La corona de fuego: 32

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Cuarta parte : Intrigas, amores y proyectos[editar]

Capítulo I - Antecedentes[editar]

Ha trascurrido algún tiempo desde los acontecimientos últimamente referidos.

Hasta entonces los sucesos políticos, esa tenaz contienda empeñada por el conde de Altamira y el obispo de Santiago por una parte, coaligados contra el rey, D. Alfonso, por otra, habían ido tomando un aspecto gravísimo y complicado: crecía el encono el los bandos, agitábanse las parcialidades, el descontento era cada vez más pronunciado en las masas, las depredaciones, los despilfarros, los abusos, estaban a la orden del día, y el país, constituido en una insostenible crisis, estaba constantemente amenazado de un cataclismo, cuyo desenlace, aunque no era difícil preveer, debía acarrear indudablemente, y en un plazo no muy lejano, grandes e incalculables catástrofes.

Ni la mediación de altas influencias ni las tentativas amistosamente oficiosas, puestas en juego por personas interesadas favorablemente en el asunto, y animadas de laudables fines, dirigidos siempre a una solución cualquiera, aunque radicalmente pacífica, fueron suficientes para conciliar los extremos y llegar a un acomodamiento. En el castillo de Altamira, centro propagador de la discordia, estaba el foco de esa intriga permanente, y no era fácil, ni en modo alguno posible, recabar, sin emplear para ello ciertos recursos notoriamente violentos, un medio saludable que conjurase la nube amenazadora de aquella tremenda crisis.

El prestigio del trono, hondamente hollado por la rebelión feudal, escandalosamente propagada, no podía en modo alguno, sin desprestigiarse, transigir con las exigencias de aquellos orgullosos magnates, que sin un motivo racionalmente fundado, enarbolaban sus pendones, haciéndoles tremolar sobre las almenas de sus torres feudales; pero que habiendo avanzado ya demasiado, siquiera obedeciendo a un punto de tradicional altivez, no creían decoroso retroceder en la empresa temerariamente adoptada, sin menoscabo de ese tesón tan proverbial, y que forma el tipo ordinariamente clásico de cierta aristocracia.

Con todo, Alfonso, antes hombre que monarca, y como tal, víctima de las miserias y fragilidades humanas, podía hallar aun medio de transacción posible con aquellos soberbios reyezuelos, bien que a costa de cualquier pequeño sacrificio de autoridad; pero tratándose del conde de Altamira, el asunto variaba de especie: reclamaba de este una prenda que valía para él más que su propio tesoro acaso; pero Ataulfo, si bien admitiera la amistad del soberano, con tal de no partir de él mismo la iniciativa, no podía tampoco satisfacer esta exigencia que reclamara con tenacidad esa prenda de alianza, inestimable para él bajo diversos aspectos.

Ésta era la baronesa de Monforte, ahora condesa de Altamira, cuyo enlace con el conde adolecía de ciertos vicios de nulidad legal, tales como el de no haberse pedido la aprobación regia previamente y el que se refería al origen bastardo del pretendido magnate.

¿Cómo, pues, rebajarse su altivez hasta el extremo de admitir la gracia del rey a trueque de una condición tan humillante e indecorosa y que arrastraría indudablemente a la ruina su casa, rehabilitada, según dijimos, por este enlace?

¡Oh! entonces el ludibrio público le arrojara al rostro mil baldones, y los cuarteles de Altamira quedarían mancillados con el lodo inmundo del deshonor.

En tal terreno discurría Ataulfo.

