La leyenda del Cid: 106

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La leyenda del Cid

XII[editar]

VI[editar]

Su porvenir a Dios fían:
¡bueno Dios se lo depare!
que si es grande su justicia,
su misericordia es grande.
Todo el Cid lo espera de ésta;
pues en su mente no cabe
la idea de un Dios sañudo,
vengativo e implacable.
Mas Jimena, amamantada
de Asturias en los breñales
con las leyendas fantásticas
de las creencias vulgares,
sólo en su justicia piensa;
en los ejemplos fundándose
que oyó contar desde niña
a peregrinos y frailes,
y allá con Bibiana a solas
teme siempre, aunque ambas callen,
que Dios en sus hijas vengue
al descabezado padre.
Para ellas el fin de Diego
es ya una prueba palpable,
por más que el Cid simplemente
a azar de la lid lo achaque.
Sueños, preocupaciones,
quimeras… aunque ¿quién sabe
si justos presentimientos
e instinto de hija y de madre?

Seis meses después, de un día
lluvioso al caer la tarde,
del Rey don Alfonso al Cid
llegó a Valencia un mensaje.
El mensajero venía
precedido de un faraute,
con las armas de Castilla
en pecheros y espaldares.
Es un rey de armas que ostenta
blasón y colores reales,
trayendo escolta detrás
y pendoncillo delante:
grande honor que al Cid Ruy Díaz
el Rey don Alfonso hace,
siendo el Cid vasallo suyo
como a monarca tratándole.
El mensaje era una carta,
en cuyas sencillas frases
venia a un tiempo una súplica
y una orden irrecusable:
pues una parte debía
de hacer el Rey, y otra parte
tocaba al Cid: mas la suya
había el Rey hecho antes.
Decía así: "Cid, Ruy Díaz,
cual tú por mí cuitas graves
pasas, yo de ti me ocupo
con solicitud constante.
Sólo para hablar contigo,
emprendo a Requena un viaje;
vente, pues, para Requena
porque contigo allí hable
de un negocio, que deseo
que antes que lo husmee nadie,
a solas y de palabra
entre ambos a dos se trate.»

El Cid vió que no podía
hacer que el Rey le esperase,
y resolvió ir a Requena
sin más tiempo que el de armarse.
Mientras a armarse y vestirse
doña Jimena ayudábale,
de la misiva del Rey
dió el Cid a Jimena parte.
«¿Qué te parece? la dijo,
el Rey como a sus iguales
nos trata.» — Y dijo Jimena:
«No sé porqué no me place.»

............................

Al llegar el Rey, al Cid
halló en Requena esperándole
y díjole: «Anduve recio,
mas por los pies me ganaste.»
Y dijo el Cid: «Por las manos
o por los pies, lidie o ande,
siempre, señor, me está bien
que algo os sobre o algo os gane.
Me hubiera desesperado,
señor, el que me esperaseis:
vos sois el Rey y yo soy
vuestro vasallo: mandadme.»
Pagado de tal respuesta
sonrió el Rey; y, abrazándole.
díjole: «Luego hablaremos,
que traigo cansancio y hambre.»
Y sentándose a yantar
y al lado suyo sentándole,
y tras de yantar, el Rey
a solas con él quedándose,
dijo al Cid, sencillamente,
como quien somete y trae
al juicio de un buen amigo
un negocio íntimo y grave:

