La leyenda del Cid: 109

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La leyenda del Cid

XIII[editar]

II[editar]

Con los condes de Carrión
venido había a Valencia
el sombrío encogullado
que con ellos se aposenta.
Desde que al Conde su padre
Dios llamó a la vida eterna,
quedó en Carrión cual si fuese
de la condal parentela.
De seglar y de eclesiástico
a un tiempo con apariencia,
puesto que el sayal se endosa
por temporal penitencia
y en él viviendo, en el mundo
que puede cumplirse prueba:
para el mundo bajo el hábito
a amparo está de la iglesia.
Eran costumbres del tiempo;
y en todos en nuestra tierra,
haciendo a pelo y a pluma
ha habido y hay gente de ésta.
Si es disfraz es bueno y comódo;
pues con él cubre completa
su figura y su aire oculta
si es que disfrazarse intenta.
Si de buena fe lo endosa,
tiene la ventaja inmensa
del respeto que se capta
la buena fe en todas épocas.
Ayo, intendente y maestro,
y consejero, gobierna
en Valencia como en Burgos
de los dos Condes la hacienda.
Los mozos de seso escasos,
dominados por su inercia
y su vanidad de infantes,
por él gobernar se dejan.
Y como él jamás en nada
les coarta ni escasea
y les alivia del peso
de cuidados y de cuentas,
viven, hechos desde jóvenes
a estar en su dependencia,
como pródigos pupilos
en generosa tutela.
Observa aquel personaje,
como en Burgos, en Valencia
una intachable conducta
y una absoluta reserva.
Jamás sale de su círculo,
jamás relaciones mezcla
con las que contraen los Condes
y a su deber se concreta.
Administra, disciplina
la servidumbre; sustenta
en buen orden de la casa
oficios y dependencias;
y no hay nada que el servicio
desnivele ni entorpezca,
y siempre está a su mandato
todo a punto y todo en regla.
Como en nada se entromete
y en nada por nada entra
ni aspira a mando ni influjo
en Castilla ni en Valencia;
como de administrador
sólo el papel representa
y en el interior gobierno
de casa no más se emplea,
ni nadie de él se apercibe,
ni nadie de él se recela,
y todos dentro de casa
de los Condes le respetan.
A nadie tal vez gustando
su aire sombrío y faz tétrica
y a nadie siendo simpático
tal vez, nadie se le acerca.
Desde que a Valencia vino
tomó una costumbre nueva,
pasea de noche: acaso
por necesidad higiénica
de movimiento y de aire;
pero sólo se pasea
por las calles silenciosas
que la morería puebla.
Y al pasar ante los moros
reunidos a sus puertas
al Salam aleika de ellos,
aleikum Salam contesta.
Santón cristiano creyéndole,
a su virtud o a su ciencia
remedio o socorro pídenle
de enfermedad o miseria :
y él al enfermo visita,
y alarga al pobre monedas
y a ningún moro el cristiano
remedio o socorro niega.
Alguna vez en la casa
de enfermo o pobre le espera
alguno con quien a solas
bajo y aparte conversa.
Y alguna vez uno de esos
sigue a la playa desierta
y algo de la mar aguardan
según lo que la contemplan.
Mas siempre a la despedida
de estos, al Salam aleika
dice: askut wa Allah iaunek,
silencio y Dios te proteja.
Jamás vuelve tarde: asiste
de los Condes a la cena
siempre, y a solas con ellos
entonces de sobremesa,
es cuando de sus negocios
les habla, y les aconseja,
y, alma de ellos, le obedecen
como al viento las veletas.
Y ángel bueno para ellos
o divinidad maléfica.
él parece que ha de ser
quien les salve o quien les pierda.
He aquí porqué del mal día
en la noche a horas primeras
en su cámara a los Condes
decía de esta manera:
«Reasumamos los hechos
y saquemos consecuencias.
Los hechos son que os saco
los primeros a pelea
y os puso en riesgo de muerte
a retaguardia a la vuelta,
do a ti te ayudó Bermudo
sin que tú se lo pidieras.
Que hoy en el cuarto en que estabais
metió un león; cuya fiera
con vosotros fuera brava
aunque con él sea doméstica.
Ahora oíd: de estos dos hechos
saco yo estas consecuencias:
os sacó el Cid los primeros
a lid porque allí murierais.
Visto que salíais horros,
en ya fatigadas bestias
os dejó a la retaguardia
para que el moro os cogiera.
Al ver que vuestros caballos
conservaban aún sus fuerzas,
Bermudo contra un moro ebrio
por mandrias os dió defensa.
El Cid, que os dió sus dos hijas
sólo al Rey por deferencia
o por no poder negárselas,
no quiere que sean vuestras.
Y al sacaros contra Búcar
y al echaros una fiera,
sólo quiso en ambos casos
vuestra muerte o vuestra afrenta;
pero muertos o afrentados
es aquí una cosa mesma:
con que de la muerte se huye
y las afrentas se vengan.
¿Oueréis seguir mi consejo?
Salgámonos de Valencia
con sus hijas; yo os diré
cómo habéis de devolvérselas.»
Los condes mozos que andaban
con las mandíbulas trémulas
en casa del Cid, corridos
de pavura y de vergüenza,
aceptando el mal consejo
resolvieron con vileza
disimular hasta cuando
vengarse y huir pudieran.

.........................

Huir no necesitaron:
el Cid, que está que revienta
de cólera por sus yernos,
mas que con ellos no piensa
desfogarla, sus enojos
porque a sus hijas no hieran,
determinó aquella noche
contra los moros volverla.
Llamó a consejo a sus jefes
y adalides de más cuenta,
y una salida nocturna
les propuso. Una tormenta
amagaba; al estallar,
entre granizo y centellas,
del campo moro asaltaron
estacadas y trincheras.
Dentro ya del campo, dieron
fuego a prevenidas teas,
y empezaron como diablos
a incendiar chozas y tiendas.
Los moros supersticiosos,
desvelados de sorpresa,
al ver tantas luces móviles
cobardes se desconciertan.
Los del Cid van de concierto
en bien concertada empresa:
los moros desconcertados
a concertarse no aciertan.
Los del Cid hieren y matan,
derriban, rompen e incendian,
y al pabellón del Rey Búcar
el Cid a caballo llega.
Búcar tuvo apenas tiempo
para echarse a la carrera
sobre un caballo espantado
sin arneses y sin riendas.
El Cid gritaba siguiéndole:
«¡Yo soy el Cid!¡tente, espera!»
Búcar taloneaba el bruto
y cerraba las orejas.
Los moros con él huyendo
llegaron a la ribera,
y a las ondas se arrojaron
a alcanzar sus carabelas.
Empezó a rayar el alba
y con alegría inmensa
de los del Cid, alumbró
de moros libre a Valencia.
Búcar y los venturosos
que no quedaron en tierra
muertos o esclavos, al África
tornaban a remo y vela.
Cogió el Cid botín riquísimo,
apresó huestes enteras;
el tesoro del Rey Búcar,
su favorita Zuleika,
su alfanje de puño de oro,
su fez con borlón de perlas;
diez y ocho xeques aliados
que por salvar la existencia
ofrecieron en rescate
tanta plata como pesan,
y tantos caballos que hubo
que venderlos por las ferias.
Y en medio de un campaneo
triunfal y de la frenética
gritería de las turbas
que casi en vilo le llevan,
cubierto de sangre y lodo
llegó al pie de la escalera
de su alcázar, el buen Cid
y a los brazos de Jimena.

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Al cerrar de aquel buen día
la noche azul, a presencia
del Cid, pidieron los Condes
de ser admitidos venia.
El noble Cid recibióles
como si olvidado hubiera
lo pasado, y cual debía
a los que sus yernos eran.
De partirse a Carrión ellos
le demandaron licencia
y de llevarse consigo
sus mujeres a sus tierras.
El Cid, pues son sus maridos
y poder tienen sobre ellas,
se la otorgó, pero díjoles
con voz firme y faz serena:
«Lleváoslas y tratádmelas
como a hidalgas ricas hembras,
que os las dió el Rey, y son hijas
mías y mujeres vuestras.»
Ambos se lo prometieron,
y en las nocturnas tinieblas
partieron con sus mujeres,
siervos, bagajes y acémilas.
Jimena abrazo a sus hijas
de angustia insólita presa,
cual si en vez de ir a sus casas
ambas al suplicio fueran:
y el Cid salió a acompañarlas
hasta el confín de las huertas,
de la vega a la salida
con emoción despidiéndolas.
Cuando vió el Cid alejarse
su comitiva por ella,
dijo a su sobrino Ordoño :
«Sigúeles a la encubierta;
porque el corazón me acosa
no sé qué inquietud secreta;
que hombres cobardes con hombres,
no son buenos con las hembras.»
Dio a Ordoño un tabardo burdo
y una corredora yegua,
y aquel partió tras los Condes,
y el Cid se tornó a Valencia.

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Y mientras a ella volvía,
lleno de inquietud y pena
a sí mismo se decía :
«¿Si tendrá razón Jimena?
¿Si Dios a toda una grey
por culpa de uno condena?
¡Mas de "Él" no puede ser ley
ley tan de justicia ajena!
Buenos yernos me dió el Rey
Dios nos la depare buena.»
Y en su corazón leal
sintiendo de algún mal hecho
presentimiento fatal,
se fué aquella noche al lecho;
pero se duerme muy mal
con afán al suyo igual ;
y el Cid, a lo que sospecho,
no hizo sueño de provecho
con presentimiento tal.


La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;