La leyenda del Cid: 95

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La leyenda del Cid de José Zorrilla


La leyenda del Cid

XI[editar]

II[editar]

Don Alfonso, por su suerte,
de sus hermanos por muerte
y por su ingenio y valor,
de España era el Rey más fuerte
y aspiraba a emperador.

Fué extraña excentricidad:
los Reyes conquistadores
de aquella revuelta edad,
tuvieron debilidad
por hacer de Emperadores.

Siendo Toledo el Estado
moslémico más antiguo
a los godos conquistado
y por los moros guardado
a Castilla más contiguo,

Don Alfonso comprendió
que si a Toledo ganaba,
de cuanto el moro ganó
desde que en España entró,
lo mejor le arrebataba.

Cabeza Toledo siendo
del imperio moslemín,
al moro en la frente hiriendo,
va a ser golpe tan tremendo
el principio de su fin.

¡Gloriosa era tal proeza!
Después de conquista tal,
con tal gloria y tal riqueza
bien podría a su cabeza
ceñir diadema imperial.

Y atropellando por todo,
sobre Toledo se fué:
y tiempo ha que sabe el modo
de poner del reino godo
en la capital el pie.

Y con fuerza y con amaños
la atacó y la corrompió,
y la taló por seis años;
y al cabo de inmensos daños
el séptimo la sitió.

¡Gran tempestad se levanta!
árabes y castellanos
predican la guerra santa:
la gente que se arma espanta
entre árabes y cristianos.

¡Ay de la Toledo mora!
ya suena su última hora,
el Rey se entra a sangre y fuego
por su tierra do va ahora
de poder y ambición ciego.

Cuanto célebre en valor
y en nobleza hay en Europa,
lleva Alfonso en su redor:
toda Europa da favor
a su empresa y a su tropa.

A más de sus leoneses,
gallegos y castellanos,
lleva el Rey aragoneses,
alemanes y franceses,
borgoñones o italianos.

Tanto su empresa se aprecia,
que no hay Rey que no le acuda
con oro o con mano recia:
y hasta fueron en su ayuda
los Paleólogos de Grecia.

Los Reyes de Badajoz,
de Córdoba y de Sevilla
acudieron a una voz;
mas como el rayo veloz
los arrolló el de Castilla.

¡No hay remedio para ti,
capital mahometana!
Dios te quiere para sí;
tu mezquita marroquí
será catedral cristiana.

Ya desamparada y sola
te ves; toda tu comarca
se rinde a Alfonso o la inmola;
su pendón, solo, enarbola
Abdarwil como monarca.

Ejército mercenario,
mas fanático y tenaz,
a pesar del vecindario
le sostiene temerario
de todo exceso capaz.

Cinco meses la mantuvo
contra el destructor asedio:
bravos asaltos sostuvo;
mas vióse al fin sin remedio,
y al fin que rendirse tuvo.

Por hijo de Aly Maimón
salvo Abdarwil la existencia;
vencido, mas sin baldón,
salió con hueste y pendón
y fué a ser Rey de Valencia.

Cayó Toledo la altiva
por más que la foseó el Tajo,
y puesta en la peña viva
tuvo el viento por arriba
y las ondas por debajo.

Fin de tan dichosa lid,
mientras el clero consagra
su vega, como adalid
mayor, en Toledo el Cid
entró por puerta Visagra.

Y enarbolando el pendón
de Castilla y de León
en los alcázares reales,
de la ciudad y arrabales
dio a Alfonso la posesión.

Golpe fué al moro fatal
y fue de la Europa entera
la alegría universal;
y quedó Castilla fiera
con su conquista imperial.

El Rey armó caballero
a don Diego; que, aunque mozo,
fué en hazañas el primero,
y el mundo cristiano entero
hizo fiestas de alborozo.

Y un corredor bereber
envió el Cid a su mujer:
quien, cuando la gloria supo
que a España y a su hijo cupo,
lloró y tembló de placer.

Y ante el altar prosternándose,
por su hijo y el Cid a Dios
oró, al par congratulándose
su espíritu y espantándose
de la gloria de los dos.

Y donde el godo en poder
del moro empezó a caer,
allí la mora grandeza
siendo herida en la cabeza
se comenzó a estremecer.

Fué la conquista mejor
desde Pelayo hasta allí;
y de dos reinos señor
el Rey, pagado de sí
se tituló Emperador.

Casas dió, barrios enteros,
privilegios y exenciones
a los bravos caballeros
y barones extranjeros
que seguían sus pendones.

A todos de algo hizo don,
e hizo corte de Toledo;
y al buen Cid por galardón
le envió a lidiar a Aragón
de él o del moro con miedo.

Y andando por su camino
dijo Alvar Fáñez al Cid:
«que el Rey te quiere imagino
lejos de él y siempre en lid.»
Y el Cid dijo: «es mi destino.»

— Pues no es la lid mala senda:
ándala sólo por ti.
— ¿Quieres, Alvar, que al Rey venda?
— No, Ruy: mas hazle que entienda
que le entiendes.
— Lo haré así.

Y yendo por su camino
se entraron en Aragón :
y el Cid iba algo mohino,
y Alvar sembrando, ladino,
en su alma una tentación.

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La leyenda del Cid de José Zorrilla

Introducción: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo I: I - II - III - IV - V - VI; Capítulo II: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo III: I - II - III - IV - V - VI - VII VIII; Capítulo IV: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII; Capítulo V: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo VI: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII; Capítulo VIII: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX; Capítulo IX: I - II - III - IV - V; Capítulo X: I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII; Capítulo XI: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XII: I - II - III - IV - V - VI - VII; Capítulo XIII: I - II - III - IV; Capítulo XIV: I - II - III - IV; Capítulo XV: I - II - III - IV;