La corona de fuego: 07

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Capítulo VI - Sorpresa in fraganti.- La provocación[editar]

Desde el acontecimiento últimamente referido, Constanza, agitada por una viva impaciencia, parecía siempre sumida en profunda e indiferente abstracción respecto de Elvira, aquella Elvira adorada, para la cual nunca había tenido ella un secreto, y a quien diera en otro tiempo reiteradas pruebas de un amor y confianza sin límites.

Elvira, por su parte, reservada y astuta, no pareció apercibirse de ello, encerrándose en el frío círculo del disimulo y esperando acaso que por este camino llegaría con el tiempo a aclarar aquel horizonte cargado de nubes que tanto pesaran sobre su alma combatida.

No había dudo ya para ella: Constanza debía tener un amante.

Y sin embargo, esta probabilidad debía trasformarse en certeza; necesitaba además una prueba concluyente y fija. A este fin dirigió sus esfuerzos la vengativa dama: un imperioso deber se lo exigía.

De esta suerte trascurrieron muchas noches de insomnio y muchos días de desesperación y afanes. Las conferencias de aquellas dos mujeres, sus juegos, sus peligrosos ensayos iban siendo cada vez más raros, e iban perdiendo a la vez el carácter de dulce intimidad que los distinguiera hasta entonces: aquella estrecha y franca familiaridad que se profesaran antes mutuamente había sido reemplazada por una actitud recelosa, en cierto modo hostil, y a fuer de cautelosa apenas dejaban traslucir el sensible disgusto interno que las devorara, sino por la fría y estudiada reserva en que iban a porfía ambas.

Elvira, más experta acaso que la baronesa en este terreno, solía dejar escapar a veces alguna que otra frase aguda e incisiva, que hacía asomar a las inocentes facciones de esta esa aureola purpúrea que extiende en las mejillas de la mujer amante un velo de encendida grana, y ésta era la prueba que venía a dar nuevo pábulo a su cruel sospecha.

Entonces hacíase necesaria una lucha, en la cual debía militar, de una parte la inexperiencia de Constanza, que solo obedecería en su situación a la voz de un instinto, y de otra la astucia de su antigua amiga, la cual dejaba de serlo ya desde aquella hora: lucha desigual y arriesgada, empeñada con tanta ventaja por parte de esta, como debía sacar partido de la misma inocencia y simplicidad, digámoslo así, de aquella.

Tal situación, tal estado de cosas no podían prolongarse, por mucho tiempo; debía tener un término, un desenlace nada risueño, y este momento crítico se aproximaba.

Una noche (porque ésta es la hora de los misterios que a su sombra toman la forma más caprichosa y vaga), Elvira terminaba de desnudar a su señorita y amiga, según se titulaban todavía, y después de haberla dejado acostada, y al parecer dormida, retirábase muda y silenciosa a su gabinete.

Su natural ternura, su ardiente pasión comprimida no se habían desmentido un punto para con aquella compañera, a quien, no obstante su resentimiento de otra índole, amaba con un frenesí entrañable.

La había estrechado entre sus brazos, y al acostarla en su muelle lecho, había cambiado con sus labios de rosa un ardiente ósculo que periódicamente se repitiera a la misma hora.

Un recuerdo aciago vino a disipar entonces, como un soplo maléfico satisfacción tan grata, y aquella criatura sensible huyó veloz a encerrarse en su retrete y rompió allí en un fuerte llanto.

Allí, sí, frente a frente consigo misma, con sus secretos, con sus recuerdos y pasiones, aquella desgraciada criatura dio curso a su desconsuelo, y en medio del vértigo de su amargura, el eco de un nombre adorado sonaba de cuando en cuando en su mente como una gota de fría nieve que repetía una y otra vez una palabra querida: ¡Constanza, Constanza!...

Todo yacía en silencio, y solo se oía el choque elástico del viento que azotaba los árboles del parque, produciendo un lúgubre gemido.

Elvira, por un secreto e instintivo presentimiento, y no pudiendo conciliar el sueño, abrió la ventana ojiva de su gabinete y subió al pequeño torreón, casi derruido, que se alzaba sobre la plataforma oriental del castillo.

El aire había aplacado, y la brisa de la noche, embalsamada por los perfumes del campo, refrigeró su rostro. Los rayos de la luna diseñaban a su vista un risueño paisaje, armonizado por el contraste de tintas que bosquejaban el fantástico panorama de una naturaleza selvática.

Vestía el cielo su estrellado manto, y allá en el Oriente lucían sobre sus promontorios de vaporosas nubes, bronceados celajes y rasgos de tornasol dorado.

A lo lejos grupos de arbolado como manchas de terciopelo gris, colinas, valles y prominencias del terreno, diseñando sobre el fondo azulado del cielo masas y esqueletos fantasmagóricos, que eran las ruinas de una antigua abadía, confundidas entre cañaverales silvestres, irguiendo sus mutilados paredones como flotantes lienzos.

A la izquierda las pequeñas aldeas destacando sus blanquiscos caseríos irregulares con sus torrecillas y campanarios, y más lejos la aplomada línea de montañas que servían de orla al paisaje, y cuyas dentadas y ondulantes cimas perdíanse en medio de una niebla de brumas cenicientas.

La campana del castillo anunció las doce.

Todavía vibraba el eco del último sonido, cuando Elvira creyó percibir un grupo movible de hombres, al parecer, que se aproximaban cautelosamente hacia aquella parte de la fortaleza, defendida naturalmente por la peña cortada y resbaladiza, y que carecía de foso por ser estratégicamente inaccesible.

De pronto aquel grupo, hasta entonces compacto, fue disolviéndose, desapareciendo por fin totalmente.

La joven notó que arrojaban desde lo alto una escala de cuerda.

Un hombre ágil y vigoroso comenzó a trepar por ella aceleradamente. El brillo nacarado de la luna hizo reflejar su luciente armadura con un resplandor fosfórico y rutilante.

Una idea cruel asaltó el ánimo de Elvira con una sospecha que por desgracia se confirmó luego. Una mujer recibió a aquel hombre en sus brazos en la explanada del muro, y casi al mismo tiempo se oyó un sonoro y ardiente ósculo.

Aquella mujer era Constanza.

El eco de aquel beso apasionado, nervioso y frenético, inflamó más y más el volcán de celos que hervía implacable en el pecho de aquella mujer, cuya sangre se enardecía en sus venas como ardiente lava, y cuyas palabras destellaban relámpagos de venganza y llamaradas de odio; aquel eco vibraba en su oído todavía con un martilleo estridente que estimulaba una sobrexcitación febril, arrobadora y sangrienta.

Entró en su cámara, descolgó su traje de paladín, vistió aceleradamente su armadura de acero, su casco cimerado y su templado arnés: empuñó su broquel y su pesada lanza, incompatible con la delicadeza de sus brazos, y sin olvidar su inseparable puñal buido, ciñó una especie de jabalina oriental de un corte sutil y una hermosa y templada daga damasquina de puño cincelado.

Echó la celada sobre el rostro, y estimulada por un rabioso coraje, dirigióse en busca de cualquier aventura, por peligrosa que fuese, siempre que rasgara el velo de su desesperada incertidumbre.

Atravesó los vestíbulos, las rampas y galerías que cruzaran los departamentos del castillo. ningún ruido se oía en aquellas solitarias mansiones, sino el tenue crujido de su armadura que resonaba con el movimiento del paso, y cuyo eco era todavía mayor por la forma acústica de las bóvedas del tránsito, apenas iluminadas por el brillo opaco de varias claraboyas que había a ciertos trechos.

Detúvose junto a la puerta del retrete de la baronesa, que halló entreabierta.

El mismo silencio, la misma soledad: solo vio agitarse los pliegues de los pabellones del lecho, de donde salió un hombre completamente armado, el cual atravesó la antecámara y se dirigió hacia la puerta con pausado recelo, dirigiendo a todas partes miradas cautelosas.

Elvira le esperaba allí, acechando desde el fondo de la penumbra, trémula y contraída por una alegría feroz. Brillaba en su rostro cierta exaltación salvaje, y sus pupilas de fuego vibraban rayos de venganza diabólica a través del hierro de la visera.

Allí acechaba con implacable impaciencia a aquel hombre desconocido, cuyo nombre debía importarle bien poco, con tal que fuese, como indudablemente debía ser, amante de Constanza; y apenas acertara a pasar por donde ella estaba, le pondría en la garganta la punta de su lanza y le arrancaría así la palabra de admitir un duelo a muerte, si es que era caballero.

Y si por desgracia no lo fuese, si atolondrado por la sorpresa de aquel ataque brusco e imprevisto, el miserable se negara a admitir el reto por una vil cobardía... ¡y bien!, entonces le mataría sin clemencia alguna en aquel mismo sitio.

Por un movimiento maquinal y espontáneo llevó la mano al pecho como para comprimir los latidos de su corazón, y se colocó detrás de un arco apuntado, en parte que la sombra le hacía invisible.

El desconocido, siempre cauteloso, salió por aquella puerta entreabierta que tornó a cerrarse detrás de él lentamente. Un destello de luz vivísimo que brotó de improviso, iluminó la alta y majestuosa talla de aquel hombre, que armado de Punta en blanco, atravesaba la extensa galería, haciendo crujir su luciente arnés de batalla, y dando a sus movimientos una elasticidad sutil, como las ondulaciones de una serpiente cubierta de escamas de acero.

-Tanto mejor, murmuró Elvira con infernal sarcasmo, será un caballero que debe comprender las leyes del honor: al menos me librará de recurrir al puñal y desempeñar el innoble papel de asesino.

Y en su hermoso rostro debió brillar una infernal sonrisa.

A este tiempo el desconocido cruzaba por la cripta inmediata al escondite de la joven. Saltó ésta como una pantera irritada, y con la agilidad de una ardilla precipitóse frenética, colocándose de un salto delante de aquel hombre, cerrándole el paso y enderezándose con provocativa arrogancia.

El desconocido, paralizado al pronto por aquel lance improvisto, detúvose un momento, y en su aturdimiento mismo dejó caer un objeto que resonó en el pavimento con un sonido metálico.

Elvira recogió disimuladamente aquel objeto.

Era un guantelete de acero.

-Muy bien, murmuró para sí con alborozo diabólico; tengo ya otra ventaja de mi parte; así la provocación no será mía.

-Eso no os pertenece, dijo el desconocido, apercibiéndose de la acción de Elvira y acentuando sus palabras con una voz bronca, pero visiblemente fingida; dadme esa pieza de armadura y despejad el paso.

-Os equivocáis, repuso ella con un cruel sarcasmo; eso no os corresponde ya a vos, es prenda de honor y estoy en mi derecho reteniéndola, mal que os pese a vos, sino sois un buen caballero que sabe sostener su decoro de tal en lances de honra.

Y la audaz Elvira embrazó su rodela, empuñó su espada y se colocó en ademán de provocadora insolencia.

-¡Atrás, víbora! gritó el incógnito, arremetiendo con un brusco ataque de puñal a aquella tenaz criatura que acogió la embestida con una sorda carcajada que heló la sangre de aquél, y se colocó en guardia al punto sin perder una sola línea de terreno.

-¡Hola!, exclamó el desconocido con burlesca ironía; ¿espadachín también? Tanto mejor para despacharos.

-Quiso ensayar otro golpe de puñal, que fue parado con igual maestría que el anterior. Comprendió entonces que el lance no podía tener fin sin notable escándalo, y trató de ensayar otro recurso más prudente.

-¿Qué queréis, pues, quien quiera que seáis?, preguntó convulso por la cólera que ardía en su pecho con un rugido voraz.

-Medir mi espada con la vuestra y beber vuestra sangre o daros a beber la mía.

Imposible.

-¿Seríais, pues, tan miserable, que rehusaríais empeñar conmigo un lance de honra?

-¡Tened la lengua insolente!, replicó aquel hombre, dominando visiblemente un arranque colérico y vertiendo una insensata blasfemia.

-¡Cuidado, que os descomponéis, en términos que necesitaré acaso recurrir a mi espada para haceros entrar en razón!

-¡Oh! ¡Esto más!

-Abreviemos razones y concluyamos por concertar el duelo.

-¡Un duelo!, repitió el caballero con un acento rotundo, parecido a un eco sordo y lúgubre, ¿Seríais tan osado?

-¿Y seríais, vos, tan cobarde que lo rehusarais?

Hubo un momento de silencio, en que la cólera de ambos parecía luchar en secreto con la aparente calma del uno, y el marcado asombro del otro: al fin el desconocido, haciendo, un violento esfuerzo por dominarse, exclamó:

-Basta ya de provocaciones e insultos; respetemos el honor de esta casa, y... despejad el paso. Yo os perdono la ofensa de vuestros denuestos, que... creedme, es la más plausible, victoria que pudiera la suerte haberos deparado sobre una persona de mi jerarquía.

-¿Y sois vos quien habla aquí de honor, infame? ¿Vos que habéis venido a profanar el santuario doméstico y acaso también a arrebatar la honra de una doncella? Pues bien; si así es, si habéis violado a esa virgen, es preciso lavar esa mancha inmunda, y... creedme, manchas de esa clase solo se lavan con sangre.

Elvira dio a estas últimas palabras una entonación fatídica llena de venenoso sarcasmo.

-¡Imprudente! ¿Y es mi sangre la que apeteces? ¿Ignoras que si el león alzara su mano aplastaría al reptil que lo insulta y provoca con tanta imprudencia?

-¡Ah! en ese caso, guárdese el león de la picadura del reptil, porque su acción es corrosiva y mortal.

-¿Quién sois, pues?, interrogó el apurado caballero.

-Lo habéis dicho vos; seré tal vez, un reptil, un pigmeo acaso a vuestro lado; pero que no por ello os cede en tenacidad y saña. Y vos, ¿quién sois y qué derecho tenéis para preguntarme mi nombre que acaso yo mismo ignoro y que no estáis autorizado a exigirme sin revelarme antes el vuestro, al que dais tan alta importancia aplicándolo el epíteto de león? Yo os demando a mi vez el nombre vuestro.

-Imposible.

-¡Imposible! Alzad, pues, la celada y yo haré otro tanto; conozcámonos al menos de rostro y reservemos lo demás.

-No puede ser, creedme.

-¿Por qué no?

-Porque al brillo de mi pupila cegaríais.

-¡Ah! es verdad; he oído decir que el ojo del león brilla en las tinieblas de la noche oscura, replicó Elvira con un sarcasmo irónico hasta la insolencia; y esto debe ser tan cierto, como que la vista del cobarde procura velarse siempre cuando tiene que encontrarse con la del valiente que le demanda su honra o su sangre. En fin, puesto que he agotado ya todos los recursos imaginables para provocar vuestro amor propio o vuestra cólera, sin conseguirlo, puesto que no circula por vuestras venas la sangre del honor caballeresco, os abandono a vuestro albedrío. Dios me ha despejado la mente de las ideas que tenía ahora mismo de asesinaros; él me libre de esa tentación criminal. Salid, salid, pues; éste es el guante que me habéis arrojado y que he cogido, creyendo que era el de un caballero: tomadle, pues, no quiero prendas de un cobarde vil.

Y así diciendo, arrojó el guante al rostro del desconocido, produciendo un crujido sonoro en el acero de la visera.

Vertió él un rugido sordo, y aún hizo un movimiento de indescriptible cólera que dominó al fin con cierta desesperación marcada.

-Día llegará, exclamó con una voz convulsa, en que se cumplan vuestros deseos. Adiós, pues, y preparaos; yo os empeño mi palabra de que os pesará el insulto de esta noche, y que no podrá perdonaros mi propio decoro.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión