La corona de fuego: 41

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Capítulo X - El asilo de Santa Susana[editar]

Libres, gozando del ambiente puro,
En plática amorosa
La campiña esmaltada y olorosa
Hienden en busca de un rincón seguro
Que asilo ofrezca a la cautiva hermosa.


Ambos jóvenes lograron salir incólumes del subterráneo, y llegaron al valle artificial, donde permaneciera el caballo del cuadrillero atado al mismo árbol donde le dejara poco antes al cuidado de su palafrenero y paciendo en la olorosa floresta.

Una vez ya al campo libre, Lucifer cabalgó con su querida en aquel brioso corcel de batalla, y partieron.

Aquel grupo hendía el espacio como una exhalación, y el terreno que hollara desaparecía con una rapidez asombrosa.

-¿Y qué? decía el joven con cierta expresión apasionada, ¿será posible que nuestro mutuo afecto, nacido en circunstancias tan complicadas y difíciles, haya de llegar a la plenitud de sus aspiraciones? ¿Cómo repeler esos obstáculos, y arrancar, sin otro auxilio que nuestro amor, un triunfo venturoso de mano de la adversidad que nos persigue? ¡Oh! siempre esa nube de misterios que nos rodean, siempre ese caos de intrigas y esa turba de fantasmas que nos disputan la felicidad y ventura.

-¿Qué importa, pues? repuso ella con una dulzura inefable, ¿acaso esa lucha no ha de tener un término? Y sobre todo, cuando el empuje de una voluntad constante sostiene inalterable siempre la pasión a una altura de reciprocidad sublime, cuando en medio de esos contrariados esfuerzos surge potente y triunfadora la fe de nuestras protestas, y cuando, en fin, a despecho de esa misma lucha, que haciéndonos pasar por el crisol de la prueba nos purifica al propio tiempo, haciendo brotar la esperanza, ese bello ideal de los seres constituidos en relación amorosa y simpática... ¡Oh! entonces, amigo mío, la victoria es completa, nos diviniza en vivo apoteosis, nos sublima hasta una esfera suprema y nos hace tocar en la cumbre del heroísmo.

-Pero si en medio de esa lucha incesante, ruda y desigual que nos combate a muerte, si en medio de esa conjuración tremenda que nos amaga pereciésemos... ¡Ah! entonces, ¿para qué tanto amarnos? ¿por qué nos hemos conocido? ¿por qué el destino nos ha aproximado, ofreciéndonos la copa sabrosísima del más puro y entusiasta afecto?

-Tienes razón; esa duda cruel ha exaltado también mi mente y la ha atormentado; pero tú eres libre, tienes una espada que te honra, y tu posición no creo que sea tan desventajosa, mientras yo... ¡Ah! no tientes al cielo estableciendo conmigo una base de asimilación que no puede caber entre ambos; porque si bien es cierto que desde hoy unos mismos riesgos nos son comunes y que un mismo destino nos preside... con todo, tiende una ojeada retrospectiva, y cuando conozcas mis infortunios, juzga deliberadamente, y notarás entonces la inmensa distancia que nos separa en ventaja tuya.

-Qué, ¿acaso conoces mis desgracias? ¿Ignoras que soy un hijo de la naturaleza, errante y proscripto, un simple aventurero, solo, aislado, que no conoce a quien debe el ser y ni aun su nombre propio de bautismo? ¡Ah! tú desconoces todavía eso, querida mía, y por cierto que un ser abyecto como yo, abandonado, solo en el mundo, sin patria ni familia, sin hogar donde guarecerse, sin un lecho donde reclinar su cabeza, criatura infeliz, a quien la sociedad rechaza imprimiéndole una marca degradante y triste. No, no debes amar a un ser como yo sin nombre.