Pero habíase ya malignado la atmósfera política en términos desesperados, según ya dijimos. Alfonso, antiguo amante de la baronesa, cuya hechicera imagen, a pesar del trascurso del tiempo, atarazaba su mente, como el ángel de la tentación victoriosa; Alfonso, locamente enamorado de ella, estaba resuelto a jugar el todo por el todo, hasta su misma corona, si necesario fuese: aprestábase con redoblados bríos a la lucha, y cual fiero atleta, enardecido, exaltado por su frenético entusiasmo, sublimada su criminal pasión hasta un grado de perturbación moral supremo, era casi un autómata de aquella misma tentadora imagen, que absorbiera su alma entera; eterno emblema del placer, vivo trasunto de goces sensuales y que, bajo el inapreciable tesoro de sus seductores halagos, arrastraba el manto regio por el lodo de la impureza y del escándalo.

Constanza correspondía por su parte a aquella pasión del cielo monarca con todo el ímpetu de un deseo contrariado por el deber de un esposo, herido en lo más vivo de su honra, y que, violento en sus resoluciones, más de una vez hubo de apelar a las vías de hecho, maltratando brutalmente a aquella esposa infiel, la cual, bien lejos de corregirse, semejante a una víbora aplastada, erguía su venenosa cabeza para vomitar insultos, amenazas y execraciones contra su tirano, como solía apellidar al conde.

Y exaltada por el vértigo de la cólera y de la impotencia, excitada por la fiebre de sus rencores, hollado su orgullo por aquella resistencia tenaz, sublevábanse más y más los instintos culpables de la joven, inflamábase más su deseo, que adquiría desde luego un grado de exasperación indecible.

En medio, pues, de esta guerra de rencores, otro hombre hubiera adoptado desde el principio una resolución radical que decidiera aquella reñida crisis; pero, Ataulfo, que amaba a su esposa hasta el grado que cupiera en él este afecto, aplazando un rompimiento de esta índole, servía a su interés propio, puesto que ese mismo acto, quebrantando el vínculo de aquella coalición política que prestara la principal condición de apoyo a su posición crítica y comprometida, pudiera arrastrarle indudablemente a la ruina y al descrédito. Así que, devorando su amor propio, por más que sintiera quebrarse una por una las fibras de su corazón egoísta, reprimía sus ímpetus, sin dejarse llevar de un rapto insensato; de modo que mientras tenían lugar disgustos graves entre ambos consortes, sostenía él heroicamente la lucha, para descender luego de su vértigo, aniquilado por el sentimiento, transida de dolor el alma, agobiada por la angustia.

Sin embargo, el conde hasta entonces solo era víctima de una mordaz sospecha; pero no tardó en conocer otros pormenores más íntimos, pruebas concluyentes de esas mismas fragilidades de su esposa, testimonios auténticos de la traición que hiciera ésta a sus deberes de tal, y pudo penetrar el fondo verídico de aquellas liviandades que mancillaran el tálamo. Y ante aquel plenario infamante, el hombre más apasionado no hay duda que adoptara un medio cualquiera que lavase su propia mancha, que provocara una reparación decorosa y digna de un caballero que sabe apreciar su delicadeza.

Palomina, la infame Palomina, ese personaje siniestro y peligroso, que bajo una sumisión afectadamente hipócrita y fingiendo un celo complaciente, era quien, admitida a las más íntimos confidencias de familia y sabedora de todos los secretos, como que era su cómplice, intrigaba astuta, inflamando el corazón de ambos esposos, encendiendo, con una reserva hábilmente conducida, la tea de la discordia, y preparando la conflagración de un incendio, cuya explosión debía estallar un día no lejano.

Y después, invirtiendo el orden de sus maquinaciones, con tanta pericia combinadas, por una ingeniosa evolución de ardid, y prevalida de su rango de dueña, solía provocar la conciliación de aquellos desventurados esposos, indispuestos por ella, terciando hipócrita en reyertas mismas que provocara su maligno espíritu, con un fin diabólico, al paso que patrocinaba y aun terciaba también en las relaciones adúlteras de la condesa con el monarca. Y eludiendo siempre todo género de compromisos que este maligno juego de intrigas creara, y del cual salía siempre a salvo, continuaba dirigiendo a su arbitrio la trama de aquellos amores culpables, sin decaer al propio tiempo su alta influencia en los consejos de aquella desgraciada familia.

Mas, aun a pesar de aquella habilidad tan rara que desplegaba el maldito genio de la vieja, erigida en punto central y directivo de tan odioso plan, todo aquel incomprensible dédalo de intrigas domésticas debía tener un término y un desenlace, y a ello caminaba precipitadamente el curso de los acontecimientos: acercábase el día crítico, y para ese momento preciso todos los resortes de aquella máquina odiosa conspiraban por distintas vías, llenando el hueco de sus aspiraciones bastardas con redoblados esfuerzos, con medios tenebrosos siempre, trazando sangrientos planes y conspirando siempre a un fin culpable y siniestro.

Era por cierto lamentable el cuadro que representara aquel grupo de voluntades antipáticas, explotadas por el espíritu de aquel ser abominable y agobiadas por el peso de una maldición tremenda: aquellas escenas tan repugnantes de familia, traspasando ya la línea del misterio, brotaban del santuario doméstico, ramificándose por todas partes y esparciendo por do quier esa sangrienta alarma del escándalo, que tanto hiere la paz conyugal y el decoro de las sociedades.

Por otra parte, el impetuoso príncipe, tomando pretexto de la rebelión del conde y de su alianza con el obispo de Santiago, a quien odiara por instinto y a quien había jurado por su propia corona despojar de la mitra compostelana, redoblaba sus aprestos de guerra contra las torres de Altamira, y aun es fama que tuvo la flaqueza de proponer abiertamente y sin ambages, al primero, que si quería obtener su gracia, le entregaría sin más tregua a la baronesa de Monforte, su antigua prometida, casada clandestinamente contra su voluntad (cuyo contrato llevara en sí más de un vicio de nulidad, según ya indicamos) y a la cual se había sorprendido y violentado; intimidándole además, caso de negarse, con destruir la fortaleza de Altamira, confiscándosele todos sus bienes y tratándole, en fin, como rebelde, contumaz y reo de alta traición.

Era, pues, por todo lo dicho, inevitable ya el cataclismo en uno y otro caso: ni podía caber medio posible de avenencia, puesto que se habían agotado todos; y como quiera que el foco permanente de intriga estaba en el mismo castillo, conspirando por exacerbar más la situación de aquella desdichada familia, de ahí esa misma conflagración moral que ardía implacable, y cuyo fin nadie podía atreverse a calcular, a excepción tal vez de uno de los mismos instrumentos de tan infernales tramas, que pudo llevar hasta ese punto su jactancia.

Este instrumento era la infame Palomina, protagonista de este drama trágico, y enemigo juramentado de la familia de Altamira y de todo cuanto tuviera relación con ella.

-«Hacinaremos combustibles por ahora, había dicho en son de mofa en cierto tiempo, y no podrá perderse el trabajo: ¡Ay del día que la luz de mi libertad se eclipse! Entonces prenderemos fuego a la mecha y arderá todo.»

Fue este un rasgo profético, cuyo cumplimiento debía realizarse, y se realizó en efecto.

Apenas el rey, inspirado únicamente por su criterio fundado en la observación y la experiencia, hizo presa legal de aquel peligroso monstruo que traía en sus manos la tea de una implacable venganza, apenas ese mismo monstruo conocido con el nombre de Palomina, entraba en el atrio de la justicia, para preparar su expiación, sin renunciar empero al tema de su venganza, no enteramente satisfecha, halló medio de romper ante el conde y su esposa el hilo de la trama, provocando ese tremendo choque entre ambos, que ya conocemos, y cuyas consecuencias debieron sonreír al depravado ánimo de aquella mujer perversa.

Tal es el estado de cosas que vinieron a crear los preliminares que forman el presente capítulo, considerado como una ojeada retrospectiva que puede dar la clave a la mejor interpretación de los sucesos cuya narración nos hemos impuesto.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión