La corona de fuego: 04

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Capítulo III - En que se verá el peligro a que se expuso el capricho de la baronesa[editar]

¿A qué tanto bullicio y algazara?
¡Cuál retumba en mi oído
Tanto clamor perdido,
Que cual moruna algazara
Las selvas y montañas ha invadido!


Había cerrado la noche.

La luna asomaba su bronceado disco sobre un trono luminoso que parecía extender su pabellón radiante, brotando en la línea de oriente.

Un vapor blanquisco y plateado rodeaba el horizonte como una aureola diáfana, en torno del cual izaba el firmamento su magnífico pabellón de estrellas.

El sendero que atravesara la cabalgata era sumamente difícil, casi intransitable: no era ya la hermosa y cómoda calzada del castillo con sus alamedas frondosas, sino una senda pedregosa sembrada de guijarros calcáreos que rodeara un áspero collado de cuarzo silíceo con sus breñas cortantes y resbaladizas, donde apenas había vestigio de vegetación, excepto algún que otro grupo de palmeras silvestres, y un enorme pino doncel que se elevaba com o un espectro allá en la cumbre granítica de un peñasco.

Traspuesto este, halláronse en una selva oscura, obstruida por la maleza que interceptara el tránsito como una red insuperable, y en la cual internáronse desde fuego.

Una porción de liebres y cervatillos saltó de improviso, brincando, corriendo, y desapareciendo luego como exhalaciones, en términos de no poderles seguir la pista.

Sin embargo, Constanza, que ardía en impaciencia, mandó a Elvira que diese la señal, y la hermosa guerrera descolgó de su cuello un cuerno de plata con embocadura de nácar, que llevó a sus labios, modulando un sonido expresivo y agudo, que comprendieron todos ser la señal de embestida.

Y en efecto, por un movimiento rápido y espontáneo, lanzáronse todos a la persecución de las piezas, que volaban, se escabullían y probaban saltos elásticos, con los cuales más de una vez lograban eludir la eficacia de aquellos hombres intrépidos, que llevaran no obstante la desventaja de un terreno desfavorable y apenas conocido.

Fue aquello una dispersión pronunciada y completa. Los villanos disemináronse al acaso por el laberinto de arbolado y malezas: las temerarias jóvenes fueron las primeras en extraviarse en medio de aquella masa desconocida y lóbrega, sin más guía que aquellos fieles perros que las precedían infatigables por tan arriesgados senderos.

Pero cuando todos vagaban errantes en el centro de la tenebrosa espesura, un clamoreo disonante que llevaba en su eco todos los accidentes de un diapasón horrible por la degradación variada de tonos, se elevó de aquella selva peligrosa: un ¡ay! prolongado y lastimero que se reproducía incesante, como la voz de ¡alerta! en una plaza sorprendida, o como el fatídico y desesperado acento del agonizante náufrago, hendió el espacio con un eco vibrante y sombrío.

Por do quier aquel grito doloroso hallaba una respuesta lúgubre que alarmaba más los ánimos sobrecogidos de un funeral presentimiento, y los corazones se comprimían palpitantes en medio de una ansiedad letal y angustiosa.

Constanza, animosa siempre hasta la imprudencia, preparó el arco, probó la tensión elástica de su cuerda, sacó dos flechas, y seguida de su incansable compañera, hendió la espuela en los ijares de su cabalgadura, y lanzáronse ambas a la ventura en veloz carrera.

Sólo que, en medio de la rapidez de su curso, Elvira pudo notar que los perros que las precedían deteníanse a trechos, como fascinados por una causa desconocida, y luego continuaban su marcha, trémulos y sobrecogidos por un visible pánico.

Poco después observaron ambas que se estremecían sus cabalgaduras, hasta el punto de suspender su carrera con una fría e inexplicable inmovilidad.

Y en vano trataron de estimular a aquellos pobres animales que temblaban cada vez más, vacilando sobre sus jarretas y rebelándose contra su mismo ánimo. Parecían enclavadas allí por encanto.

No se hizo esperar por mucho tiempo la causa del misterio: una hermosa cierva herida y seguida de sus cachorrillos, jadeantes, vertiendo sangre y medio exánimes, pasaron como una flecha a corta distancia, llevando una regular ventaja a un oso feroz que les seguía bramando furiosamente y haciendo retemblar los montes con su tremendo eco.

