La corona de fuego: 15

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Capítulo VI - Artificio y plan[editar]

Tomad nota: veréis cual disfrazados
La astucia y el tesón fraguan unidos
Inicuos planes al honor vedados
Proyectos malhadados,
En mal hora, por cierto, concebidos.


-Y bien, querido, decía la dueña al joven, dulcificando su semblante con afectada coquetería; es tiempo ya de sacudir esos mortales delirios; tocas una dicha que va a realizar el problema de tus sueños febriles de venganza, y no hallo motivo racional que justifique esa eterna melancolía que apaga el brillo de tu mirada hechicera, eclipsando tu gloria, que es también la mía.

-Porque no comprendéis la dura prueba a que se somete mi alma al dar un paso tan repugnante para un hombre que ama y sufre, inflamado por el volean de una pasión cruel; por esa razón me reconvenís. Yo no debiera apelar a un medio que mi conciencia de hombre honrado tanto reprueba y odia, pero que acepta a la vez el amante; porque de su pecho surge la ardiente llama de la pasión, explotada por un vehemente estímulo, y surge potente, arrebatadora, arrastrando todo cuanto hay de respetable en el santuario de la conciencia.

Y ante esta contestación del mancebo, sublimado por la terrible ingenuidad a que respondiera secretamente el eco de sus palabras; la vieja, en cuya fisonomía cruzó un fugaz relámpago de ironía infernal, sonrió con una com pasión afectada, con un aire diabólico, diciendo:

-¡Niño! esclavo de una preocupación pueril, hueco el corazón de esperanzas, vacía el alma de ilusiones, y desecado el cadáver de tu candor por fútiles utopías, veo que olvidando mis consejos, cedes todavía a la preocupación, fantasma implacable de la humanidad, torturando tu existencia en sus más gratos goces... desecha, pues, escrúpulos tan ridículos, separa de tu vista moral la venda de esa misma preocupación, y acepta mis inspiraciones, que puede decirse son las tuyas propias. Éste es un recurso que no dejaría de surtir efectos saludables, proscribiendo esos insustanciales preceptos de un grosero escepticismo.

Yo, al menos, prosiguió, amaestrada por la experiencia; yo, que he sufrido en mi larga carrera las alteraciones diversas del termómetro de las pasiones, así lo he llegado a comprender, combatida indistintamente por los desengaños y goces, y libre de la falacia de los caprichos. Con todo, querido mío, si no equivocases con una falsa interpretación mi consejo, me atrevería a suplicarte que establecieses una tregua mientras madura un plan tan grave.

-¿Es decir, replicó el joven, que estimuláis mi encono para disuadirme luego de ese mismo proyecto a que vos misma habéis cooperado en favor mío, según decís, y pretendéis hacerme renunciar ahora a la realización de este atentado, cuya idea ocupa todos mis sueños y marca el punto supremo de mis aspiraciones? ¿Y sois vos, quien con vuestra larga experiencia blasonáis de estoica haciendo alarde de una pretendida insensibilidad? ¡Ah!, confesad, mi querida Palomina, que estáis cruelmente celosa de esa pobre joven que acaso ignora el quilate de sus mismas gracias y hasta el punto que han llegado a enloquecer mis sentidos.

-Has hablado de celos, mi amado niño, repuso la astuta dueña, halagada por el triunfo de su ardid; y aun casi me atreviera a concederte que tienes razón y que es un hecho positivo tu idea; pero ¡ah! criatura, a mi edad ya no existen los celos bajo su forma clásica, porque sublimados a otra esencia mucho más grave, degeneran en otro tormento supremo que tan desgraciados nos hace con su violenta acción corrosiva: este es el odio, ¡ah! sí, el odio, último recurso de la impotencia y de la envidia.

-Esa confesión, arrancada a lo más profundo de vuestra conciencia, valiera menos, quizá, en otros labios que en los de mi querida Palomina; cooperemos, pues, aunque por tenebrosas vías, a realizar la idea: ¿qué importan, pues, los medios de llegar a un fin, con tal de que se llegue? Dejemos libre el curso del torrente para impedir que rompa el dique y lo arrolle todo bajo el ímpetu de la inundación. Después... a la tempestad sucede la calma, la bonanza que pacifica los mares explotados por los elementos, y cuando desde la cumbre del escollo, donde la pasión me haya arrojado con su vértigo, pueda contemplar un día en su normal sosiego ese mismo piélago puro, sereno, terso y sosegado, entonces, mi amable anciana (no os agravie la expresión), entonces descenderé de esa misma altura que tantos riesgos me ofrece hoy, y bogaremos juntos sin borrascas, sin olas ni abismos que nos sepulten, sin ningún género de riesgos, podremos gozar de esa quietud y os haré partícipe de mi ventura; porque ventura debe ser el recuerdo de haber paladeado una apasionada venganza, apurando hasta su plenitud, los goces, y hasta la saciedad el deseo que exaltan y halagan su propia idea, después de haber contagiado el espíritu en un dédalo de vacilaciones.

Y el mancebo tomó la mano a la anciana, que temblaba de emoción, y que alentada por las palabras de su niño, como ella solía llamarle, imprimió en aquella frente, radiante de juventud y gracias, un beso entusiasta y sonoro.

-Pues bien, exclamó aquella mujer enloquecida hasta el punto de olvidarse de sí misma; puesto que aún puedo aspirar a tu afecto, puesto que todavía se me ofrece el medio de conservarlo, consúmese el atentado y no vaciles: yo te anticipo mi enhorabuena, porque vas a obtener el fruto apetecido, si a ese precio vuelves luego de nuevo a mis brazos, bello como siempre, radiante de entusiasmo, como yo lo estoy también, en fuerza de amor.

Y la dueña rodeó con sus descarnados brazos a aquella cabeza tan joven, tan pura y graciosa.

El venerable Fromoso, arrellanado en su sillón, dormía a pierna suelta, o al menos lo fingía, sin cuidarse, al parecer, de lo que pasaba allí; bien, que por más que fuese todo lo contrario, cualquiera, al fijarse superficialmente en el aire de candidez de aquella fisonomía, iría a creer cuán poco debieran molestarle tan demostrativos afectos, acostumbrado como debiera estar a ellos durante su larga carrera de relaciones con aquella mujer liviana, al decir de las gentes, y que jamás debieron alterar la calma de su reposada conciencia.

-¿Huyes y me rechazas?, continuó ella con un simulado ardid de coquetismo; ¿no es verdad que soy ridícula hasta la locura, al aspirar ostensiblemente nada menos que a tu amor, que es por muchos conceptos un imposible? ¡Pobre antorcha que se extingue ya por falta de pábulo y que solo arroja un moribundo destello que la ciega! Es cierto: yo debiera mantenerme a la línea que la naturaleza marca a sus periodos; pero he aquí que una explosión vana y frívola me seduce, me arrebata y traslimita mi mente hasta un extremo vedado a este astro oscurecido ya en su ocaso.

Y tomando cierto aire confidencial que encubría un fondo esencialmente artificioso e hipócrita, continuó Beatriz, apretando entre las suyas una mano del joven.

-Recuerdo, querido mío, cuando para acallar tu llanto te mecía en mi regazo... ¡qué tiempos aquellos! pobre huérfano maldecido; yo te adormecía al arrullo de mis tiernas cantinelas: y tú, inocente niño, respondías a mis caricias con infantil sonrisa, posando en mí esos radiantes ojos, espejo donde se reflejara tu alma purísima, y en cuyo cristal mirábase y aun se mira hoy tu madre adoptiva, tu madre, que no ha renunciado todavía a este título, que la envanece. ¡Cómo, pues, la pobre gitana, digo mal, la infeliz aldeana, al acallar el llanto del niño desvalido y enjugar sus lágrimas, pudiera llegar a suponer que un día más o menos lejano, cuando el tierno pimpollo sé llamara, hombre, esa insensata criatura había de profanar su materno título, soñando hasta aspirar al amor de su propio hijo adoptivo! Confiesa, mi amado niño, que es llevar la locura y la imbecilidad hasta el cinismo. Y sin embargo, así sucede realmente, y esta triste anciana, poseída del demonio de la tentación, morirá de celos, de desesperación y de cólera, rechazada por el imposible y presa de su incurable vértigo.

