La leyenda del Cid: 20

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La leyenda del Cid

II[editar]

VI[editar]

Cuando en confuso tropel
salió el viejo conde al llano,
yendo contra el castellano
treinta jinetes con él,

teniendo con ellos cuenta,
y saliendo del abrigo
del bosque, en pro de Rodrigo
destacáronse otros treinta.

No quieren los de Vivar
venganza mal obtenida;
mas es de honra la partida,
y la quieren igualar.

Por eso tras de sus treinta
los trescientos avanzaron,
y en círculo comenzaron
a envolver a los sesenta;

maniobra que en conclusión
por resultado iba a dar
la lid cerrada guardar
de ventaja o de traición.

Y así el bando castellano
guardador de su honra avanza,
y así ansioso de venganza
avanza el conde Lozano.

Sobre el mozo, ebrio de ira
corre, y de su sangre ávido
mirando que ante él impávido
ni tiembla ni se retira:

sin ver que, según con él
la distancia ciego estrecha,
corre y encima se le echa
la treintena del doncel.

Al fin por ciega que fuese
su carrera y su ira brava,
el torbellino avanzaba
y era fuerza que le viese.

Percibió la polvareda
que alzaban al avanzar
los jinetes de Vivar
salidos de la arboleda:

y vio lo que a su salida
no calculó: que era el riesgo
en que le ponía el sesgo
que tomaba la partida.

El conde en su red cogido,
pero fiando a la par
de la gente de Vivar
en el honor conocido,

a los suyos de repente
gritando: «¡Alto! ¡no seguirme!»
paró su caballo en firme
y quedó inmóvil su gente.

A su vez los de Castilla
refrenando sus corceles,
quedaron, a su honra fieles,
inmóviles en la silla.

Si el conde fió en su astucia
para salir de la red
de los de Vivar, la sed
de venganza que le acucia

más tarde para saciar
en el mancebo inexperto
engañándole, es incierto
y arriesgado de afirmar:

mas con tal evolución,
se encontró el conde Lozano
cara a cara y mano a mano
con el burgalés garzón.

El conde, con la carrera
tal vez escaso de aliento,
dejó en el primer momento
que el mozo así le dijera:

«Que no habéis leído creo
bien el pergamino mió;
yo os retaba a desafío
y vos venís a torneo.»

— «Rapaz, dijo el conde, vete
por donde has venido: y piensa
que para vengar tu ofensa
eres aun un mozalbete.»

Echó al Lozano el mancebo
una mirada arrogante
y con tranquilo semblante
volvió a decirle de nuevo:

«A quien por razón tan alta
se arriesga en tan buena obra,
en el corazón le sobra
lo que en los años le falta.

»A mi padre he prometido
la infame mano cortaros,
y en ser quien sois sin reparos
a cortárosla he venido.»

Esto al escuchar Lozano,
de cólera enrojeció;
mas intrépido siguió
diciéndole el castellano:

«Para daros el castigo
que vuestra injuria merece
traigo a lo que me parece
gente bastante conmigo;

»mas sólo me han de servir
siendo nobles de Vivar,
el campo para guardar
en que habemos de reñir.

» Reñid, pues, y compasión
de mis años no tengáis;
porque os mato o me matáis;
traigo esa resolución.»

Dijo el mozo; y en el acto,
tomando a caballo vuelto
campo, se vino resuelto
sobre el conde estupefacto.

Reinó un silencio leal
de los dos en rededor,
y el conde, ebrio de furor,
tomó su salida mal.

Hirió con el acicate
a su corcel con tal furia,
que cual se cegó en su injuria
Dios le cegó en el combate.

Descompúsose en la silla
con los botes del corcel,
y al primer bote con el
dio en el suelo el de Castilla.

Cayó el conde mal herido
en el ijar por la lanza,
de vida sin esperanza
quedando en tierra tendido.

Dio sobre él el castellano
con no vista ligereza;
guardó el conde la cabeza
por instinto con la mano;

y alzando el mozo la espada
cuando el brazo el conde alzó,
la mano le cercenó
de la primer cuchillada.

Mirando los del caído
el número superior
del bando del vencedor,
le dieron por bien vencido:

y las gentes de Vivar
cuyo odio no les alcanza,
exentos de su venganza
les dejaron alejar.

Echó pié a tierra Rodrigo.
y fué con salvaje calma
a ver cómo daba el alma
al Criador su enemigo.

Su mano, al verle espirar,
tomó y guardó en la escarcela;
volvió a montar; metió espuela
y dio la vuelta a Vivar.

Entonces con la fiereza
de esta edad semi-salvaje,
al muerto se llegó un paje
y le cortó la cabeza.

Y aquel trofeo de horror
en los arzones colgando,
montó, y salió galopando
a alcanzar a su señor.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;