La leyenda del Cid: 101

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La leyenda del Cid

XII[editar]

I[editar]


A Alfagib venció Minaya,
y de moros pie a pie
limpiando la tierra fué
de Aragón hasta la raya.

Allí con el Cid se unió,
quien, de sus victorias fruto,
cobra allí pecho y tributo
de los Reyes que venció:

y allí, del Rey adalid,
aunque manda por el Rey,
de nadie recibe ley,
tan señor como él, el Cid.

Agarenos y cristianos
le dan tan alto decoro,
que no hay Rey cristiano o moro
con humos más soberanos:

y cristianos y agarenos
tan suyos por allí son.
que el mismo Rey de Aragón
es por allí que el Cid menos.

Allí Minaya, el más fiel
de los suyos, su pariente
más cercano, y de su gente
el tenido en más por él,

vueltas dando en su cabeza
a una idea que tiempo ha
que en ella bullendo está,
de Alhama en la fortaleza

con el Cid entró en consejo;
y haciéndole en él entrar,
empezó vueltas a dar
a su pensamiento viejo.

Y como grande en el mundo
no se hizo en un día nada,
ni grande empresa o jornada
nadie acabó en un segundo,

dando vueltas a su idea
siguieron ambos a una,
de plantearla con fortuna
para cuando tiempo sea.

Y el Cid siguió aquella tierra
sin superior y sin par
y a su Rey sin consultar
gobernando en paz y en guerra;

y alcanzó tal poderío
por toda aquella comarca,
que en ella como monarca
vivió y mandó a su albedrío.

Hizo tratos con los Reyes
de los Estados contiguos;
ratificó los antiguos,
juntó milicias, dió leyes,

fundó templos, municipios
y villas: pobló lugares,
asalarió mudejares;
y estableció, en fin, principios,

costumbres, parias e impuestos
que rigieron adelante
cual por príncipe reinante
y por real derecho puestos.

Y dejando la llaneza
y sencillez castellanas,
con ínfulas soberanas
ostentó lujo y grandeza:

y aunque todo lo ordenaba
a nombre de Alfonso Sexto,
su nombre estaba bien puesto
y el Cid en su puesto estaba;

y así, sin que nadie lea
en su mente claramente,
Alvar y el Cid en su mente
daban vueltas a una idea.

Y siguió dando sus vueltas
el mundo; y allende el mar
comenzáronse a juntar
cien tribus que andaban sueltas.

Y la región Mauritana
ganaron tras bravas lides
los fieros Almorávides,
raza valiente africana;

y fué en verdad maravilla
cómo desde allende el mar
vino también a estallar
tal tempestad en Castilla.

La historia es oscura cosa:
y es fuerza que raíz prenda
en su verdad la leyenda
galana y maravillosa.

Y he aquí de aquella invasión,
que presa de gente extraña
por poco no hace a la España,
la histórica tradición.

Dicen que el Rey de Castilla
se enamoró en mala hora
de una hermosísima mora
hija del Rey de Sevilla.

Dicen otros que el cristiano
quien se enamoró no fué,
sino ella y que le dió pie
para tomarla la mano.

Hay quién cree que el moslemita
al cristiano se la dió,
y quién que él se la robó
al hacerle una visita.

Ello es que, por él cristiana
tornada, la mora hermosa
fué, quién dice que su esposa
y quién que su barragana.

Mas, concubina o mujer,
todos contestes están
en que, marido o galán,
por ella a España perder

arriesgó en tal ocasión,
por ella entrando en campaña,
tras de atraer sobre España
de moros nueva invasión.

Y fué así; el Rey sevillano
padre de la linda mora,
sabiendo cuan ciego adora
a su hija el Rey castellano,

por valedor atraerse
al Almoravid pensó,
y de Alfonso imaginó
de la autoridad valerse.

El andaluz se mecía
en el ambicioso sueño
de ser el único dueño
de toda la Andalucía;

y dijo al Rey búrgales;
«Si yo al Almoravid llamo
solo, a mi solo reclamo
que acuda difícil es;

mas si los dos a la par
pedímosle ayuda, de hecho
que cruza al punto el estrecho;
y si yo llego a reinar

en toda la Andalucía,
no habrá más que una frontera
y será la España entera
nada más que tuya y mía.»

La erró Alfonso suponiendo
que dando al Rey de Sevilla
un gran reino, iba Castilla
a ganar, su suegro siendo;

y el de Sevilla, apoyado
en la autoridad cristiana,
de langosta musulmana
trajo a Sevilla un nublado.

Pero fué mal para todos;
porque Aly, el fiero adalid
que el Emir Almoravid
mandó al reino de los godos,

viendo que aquella era presa
rica y bella a maravilla,
mató en lid al de Sevilla;
tomó por suya su empresa,

y adelantó tan sin miedo,
con tan feliz osadía,
que rindió la Andalucía
y entró en tierras de Toledo.

Comprendió el Rey castellano
qué error había cometido
y campeó: mas fue vencido
dos veces por el pagano;

y de su insensato amor
único inmediato fruto,
recogió aflicción y luto,
vencimiento y deshonor.

Todos los moros que parias
de tiempo atrás le rendían,
del Almoravid se unían
con las huestes a él contrarias:

y hubo un momento en que España
estuvo para volver
toda del moro a poder
en esta infeliz campaña;

porque el Rey Almoravid
Yussuf, pasando el estrecho,
mató a Aly; mas tomó a pecho
por él la tremenda lid.

¡Justicia sea hecha al Rey!
Supo el yerro de su amor
compensar con un valor
y una fe de buena ley.

En tamaña adversidad
Alfonso, con alma fiera,
llamó a sí de Europa entera
a toda la cristiandad.

Y teniendo, solo, el Cid
bien sujeta su región,
le acudió el Rey de Aragón:
y acudieron a la lid

nobles del Loira y del Sena,
don Raimundo el Borgoñés,
y el luego Rey portugués
don Enrique de Lorena:

y nobles cien además
alemanes e italianos,
que a los bárbaros paganos
hicieron volver atrás:

y con su ayuda Castilla
volvió a aquellas hordas fieras
a arrojar de sus fronteras
hasta Córdoba y Sevilla.

¡Pesadilla atroz fué aquella!
Al cuello se echó una soga
que por poco no le ahoga
el Rey por su Zayda bella :

mas respiró Alfonso al fin,
al salir de aquel mal sueño
viéndose aún Rey y dueño
del castellano confín.

Y con pródiga largueza
como a Toledo al tomar,
sin tino comenzó a dar
a la extranjera nobleza.

Dió y dió; hasta que dar no hallando,
les dió sus hijas nacidas
en ley, y hasta las habidas
por hurto y de contrabando:

y aquellos nobles señores
tomaron con alegría
el hurto y la bastardía
de sus augustos amores.

Y hay quien quiere a este Rey mal
porque dió a un aventurero
pie para ser el primero
que hizo reino a Portugal.

Verdad es que estuvo a pique
de perder a España entera,
si en su ayuda no acudiera
con otros mil don Enrique;

mas si salvó la nación,
también la mermó después
por pagar al lorenés
de España con un jirón.

Salvóse él en una tabla:
mas echó a España a perder
por una extraña mujer
y un conde de extraña fabla.

Cuando volvió a despertar
de aquella atroz pesadilla,
supo y vió con maravilla
los hechos del de Vivar.

Mientras él se había expuesto
a perder hasta su herencia,
el Cid llegó hasta Valencia
y habíala sitio puesto.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;