención o sin ella el nombre del monarca.

Un momento después todo aquel tumultuoso gentío, con su excéntrico abigarramiento de colores y trajes, salía en precipitado tropel, y cubriendo en desordenados grupos la vereda principal, lanzábase en pos del señor conde de Altamira y Moscoso, que marchaba con otros hidalgos a recibir en primer término a su ilustrísima.

El lector nos permitirá una ligera digresión para dar a conocer a este personaje de primer orden en nuestro teatro.

Era una figura poco recomendable, en verdad, por su siniestro aspecto y su catadura antipática. Alto, flaco y amarillento, de apergaminada piel y mirada torva, por mucho que quisiera a veces dulcificarla con cierto aire de candidez fingida; Ataulfo ofrecía uno de esos tipos nada recomendables que revelan una realidad inicua. Aquel aire pretencioso de bondad que mentía él en momentos dados, venía luego a contrariarse ante la dureza de las líneas severas que operaban una profunda contracción del ángulo facial y de su frente deprimida, sus pómulos salientes, su nariz aguileña y su rostro barbilampiño. Lord Byron pudiera haber hallado en aquel hombre una viva personificación del héroe de su terrible fábula, aunque para complemento de ella exigiera unos ojos profundamente hundidos en sus acardenalados alveolos, y cuya pupila fulgurante revolvíase allá en el fondo de su verde córnea, como el cráter de un volcán inflamado, Ataulfo de Moscoso, por más que repugne la comparación, era el mismo tipo fisionómico de esa creación imaginaria y monstruosa.

Una polvareda, no muy lejana, percibieron luego, y una vibrante modulación del clarín hendió los aires.

Un instante después encontrábanse ambas comitivas, las cuales, previo el cambio recíproco de sendos cumplidos y ceremonioso saludos en que la galantería y la etiqueta fueron a porfía, dirigiréronse al castillo en la mayor compostura y orden, pues D. Diego Peláez prohibió toda demostración hasta llegar a su hospedaje.

Montaba su ilustrísima una haca torda, vivaracha y lozana, que tan pronto se encabritaba, alzándose arrogante sobre sus jarretes, como inclinando graciosamente su inteligente cabeza; sacudía aquella ensortijado crin y su enroscada cola con cierta especie de coquetería, como si se hubiera hallado envanecido el noble animal, por llevar sobre su ondulante lomo una de las supremas jerarquías sacerdotales de España.

Llegados al puente de honor, apeóse el prelado con un brioso rasgo de agilidad, quitó por sí mismo las monturas y freno a su coqueta cabalgadura, lo que denotaba el alto aprecio en que la tenía, y tomando el aire soberano de un monarca que entra en sus dominios, precedió a la comitiva introduciéndose en el castillo.

A su tránsito, por aquellas piezas ridículamente adornadas, varios criados arrojaban a sus plantas canastillos de flores, y como los esclavos de Tiberio, rociaban el pavimento, con aguas aromáticas.

El prelado, por su parte, correspondía a tales obsequios, distribuyendo sobre aquella servidumbre oficiosa bendiciones y votos de intención in corde, prodigándoles al propio tiempo sonrisas de grato entusiasmo, palabras afectuosas llenas de misión evangélica y demostraciones nada equívocas de una satisfacción profundamente sincera.

Una hora después tenía lugar la ceremonia de recepción en el salón de honor, con todas las reglas que exigiera la ruda etiqueta de aquellos tiempos, y que desplegó en aquella ocasión todo el lujo de esa fría y aparente política con que suelen descifrarse las pasiones en esos círculos viciosos que llaman hoy de la alta sociedad o del gran mundo.

A su vez la bella Constanza, que ocupara un apartamiento privado y completamente independiente, acompañada solo de su doncella de honor o aya, Beatriz, a quien ya conocemos, presentóse con esta, vestida de brocado y cubierta de relumbrante pedrería. Prendido de su lujoso tocado lucía el velo nupcial de gasa plateada con estrellitas diminutas de oro, y rodeaba su hermosa frente la diadema condal, que era un verdadero portento artístico.

Aun a pesar de la negra melancolía que se pintara en su rostro pálido, lucía en su conjunto ese elocuente sello de peregrina belleza, radiante de gracias, con el brillo de los más incitantes atavíos.

En rededor de aquella reina de la fiesta agrupábanse los deudos de ambas familias y los innumerables convidados, incluso el señor obispo con todo su deslumbrante séquito, ostentando todos a porfía un pesado lujo, y desplegando su respectivo séquito o servidumbre con paramentos amarillos, verdes y abigarrados, teniendo en sus manos pendoncillos de seda con las armas, blasones y acuartelados escudos de Altamira y Monforte, bordados a realce o estampados sobre orlas de oro, con borlones de tisú y cordones trenzados.

El conde vestía de negro rigoroso: más bien que una boda, dijérase que concurriera a un duelo moderno, o cuando menos a una ceremonia fúnebre. Su semblante era, como siempre, sombrío, aunque dulcificado en vano bajo su habitual sarcasmo, porque los músculos, rebeldes a aquel afecto aparente, resistíanse a dilatarse un punto.

Terminado aquel acto preliminar, pasaron todos luego a la capilla del castillo.

El señor obispo esperaba ya revestido de pontifical, luciendo en sus ornamentos de toda gala ese deslumbrante esplendor que la miseria humana ofrece a su humilde Dios: oro, plata, perlas, seda y diamantes, todo, pues, brillaba en conjunto a porfía, rodeado de ese realce imponente que diera al santuario el fulgor de las luminarias colocadas en candelabros de plata, y cuyo destello eclipsaba el humo del incienso que ardía junto al ara de mármol negro.

Allí también asistía la baronesa, pálido el semblante, palpitante y trémulo el pecho bajo su golilla de encajes y su gran cruz de esmeralda, pendiente de una cadena preciosa. Caíanle sobre los hombros sus blondos cabellos con aderezos abrillantados, y su vestido de brocatel blanco, con abejas de oro, abierto por delante, dejaba ver su descote púdico, cerrándose luego hasta la orla con presillas y agremanes.

En cuanto al conde, vestía el mismo traje severo que antes, y su fisonomía biliosa, mal encubierta por un velo equívoco de hilaridad, que era el sarcasmo irónico de su alma, parecía traslucir cierta amargura displicente, demacradas sus mejillas, lívidas y contraídas por una roedora tristeza. Diríase que era la estatua animada del remordimiento.

Y bien: ¿no podía estar lacerada aquel alma y devorado su espíritu por un crimen oculto?...

Como quiera que fuese, diose principio a la ceremonia, en la cual el celebrante pudo lucir su poderosa voz, su devoción ascética, y sobre todo, la rectitud de intención en pro de aquel matrimonio antipático, tal vez, y fatal.

Los asistentes quedaron altamente satisfechos y contritos ante la elocuente plática con que el sacerdote exhortó, en particular a los desposados, al cumplimiento de sus deberes recíprocos, y a los demás en general respecto a la obediencia hacia sus superiores, a la caridad y fraternidad mutuas, y al santo temor de Dios, base de toda felicidad acá en la tierra.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión