La corona de fuego: 18

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Tercera parte : Complicaciones[editar]

Capítulo I - El cuadrillero de la Santa Hermandad[editar]

¡Encuentro singular! en noche oscura
De caluroso estío,
A través de breñales y espesura,
Departían los dos sin gran desvío,
Que no fuera otra casa gran cordura.


Propio nos pareciera y oportuno trazar ante todo el cuadro topográfico de la escena con que inauguramos la tercera parte de nuestra obra, siquiera fuese en obsequio de la rutina generalmente establecida por la mayor parte de los novelistas; pero otras consideraciones de más bulto desviaron el propósito, para trascribir desde luego el diálogo que traían empeñado dos personajes desconocidos, algún tiempo después de los sucesos últimamente narrados, y en una madrugada algo húmeda del mes de agosto.

-Buenos días tengamos, camarada; vais tan arropado que parece una de dos cosas, o que tenéis mucho frío, lo cual no es muy creíble, porque estamos a fin del estío, o que os importa mucho recataros, y en tal caso respeto la causa que tengáis para ello.

-¡Hola! compadre, repuso el interpelado, que seguía andando delante, volviéndose apenas de medio flanco un instante, aunque sin descubrirse y haciendo sonar como al acaso su armadura, que desde entonces crujía al andar: parecéis curioso por vida mía, y es un acontecimiento no despreciable para mí el encuentro de un prójimo tan expedito y franco cual lo parecéis vos.

-Loado sea Dios que tales percances nos depara; yo, por mi parte, aunque no os conozco, en lo cual maldita la curiosidad que tengo, puedo aseguraros, por mi ánima, que no me pesa este encuentro que me depara la suerte, puesto que habiéndome santiguado y encomendádome a Dios al levantarme, mi fe cristiana no me permite temer la desgracia de caer en tentación, ni de esperar cosa mala por hoy. No puedo decir otro tanto de vos en esta hora, y dispensadme esta ingenuidad, en gracia, al menos, de la ignorancia en que estoy de vuestras cualidades y antecedentes, que podrán ser muy buenos; pero como debéis comprender, son cosas estas en que es necesario andarse con tino y mesura, tratándose de personas de juicio y buen criterio.

-Parlanchín sois por demasía, camarada, y por la cruz de mi espada os juro que ese flujo de lengua que os caracteriza no suele ser signo favorable de hombres sesudos: bien es cierto que el adagio suele establecer excepciones dadas y casuales para las mismas reglas.

-¡Eh! buen hombre, replicó el interpelante, deteniéndose con un ademán de provocadora arrogancia, cuidado con salir de, nuestras casillas, para lo cual creo habéis ya explotado lo suficiente la sangre que hierve en mis venas; basta de humos, y preparemos como leales viandantes un desayuno más sabroso que el que suelen facilitar los cintarazos, siquiera sean de buena ley: nada de animosidad, y conversemos buenamente a fuer de compañeros de casualidad. Venga, pues, esa diestra.

-Ahí va, contestó el de delante, que se detuvo un momento, y que volvió a emprender de nuevo su acompasado paso cada vez más grave y seguro.

El importuno colocutor estrechó aquella mano invisible que el otro le alargara, oculta en un terso y bruñido guantelete.

-¿Ésas tenemos? exclamó con su imperturbable y licenciosa locuacidad; ¿aun no fiáis del contacto de mis carnes? ya voy viendo que lleváis la suspicacia al terreno de la malicia; y para mis adentros, para mi conciencia y para mi honor, que es por cierto muy limpio, señor mío, que casi me asalta, aunque involuntariamente, la intención de que vos debéis tal vez...

-¿Qué? le interrumpió el de delante deteniéndose de repente y en un ademán de sorda amenaza.

-¿Qué?... vos debéis ser cuando menos... un enigma.

Y al expresarse así con una serenidad admirable, detúvose a su vez el importuno, y aquellos dos seres misteriosos miráronse frente a frente y se midieron de alto a bajo con una arrogante mirada de altanería e insolencia.

-Ved, dijo el de delante, que no es cordura provocar un lance como el que estáis provocando, sin otro fundamento que la intención culpable de sorprender quizá un secreto de Estado; y por Dios vivo que siento en el alma no ser dueño de mi albedrío en este instante para colmar vuestros deseos.

-Y por cierto que es lástima grande malograr la oportunidad, porque presiento que íbamos en tal caso a disputarnos proezas empeñadas en rudo antagonismo; y aunque pudiéramos concertar un aplazamiento honroso, creedme, caballero (y dispensadme la calificación, sino lo fuerais), perdería en ello el lance sus mejores quilates, el mérito indisputable de la oportunidad.

-Tenéis razón, o al menos os la concedo, y puesto que al fin nos vamos comprendiendo, dejadme andar y no me hagáis perder el tiempo, que no es mío.

-Según eso, ¿quién sois?

-Y ¿quién sois vos? el diablo.

-¡Eh! parece que os salís de parva.

-No tanto como debiera.

-Curioso sois por demás y vais tocando las consecuencias, puesto que os condoléis sin querer sentir el aguijón que vuestra osadía me ha aplicado con más descaro que prudencia, y en oposición a ciertos principios de que habéis hecho alarde.

Y el iracundo interpelado que se detuviera un breve instante, volvió a poner en movimiento sus piernas con un giro rápido y violento.

-Ya volvéis a enfadaros, exclamó el otro con su fría naturalidad, y lo siento a fe mía...

Encogióse de hombros y marchó a su vez.

-¿Lo sentís de veras, eh? dijo el de delante con cierta fatiga visible.

-Sí, por cierto, prosiguió aquél, siempre imperturbable; yo quería saber vuestra opinión, para poder, según ella, conversar con vos un breve rato de común acuerdo, partiendo de una base prudente, a fin de no suscitar pendencia, porque veo que ambos tenemos la sangre viva e inflamable. Creedme, parecíame tener un derecho a ello, y por eso me propasé: veo que me he equivocado, y os ruego me dispenséis la falta de previsión y cordura, o más bien el exceso de confianza que me propuse, y en cuyo sentido he obrado, a la verdad, con gran pesar mío, y bien a costa de mi sentimiento.

-¡Calle! observo, si no me equivoco; que vais dando a vuestro lenguaje, un tanto agresivo antes, el giro y entonación que convienen en la ocasión presente: en verdad, os había tenido por un espía al principio, siquiera por vuestra picaresca locuacidad; pero en fuerza de conversar con vos, he modificado mi dictamen, variando la calificación y protestándoos, por mi parte, la lealtad más sincera.

-¿Con qué sí, eh? ¿Me tuvisteis por alguno de esos ganapanes vagabundos que comen a costa del país, metiendo zalagardas y aleluyas?

-Pues, repuso el de delante con una tos cascada.

-Y yo al pronto os tomé igualmente por un excomulgado; enderezador de tuertos y desfacedor de agravios a cierta facha.

-¿De veras, señor peneque? ¿Tanto adelantasteis el discurso en ese terreno tan poco caritativo?

-Como lo oís, en lo cual vuestra temeridad me colocaba en mi lugar, como a vos la mía. Pero aparte esas bagatelas pueriles, pareciste ahora otro hombre distinto; yo me felicito a mi vez por haber obtenido esa justificación que me llena de orgullo; y de la que supongo no os arrepentiréis con el tiempo.

-Así lo espero, si bien quisiera que me permitieseis ímponeros una condición, a lo cual, en cierto modo, creo tener derecho, puesto que establece un beneficio igual para entrambos.

-¿Una condición?

-Sí; la de que respetaréis mi incógnito, y no insistiréis en un imposible; esto es, la revelación de mi nombre, que debo reservarme, porque así me conviene. Por mi parte seguirá respetando vuestro secreto, absteniéndome de preguntaros vuestro nombre, quien quiera que seáis.

-Convenido.

-¿Bajo palabra de honor?

-Acepto.

Y aquellos hombres misteriosos enlazaron de nuevo sus manos.

-Decidme ante todo, si no tenéis inconveniente en ello, dispensadme la curiosidad: ¿a dónde vais?

-A Santiago, Dios mediante. ¿Y vos?

-Yo voy hacia Compostela.

Y el desconocido recargó con cierta sutileza enfática el adverbio hacia.

-Os perdono el sinónimo, repuso el de delante, sin apercibirse al parecer de la evasiva y apresurando el paso.

-Según eso, ¿iréis de romería a visitar el sepulcro del Santo Apóstol?

-Tal vez, y en ese caso supongo hallar en vos un buen devoto que, a fuer siquiera de compañerismo, quiera compartir conmigo el bordón.

-Siento en el alma no poder complaceros, porque mis penitencias son de otro género, y por cierto que no por eso deben ser menos eficaces para aplicarlas en remisión de mis culpas.

-No blasfeméis.

-¡Confúndame Dios antes de cometer tal delito! no me vengáis a mí con esas, que soy cristiano rancio por la gracia de Dios y del bautismo.

-Pues, ¿cuál es vuestro objeto?

-Visitar al señor obispo.

-¿Diego Peláez, ese santo varón de tanta fama?

-El mismo en cuerpo y alma.

-Que... ¿tenéis cuentas con su señoría ilustrísima?

-¡Pst! sí... tengo ciertos negocios puramente sencillos que ventilar con ese buen señor.

-¡Negocios!

-Sí; negocios temporales.

-¡Hola! no os preguntaba yo tanto, buen prójimo; pero de cualquier modo, siempre es una aclaración que viene de molde a resolver un mal pensamiento posible. ¿Por qué razón no pudiera yo haberos tenido por uno de esos empecatados recalcitrantes comprendidos en cualquier entredicho, y que habiendo entrado en cuentas rehúsa la broma de convertirse en momia y corre a buscar el remedio?

-Picantillo andáis, por vida mía en vuestras pullas, que no pueden hacer mella en mí; y entended que por ahora solo pudiera acusarme de un pecado de intención, de que ya me acusé y cuya absolución me dispensasteis.

-Culpa venial ya remitida: nada hablemos de ello.

-Sí, eso mismo; mi situación requiere prudencia, en lo cual sirvo también al señor obispo.

-Cuidado con ésas, no andéis pródigo en repetir ese nombre peligroso por demás en estos tiempos de turbulencias civiles; tened en cuenta que no faltan espías intencionados y fieles a S. A. que se acercan a conversar con ciertos fines con el señor obispo, quien, como de público se dice, ha levantado leva contra el soberano, recluta soldados y busca alianzas.

-Enterado estáis para poder hablar con seguridad sobre asuntos tan graves: no os pesaría, tal vez, oír un consejo, y es que en negocios que no os atañen suele ser arriesgado todo cuanto traspase el círculo de una confianza leal y sincera.

Detúvose el de delante, como sorprendido por las últimas palabras de su colocutor, y como para respirar de su creciente fatiga.

-¿Sois vos, dijo, adicto, según parece, a la parcialidad del señor obispo, eh?

-Y ¿qué os importa a vos?

-Quizás, repuso con su tosecilla, que revelaba cierta opresión pulmonal.

-Pues bien, si en ello sirvo a vuestra curiosidad...

-Nada de eso, puesto que no formo en ello empeño; pero creo es tiempo ya de que nos entendamos en nuestro respectivo sentido, en cuanto a ese particular que ha llegado a ser el terna obligado de la época, y debemos evitar el terreno de las interpretaciones, escollo peligroso que más de una vez ha sido ocasión de fuertes compromisos. Ya que una feliz casualidad nos ha reunido, no abusemos de ella, procedamos con cordura y entendámonos a nuestra vez.

Y aquellos hombres, poseídos, al parecer, de un mutuo y cordial impulso de simpatía, guardaron silencio y detuviéronse por un movimiento espontáneo.




La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión