La leyenda del Cid: 57

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda


La leyenda del Cid

VI[editar]

VI[editar]


Los de León conducidos
por don Sancho a la victoria,
partícipes de su gloria
se dieron por bien vencidos:

e instalada la justicia
con la paz en sus aldeas,
harta de ruido y peleas,
por Rey le aceptó Galicia.

Volvió pues Castilla a ser
de un solo señor: ahora
no hay más que Toro y Zamora
de mujeres en poder.

Mas de ir ahora a quitar
su hacienda a sus dos hermanas,
ni don Sancho tiene ganas
ni en ello prez que ganar.

Déjanle libre la vía
y de rivales exento,
don Alfonso en su convento
y en su prisión don García;

y de su ambición el vuelo
puede ya, libre quedando,
ir sus alas ensayando
para volar hacia el cielo.

Con que encomendando al Cid
por sus conquistas velar
determinó descansar
para emprender su gran lid.

Ya desde niño lo dijo:
arrojar de España al moro
fué siempre su sueño de oro
y su pensamiento fijo.

Y ya fuera que tuviese
fe tal en su corazón,
o que a cubrir su ambición
con tal pretexto tendiese,

si algo le puede abonar
de Castilla en la memoria,
es esta anhelada gloria
que quiso a Castilla dar.

Y si al fin no se la dió,
no fué por falta de fe,
ni empeño, ni ánimos: fué
porque el tiempo le faltó.

Planteando, pues, la cercana
y oportuna ejecución
de su primera irrupción
por la tierra musulmana,

camino de León van
el Rey y el Cid lentamente,
de escolta brillante al frente
y el corazón sin afán.

Delante enviaron el grueso
de la gente, que ya era harta,
porque se aloje y reparta
sin tumulto y sin exceso:

y con mesnada lucida
de vivareños y nobles,
van a sombra de los robles
en plática entretenida;

que eran entonces, y aun son,
poéticas, pintorescas,
ricas de arboleda y frescas
las montañas de León,

El Rey al Cid por premiar,
mercedes grandes le ha hecho;
y va honrado y satisfecho
del rey don Sancho a la par;

y en hacer de España huir
a Mahoma lisonjeándose,
van con sus planes labrándose
el más grato porvenir.

En aquel dulce momento,
en que cada cual ve acaso
la tierra estrecha a su paso
y escaso el aire a su aliento,

a un mismo tiempo a los dos,
rompiendo su breve calma,
iba a herirles en el alma
con un rudo golpe Dios.

Ya de León las campanas
doblar a vuelo sentían,
y ya en sus torres veían
las banderas castellanas,

cuando por sobre el sendero
que a la ciudad les guiaba,
que asendereado avanzaba
vieron a un buen caballero.

Escuderos trae y pajes;
y a juzgar por los arneses,
son hidalgos burgaleses
de solariegos linajes.

Apenas el que venía
les vió, el caballo espoleando
llegó ante ellos; y llegando,
el Cid le reconocía.

«Es mi buen Gil Antolínez,
le dijo al Rey, que en mi hogar
quedó, por ser del solar
como yo de los Laínez. »

«Mensaje es pues para vos,
dijo el Rey, y ojalá albricias
me pidáis por sus noticias.»
Y dijo el Cid: «¡ Plegué a Dios!»

Pareáronse en el camino:
fué al Rey a besar la mano
en silencio el castellano,
y dió al Cid un pergamino.

¡Mísera gloria mundial!
al ponérsele delante
de los ojos, su semblante
tiñó palidez mortal.

Leyó del llanto a través
que los ojos le nublaba,
y el Rey que le contemplaba
dijo con ansia: «¿Qué es?»

Dióle el escrito Rodrigo;
y sin poderse valer,
a no llegarle a tener
el Rey, da en tierra consigo.

Con las manos se cubrió
la faz el Cid sollozando,
y el pergamino tomando
el Rey esto en él leyó:

«Ruy, mi marido y señor:
la pena que os voy a dar,
me la habéis de perdonar
comprendiendo mi dolor.

»Que Dios os dé más que a mí
valor para soportarla:
y a mí para mitigarla
sacadme, señor, de aquí.

»Aquí a toda vuestra raza
a morir bien ayudé;
y en esta casa no sé
para vivir darme traza.

» Mientras yo os daba otra hija,
moría vuestro buen padre:
tal dolor en vuestra madre
engendró lenta y prolija

»una última enfermedad:
y hecha de dolor pedazos,
vi a los dos desde mis brazos
pasar a la eternidad.

»Orad por ellos a Dios:
y si cual debéis me amáis,
mirad cómo me sacáis
de esta sepultura vos.

»Todo cuanto me rodea
me representa la muerte:
tal pena va a ser más fuerte
que yo, por fuerte que sea.

»Decidme, pues, qué he de hacer,
porque me siento morir;
y a vos os toca decir,
señor, cuál es mi deber.

»Mas si esta angustia prolija
mucho en Vivar se me alarga,
la leche se me hará amarga
y envenenaré a mi hija.

»Con que acabad con mi pena
antes que acabe conmigo:
y a Dios que os guarde, Rodrigo,
mirad por vuestra Jimena.»

Leyó el Rey: y presa viéndole
de su hondo pesar, asióle
por las manos, y apartóle
de ellas el rostro, diciéndole:

«Todo en el mundo a merced
está de Dios: contra Dios
no hay poder. Sed hombre vos
y vuestra aflicción venced.»

Él, en llanto al reventar
con voz que la angustia trunca
dijo: "No he llorado nunca;
señor, dejadme llorar.»

Y alzó los brazos al cielo:
el Rey los suyos echó
al cuello al Cid, y lloró
partiendo con él su duelo.

Ante el dolor natural
de herida tan fresca y viva,
prudente la comitiva
guardó un silencio glacial.

Al fin el Cid, desprendiéndose
de los brazos de don Sancho,
del pecho robusto y ancho
exhaló un suspiro irguiéndose;

y posponiendo al honor
del buen vasallo al buen hijo,
cobró las riendas y dijo:
«¡Dios lo hizo! Vamos, señor.»

............................

¡Misera gloria mortal!…
y mísera humana historia
que tienen la vanagloria
por guía y por pedestal.

¡Pobre criatura humana!
la más noble y más entera
sacrifica a la quimera
de su vanidad mundana,

que en la más justa aflicción
exige el rostro contento,
sofocado el sentimiento
y cerrado el corazón.

¿Y por qué? Porque no vea
la sociedad corrompida
la realidad de la vida
ni del mal la cara fea:

porque entonces como ahora
la egoísta sociedad
se hace sorda a la verdad
y vuelve el rostro al que llora.

El Cid soportó su duelo
con cortesana grandeza,
venció a la naturaleza
e infringió la ley del cielo;

mas cumplió con su deber:
su continente y su porte
fueron dignos de la corte
que el dolor no debe ver;

y siguiendo hacia León
iba con rostro tranquilo
sus lágrimas hilo a hilo
vertiendo en el corazón.

Y han debido obrar como él
antes, hoy, y en la Edad media,
los que en la humana comedia
han hecho bien su papel.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;