De trecho en trecho deteníase la fiera, herida también, para lamerse la sangre que iba vertiendo y arrancarse algunas flechas que todavía llevara clavadas en aquella piel curtida por la naturaleza y por la inclemencia del desierto.

Un rayo de luna que se deslizó por entre las frondas del arbolado, ofreció a la vista de ambas jóvenes a este carnívoro con toda su ferocidad implacable.

La gritería de los villanos dejábase oír aun muy remota para que pudiesen llegar a tiempo de salvarlas, y sin embargo, las animosas jóvenes no decayeron de ánimo, aun a vista de tan inminente riesgo.

La fiera, que iba también dejando un rastro de sangre, detúvose de repente, erizó el pelo de su lomo, levantóse sobre sus pies y dejóse caer, vertiendo un rugido, sobre el vientre de la yegua de la baronesa.

En tal conflicto no abandonó a ésta su presencia de ánimo, antes por el contrario, impelida por una serenidad increíble en tales casos, sacó de su cintura un pequeño puñal buido que jamás abandonara y que manejaba con singular destreza, y lo hundió en el cráneo de la fiera.

Cayó esta aturdida por el golpe, pero no tardó en reponerse: la sangre hervía a borbotones en la herida, que debía ser mortal, pero que todavía alentara al oso, por haber quedado dentro el puñal hasta la guarnición, circunstancia que dejaba indefensa a la joven y expuesta a una muerte positiva.

Pero cuando el carnívoro, excitado por el estímulo de su dolor mismo iba a arrojarse furioso y rugiente a despedazar a la dama, Elvira, que pudo comprender el peligro que corría su compañera, arrojóse intrépida de su caballo, dispuesta a jugar por ella su propia vida.

Interpúsose animosa entre la baronesa y el monstruo, y al tiempo que abría este sus horribles garras para devorarla, le introdujo por la boca su enorme espada, cuya hoja salió luego por un costado, aniquilando y postrando las fuerzas del oso, que al punto midió el suelo con un bramido bronco y supremo. Precisamente al mismo tiempo llegaban a este sitio los cazadores.

Hallaron a Constanza medio desmayada, y a la animosa Elvira, ufana con su triunfo y llena de satisfactorio orgullo, por ser la heroína de la jornada que decidiera favorablemente la vida de la baronesa, y acaso también de la suya propia.

Tenía su casco lleno de agua, y rociaba el rostro pálido de su compañera, quien, merced a este auxilio, volvió lentamente a la plenitud de sus sentidos.

En un instante reuniéronse todos los villanos que tan involuntaria, como imprudentemente, habían acorralado al oso, poniendo en inminente riesgo la vida de su buena señorita, quien, sin el auxilio de su compañera, indudablemente hubiera sido víctima de aquella calaverada.

Era admirable la solicitud con que se disputaban todos los más insignificantes servicios de la castellana; guardaban silencio, por no incomodarla en aquel estado de debilidad, mientras que alguno que otro imbécil vengaba en el cadáver de la fiera aquel desastre sensible, hundiendo en él sendas puñaladas.

Cortaron luego ramas de encina, y construyeron sobre ellas una especie de camilla portátil, muelle y cómoda, donde colocaron a la baronesa, dirigiéndose luego al castillo.

Llegaron al amanecer, cuando la aurora plateaba las colinas y el planeta precursor del día brillaba en el oriente como un punto de fuego pálido.

Oíase el canto perezoso y soñoliento de los villanos que repasaban el río en ágiles barquillas, entonando alegres algunas cantinelas.

Silbaba un fresco airecillo que agitaba los cañaverales de la ribera, confundiéndose con las suaves y refrigerantes ráfagas de la brisa perfumada del valle.

Y en medio de aquella tenue claridad vacilante, todavía condensada y vaporosa, destacábase la sombría mole del castillo con sus canzorros y góticas almenas, sus banderolas flotantes sobre los techos de pizarra como en un día de fiesta, y en segundo orden, casi a la misma raíz del muro, veíanse blanquear grupos de cabañas y caseríos informes que se borraban y confundían en las medias tintas del crepúsculo.

Un toque de corneta, modulado por la joven Elvira, anunció el regreso de la baronesa y su comitiva, y al punto se oyó crujir el rastrillo y cayó el puente levadizo con atronador estrépito.



La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión