La corona de fuego: 47

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda


Capítulo II - Obstinación[editar]

Temple de acero fue que en vano altivo
Quiso ablandar el mismo soberano,
Tesón provocativos
Con que el orgullo insano
Hizo alarde agresivo.


El joven caballero que dijimos, había de pie Junto al rey, y en quien debe haber reconocido el lector al pretendido Lucifer, no podía ya reprimir su cólera, contenida únicamente por el precepto de permanecer impasible que le impusiera la voluntad del mismo rey.

-El interrogatorio está ya terminado por mi parte, rey Alfonso, dijo la vieja con su habitual audacia; basta por ahora.

-¿Y eres tú, preguntó éste con destemplada cólera, quien se atreve a tomar la iniciativa en este caso?

-Sí; al principiar el acto impuse un límite a mis revelaciones, y hemos llegado ya al mismo, sin que pueda alcanzar todo el poder de tu voluntad para salvarlo.

Miráronse todos estupefactos ante esta salida tan extraña de la acusada, que parecía convertirla en acusadora.

Alfonso pareció a su vez desconcertado por tanto cinismo por parte de aquella mujercilla rebelde.

-¿Es posible? dijo, sin poder aun sacudir su sorpresa.

-Sí, rey, créeme, aunque para ello necesite recordarte que se está instruyendo el sumario de una causa grave, o por lo menos célebre, cuya sustanciación no conviene precipitar, mucho menos a ti, que tanta importancia le has dado. Tiempo habrá después para ampliar sus formas e incidentes y para acumular otros méritos, a medida que vayan resultando.

-¡Miserable!

-He dicho mi parecer, y creo que está en su lugar mi observación, puesto que ya he dicho cuanto debía.

-Qué... ¿no hablarás ya?

-No.

-¿De verás? Pues es bien fácil para mi obligarte a variar de propósito.

Betsabé calló. En sus facciones se reflejó cierto aire de indiferencia, o por mejor decir, de menosprecio.

-Está bien, continuó el monarca, después de una pausa: la rueda del tormento tiene el raro privilegio de hacer hablar a los mudos; tanto mejor.

La acusada vertió otra de sus sonrisas cáusticas y provocadoras.

-¿Qué importa, dijo con su ironía clásica, que ataraces mis carnes y quebrantes mis huesos, cuando mi fuerza de ánimo lo arrastra todo y vence? Entonces, injusto juez, mi silencio elevará a plenario ese monstruoso procedimiento, en el cual me acuso como delincuente. Créeme, no provoques mi orgullo ni mi amor propio irritado; mi amor propio que no alcanza límites ni aun en las gradas del patíbulo.

-Con que te obstinas, ¿eh?

-Sí, estoy resuelta.

-¡Extraño empeño el tuyo!

-No es empeño, rey, es algo más que eso.

-No es empeño, ¿eh?

-No.

-Pues ¿qué es?

-Es sistema, que significa algo más que eso.

-¡Ah! ¿Y no hablarás?

Betsabé marcó uno de sus desdeñosas gestos, y repuso:

-No te empeñes en un imposible, rey.

-¿No hablarás, eh? repitió Alfonso, cuyos dientes crujieron de cólera.

-Antes me harás pedazos que saber por mi boca un solo detalle más.

-Pero dime únicamente si existen Veremundo, Hormesinda y Gonzalo.

Betsabé ensordeció, y en su rostro se reprodujo nuevamente su habitual sonrisa de demonio, fulminante y estúpida.

-¿Con qué nada más dices acerca de esa familia desdichada?

-Por hoy... nada: lo repito, contestó la anciana.

-¿Y luego?

-Luego... tiempo habrá para saberlo todo, sí, y acaso no te pese esperar.

-¿Cuánto tiempo?

-Lo ignoro, porque depende todo del curso de los acontecimientos, y este puede variar, sujeto como está a mil accidentes y eventualidades.

-¿De modo que nada cierto me dices?

-Ya he dicho cuanto debía, sin faltar al plan de mi propósito.

-¡Víbora!

-Nada conseguirás, rey, con tus apóstrofes, sino provocar más mi resolución y mi odio.

-¡Tiembla, malvada, si es que tratas de tenderme un lazo!

La judía vertió una carcajada disonante o histérica.

-No seas imbécil, rey; cuenta que en ese furor imprudente que contra mí te alucina, aventuras mucho por ti y por los tuyos; contra mí, que de tanto puedo servirte, para ayudarte en la investigación de ese arcano que con tanto empeño buscas en favor de tus protegidos.

Y en esa profunda calma con que fueron proferidas estas frases, exhalábase todo el furor intencionalmente depravado que hervía en el pecho de la hebrea, y explotaba toda su ponzoñosa bilis.

-Está bien, dijo el monarca, cortando el diálogo, mañana dispondremos de tu suerte, puesto que te obstinas en esa negativa que te precipita al abismo: ante la sentencia inapelable que vamos a pronunciar, ante ese, fallo irrevocable y certero, ¡criatura rebelde! inclina tu cabeza altiva, porque es el soplo poderoso de Dios que va a aniquilar tal vez a una de sus criaturas más extraviadas y pecadoras.

En el rostro severo del monarca pareció reflejarse un destello sobrenatural de majestad indecible al pronunciar sus últimas frases; pero aquella mujer de hierro las acogió con su visible frialdad, que era un verdadero insulto arrojado a la faz del mismo príncipe, cuyo continente austero contraíase cada vez más a impulso de aquel tropel de sensaciones que agitaron su mente.

-¡Ea, guardias! gritó con una voz de trueno, y refiriéndose a los soldados con imperativo ademán; conducid a esa mujer a su prisión, redoblad la vigilancia de ese monstruo, y despachad presto, librándome de su odiosa presencia.

Esta orden fue al punto obedecida; el piquete desfiló en semicírculo, y la vieja, rodeada de lanzas, alabardas y partesanas, fue conducida de nuevo al calabozo.

En el rostro de aquella infernal mujer brilló una sonrisa de orgulloso triunfo, feroz y diabólica: la sonrisa del ángel malo.

Alfonso, altamente impresionado por las revelaciones que acababa de oír, y que él ignoraba en su mayor parte, permaneció un instante con la cabeza apoyada en sus manos, sumido en honda meditación.

Los jurados, y sobre todo, el joven caballero, confundidos todos por la impresión que les produjera aquella mujer diabólica, dejaban traslucir en su muda, pero elocuente sorpresa, una marcada indignación que sublevara los ánimos, infundiendo un sombrío pánico, al paso que una excitación alarmante, devoradora e inquieta.

Los diputados y demás circunstantes, a una señal del rey, evacuaron aquel recinto, aturdidos también por las peripecias de aquel acto verdaderamente extraño; y en verdad que necesitaban aspirar otro ambiente más puro que disipara la sombría emoción de su ánimo.



La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión