La leyenda del Cid: 42

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La leyenda del Cid

IV[editar]

XI[editar]


El Rey estaba ya viejo
de tantas guerras cansado,
puesto que toda la vida
se la pasó peleando;
empobrecidos los pueblos
de tantos tributos hartos,
gastadas las rentas anuas
y el tesoro real exhausto;
mas muchos los enemigos
y muy envalentonados
con la impunidad, se hacía
un ejemplar necesario.

Con la victoria del Cid
abierto a la lid el campo
y llegada la ocasión
que aguardaba el Rey callando,
un día llamó a campaña
y empezó a alistar soldados
con las joyas que la Reina
empeñó para pagarlos.
El pueblo, al ver de sus reyes
la alta prueba de amor patrio
dijo: No hayan reyes tales
a sus pueblos por ingratos.
Y haciendo los municipios
esfuerzos inesperados
y en las iglesias el clero
por santa a la guerra dando,
reunieron seis mil hombres
y al Rey se los presentaron,
con caballos y con armas
y con sueldo de medio año.

El Cid en triunfal carrera
corrió desde el Ebro al Tajo
contando un triunfo por día
y una conquista por paso.
Del huracán con el ímpetu
y la rapidez del rayo,
fué en rededor de Castilla
las fronteras ensanchando.
El Rey, que era el pensamiento
de quien él era la mano,
llegó muy a tiempo a dársela
al terreno toledano;
y en los árabes rebeldes
puniendo juntos espanto
con el castigo, volvieron
a los más bravíos mansos.
Lleváronse por delante
cautivos, oro y rebaños,
que a Castilla repusieron
de pérdidas y de atrasos;
y en seis meses de campaña
desde diciembre hasta mayo,
desde Toledo a Coimbra
corrieron y la sitiaron.

Pero era lugar muy fuerte
todo en torno amurallado,
bien guarnecido de torres,
ceñido de fosos anchos.
Los moros que la tenían
eran muchos y muy bravos;
peleaban día y noche
sin temor y sin descanso.
El cerco los de Castilla
apretaban, pero en vano;
ellos están más enteros
cuanto mejor apretados.
Seis meses duraba el sitio
y era ya el invierno entrado,
y andaban los sitiadores
de fuerza y víveres faltos.
Gastábase tiempo y sangre
y comenzaba el desánimo
a cundir entre la gente,
rendida de hambre y cansancio.
Ya de levantar el cerco
trataba el Rey, y un asalto
postrero dar proponía
el Cid ya desesperado,
cuando los frailes Benitos
del convento de Lormano,
de trigo, mijo y legumbres
dieron al Rey grande abasto.
Juraba el abad que en sueños
le había Dios revelado
que Santiago pelearía
en pro de los castellanos;
y que levantar el cerco
era hacer injuria al Santo,
que ya el corcel ensillaba
para bajar a ayudarlos.

La fe hace andar a los montes:
ordenó el Rey el asalto:
fiados en el apóstol
lanzáronse a él los cristianos,
y hubo quien vio andar en medio
del Rey y el Cid a Santiago
repartiendo cuchilladas
desde su jamelgo blanco
Ello es que entraron a fuerza
en Coimbra los cristianos,
y dieron gracias a Dios
por la intervención del Santo.
El Cid, resistido al verse
por la vez primera tanto,
hizo esfuerzos de energúmeno
y hazañas de endemoniado.
El fué quien entró el primero,
y a él se dieron despechados
los moros de la alcazaba,
como se dieran al diablo.
Inmenso fué el regocijo,
inmenso el botín ganado,
inmensa del Rey la gloria
inmenso al Cid el aplauso.

Descansó en Coimbra el Rey
el mes noviembre, y trajo
en literas a la Reina
y a las infantas, llamando
al buen obispo de Oviedo
con todos sus sufragáneos
para consagrar a Cristo
las mezquitas de los bárbaros,
Hubo tres días de fiestas;
y al mediodía del cuarto
en la mezquita mayor
que a la Virgen dedicaron,
a Ruy Díaz de Vivar,
el campeador castellano,
armó caballero el Rey
en el altar de Sant Yago.
El Rey le ciñó la espada;
y no le dió espaldarazo,
sino le besó en la boca
como si fuera su hermano.
Y por hacerle más honra
la Reina le dió el caballo,
la armadura don Alonso,
la lanza y broquel don Sancho.
Y la infanta doña Urraca
con sus nacarinas manos
le calzó la espuela de oro
sobre un cojín de damasco.
Porque se la puso trémula,
roja y con los ojos bajos,
dieron en decir que fueron
de chicos enamorados.
Si fueron o no, lo saben
ellos y Dios: los hidalgos
jamás fían los secretos
del corazón a los labios.

Así fué el Cid caballero;
y si su Rey le honró tanto
fué porque mantuvo el Cid
la honra del Rey en sus brazos.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;