La leyenda del Cid: 77

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La leyenda del Cid

IX[editar]

I[editar]

En aquella edad bravía
de gran fe y grandes peleas,
había en cortes y aldeas
grande atraso todavía;

y aún comprendían muy mal
cortes, pueblo y municipios
cosas que hoy son ya principios
de utilidad general;

y aun de las públicas renta,
al pensar en el empleo,
con las rentas del correo
no se habían echado cuentas.

Así que un noble de España
cuando a campaña salía,
a saber más no volvía
de su mujer en "campaña;

a no que por un azar
hallándole en su camino,
bagajero o peregrino
le hablaran de ella al pasar.

El Cid, que a Burgos volvió
de él ausente un año largo,
a hacerse comenzó carpo
de lo que en él sucedió.

Dos cosas de consecuencia
nuevas hallaba en su hogar,
que añadían a la par
pena y gozo a su existencia.

Una: que otra hija tenía,
doña Sol, que era un hechizo;
otra; que vió, cuando hizo
sus cuentas, que empobrecía.

De Zamora había el asedio
sus dineros consumido,
puesto que no había habido
saqueo y presas por medio.

Amor y honor en su hogar,
a él al volver le esperaban,
mas pobres con él tornaban
sus hidalgos de Vivar.

Jimena se echó en sus brazos
con fe y efusión prolijas,
teniendo en brazos dos hijas
de sus entrañas pedazos.

Su hijo, mancebo quinceno
de tan precoz desarrollo
que, alto y fuerte como un rollo,
ya para la lid es bueno,

de su buena madre en pos
salió a abrazarle; y el Cid,
viéndole ya apto a la lid,
dijo: «Bendígate Dios.»

Bibiana, vieja asturiana
con fuerza y salud de moza,
con los derechos que goza
en la casa castellana,

le dió su abrazo al entrar
tan sin aprensión ni empacho,
como si fuera un muchacho
de la escuela del lugar.

Y así entró el Cid en su casa.
Dejémosle allí dichoso
mientra el tiempo proceloso
tormentas sobre él amasa;

que en Castilla siempre al bueno,
al grande y al que merece,
en vez de loa parece
que se le ha de dar veneno.

Mientras doña Sol mamaba
y hombre don Diego se hacía,
y el Cid en orden ponía
la hacienda que le quedaba,

doña Urraca y don Alfonso
se abrían camino ancho
hasta el trono de don Sancho
sin rezarle ni un responso.

¡Maldito afán de reinar,
que hace a los Reyes romper
con el amor y el deber
y a los muertos olvidar!

Doña Urraca, previsora,
sagaz y astuta, procura
poner la vía segura
desde Burgos a Zamora.

La infanta, siempre doncella,
por rencor que en su alma abriga
fué siempre dada a la intriga
y Alfonso reinó por ella.

Éste, que desde muy niño
por la viudez de su padre
la tiene en lugar de madre
y gran respeto y cariño,

la da una grande ingerencia
en las cosas del Estado,
y gran fe en ella le ha dado
de su acierto la experiencia.

Atento a los intereses
del nuevo Rey castellano,
quiere a Castilla a su hermano
dar contra los burgaleses.

Alfonso por sus consejos
no debe en Burgos entrar,
tras él sin poder llevar
todos los demás concejos;

y habiéndose don García
de su prisión escapado,
debe ir contra el rebelado
hasta ahogar su bandería.

Don Alfonso, obedeciendo
sus consejos, acudió
a Galicia, le venció,
le encarceló; y se fué haciendo

ver, respetar y temer
cual solo Rey por do quiera;
haciendo a Castilla entera
sus leyes obedecer.

Galicia, Asturias, León,
cual reinos de él heredados,
tributos, oro y soldados
le dieron con sumisión.

Entró en tratos e hizo asientos
con los moros fronterizos,
fijando a los tornadizos,
templando a los turbulentos;

y con el aragonés
y el navarro hecha alianza,
trató bodas con Constanza
de raza del Rey francés;

y cuando al fin de año y meses
con ayuda de su hermana,
no vió contra él fuerza humana,
se volvió a los burgaleses.

La infanta les conocía,
y arriesgados y tenaces,
que eran de todo capaces
al mando del Cid, sabía:

y mientras que no jurara
Burgos por Rey a su hermano,
no fuera Rey Castellano
por más que se lo llamara.

Mas con el conocimiento
de aquel pueblo audaz y noble,
conoce que ha de ser doble
la prenda y el juramento;

y da por cosa segura
que, el juramento propuesto,
del Rey don Sancho en el puesto
no le pondrá si no jura.

Sola empero esta ciudad
de tal jura en el empeño,
cree ya obstáculo pequeño
la impuesta formalidad.

Y la infanta previsora,
teniéndolo todo a punto,
y un buen ejército junto
por don Alfonso en Zamora,

dijo un buen día a su hermano:
«Ve a Burgos, y no te apures,
porque, jures o no jures,
sobre él tenderás tu mano;

pero al tenderla no olvides
que con sus nobles en lid,
si no atajas hoy al Cid,
te se alzarán muchos Cides.»

Decía bien a mi ver
la infanta en lo que decía:
mas mucho en su dicho había
de ruin rencor de mujer.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;