La corona de fuego: 22

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Capítulo V - Tras de la cruz el diablo[editar]

Quizás se arrepintió; pero era tarde.
Profanación impía,
¡Fanático! leyó su alma cobarde
En aquel garabato que mentía
El nombre de que el joven hizo alarde.


-Ahora bien, prosiguió el de Altamira, después de una breve pausa, durante la cual pudo reponerse algún tanto de su fatiga; a vista de estas confidencias que solo a Dios y a vos he hecho, y que no dudo sabréis reservar dentro de los verdaderos límites de la prudencia, supongo que haciendo cumplido honor a vuestra palabra, estaréis dispuesto a prestarme el inapreciable servicio de dar caza a ese infame ladrón de mi salud y de mi honra: y si lo estáis y sabéis cumplirlo, podéis estar bien seguro de la recompensa que os preparo, mayor quizás de lo que pudierais creer. Para ello se os facilitarán recursos de todo género, os daré la clave topográfica de mi alcázar, a fin de que poseyendo sus secretos, podáis penetrar en él a todas horas que os plazca, si bien os impongo una restricción en este punto esencial del pacto; la de que no os aproximéis a las prisiones de Estado ni al departamento que ocupan, puesto que siguiendo el sistema establecido, una imprudencia vuestra en tal sentido pudiera comprometer en alto grado la suerte de esos desventurados que en ellas espían sus detestables crímenes. Por lo demás, mi autoridad os prohíbe absolutamente revelar secretos de ninguna clase que afecten al interior del castillo, si no es a mí mismo: ¿estáis conforme?

El cuadrillero se inclinó con una señal respetuosamente afirmativa.

-¡Ah! continuó Ataulfo, como inspirado por un pensamiento súbito; temo que vuestra presencia, constante y fija en mi casa, pudiera aparecer sospechosa respecto al golpe de mano proyectado, y este lance, que solo podría culparse a un rasgo de imprevisión, malograda infaliblemente la empresa; por tanto, podéis ceñir el plan de operaciones por ahora, a vigilar las afueras de las Torres de Altamira, ejerciendo un rigoroso sistema de espionaje con relación a todas cuantas personas traten de aproximarse, a inquirir guaridas de salteadores y malas gentes que suelen albergar determinados puntos de los cercanos bosques, a fin de poder hallar a ese hombre o demonio que asalta mi tranquilidad y mi sueño. Vuestras gentes, bajo el pretexto de merodear, pueden recorrer las alquerías y las aldeas contiguas. aunque sin incomodar gran cosa a sus moradores, sino por el contrario, ofreciéndoles protección e inspirándoles confianza, como el mejor medio de facilitar el apetecido objeto. No olvidéis cuánto puede convenirnos el que se ignore la connivencia en que estamos, pudiendo obrar en todo en la apariencia, como si dijéramos, de cuenta propia, sin que mi nombre llegue a mezclarse en cosa alguna, ni aun de modo indirecto, lo cual, además de poner a cubierto mis intereses, añade la ventaja de hacer útiles exploraciones, alentando la confianza de esas ruines gentes, que desgraciadamente para ellos; no me han tomado en buen predicamento, y ante quienes convendría revalidar mis méritos, cambiando en el mejor sentido el juego de opiniones en que fluctúa nombre, víctima de apreciaciones diversas, y fijando de un modo definitivamente sólido su verdadera calificación ante los hechos prácticos de que va a derivarse presto, como medio confirmatorio e innegable. Y por último, con el objeto de conjurar un compromiso cualquiera, tomad y leed: ahí os entrego un salvo-conducto que sabrán respetar mis gentes, y ante cuyo talismán se os abrirán, en caso necesario, los más vedados retretes, los departamentos más recónditos de mi alcázar, a excepción, como ya os dije, de las prisiones de Estado, para las cuales tengo carceleros y guardias especiales, a quienes, sin que por ello vaya yo a creer que abuséis, tengo comunicadas las competentes consignas que rigen para la generalidad, sin excepción de persona alguna. ¿Juráis, pues, servirme con tales condiciones?

-Lo juro, contestó con cierta solemnidad el joven, estrechando con la suya la diestra que le presentara el conde, y besando al mismo tiempo la blasonada cruz de la espada que le ofreciera igualmente.

-¿A fe de caballero?

-Y de cristiano, conde.

Y como para tranquilizar completamente los escrúpulos del magnate, y enajenarse enteramente su confianza, se picó con la punta del puñal una vena de su mano izquierda, haciendo brotar una gota de sangre que vertió sobre el salvo-conducto, como para imprimirle un sello indeleble de solemnidad.

-No es bastante eso todavía, dijo Ataulfo; es preciso que suscribáis el duplicado de ese documento que debo yo conservar en mi poder, haciendo constar vuestro nombre, apellido y rúbrica.

El cuadrillero tomó la pluma que le presentara el conde, previsor hasta este punto; la mojó en sangre, y con pulso algo alterado, firmó el pergamino que le ofrecía el mismo, con el nombre de Lucifer. La rúbrica era una cruz.

Ataulfo no pudo reprimir un movimiento de marcado asombro ante aquel nombre y aquella rúbrica; posó en el joven su despavorida mirada, que este sostuvo con su habitual naturalidad y sangre fría, como desentendiéndose, al parecer, de aquella ojeada tenaz como un rayo encendido.

-¿Os burláis? exclamó aquél escandalizado.

-¡Qué!... ¿Os espanta ese nombre acaso?

El conde se persignó.

-No es posible, dijo, que habléis formalmente.

-Dejad correr los sucesos; ellos dirán por sí mismos si pueden responder de mi identidad o de una farsa, que no tendría por mi parte objeto.

-Por cierto que hasta ahora creía libre de demonios mis Estados.

-Ved como podéis engañaros a costa de vuestra previsión: ¿qué queréis?... Y lo peor es que acaso exista en Altamira, en vuestra propia casa, otro género de espíritus malignos que, mientras yo, al menos, escudo mi nombre detrás de la cruz como veis, por más que sea esta de sangre, ellos giran por cuenta propia en un círculo más vicioso y temible. ¡Líbreos Dios de que una triste experiencia salga a vuestro encuentro con una prueba nada feliz, en corroboración de mis presagios!

El conde, arrepentido, al parecer, de haberse entendido con aquel ser incomprensible, como que debía estar cuando menos bajo la influencia de las potestades malignas, fijó de nuevo en él su mirada atónita, como para cerciorarse de la verdad de lo que oía. Supersticioso y fanático por educación y hasta por conciencia, túvole miedo, un miedo cobarde y estúpido.

Oyósele murmurar secretamente un voto; besó la blasonada cruz de la espada, y con su mano trémula separó sus cabellos, que una fría traspiración tenía pegados a su frente calenturienta.

Exhaló una respiración sonora, en la cual su pecho, enronquecido por la fatiga, pudo dilatarse con un suspiro. Y entonces entregó a su colocutor uno de los ejemplares del salvo-conducto, reservándose en su escarcela el otro, firmado, según se dijo, por el joven.

Luego, apercibiéndose, al parecer, del ridículo papel que estaba desempeñando y que rebajaba su dignidad ante aquel testigo, varió el giro del asunto con más atolondramiento que oportunidad.

-Tomad, dijo, entregando al jefe de los aventureros un puñado de monedas de oro: ahí tenéis esa propina para que vuestra gente beba a mi salud: hacedles entender que desde hoy entran al servicio de una persona agradecida, cuyo nombre podéis someter a una previsora reserva, que no necesito encareceros a vuestra prudencia, sin olvidar tampoco la alta importancia de los arcanos que os he revelado, y de cuya confidencia no creo abusaréis en tiempo alguno: son el grito doliente de un esposo ultrajado, y cuyo eco debe morir en vuestro pecho. Sed, pues, el director, y, que los demás queden de reserva para un caso dado, aunque predispuestos siempre a seguir ciegamente vuestras órdenes en este punto, sin vacilación ni réplica.

