La leyenda del Cid: 112

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La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

XIV[editar]

I[editar]

Tornó aquella noche Ordóñez
del buen pastor a la choza,
con tres literas cerradas
guardadas por buena escolta.
Llevaba Bibiana en una
bálsamos, lienzos y ropas
para Elvira y Sol, heridas
en la carne y en la honra.
Trajéronlas a Valencia:
en sus brazos recibiólas
Jimena deshecha en lágrimas;
y su lamentable historia
queriendo su padre y ella
saber de su misma boca,
ellas respondieron sólo
de ira y de vergüenza rojas:
«¡Venganza!, hasta estar vengadas
dejadnos mudas y sordas.»
Su justo horror comprendiendo
a recordar su deshonra,
respetaron su reserva
delicada y pudorosa.
Las tres damas a llorar
se encerraron su congoja,
y el buen Cid con Alvar Fáñez
venganza a concertar pronta.

Hombre Arias de buen consejo,
dió al Cid el de que a la hora
al Rey ante sí mandase
una carta clara y corta.
Dictósela, pues, Minaya
y él de su puño escribióla
concisamente, encerrándola
en estas palabras pocas:

«Rey mi señor: vos tratasteis
de mis dos hijas las bodas,
y en sus maridos las disteis
verdugos que las azotan.
En el robledal de Tormos
ayer amarradas, solas,
azotadas y desnudas
las dejaron. A vos toca
hacerlas justicia, y voy
a pedírosla en persona:
porque para su venganza
poder y brío me sobran.
Mas como vos sois mi Rey
y de ellas padrino, pronta
de vos espero la una
antes de tomar la otra.»

Esta carta breve, clara,
firme a par que respetuosa,
fiada a Pero Bermudo
fué con orden perentoria
de partir al Rey a dársela,
anunciándole la próxima
llegada del Cid en cortes
a hacer su demanda en forma.
Partió Bermudo, la noche
al caer: y al rayar la aurora,
novecientos caballeros
que a seguir al Cid se aprontan
le esperaban ya en el patio;
y los caballos que monta
en jornada y en combate,
piafaban sobre sus losas.
Dejando el Cid a Jimcna
por él de gobernadora,
y a Alvar Fáñez de Minaya
por adalid de sus tropas,
en lo alto de la escalera
armado de casco y cota,
de esquinelas y quijotes,
de brazales y manoplas,
apareció en tren de guerra,
envolviendo su persona
un manto blanco, que airoso
terciado a medias le emboza.
Saludó su aparición
la gente, unánime toda
en mostrarle cuan a pechos
su afrenta y su causa toma.
A despedirle al umbral
salió Jimena su esposa;
y al abrazarle le dijo
puesta en su oreja la boca:
«Ruy, no entres en lid tú mismo,
que no es justo que tú expongas
una vida tan honrada
contra gente tan traidora.
— Descuida, la dijo el Cid,
y quédate sin zozobra:
que yo pondré en buenas manos
mi Colada y mi Tizona,
y no entrarán en la lid
más que mis espadas solas:
a no que… un Rey entre en ella
de nuestras hijas en contra.
— ¡Dios no lo quiera y ampare
nuestra causa! — dijo ansiosa
Jimena; y el Cid repuso:
— Dios aprieta, mas no ahoga.»
Montó a caballo: rompió
la marcha; y haciéndose ondas
se abrió paso victoreándole
la gente cristiana y mora.


Su sobrino Ordoño Ordoñez
quedándose atrás a posta,
esperó a Alvar, que platica
con el Cid y órdenes toma.
Salió Alvar hasta los muros;
y al tornarse, en una angosta
calleja al meterse, Ordoño
le abordó sin ceremonia.
— Tío, le dijo, escuchadme
dos palabras que me importa
deciros aquí que nadie
nos oye ni nos estorba.
— Di —le respondió parándose
Minaya: y con misteriosa
precaución entabló Ordoño
plática así:

ORDOÑO. Hay una cosa
que ayer no dije yo al Cid
de sus hijas en la historia,
y sobre la cual os pido
consejo.
MINAYA. Di.
ORDOÑO. Entre las hojas
de los chaparros, a rastra
avanzando como una onza
que caza, llegué al teatro
de aquella escena afrentosa.
Solas creí ya a mis primas:
pero con asombro y cólera,
vi a aquel ayo de los condes
que, rezagado, con sorna,
las decía, ya a caballo:
«Conque hasta mas ver, señoras.
Yo perdí por vuestro padre
nombre, amor, fortuna y honra:
veinte años hace que rumio
esta venganza sabrosa,
y mientras de él cobro el resto,
me he cobrado esto en vosotras.»
MINAYA. ¡Y no lo matastes!
ORDOÑO. No era
cuestión de entonces. Si tornan
los tres sobre mí, ¿quién salva
de los lobos a las otras
amarradas a dos árboles?
MINAYA. Es verdad.
ORDOÑO. Decidme ahora:
¿se lo digo al Cid?
MINAYA. Jamás.
ORDOÑO. ¿Le mato?
MINAYA. En cuanto le cojas.
ORDOÑO. ¿No adivináis vos quién sea?
MiNAYA. ¿Quién da en ello? — ¡Uno a quien de honra,
nombre y bienes privó el Cid!
ORDOÑO. Y de amor.
MINAYA. Eso y más obra
la ciega casualidad
en la guerra. En nuestra propia
tierra y la extraña hemos hecho
tantos estragos, tan hondas
desgracias hemos causado,
tantos palacios y chozas
quemado, tantas familias
exterminado, que es cosa
natural que haya como ese
algunos. — Tocóle novia,
tierras, parientes y pruebas
perder a ése... y ¿quién sonda
de esa existencia el misterio?
ORDOÑO. Mas, tío, aquella faz hosca
y aquella voz y aquel aire
y aquel ojo, ¿a la memoria
no os trajeron el recuerdo
de alguno visto en remota
tierra o edad?
MINAYA. Yo no hice alto
en él: quizás le reconozca
si le miro atentamente.
Mas, entre los mil que odian
al Cid y a los que de él somos,
desde el sitio de Zamora
y el juramento de Burgos,
ése que rumia en la sombra
tal venganza contra el Cid
es víbora ponzoñosa
de que es menester librarle
cuanto antes y a toda costa.
ORDOÑO. Esa corre de mi cuenta.
MINAYA. Pues no la dejes que corra.
ORDOÑO. Ya sabemos dónde el nido
tiene.
MINAYA. Pues en él sofócala,
cantes que como a sus hijas
toque al Cid con su ponzoña.
Mas, si puedes, hazlo, Ordoño,
sin que él ni la tierra lo oiga
que hombre que sabe secretos
del Cid que todos ignoran,
que tales infamias fragua
contra el Cid y así las logra
preparándolas veinte años
con tenacidad diabólica,
debe morir sin hablar:
de una estocada bien honda
en los pulmones o ahogándole
con la cuerda de una horca.

Siguió Minaya, esto dicho,
su camino, y mientras trota
él por la ciudad, Ordoño
tras del Cid pica y galopa.
Mas iba así discurriendo:
«No es comisión muy honrosa
para un noble, hombre de guerra;
mas bien mi tío razona.
Se ahuma al grajo: se atrapa
entrampándola a la zorra,
se aplasta al sapo y la víbora,
y aun monstruo se le acogota.
Y a más, arriesgar debemos
los de Vivar vidas y honras
por las del Cid, aunque infames
muramos en la picota.»

Así razonaban todos
los de Vivar, gente tosca,
mas del Cid en cuerpo y alma,
de él y de su honor idólatras.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;