La joven vertió un hondo suspiro, y exclamó luego, reprimiendo el llanto que ahogara su voz:

-Calla, por Dios, tus palabras han conmovido mi corazón, hiriendo su más sensible fibra: no prosigas, porque acabas de evocar recuerdos terribles que han dormido mucho tiempo en mi alma, flotando en un mar de hiel... También yo... ¡oh, Dios mío! desvaneced esa sombra, ese fantasma, esa inspiración que me asalta, y tú mi amigo y protector, no prosigas hablando en ese sentido, te lo ruego por Dios, que esa turba de implacables espectros se disipe, que haya de mí y no vuelva a agitar en torno mío sus lúgubres alas.

-No te comprendo... acaso las palabras del conde... si, todo lo veo.

-Sí, es una historia de lágrimas sin cuento: algún día la sabrás, y puesto que no es ésta la ocasión más propicia para ello, aplacemos nuestras confidencias mutuas, que requieren más tiempo del que ahora tenemos, y entre tanto demos una tregua y relévame de esa prueba durísima, de la cual debe salir mi sensibilidad tan lastimada.

Llegaban a este tiempo a la alquería, cuyo puente levadizo cayó al punto a una señal convenida, dando entrada a entrambos amantes. El palafrenero había huido, sin que nadie notase su ausencia.

Amanecía ya.

La aurora extendía en el paisaje su manto de esplendente púrpura, y el naciente crepúsculo desplegaba ya su rubicunda alborada en aquel horizonte purísimo.

Los soldados de la guarnición, que vivaquearan en el patio, acudían estimulados de una curiosidad tenaz por ver aquella beldad tan peregrina, a lo cual prestara doble atractivo su traje oriental tan pintoresco.

-¡Una cautiva, una cautiva! murmuraban por lo bajo, creyendo sin duda que se trataba de una de esas presas tan frecuentes en aquellos tiempos de aventuras romancescas.

Lucifer se adelantó a aquella curiosidad que ya había él previsto, y a fin de conjurar todo comentario, dijo a los importunos:

-Esta dama se ha puesto bajo el amparo y salvaguardia de nuestro honor, y yo he jurado defenderla de sus perseguidores. ¡Desdichado del que no la tribute, mientras permanezca aquí, el respeto que se debe a su sexo y a la desgracia que la persigue! Vuestra vida me responde, en todo caso, del secreto de su existencia en este sitio y del decoro que se la debe.

La joven fue instalada provisionalmente en el único departamento decente que servía de pieza o gabinete de honor en aquel castillejo, y a cuya puerta se constituyó un centinela durante todo el siguiente día.

Llegada la noche, Lucifer, escoltado por algunos de sus soldados, condujo a su amante, a través de pedregales y riscos, hacia los alrededores de Santiago.

Nadie, a excepción de la escolta, pudo notar su fuga, si tal merece llamarse aquella súbita salida, en las altas horas de una tenebrosa noche y por un sendero tan peligroso.

Llegaron, por fin, al sitio conocido hoy por el nombre de Souto dos Podros, altura desierta entonces y contigua a Santiago, al extremo del campo de la Estrella, que arrancaba de la misma raíz del muro.

Sobre aquella solitaria eminencia alzábase, semejante a una mole escueta y sombría, el santuario de Santa Susana, pobre y mezquino, sin concluir todavía y tal como le dejara su ilustre fundador, el último obispo Gudesteo[1].

Su humilde fábrica de mampostería alzábase apenas con un solo cuerpo murado, dominado por un campanario esbelto en forma de pirámide cónica, semejante a una columna funeraria y cuya aguja invisible hundíase perdida en las tinieblas de la noche.

Este santuario hallábase habitado a la sazón por una congregación de piadosas mujeres, una de esas austeras comunidades que se reúnen espontáneamente en un asilo cualquiera y bajo el rigorismo de una disciplina ascética, dispuestas a sacrificarse en beneficio de la humanidad, cuando ésta reclama sus servicios en sus más hondas tribulaciones. Era, en fin, lo que hoy llamaríamos un establecimiento de Hermanas de la Caridad.

Lucifer pulsó a la puerta del santuario, y al punto sonó un esquilón muy remoto.

Luego una voz femenil y gangosa se dejó oír desde dentro:

-¡Alabado sea Dios y su Providencia!

-¡Amén! contestaron ambos jóvenes.

-¿Quién sois y qué se os ofrece a estas horas?

-Soy un caballero conscripto a las órdenes del señor obispo de Santiago.

-Dios le salve y a los suyos.

-Así sea.

-Veamos ahora qué objeto os guía a este monasterio.

-En nombre de Dios y de la sociedad, os pido gracia de asilo para una pobre mujer desdichada que necesita de él y de las oraciones de estas santas siervas de Dios.

-¡Loada sea la Providencia!

-Amén.

-Pero os advierto que no podemos ir contra los estatutos canónicos de la regla, que nos prohíbe, salvos casos determinados, alterar el orden establecido por la disciplina para estos lances, so pena de incurrir en ciertas censuras. Podéis esperar a la salida del sol, y no habrá inconveniente entonces.

-No es posible, sin exponerse a malograr la ocasión, atrayéndose consecuencias y compromisos de mal género. En nombre de Dios me permito volver a suplicaros de nuevo, que no ensordezcáis por caridad a mi voz, que intercede en favor de la inocencia perseguida.

Hubo un momento de silencio, después del cual, otra voz monjil más gangosa y que debía ser la superiora, previa la clásica salutación de costumbre, dijo:

-Sea, pues, muy bien venida esa joven a este asilo penitente y caritativo: Dios clemente y misericordioso velará por ella y por estas sus pobres siervas, indignas de su clemencia y de sus bondades.

-Amén, contestó Lucifer, impresionado vivamente por aquel tono monástico y severo.

-¿Con qué la persigue alguien? preguntó la superiora.

-Lo habéis adivinado, repuso el cuadrillero.

-Luego conviene que no se trasluzca su permanencia en este sitio, ¿eh?

-Importa mucho que nadie, absolutamente nadie, sino Dios y nosotros, sepamos, por ahora, su paradero: ¿lo oís? nadie, ni aun el señor obispo.

-Está muy bien, nadie lo sabrá por nuestra parte.

-Una palabra más: conviene respetar y hacer respetar su incógnito: un profundo arcano así lo exige, y yo os conjuro a vos...

-Basta, basta, todo está comprendido: a Dios gracias, esas prevenciones no se oponen en modo alguno a su admisión en este asilo. Que entre en buen hora, y que la paz del Señor sea con todos y con nuestro espíritu.

-Amén, contestó la joven, cuyo corazón palpitaba de emoción y de gratitud.

Lucifer había previsto que no se admitiría a su protegida en su traje árabe, porque las preocupaciones de la época lo exigían así, en términos que cualquier santuario se creería profanado con ello; por cuya causa tuvo la precaución de hacerla cambiar oportunamente dicho vestido por otro de los que estaban entonces en uso en la alta sociedad cristiana.

Hecha esta observación, volvemos a reanudar nuestro interrumpido asunto.

Ambos amantes verificaban su despedida, protestando y ratificando sus juramentos, y reproduciéndose sus apasionadas protestas.

Después se oyó un adiós y un doble sollozo ahogado.

Dalmira desapareció por el torno del locutorio, mientras que el cuadrillero, agobiado al parecer por el vértigo contradictorio de tanta peripecia, abandonaba con los suyos aquel sitio de penitencia.



Notas:

  1. Hay quien afirma que fue su fundador D. Diego Gelmirez, último obispo y primer arzobispo compostelano; pero es más creíble lo fuese Gudesteo, según nuestras investigaciones.



La corona de fuego o los subterráneos de las torres de Altamira de José Pastor de la Roca

Prólogo - Primera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Segunda parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Tercera parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - Cuarta parte: I - II - III - IV
V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV Quinta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII
Sexta parte: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - Conclusión