-Está bien, señor; creo sabré mostrarme a la altura de mis deberes haciéndome digno de vuestra confianza, y correspondiendo dignamente a ella. Quedad con Dios si os place, y dejadme partir a tranquilizar los temores que mis bravos pueden fundar, tal vez, en mi tardanza, poniendo al propio tiempo la primera piedra en nuestro proyectado edificio.

-Si, partid, valiente servidor; una secreta voz me predice que vuestro plan no será defraudado, y que un resultado favorable debe responder bien presto a mis esperanzas.

Y el conde, aquel hombre de piedra, sintió su corazón conmovido hacia el joven, que se retiraba un paso atrás en actitud de marcha.

-¡Ah! oíd, continuó el magnate, se me olvidaba designaros cuartel para establecer vuestro centro de operaciones: la aldea de Briones, por su situación especial a la vez que por su proximidad a las Torres de Altamira, me parece bien a propósito para el caso, y allí podéis fijar el punto central del destacamento. Cuidad, sin embargo, de que no llegue a traslucirse vuestra comisión entre aquellas gentes de la aldea, porque entre ellas hay muchos realistas acérrimos y de su mismo ídolo, del rey Alfonso, recelo haya podido partir el golpe de ese puñal homicida, que solo Dios ha hecho desviar de mi corazón.

Y entonces el guerrillero, todo conturbado, casi fuera de sí y contrariado por una lucha profundamente interna, se separó del conde.

-Esperad, le dijo, voy a sacar escolta para que os acompañe conmigo a vuestras Torres.

-No, es inútil voy más seguro solo desde este punto hasta el Breñal y que veis ahí en frente y donde me esperan mis arqueros, que son buenos muchachos a Dios gracias. Además conviene salvar las apariencias para alejaros de cualquier conflicto que pudiera también alcanzarme, atendido el plan de conducta que nos hemos propuesto. Ea, pues, adiós con los vuestros.

Y el conde se alejó en opuesta dirección que el joven, encaminándose hacia el Breñal, que era un cortijo acotado muy próximo y de su pertenencia.

Bien presto perdiéronse ambos en las dudosas sombras del crepúsculo, que invadieran el paisaje selvático del yermo con sus tintas fantásticas.

Fácil es comprender, en vista de los antecedentes, los violentos impulsos que tendría que sofocar el cuadrillero para no lanzarse sobre el conde, su mortal enemigo, cuando le tenía precisamente en su poder, en ocasión que todas las ventajas estaban de su parte; pero el pundonor pudo más en su ánimo que el odio, y mantúvose a la línea que la prudencia le marcara. En efecto, un crimen, cobardemente perpetrado allí, a vista de sus soldados, a quienes se había propuesto mon, de acuerdo con el obispo de Santiago, para convertirlos de criminales que eran, en ciudadanos honrados, le hubiera dado un resultado contraproducente, desacreditándole a él mismo, y haciéndole descender a cierto terreno.

Además, disponiendo de un plan tan vasto como el que concluía de concertar con su misma víctima, y de unas facultades tan omnímodas como las que se le concedieran, el porvenir de su venganza tomaba a su vista enormes proporciones, y resultados infinitamente mayores lisonjeaban su fantasía por su mismo vértigo: nuevos horizontes desplegábanse ante él como un rasgo sangriento, y se decidió, al fin, por contemporizar y esperar, abandonándose a la influencia del destino, no acertando a definir aquel artificio que absorbiera los resortes del ánimo en medio del laberinto que revolviera su mente, y cuyo desenlace no podía alcanzar a preveer tampoco. Por consecuencia de todo, deducíase un hecho a todas luces concluyente: el conde de Altamira estaba a toda hora en sus manos.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión