La leyenda del Cid: 17

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La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

II[editar]

III[editar]

A la mañana siguiente,
rayando apenas el alba,
estaban en pie ya todos
de Laínez en la casa.
Cuantos de él, bajo su techo
reciben pan o soldada,
a que se despierte y llame
esperan en la antesala.
Les dijo ayer que debía
Dios alumbrarles mañana,
y con la luz que amanece
a Dios y a don Diego aguardan.
Adheridos a su jefe
como a su tronco las ramas,
esperan en Dios y creen
de don Diego en la palabra;
y no habiendo comprendido
la escena anoche pasada,
a que se la explique esperan
cuando se despierte y salga.

Abrió, por fin, las dos hojas
de la puerta de su estancia
don Diego, y pudieron todos
ver que estaba hecha su cama.
Un noble su cama no hace
cuando de ella se levanta;
conque no ha entrado en la suya
puesto que la tiene intacta.

Don Diego tiene los ojos
hinchados, la cara pálida,
la calva testa sin toca
y la cintura sin daga.
Todo muestra en su persona
negligencia desusada,
que está revelando un duelo
que el corazón le ataraza.

Con casi invisible seña
mandó a sus hijos que entraran,
y cuando puertas adentro
les tuvo, volvió a cerrarlas.
En cuanto a solas con ellos
quedó su padre en su cámara,
fuese al mayor, y cogióle
la diestra entre sus dos palmas.
No para estudiar en ella
sus quirománticas rayas,
que aún este abuso hechicero
no había entrado en España;
sino para hacer con ella
una experiencia extremada,
con la cual piensa que su honra
de allí en buena mano salga.

Asió, pues, del primer hijo
la diestra; y de su avanzada
edad y senil flaqueza
a pesar, con fuerza tanta
se la apretó, que el mancebo
no pudiendo retirarla
exhaló un ¡ay! y los ojos
se le arrasaron en lágrimas.
Soltóle el viejo, y ante él
poniendo la puerta franca,
le dijo: «Vete: el que llora
no es digno más que de lástima!»
Tomó al segundo la diestra;
y con ira al estrujársela,
al rostro que palidece
de hito en hito le miraba.
Cayendo el mozo de hinojos
gritó: «¡Padre, que me matas!»
y el viejo dijo soltándole:
«¡Vete, se muere y no se habla!»

Fuese en seguida a Rodrigo,
que viendo en silencio estaba
lo que hacía con los otros,
sin comprender de qué trata:
Tomóle también la diestra;
y en medio de sus dos palmas
los cuatro dedos cruzando
por debajo, asegurándola,
enclavijó los pulgares
por encima, y apretándosela
cada vez más, parecía
que intentaba triturársela.
Subió el dolor hasta el codo,
y Rodrigo, que empezaba
a ponerse rojo de ira,
exclamó, al fin, con gran saña:
«Padre, al tenerme esa mano,
si quien eres no mirara,
con la que me dejas suelta
por Dios que te acogotaba. »

Siguió apretándole el viejo
sin curar de la amenaza,
y del dolor en el colmo
gritó el mozo ebrio de rabia:
«Suéltame esa mano, padre,
que la suelta se me escapa!»
y levantando la zurda…
sintió la derecha salva.

"Suéltalas, le dijo el viejo,
suéltalas, hijo de mi alma:
que sueltas las necesitas
para lavar mi honor ambas.»

RODRIGO. ¿qué dices, padre? ¿Estás loco?
¿Quién en tu honor puso mancha?

LAÍNEZ. ¡Quien puso en mi faz su mano!

RODRIGO. ¿Su mano un hombre en tu cara?

LAÍNEZ. Sí.

RODRIGO. ¡Tú mientes o deliras!
Padre, ¿a ti una bofetada?
¿y vives… y vivo… y vive
un solo hombre de tu raza?
¿Quién es él?

LAÍNEZ. Oye.

RODRIGO. Su nombre:
no pierdas tiempo en palabras;
porque las manchas del rostro
con el sol se tornan llagas,
y se gangrenan muy presto
si con sangre no se lavan.

LAÍNEZ. Escúchame.

RODRIGO. No: no quiero
más que su nombre y tu espada.

LAÍNEZ. ¿Le buscarás?

RODRIGO. Al instante.

LAÍNEZ. ¿Le matarás?

RODRIGO. En la cara
le heriré, si me hace frente,
y si huye, por las espaldas.

LAÍNEZ. Tiene muy alta la frente.

RODRIGO. Mi justicia irá más alta.

LAÍNEZ. Es muy fuerte.

RODRIGO. Mi razón
será más.

LAÍNEZ. El rey le ampara.

RODRIGO. Le mataré aunque le encuentre
del mismo rey en la cámara.

LAÍNEZ. En ella me hizo el ultraje.

RODRIGO. ¿Y el rey lo vió?

LAÍNEZ. En ella estaba.

RODRIGO. Morirá aunque se cobije
del mismo rey a las plantas.

LAÍNEZ. ¿Aunque arriesgues?…

RODRIGO Aunque arriesgue
la salvación de mi alma.

LAÍNEZ. ¿Lo juras?

RODRIGO. Ante ese Cristo
que tienes junto a tu cama.

LAÍNEZ. Pues arrodíllate y toma
mi bendición y mi espada.

Arrodillóse Rodrigo,
puso don Diego sus palmas
sobre su cabeza y díjole:
«¡Dios ampare tu demanda!»
Y tomando un gran mandoble
que sobre su mesa estaba,
colgóselo al cinto; un beso
dióle y díjole: «Levanta».
Levantóse el mozo y dijo:

RODRIGO. Su nombre no más me falta.
¿Quién es?

LAÍNEZ. El conde Lozano.

RODRIGO. ¡Jesucristo!

LAÍNEZ. ¿Que te pasa?

RODRIGO. Nada.

LAÍNEZ. Entonces, ¿por qué a Cristo
invocaste?

RODRIGO. Porque a espaldas
con ese nombre he sentido
que el mundo entero me echabas.

LAÍNEZ. ¿Y vacilas?

RODRIGO. No es extraño
que un momento vacilara
tal carga al tomar en hombros,
dándome al mundo por carga.

LAÍNEZ. Suéltala pues.

RODRIGO. No me insultes.
Padre: con la cuchillada
con que le abra el pecho, voy
a abrirme yo mismo el alma:
mas para tu hijo, señor,
antes que tu honor no hay nada.

LAÍNEZ. Mas si antes te lo dijera…

RODRIGO. Lo mismo te contestara.
Mi corazón es de carne,
mis pasiones son humanas;
pero de ahogarme a mí mismo
soy capaz si me lo mandas.

LAÍNEZ. ¡Quien manda así sus pasiones
será un héroe!

RODRIGO. No es hazaña
cumplir mi deber contigo:
ser hijo tuyo me basta.

Tornóle a abrazar el viejo;
y cruzando la antecámara,
llevándole por su mano
abrió el balcón de la sala.
A la plaza de Vivar
daba aquel balcón, y estaba
ansiosa de saber algo,
llena de gente la plaza.
Laínez, mostrando a su hijo
dijo al pueblo con voz clara:
«Desde hoy es mi hijo Rodrigo
la cabeza de mi casa:
él presidirá mi mesa
y se ceñirá mi espada.
Infanzones de Vivar,
desde hoy al ir a campaña
él montará mi caballo,
y guiará mi mesnada,
y él meterá por Castilla
mi pendón en las batallas.»

Dió a Rodrigo un viva unánime
la multitud exaltada,
y tornó al silencio viendo
que el noble mozo iba a hablarla.
Rodrigo con voz de trueno
que retumbó en la montaña
dijo, echando el medio cuerpo
por cima de la baranda:

«Hijosdalgos de Vivar,
nuestro honor tiene una mancha.
Hay un hombre que a mi padre
ponérsela osó en la cara.
¡A caballo! y con su sangre
mientras no quede lavada,
que a Vivar no vuelva vivo
ni un solo hombre de mi raza!»

Dijo, y cerrando el balcón
pidió el caballo y la lanza;
y a punto de mediodía
partía con su mesnada.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;