La leyenda del Cid: 97

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La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

XI[editar]

IV[editar]

Dios es Dios, dicen los árabes
y dicen exactamente,
pues Dios siendo incomprensible,
ser definido no puede.
Dios es Dios: y Creador
infalible, omnipotente,
sabio y justo, en lo creado
el equilibrio mantiene.
Dios es Dios: él creó al hombre
para que en la tierra fuese
libre y feliz, entregándosela
con sus males y sus bienes.
El hombre, de Dios sujeto
a las inmortales leyes,
camina sobre la tierra
feliz o infeliz haciéndose
según la senda que elige,
según la vida que tiene,
según el mal o el bien siembra,
y él se prepara su muerte.
El hombre invento la guerra
e hizo de locas sandeces
principios que ciego sigue
y por los que ciego muere.
Quién por el honor se mata;
cosa que cada uno entiende
desde el Rey hasta el ladrón
de manera diferente.
Quién se mata por dinero,
quién se mata por los Reyes;
quién se hace matar por fe
en cosas que no comprende;
quién es héroe, y quién es mártir;
mas pocos naturalmente,
hallan su fin en el cabo
de la carrera que emprenden;
y en la mar se hunde el marino,
y en la lid sucumbe el héroe,
y es natural que en el riesgo
muera quien en él se mete.
Mas hay hombres que al nacer
predestinados parece
que nacen para ver como
muere por ellos la gente.
Los Reyes y los Pontífices
de muy larga vida, suelen
dejar tras de sí más muertos
que el terremoto y la peste.
Don Alfonso fué uno de estos:
para que al trono subiese
murieron sus dos hermanos:
y como casó seis veces,
reinó cuarenta y tres años
y vivió setenta y nueve,
que enterrar a sus hermanos
tuvo y a sus seis mujeres.
A don García el primero,
que murió preso teniéndole
por lo que razón de estado
llaman los inteligentes.
Le enterró en León con grillos
como él mandó penitente;
o despechado y rabioso,
según a mí me parece.
Le enterró con regia pompa
y funerales solemnes:
mas regias honras y grillos,
son yerros un poco fuertes.
Ahora a doña Urraca: luego
a doña Elvira, que tienen
sepulcro en León, y cuyos
epitafios aún se leen.
Vió morir por él a miles,
de cristianos y de infieles;
y de amigos y enemigos,
cerró tumbas a centenes.
Así que este Rey de España,
gastó todos sus haberes,
en enterrar muchos muertos
y hacer a extraños mercedes.
Y como la muerte a ciegas
y a mal hacer tira y hiere
a los mejores, y mata
a aquellos que más merecen
vivir, del Rey don Alonso
fué sino marcar los meses
de su reinado con lápidas
mortuorias; que a la presente
edad guían por la suya
sobre huellas indelebles,
para dar con nombres y hechos
en su edad grandes y célebres.

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Peleaba en Aragón
el Cid, por él, con un Jeque
que se llamó Rey de Denia
y allí reinó independiente.
Astuto, inquieto, ambicioso,
el Cid le venció dos veces;
mas otras dos volvió a alzarse,
tan tenaz como valiente.
La tercera, revolviendo
todo Aragón, alzó hueste,
y su mismo Rey don Sancho
logró que se le adhiriese.
Salieron ambos al campo
contra el Cid: salióles éste
al encuentro y dió sobre ellos
al amanecer de un viernes.
Siete horas duró la lid;
Sancho y sus aragoneses
sostuvieron a los moros,
como si cristianos fuesen.
¡Mal pecado y mengua grande
para don Sancho, que aleve
faltó a la fe a los cristianos,
en pro de los Bereberes!
Don Diego Díaz topándose
del Rey de Aragón en frente,
adelantósele, vivo
con intención de cogerle.
Cercóle con su batalla;
pero acorralado viéndole
llegó con su guardia negra
Alfagib a socorrerle.
El Cid a salvar a su hijo,
cargó allí toda su hueste,
y se salvó por milagro,
don Sancho del campo huyéndose.
Cayó Alfagib en la lidia,
y en vez del Rey por cogerle,
don Diego se le echó encima;
mas la africana serpiente
le mordió en el corazón ;
porque abrazado teniéndole,
le sumió en él la gumía
por la unión del coselete.
Los brazos aflojó el mozo;
de sí el moro le echó inerte,
y aprovechando el espanto
de los del Cid, de repente
levantóse ágil, metióse
entre sus negros, y asiéndose
de las crines de un caballo,
montó a salto, y salvo fuese.
Quedó el campo por el Cid;
pero quedó infelizmente
en él de su hijo el cadáver.
¡Qué dirá su madre al verle!



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;