La leyenda del Cid: 82

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La leyenda del Cid

X[editar]

I[editar]

Estas cosas, si bien pasaron en muchos años, las juntamos en este lugar, por no perturbar la memoria si se dividieran en muchas partes.
— Mariana, Historia de España, libro IX, cap XI.



El Rey y sus cortesanos,
si no olvidaron al Cid
porque le temían, viéronle
con satisfacción partir;
y un muy poderoso aliado
recibió su envidia ruin
de la infanta de Zamora
en el odio mujeril.
Doña Urraca vino a Burgos
a la Reina a recibir,
y ocupó el puesto de honor
de su boda en el festín.
Instalada en el alcázar
por el Rey, de dirigir
se encargó la casa real
con altivez señoril.
El Rey no la iba a la mano,
y se pudo presumir
que mientras ella pudiera
de su rencor femenil
el veneno de su hermano
en el ánimo inferir,
no correrla en la corte
muy buen aire para el Cid.
El Rey con su nueva esposa
pasó medio año feliz,
dando a sus estados orden
eclesiástico y civil.
Con ayuda de un concilio
que hizo en Burgos reunir,
en nombre del Papa puso
coto al menos si no fin
a la vida escandalosa
del clero, que andaba allí
vago y embarraganado
y enfangado en vicios mil.
Costóle esto en cada diócesis
y parroquia entrar en lid
con feligreses y clérigos,
hechos a tan mal vivir;
tuvo que multar cabildos
y municipios, y en fin
que leer sendos libelos
e injurias grandes que oír.

Mas aquel papa Ildebrando,
que de uno a otro confín
de Europa a pueblos y a Reyes
hizo a sus plantas rendir,
no aceptando en este mundo
poder ni ley sobre sí,
sostuvo al Rey, y los clérigos
tuvieron que sucumbir.
Se cambió el misal mozárabe
por el romano en latín,
se marcó en el rito el uso
del alba y sobrepelliz;
comenzaron indulgencias
y reliquias a venir
por la mediación de un Nuncio
de Roma, que empezó allí
de los buenos castellanos
a enviar florín tras florín;
y todos quedaron bien,
y no hubo más que pedir.

Atajáronse los vicios,
comenzó a la gente vil
una justicia severa
y necesaria a regir;
y un año de paz, si no hizo
de Burgos a fe un jardín
del Edén, se pudo al menos
tal cual en Burgos vivir.

En todo lo cual no hay duda,
pues a por b y c por i
lo cuenta, y lo copian todos,
el buen don Lucas de Tuy.

Mas al fin del año el Rey
de Sevilla y el Emir
de Córdoba, so pretexto
de guerrear entre sí,
por las fronteras cristianas
se metieron, el país ,
talando sin dejar grano
de trigo ni de maíz.
dejando aldeas y pueblos
hechos montones de hollín;
de modo que tuvo Alfonso
contra los dos que salir.

Topó con ellos; mas fué
con suerte tan infeliz,
que hay cronista que barrunta
que empezó ante ellos a huir.

Mas corriendo por acaso
aquellos rumbos el Cid,
sobre ellos dió; uno tras otro
los venció; y con tan sutil
ingenio como lealtad,
hizo a Burgos conducir
a Alvar Fáñez para el Rey
un espléndido botín.

El Rey le aceptó sin ceño
sin decir ni no ni sí,
y del Cid los enemigos
no supieron qué decir.

Nadie en la corte chistó;
mas no fué entre el pueblo así;
porque con la tosquedad
primitiva e infantil
de aquella edad, empezó
en gritos a prorrumpir,
encendiendo luminarias
con alegría pueril;
con que nadie pudo en Burgos
aquella noche dormir,
por las voces incesantes
de ¡viva el Cid! ¡gloria al Cid!
De modo que al otro día
queriendo muchos partir
con el Cid a reunirse,
y al Rey en son de motín
pidiendóselo, viendo éste
su autoridad en un tris,
el desentendido haciéndose
les dejó sin verles ir.

Mas ni levantó el destierro
al generoso adalid,
ni tuvo para Alvar Fáñez
una palabra gentil.

..........................

Rayaba el sol; los judíos
Manasés y Benjamín
que al Cid sobre sus dos arcas
dieron florines diez mil,
dormían sobre unas pajas
allá en el zaquizamí
de un caserón viejo en donde
se juntaba el sanhedrín.

De repente su escalera
vieja sintieron crujir
bajo el pie de un hombre que
llamó a su chiribitil.
La cerradura era lo único
que había de bueno allí;
aunque era un lujo harto inútil
en huronera tan ruin.
Llamó el que subía y dijo
en la puerta al sacudir
con los nudillos: «En nombre
del Cid, no temáis y abrid.»
Alzáronse los judíos
asombrados: y al abrir,
entró Alvar Fáñez diciéndoles
sin ceremonia: «He aquí
los diez mil florines de oro
que al burgalés adalid
Ruy Díaz habéis prestado»;
y en el suelo sin tapiz
tiró dos sacos, no viendo
mueble capaz de sufrir
peso tal; y añadió luego
que los tiró: «Y advertid
que hay unos cuantos de más
como interés mercantil.
Conque en paz y adiós; que tengo
poco tiempo.» — «Pero oíd,
dijo Manasés, cogiéndole
por la capa; ¿os vais de aquí
sin las arcas?» Y Alvar Fáñez
dijo echándose a reír:
«¡Si no tienen más que piedras
y herraje, que yo cogí
en la capilla que echamos
abajo en casa de Ruy!»

Miráronse los judíos
estupefactos, y al fin
dijo el más viejo. «¡Dios Santo!
¿y si a él le toca morir
y no vencer?» — «¿Qué importaba,
dijo Alvar, judío vil,
si estaba bajo las piedras
la fe y palabra del Cid?»




La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;