«Yo no sé, buen Cid Ruy Díaz,
si tú sabes o no sabes,
que a los condes de Carrión
servicios debo importantes.
— Nunca les vi en las batallas:
observo el Cid. — Pues no obstante,
repuso el Rey, en las mías
tuvieron siempre gran parte.
Fué el viejo conde riquísimo,
y a la corte antes de enviarme
a sus hijos, me había enviado
cuentos largos de contarse.
Murió el viejo sin hablar
de sus cuentos; mas rogándome
que tuviera con sus hijos
más cuenta que con su padre.
Los chicos son buenos mozos,
y son nobles como infantes,
y son ricos como Cresos
y se portan como tales.
Jamás me pidieron nada
hasta hoy, que piden que trate
contigo que con tus hijas
en matrimonio se casen.
Yo nada he comprometido,
siendo cosa que te atañe
a ti sólo: mas te cuento
lo que hay, y creo que baste.»
Del Rey escuchó el discurso
sereno el Cid, y al cerrarle
el Rey de tal modo, dijo:
«Señor, para mí es bastante
que mi Rey me abra su alma,
de ella un secreto fiándome.
Tanta por vos he vertido
que os debo toda mi sangre:
pues necesitáis mis hijas
para que de empeño os saquen,
yo no las caso: las doy
al Rey para que las case.
— ¿Y Jimena? — dijo el Rey.
Y el Cid dijo: — Aunque es su madre,
es mi mujer y jamás
se opondrá a lo que el Rey mande.
— Entendámonos, buen Cid,
yo no mando en cosas tales.
— Mas venido hais por mis hijas:
yo os las doy: creo que baste.
— Y yo las tomo a mi amparo
como si fuera su padre.
Y dijo el Cid: — Haced cuenta
que lo sois desde este instante.
Y si mal porvenir logran
ved que vos se le labrasteis:
hacedlo, señor, con ellas
como el Cid con vos lo hace.»

Dió el Rey las gracias al Cid,
prometiéndole probarle
lo que su fe en él estima
cuando tal caso llegare.
Y llamando luego a todos
los que en su compaña trae,
publicó los tratos hechos
con el Cid: ofreció darle
ocho mil marcos de plata
cuando sus hijas se casen:
mandó haberlas en depósito
a su buen tío Alvar Fáñez,
que por pedidas las tenga
hasta que se desposaren,
cual si del Rey fueran hijas
y en guarda él se las fiase.

Llamó el Rey luego a los condes
y les mandó que homenaje
hiciesen al Cid Ruy Díaz
y las manos le besasen.
Hiciéronlo así los condes
ante el Rey y ante sus grandes
e hizo allí el Rey infantazgo
a Carrión, y a ellos infantes:
E invitando el Cid a todos
a que en las bodas se hallasen,
partió el Rey, y a la frontera
salió el Cid acompañándole.

Cuando a Jimena en Valencia
dió el Cid de lo hecho parte,
sabido, no gustó de ello,
y dijo: «Poco me place
emparentar con los condes,
magüer sean de linaje
y ricos; mas si así cumple
a Dios, a ti y al Rey…, hágase.»

Y se hizo: en malhora un día
de febrero, a trece y martes,
los gemelos de Carrión
por el Rey hechos infantes,
llegaron acompañados
de su ayo, de los magnates
burgaleses, y gran séquito
de servidores y pajes.
Entráronse por Valencia
como adalides triunfantes,
yendo con su comitiva
al alcázar a apearse.
Presentáronse a las novias,
que al verles ruborizáronse,
ricos regalos de bodas
ofreciéndolas galanes.
El obispo don Jerónimo
con mitra, entre dos ciriales,
la bendición de la Iglesia
les dió en un altar portátil.
Hubo aquella noche fuegos,
birrias, pandorgas y bailes,
y cena, y hasta alta noche
los festejos prolongáronse.
Con cirios y chirimías
a sus cámaras nupciales
solemnemente a los novios
llevaron, felicitándoles,
el obispo, los testigos,
y de Castilla los grandes,
y Alvar Fáñez por el Rey
padrino y representándole;
y de la cámara doble
ante el umbral, en las faces
dándoles paz uno a uno,
fueron todos abrazándoles.
Lloró el buen Cid de alegría;
lloró Jimena; y quedáronse
las novias con sus maridos…
y sin sus hijas los padres.

............................

Hubo diez días de fiestas
como en las bodas reales,
y holgáronse en ellas juntos
los cristianos y los árabes.
Los condes con sus mujeres
por Valencia paseáronse,
de sus preseas de bodas
por Valencia haciendo alarde.
El Cid les dió del Rey persa
las joyas inestimables,
y a Tizona y a Colada
su par de espadas sin pares.
Les dió seis yeguas tordillas
tan ligeras como el aire,
y seis caballos ruanos
bardados para el combate;
Y a admirarles y a aplaudirles
se apiñaban por las calles,
cuando en ellos cabalgaban,
cristianos y musulmanes.
Fueron diez días de gozo,
y a las gentes que a mirarles
se llegaban, parecieron
los dos condes muy galanes.



La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;