-¡Oh! no exageréis, querida Palomina, repuso el joven, visiblemente impresionado por las palabras de ésta, vos no sois mi madre, sino mi mentora, mi aya, a cuyo amparo y protección he crecido; y estos títulos, al paso que obligan mi reconocimiento, no establecen un imposible entre nuestro afecto. Confiad en los acontecimientos, y... ¿quién sabe si haciéndome eco de vuestras aspiraciones, pudiera yo deciros, esperad tal vez?

Vuestros desvelos por mi suerte, vuestros cuidados maternales merecen una recompensa, y comprendiendo esto mismo, no será tan ingrato hasta el extremo de olvidarlo este miserable huérfano, este pobre expósito de vuestra caridad, que después de Dios, debe quizá a vuestros sacrificios la existencia que alienta.

La anciana, conmovida visiblemente por estas consoladoras frases, se arrojó desvanecida en los brazos del joven, vertiendo llanto de alegría.

Eran las once de la noche, hora en que la etiqueta de familia prescribía el retiro, y ciertas costumbres como éstas tenían fuerza de ley, sin que por nada llegaran a alterarse.

-Ya es hora, exclamó el joven palpitante y trémulo por una súbita agitación; ya es hora de que pongáis en práctica lo ofrecido: el tiempo es precioso y los instantes vuelan... no olvidéis...

-Nada olvido de mis compromisos, repuso la vieja trémula a su vez, aunque resuelta: si el narcótico que he vertido en las copas de los señores desposados ha surtido ya sus efectos, como supongo, deben hallarse a estas horas en la mejor disposición y allanado el camino de la tentativa. Sígueme con el mayor sigilo, pues voy a dar mis disposiciones y a allanar cualquier obstáculo que pudiera comprometer el resultado de nuestros designios.

Y la astuta Beatriz, después de haberse santiguado con un garabato, y encomendádose por lo bajo no se sabe a qué santo o a Satanás, tal vez, se alejó silenciosa y veloz por una puertecilla de escape, con una ligereza que hacia bastante honor a sus piernas.

El mancebo la siguió a cierta distancia y con una reserva prudente.

-¿Será cierto? pensaba él para sus adentros: ¿no puede ocultarse aquí una trama infernal bajo la máscara del disimulo, a tal punto conducido por esa imbécil mujer tan loca, hasta el extremo de concebir ese ridículo amor, que es un imposible y hasta un absurdo?... Y ese mentecato que duerme ahí como un leño, ¿no puede acaso haber fingido su misino sueño, espiando a costa de mi imprevisión el terrible secreto de que se trata?... Todo es muy posible, y la probabilidad más o menos lejana de ese riesgo, precipita la ejecución del designio con toda la celeridad que su importancia requiere, como que es el único medio de conjurar nuevos desastres.

Fromoso, como si respondiera a los temores expresados en el precedente monólogo, vertió una especie de gruñido sordo, bostezó, estiró sus miembros y tornó luego a roncar como un estúpido.

- ¡Bah! continuó el joven, como sacudiendo sus vacilaciones; éste no es capaz de llevar su pobre inteligencia al terreno del disimulo. De cualquier suerte, ese pobre diablo es un pedazo de carne muerta que no debe inspirar temor alguno por su parte.

Se nos olvidaba advertir que el bullicio había cesado entre la del multitud que dijimos invadía aquel recinto, y que habíase ido retirando a descansar, bien ajena del coloquio que mediara entre la vieja y el joven.

Sin embargo, el hogar todavía continuaba encendido, medio iluminando con su destello aquel antro tenebroso que cobijara un crimen sangriento y fatídico.

La campana del castillo vino a interrumpir aquel animado coloquio que tan interesante iba haciéndose.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

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Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión