La leyenda del Cid: 25

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La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

III[editar]

II[editar]

Sus cortes el Rey Fernando
está en Burgos presidiendo,
escuchando de hombres doctos
el parecer y consejos:
mas andan sabios y teólogos
en pareceres opuestos,
los unos en pro del papa,
los otros en pro del reino.
Todos su opinión sostienen
con lógicos argumentos
en pro y en contra, y el caso
no queda jamás resuelto.
A las razones de un sabio
tal vez vacila un momento
la opinión de la asamblea
pronta a ceder a su peso;
mas una replica pronta
o un buen silogismo adverso
a sus razones, destruye
de su discurso el efectco;
con que las cortes de Burgos
parecen un mar revuelto
cuyas ondas traen y llevan
los alborotados vientos.
Y en asambleas de muchos
así ha sido en todo tiempo;
hay para todo razones,
mas para nada hay acuerdo:
todos dicen buenas cosas,
mas nadie hace nada bueno;
se exponen todos los males,
mas nadie ofrece un remedio.
Yo estoy siempre por los pocos;
y de pocos, por los menos;
las grandes cosas del mundo
uno siempre las ha hecho.
Los muchos meten gran ruido,
producen gran movimiento;
mas son como aquellos montes
que sólo un ratón parieron.
Así las cortes de Burgos
están en este momento
de aquel parto de los montes
la reproducción haciendo.
Perdido el hilo del caso,
perdido al Rey el respeto,
todos gritan sus razones
y aúllan sus argumentos;
pocos en favor del Rey,
muchos del Papa con miedo
están a dar ya muy próximos
con la razón en el suelo.

Y estaba ya el Rey Fernando
con el capirote puesto,
a poner fin de sus cortes
a la discusión resuelto,
cuando del salón las voces
ahogó y dominó el estruendo
con que hizo temblar sus bóvedas
la voz gigante del pueblo.
Quedáronse amedrentados
los próceres en silencio
ante aquella tumultuaria
gritería de plebeyos,
y el buen Rey, que de paciencia
no ha sido nunca modelo,
abrió el balcón y arrojóse
sobre el barandal de pechos.
Para desfogar en alguien
la ira que amasar le hicieron
los próceres en sus cortes,
buscaba acaso pretexto:
de modo que al asomarse
cejijunto y zahareño,
amenazas engendrando
y castigos prometiendo,
se asemejaba a un nublado
pronto a lanzar de su seno
detrás del primer relámpago
todo un turbión o un incendio.
Más su ira cambió en asombro,
tornó en sonrisa su ceño
y su enojo en alegría
lo que al balcón vió saliendo.

Diego Laínez, jinete
en su corcel, como él viejo,
pero como él todavía,
de joven con brío y genio,
del palacio hacia la puerta
caminaba a paso lento
con altivo continente
y semblante satisfecho.
Su hijo en pos de él, en caballo
encubertado de hierro,
manchado de polvo y sangre
desde el acicate al yelmo,
avanzaba por la plaza
tras su caballo trayendo
vencidos y encadenados
cinco reyes prisioneros.

Cinco jeques musulmanes
que en Castilla se metieron
y con quienes dió Ruy Díaz
en mal hora para ellos.
Cuatro mil cautivos moros
cogidos en el encuentro
les seguían desbarbados
por ignominia o por duelo.
Tras vencedor y vencidos,
los soldados vivareños
les custodiaban cercados
y seguidos por el pueblo;
y el son de los atabales
y de las trompas los ecos
juntos con la voz de todos
formaban aquel estruendo
que a través del polvo alzado
por el gentío revuelto
llegaba hasta el Rey, rasgando
y haciendo olas en el viento.
Mas según iban entrando
por la plaza y al rey viendo
puesto en el balcón, las turbas
iban quedando en silencio.
Cuando en medio de él, debajo
del balcón llegó don Diegó,
dijo al Rey, birrete en mano,
sin temor, mas con respeto:

«Señor Rey, he aquí a mi hijo;
no he podido hasta que ha vuelto
ponerle la mano encima;
mas en las vuestras le entrego.

Tiempo ha que me le pedisteis
y aquí señor os lo dejo;
pero mirad que es ya un hombre;
y catad, Rey, que os prevengo
que es cachorro de leones,
y aunque en Vivar de conejos
nació, trae garras y dientes:
conque andad con él con tiento.»

«Laínez, respondió el Rey,
con ese león tan fiero
meteos acá, y veréis
cómo le abrazo sin miedo.»

Quitóse el Rey del balcón,
rompió en aplausos el pueblo,
y desmontando hijo y padre
en palacio se metieron.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;